Las Colectividades de Aragón

Un vivir autogestionado, promesa de futuro

Por Félix Carrasquer

 

Prólogo

 «Debemos escribir nuestros anales con mayor amplitud y profundidad, reformándonos éticamente merced a un influjo de conciencia continuamente renovada y saneada, si queremos expresar de una manera más veraz nuestra naturaleza central y sus amplias relaciones, en lugar de esa vieja cronología de egoísmo y orgullo a la que hemos entregado nuestro interés demasiado tiempo»

 Ralph Waldo Emerson  

La historia obedece a estrictas leyes que dictan la oportunidad y actualidad de los hechos, también de los hombres; son, éstas, normas inquebrantables que sustraen de la realidad, y posteriormente de la memoria, todo aquello que según la legislación histórica vigente resulte inconveniente, por donde acaba siendo anacrónico. Así, la culminación del poder es el dominio del tiempo. Los hechos presentes son dispuestos de tal manera que pautando el ahora determinen también el después, a la vez que se acondiciona una biografía propia de ellos para, de este modo, convertirlos en señores exclusivos de un pasado en el que ya se atisbaba lo que deviene en el presente y se configurará en el futuro. Para el poder, legislar sobre el tiempo es el reto que no puede dejar de plantearse, so pena de admitir un enemigo más poderoso que él mismo, 10 cual equivaldría a reconocer sus debilidades e incapacidades. La historia coincide con el territorio del poder. Fuera, en márgenes y cunetas, han ido quedando retazos de hechos y sucesos, recuerdos de hombres como jirones prendidos en las púas de los zarzales, orillas agrestes por donde no circula el fluir histórico.
Abandonados a su suerte, los recuerdos no admitidos se hallan condenados a la pena de vivir exclusivamente en la memoria de aquellos que protagonizaron los sucesos hoy olvidados, acogiéndose fatalmente a la precaria y efímera condición que se les impone. Cuando estos recuerdos desbordan el marco de la memoria que los reconstruye en sí misma, cuando superan el ámbito de la conversación que los evoca y se convierten en letras escritas e impresas, las más de las veces aparecen ya distorsionados por el olvido y el silencio que han gravitado sobre ellos durante tanto tiempo; lo otrora vivido con pujancia arrebatadora se convierte en una mera anécdota, casi siempre desmañada e insulsa, incapaz de levantar interés en aquellos lectores de la actualidad que pasean su mirada por las tristes páginas en que el caudal desvalido de la memoria ha venido a dar.
Constituye, pues, motivo de júbilo la aparición de un libro donde se contienen recuerdos de hechos condenados por la legislación histórica y que, sin embargo, han logrado sustraerse a esta severa condena. Tal es el libro que aquí se prologa.
En este caso nos encontramos, además, con un motivo de interés añadido, que le viene de la significación que el tema adquiere para nuestro presente y como resultado de la importancia de lo narrado.
A la revolución española no le estuvo permitido elegir su momento, buscar su oportunidad. Fue podada antes de que acabara su maduración natural, y desde el primer momento tuvo que enfrentarse al estado en su forma más frenética, al estado en guerra. No obstante, irrumpió con fuerza y alimentó ilusiones utópicas y energías innovadoras. Pero antes de que las tropas franquistas vencieran, la revolución había sido ya herida de muerte por los autócratas y las institucionalizaciones burocráticas que se le impusieron para aplastarla. Tan peligroso y suicida resultó la no elección de su presente como fue, según se vio luego y en el presente libro se expone con fehacientes argumentos, el no admitir el patronazgo de vanguardia esclarecida alguna. Su espontaneidad fue su savia a la vez que su delito imperdonable De aquellos polvos, estos Iodos. La imposibilidad de fijar una identidad concisa a la revolución española, esto es, la incapacidad de ser asumida como tal por parte de los legisladores de la historia y los ideólogos, la condenó por aquel entonces y la postergó, luego, al silencio y al olvido en el que todavía hoy se halla postrada. Si tenemos en cuenta que la guerra civil española ha erigido en torno a ella unas espesas murallas bibliográficas, semejante olvido resulta todavía más escandaloso. Lo que fue cometido en su momento con la injerencia institucional burocrática y la tropa, parece haber hallado su corroboración en la tergiversación y el olvido que al respecto han cultivado los historiadores profesionales con ínfulas científicas. No deja de ser curioso que semejante «descuido» histórico no haya sido denunciado, no, ya reparado, por ningún historiador hispánico. Justamente tuvo que ser Noam Chomsky quien saliera al paso de esa «objetividad» esgrimida para asfixiar una revolución de recuerdo poco grato. En su interesante ensayo Los intelectuales liberales ante la revolución, critica la conocida obra sobre la guerra civil de Jackson, sobre la que dice: «La falta de objetividad que revela es muy significativa por ser característica de la actitud asumida por los intelectuales liberales (y comunistas) hacia los movimientos revolucionarios que son en gran parte espontáneos y organizados a la ligera, aunque tengan sus raíces en necesidades hondamente sentidas y en ideales de los más desposeídos».
Cuando la revolución se estaba fraguando, en medio de los vientos de guerra y desolación, los que la protagonizaban poco podían aplicarse a la tarea de guardar documentos que aval aran los hechos revolucionarios. Las energías había que depositarlas en menesteres más urgentes y perentorios.
Los hombres que vivían la revolución desconfiaban, y con probada razón, de archivos y documentos, símbolos y armas del enemigo. Eran momentos de quemar ficheros policiales, no de coleccionar estadísticas. No parece que pensaran en la posibilidad de que un día fuese negado o silenciado lo que con entusiasmo estaban realizando. Tampoco da la impresión de que se les ocultara la trascendencia de la transformación social que estaban llevando a cabo, pero no la vivían con conciencia histórica, de ahí la escasa preocupación en dejar constancia documental de ella, y de ahí también procede buena parte de la' riqueza de esta experiencia, que atendió el ahora y no se dejó sobornar por la idea de rentabilidad temporal propia del mesianismo ideológico. Las colectividades emprendidas se insertaban en el seno de una tradición secular de lucha libertaria, y suponían su victoriosa culminación. Se excluía pensar en el futuro, se vivía en guerra, y ésta representa la interrupción del fluir regular del tiempo, la suspensión del futuro.
De hecho, las mejores crónicas sobre las empresas revolucionarias se deben a la labor de información y documentación que al respecto desarrollaron dos libertarios extranjeros, uno francés y otro alemán, que acudieron a España arrastrados por la seducción de la revolución misma. Tanto Gastón Leval como Agustín Souchy esbozaron los contornos de las colectividades que visitaron. En una de ellas, la concerniente al pueblo aragonés de Monzón, ambos tuvieron ocasión de visitar la escuela de militantes creada por un luchador libertario preocupado, desde hacía tiempo, por los aspectos pedagógicos: Félix Carrasquer. En la barcelonesa barriada de Les Corts había impulsado, en colaboración con sus hermanos, una escuela racionalista durante los años 1935-36. Iniciada la guerra y la revolución, acudió a su región natal para participar en el desarrollo colectivista, y específicamente en el área que le era más afín, la educativa, creando la mencionada escuela en la que se aplicaron métodos autogestionarios innovadores. Así pues, Carrasquer une, en el presente texto, a su valioso testimonio de aquellos días, que vivió con intensidad y de lleno, su capacidad de análisis y su larga experiencia sociopedagógica como impulsor de centros autogestionarios de toda índole.
 Hasta la fecha, la bibliografía existente sobre las colectividades estaba compuesta básicamente por los relatos de quienes las visitaron, editados casi siempre en ediciones marginales de escasa circulación. De hecho, salvo la obra de Burnet Bolloten, ninguno de los libros clásicos para el estudio de la guerra civil abordaban con un mínimo de rigor el tema, limitándose a pasarlo por alto o a ventilarlo con burdos montajes de citas y documentos. Salvo la obra La autogestión en la España revolucionaria, de Frank Mintz, nunca se había acometido la tarea, por parte de un historiador posterior, de intentar aproximarse a las colectivizaciones sin prejuzgadas ideológicamente. Con la obra de Carrasquer a las descripciones de los rasgos socio económicos más sobresalientes de las colectividades se añade el relato del ambiente que en ellas se respiraba, algo que no queda reflejado en actas y estadísticas. Al mismo tiempo, conociendo el autor el silencio con el que se ha sofocado el recuerdo de aquellos hechos, orienta sus argumentaciones a rebatir algunas «interpretaciones» comunes entre los historiadores oficiales. La vida cotidiana en el Aragón de aquellos días no había sido abordada todavía por nadie con tanto esmero. Sólo a partir de testimonios podría iniciarse esta sugerente y ardua labor a la que el presente libro se empeña. Sin dejarse llevar por la emoción que como viejo colectivista había dé embargarle sin duda al recordar esos tiempos, nos ofrece una aquilatada aproximación' antropológica a la vida colectivista, brindándonos un ensayo testimonial y analítico a un tiempo.
Acogiéndonos a los caprichos conmemorativos del calendario, en el cincuentenario del inicio de la revolución española, la obra de Félix Carrasquer constituye una excelente y original aportación. Un material fresco y nuevo con el cual ir reconstruyendo un capítulo vedado en nuestra historia reciente. No obstante, para que testimonios como este puedan ir haciendo mella en los historiadores profesionales, hasta aquí tan poco interesados en el tema, será necesario que cambie en ellos algo más que su mera actitud. Y en este sentido duele comprobar como algunos estudios recientes, que han rescatado nuevos datos sobre las colectividades y valiosas informaciones, se orientan, sin embargo, a una actitud crítica, rompiendo lanzas contra lo que denominan la «historiografía anarquista» y su interpretación mística, lo cual sólo resulta sorprendente y encomiable a esos mismos historiadores profesionales y a sus jueces académicos. En lugar de ello, de elegir un enemigo creado por ellos mismos, se habría de poner el dedo en la vergonzante llaga que supone la ocultación sistemática que historiadores de toda laya han venido haciendo de la revolución española. Lo que sorprende o debería sorprender al estudiar con rigor aquellos hechos, es la capacidad de autorganización que demuestran obreros y campesinos, iletrado s en su mayoría; la eficacia en satisfacer por ellos mismos sus necesidades, máxime en tiempo de guerra; el talante profundamente libertario con el que acometen la convivencia colectiva, sin imponer a nadie la revolución y respetando las minorías disidentes, fueran estas del tipo que fueran. ¿Cuándo se ha visto una revolución de este tipo? Vivimos el siglo en que la revolución «triunfante» se ha convertido en la desolación de los campos de concentración, por obra y gracia de la injerencia autoritaria y de los dictados de la razón progresiva y economicista. Que esta originalidad libertaria de la revolución española sea negada incluso por quienes ya reconocen que existió, sigue siendo desalentador. Afortunadamente, del silencio y el olvido, de la cuneta que bordea la historia, nos ha llegado este feliz testimonio escrito con pulso firme y con una argumentación diáfana que sólo puede confundir a quien de entrada quiera estar confundido o confundir a los demás.
Esta actitud por parte de los profesionales de la inteligencia, de los legisladores de la historia, la percibió muy claramente Chomsky cuando estudió el tema de la revolución española. Tras la lectura de un relato en el que se describía la vida en una colectividad, pensando en la «lectura» del mismo por parte de los intelectuales esclarecidos, escribió: «Un relato como éste, con su preocupación por las relaciones humanas y el ideal de una sociedad justa, tiene que parecer muy extraño a la conciencia del intelectual sofisticado, y por eso se le considera con desprecio, o se le toma como ingenuo o primitivo o también como irracional. Sólo cuando abandonen ese prejuicio será posible para los historiadores acometer un estudio serio del movimiento popular que transformó a la republicana España en una de las más notables revoluciones sociales que registra la historia.»
Ignacio de Llorens

 

 Dedico la memoria de estos hechos auténticos a los colectivistas que, al fusionarse con espontánea generosidad, alumbraron una sociedad nueva.

 Félix Carrasquer

Introducción:
Una evocación incitadora

 Antecedentes 

Dadas las dimensiones de este trabajo, que nos hemos propuesto sea tan vivo como breve, no podemos remontarnos a las realizaciones históricas ni a los afanes de libertad y de justicia que desde muy antiguo movilizaron a los hombres de Aragón. Nos remitiremos únicamente al clima social que precedió a la guerra y a las colectividades que de ésta se derivaron. Ello nos permitirá compulsar el estado sicológico de los hombres que protagonizaron aquellos hechos y las perspectivas sociológicas que ya venían proyectando con intencionalidad responsable.
En Aragón -nos referimos al campo de manera casi exclusiva- entre los viejos republicanos y los jóvenes de la CNT había una ligera frontera de actitudes y de lenguaje, pero al mismo tiempo no faltaban vínculos de fondo que nos unían humana y socialmente. Nosotros, los jóvenes, habíamos leído algunas cosas, estábamos dispuestos a la lucha -tal vez de manera obsesiva- y proyectábamos la sociedad futura con todo nuestro empeño, por métodos más directos y radicales, mientras los viejos -pequeños propietarios en su mayoría- ponían toda su esperanza en el advenimiento de la República. Ésta, representaba para ellos la abolición de la propiedad, la desaparición del caciquismo, la reducción de la Iglesia a sus quehaceres religiosos y el establecimiento de un poder popular sin ejército ni apenas fuerzas represivas. Realmente, este último aspecto no se lo habían planteado en su complejidad histórico-legislativa, sino que habiéndolo integrado en un esquema mental autoritario a imagen y semejanza de la familia, pensaban que era indispensable cierto orden; aunque sin imposiciones abusivas ni burocracia escurridiza y privilegiada. Esta idiosincrasia del campesino aragonés determinó el que al proclamarse la República y comprobar que nada cambiaba realmente, los republicanos se pasaran a la CNT, unos de hecho, pidiendo el carnet y los más otorgándole su apoyo y simpatía.
Junto a esta casi unanimidad, que llegó a todas las comarcas de la parte Este de la región, hay que justipreciar cuánto supone el que la mayoría de los cenetistas y simpatizantes fueran pequeños propietarios. Esto se ha comentado a menudo; pero apenas se ha profundizado sicosociológicamente. Es cierto que algunos de ellos habían salido de la región, en determinadas épocas, a trabajar en obras públicas de canalización, ferrocarriles y carreteras o en la industria de Cataluña; pero en general cultivaban su pegujal y tenían sus animales de labor y de recría. Se oponían pues a la sociedad estatal y capitalista no por odio contra el burgués o por afanes de reivindicación inmediata sino por un anhelo de libertad y de justicia para todos. El hecho significa una conciencia de generosidad y de apoyo mutuo, a todos los niveles, que nos explica muchas gestas realizadas ulteriormente.
Sería inexacto si dijéramos que aquellos pequeños propietarios vivían holgada y satisfactoriamente; si bien, no lo sería menos si afirmáramos -como suele hacerse- que eran campesinos pobres. La región no es muy rica; aunque difiere mucho de unas comarcas a otras, de lo que podemos deducir que en ciertos pueblos de secano su desenvolvimiento económico era más duro y que en otros de regadío, su seguridad económica era mayor. Sin embargo, en todas partes subvenían a sus necesidades más perentorias, sobre todo teniendo en cuenta que la sobriedad de los agricultores aragoneses era proverbial.
Algunos pequeños rasgos nos ayudarán a comprender mejor el grado de solidaridad de las juventudes de aquel período. Uno de los actos que primero puso de relieve la abnegación de los jóvenes fue la ayuda a los presos. Cuando alguno de nosotros iba al baile y les pedía a los muchachos que dieran algo para sus compañeros encarcelados, respondían dando algunas perras y añadiendo: «Bueno sí, me tomaré una copa menos." Poco a poco, en la mayoría de aquellos pueblos, los mozos dejaron de beber y de fumar, primero por solidaridad con los caídos y luego para comprar libros, organizar giras[1] y hacer teatro u otras actividades sociales.
Los jóvenes, que casi nunca se habían ocupado de los mayores porque no simpatizaban con ellos a causa de su autoridad, les leían el periódico casi todas las noches en el café o en los centros que había en cada lugar. Los comentarios que sugerían estas lecturas de La Tierra, La Soli o Cultura y Acción iban fundiéndonos a todos y borrando el conflicto generacional, tan disolvente antes y después de aquella guerra que engendraría actitudes muy contradictorias y terribles. Aquellos periódicos hablaban de libertad, de revolución, de justicia social y de una convivencia igualitaria. Esos conceptos hallaban una resonancia intensa en jóvenes y mayores, unos y otros movidos por sentimientos de fraternidad y de justicia auténticamente liberadores.
Sería absurdo asegurar que en ese enfoque de libertad, estábamos todos entusiasmados en el mismo grado; pero sí que la mayoría nos habíamos contagiado recíprocamente de los anhelos solidarios que dinamizaban la región. De ahí que Comunismo Libertario fuera el vocablo mágico que nos galvanizaba a casi todos. Al ahondar en la problemática libertaria y explicar a los republicanos que ningún Estado podía garantizar la libertad ya que, como es fatal, el poder corrompe y quien tiene autoridad abusa de ella, asentían diciendo: «Es verdad, con ministros y gobernadores que mandan respaldados por la fuerza armada, nunca podrá haber libertad ni justicia."

 Una discusión problemática

Para configurar mejor aquel cuadro, que lo vivíamos sin apenas tiempo para reflexionar, transcribiré una conversación bastante prolongada que sostuve con Pinillos -del Partido Comunista-, Francisco Galán, el capitán Sediles y un mecánico de Huesca que iba con ellos. Aquella discusión abrió ante mí el trasfondo de los hombres políticos sobre los que no me había detenido hasta entonces.
La cosa ocurrió así: el compañero Ramón Acín[2] -uno de los hombres más íntegros que he conocido- me escribió unas líneas pidiéndome que acompañara al capitán Sediles y a Galán, en junio del 31, ya que iban de propaganda electoral y los habían apedreado en algunos pueblos. Se excusaba, conociendo mis opiniones, de que no me gustaría mucho andar con ellos, advirtiéndome al mismo tiempo de que no diéramos lugar a que se dijera que los cenetistas éramos inciviles y abusábamos de nuestra fuerza.
Yo había oído que en Ontiñena y en algún que otro pueblo no habían dejado hablar a aquellos hombres porque invocaban la revolución siendo militares; pero ante los ruegos de Acín los recibí y los presenté en Albalate, Belver, Zaidín, etc., no sin poner de relieve que aunque yo no estuviera de acuerdo con político alguno, que se les escuchara respetuosamente y que luego cada cual sacara las conclusiones que le parecieran oportunas.
Lo importante, sin embargo, no fueron sus discursos en los que invocaban el gesto de Fermín Galán y se mostraban fervientes partidarios de una democracia popular y revolucionaria, sino las discusiones que sostuvimos en el coche yendo de un pueblo a otro. Pinillos, que era quien llevaba la voz cantante, comenzó preguntándome con cierta ironía:
«¿Qué es lo que realmente queréis los anarquistas? Porque yo nunca he comprendido ese afán de libertad absoluta en la que cada uno puede hacer lo que le plazca. ¿Tú crees que ello es posible?»
«Según los matemáticos y muchos filósofos -le contesté- sólo puede resolverse un problema si está bien planteado, y lo que tú acabas de hacer es embrollarlo de antemano con dos preguntas que ya das por medio contestadas. En primer lugar he de decirte que yo no me considero anarquista, sino sindicalista libertario. Y no es que reniegue del anarquismo como ideal de libertad y de dignidad humana, sino que prefiero el apelativo sindicalista porque tiene un significado que coincide con mis aspiraciones. En segundo término querría aclararte que eso de hacer cada uno cuanto le viene en gana, podrá aplicarse a seres sin educación o a quienes poseen una autoridad absoluta; porque para todo aquel que se diga libertario ni puede haber absolutos ni sentirse en libertad mientras los demás ciudadanos no sean libres asimismo. La libertad, por tanto, no estriba en hacer cada uno lo que quiera, sino en ponerse de acuerdo mancomunadamente para realizar aquello que convenga a todos; lo que exige responsabilidad para saber comportarse de manera respetuosa y solidaria».
«Bueno -replicó Pinillos balbuceante- aun confesando que no estuve muy acertado en mis interrogantes, ¿crees de veras que es posible vivir sin autoridad y sin una organización estricta?»
«Vuelves a enmarañar el tema -insistí-: porque si bien he afirmado que se puede vivir sin represión, nunca he dicho ni lo dijo ningún libertario, que la organización fuera innecesaria. Lo que ocurre es que tú, como todos los que imitáis esquemas históricos del Estado, os habéis hecho la idea de que los hombres precisan de látigos y pastores. Ignoráis que cuando aquellos se liberan del poder opresor saben organizarse y vivir en régimen de apoyo mutuo; porque no hay hombres inferiores, sino circunstancias que realzan a unos y disminuyen a los más. Si aceptáramos pues, que todos somos potencialmente iguales, sin negligir la singularidad de cada uno, llegaríamos a la conclusión irrefutable de que todos los hombres de la Tierra podrían participar en igualdad de condiciones para dar solución a cuantos problemas, de alguna manera, a todos nos afectan. Pero ello exige, naturalmente, igualdad de oportunidades para el desarrollo de esa potencialidad que nos hace idénticos y diferentes al mismo tiempo y que constituye, indudablemente, la mayor riqueza de nuestra especie. ¿Llegaremos a valorar algún día lo que el cultivo de ese patrimonio representa para dar satisfacción plena a las necesidades humanas? En igualdad de condiciones nadie aceptaría la imposición del otro, la identidad personal sería respetada y mediante el acuerdo de la mayoría libremente aceptado se daría respuesta a los graves problemas que nuestro mundo plantea, con mucho menos riesgo de equivocamos que si sólo unos pocos son quienes deciden; máxime cuando estos pocos miran a la mayoría con el desdén y menosprecio de quienes se consideran superiores y se adjudican ipso facto el derecho indiscutible de avasallar y dominar.»
Francisco Galán, que apenas había hablado, de pronto intervino diciendo: «No entiendo cómo puede afirmarse que todos somos iguales, que yo soy lo mismo que los números que tengo bajo mis órdenes y que es igual el inventor La Cierva, por ejemplo, que un campesino analfabeto».
Y antes de que pudiera contestar añadió Pinillos: «Ni somos naturalmente iguales ni sociedad alguna podrá existir jamás sin un Estado. ¿Quién ordenaría las concurrencias sociales, la economía y la cultura?, y ¿quién impediría que las gentes se mataran entre sí? Cierto que hemos de ir hacia una mayor justicia, a liquidar el capitalismo y al logro de una producción más abundante; pero todo eso ha de ser inteligentemente dirigido. En la misma naturaleza lo hallamos todo jerarquizado. ¿Es lo mismo el hígado que el cerebro y son iguales los dedos de la mano?»
El razonamiento de Galán estaba acorde con su pasado, puesto que había sido capitán de la Guardia Civil, y no me Produjo demasiada sorpresa. Dirigiéndome por tanto a Pinillos seguí diciendo: «Agradezco tus argumentos porque me permitirán demostrar mejor su fragilidad y cuanto la igualdad significa. Es cierto que en el cuerpo humano cada órgano tiene su función y que de la más perfecta sinergia entre ellos depende nuestra salud. El hígado no puede percibir estímulos inteligentes ni elaborar por tanto respuestas racionales; pero sin su labor ininterrumpida, la vida cesaría de inmediato y el cerebro desaparecería con el resto del organismo. Hay pues, una especialización y una articulación biológica, pero en modo alguno superioridad de unos órganos sobre otros. Cada uno de nosotros es una unidad completa en la que las diferentes partes se coordinan para su normal funcionamiento.
»En cuanto a los dedos de la mano, la imagen que ellos nos sugieren es bastante elocuente: cada dedo es diferente por su fuerza y su tamaño; pero todos tan bien articulados que gracias a ello podemos coger los objetos, fabricar artilugios y hasta tañer melódicamente una guitarra. Luego del mismo modo que hay diferenciación de órganos y funciones pero no superioridad ni inferioridad entre ellos, no la hay entre los diferentes individuos de una sociedad; pues el que es calificado de superior lo mismo que el supuesto inferior nacieron con un cerebro semejante, provisto de unos diez mil millones de neuronas, y todos hubieran podido alcanzar su plenitud intelectual si desde la cuna hubieran gozado de idénticas oportunidades para cultivar y desarrollar el inapreciable potencial genético que cada uno de ellos llevaba al nacer. En eso estriba precisamente la igualdad y la fecunda diversidad que lleva implícita. Porque si gracias a la conjunción de las diferentes aptitudes de una minoría se ha conseguido la creación de técnicas que permiten al hombre una vida más holgada, ¿qué grado de desarrollo podrían haber alcanzado las artes y las ciencias para ponerlas al servicio de todos los humanos de haber sabido aprovechar los talentos y capacidad cooperadora de cuantos fueron dejados en estado de barbecho?»
Galán se cerró más en su mutismo, el capitán Sediles parecía seguir la conversación atento y reflexivo y Pinillos tomó de nuevo la palabra para decirme: «No puedo negar que cuanto acabas de exponer me parece lógico; aunque para mí sigue siendo mucho más clara la idea de que hay órganos superiores a otros. Pero dejemos el campo de las suposiciones, y dime: ¿Puedes mostrarme alguna sociedad que se desenvuelva sin autoridad?»
«Sí, la historia está llena de ejemplos: los esenios de Israel, las comunidades del cristianismo primitivo, las comunas aldeanas de la Edad Media y algunas de las culturas iletradas de América, Africa y Oceanía. Y es de sobra conocido que siempre que un grupo se ha liberado de la opresión de los ejércitos y de los Estados, sus componentes se han organizado en comunidades igualitarias.»
«Tus ejemplos -me cortó Pinillos- están muy lejanos en el tiempo. Sería preciso que nos expusieras algunos casos más inmediatos y verificables. ¿No te parece?»
«Y además, que fueran verdaderos ejemplos de organización», añadió Galán.
«De acuerdo -asentí yo-. Aquí mismo, en Albalate, por la voluntad y la iniciativa casi unánime de la población hemos comprado el patrimonio del duque de Solferino. Y sin otra autoridad que la emanada de la Asamblea, hemos parcelado algo más de los dos tercios de dicho patrimonio repartiendo sus parcelas entre los campesinos que no tenían tierra o que poseían muy poca. Y hemos creado una cooperativa para explotar las 150 hectáreas restantes, a cuya partida van a trabajar los compañeros cuando el cuidado de su propia parcela les deja tiempo libre. Y he de decirte con gran satisfacción que no queda un pedazo de tierra sin laborar; que la administración la llevan gratuitamente compañeros del sindicato, y que no ha habido hasta aquí el menor conflicto ni queja.
»He de añadir que la organización para la compra y aprovechamiento de ese patrimonio cuyo origen feudal data de varios siglos, la componemos cerca de 300 familias; que hemos dedicado una parcela a la investigación para perfeccionar nuestra técnica agrícola; hemos adquirido asimismo máquinas modernas, convirtiendo en regadío zonas de secano; hemos organizado clases para la primera enseñanza, una biblioteca, un cuadro para el arte dramático y tenemos en perspectiva otras actividades para llenar el ocio de nuestros conciudadanos y elevar al mismo tiempo nuestro nivel cultural.
»Estamos realizando además la experiencia de una colectividad integral gracias a la buena disposición de mi padre -que nos ha hecho prestación de sus tierras- y a la voluntad decidida de 7 compañeros que nos hemos comprometido a cultivarla y a disponer de sus frutos mancomunadamente. En esta colectividad, en la que no hay autoridad ni rígidos reglamentos pues todo se decide en Asamblea a medida que la necesidad de resolver un problema se presenta, no hemos tenido que enfrentarnos hasta ahora con verdaderos conflictos ya que, en realidad, por la vía del diálogo conseguimos llegar a un acuerdo siempre.
»Cierto que nuestra colectividad es reducida; pero ya empezamos a dinamizar desde ella la tecnología agrícola en beneficio de todos los vecinos del municipio.
»Por de pronto hemos introducido en el pueblo el primer tractor e iniciado el cultivo del arroz y del algodón; tenemos además una granja de cunicultura peletera y nos hemos propuesto mejorar la fruticultura, para lo que esta zona reúne condiciones climáticas muy favorables.
»Aún puedo poneros otro ejemplo de iniciativa popular no menos relevante. Pedimos los jóvenes que una de las parcelas del patrimonio ducal se nos reservara para subvenir a las necesidades del grupo cultural, lo que acordó por unanimidad la Asamblea del sindicato de parcelarías. Dicha parcela la laboramos los jóvenes algunos domingos por la mañana y da gusto ver a 15 o 20 pares arar las 2 hectáreas de tierra en muy pocas horas. El producto de la cosecha lo dedicamos íntegro a la compra de libros y materiales para nuestra escuela nocturna. ¿No son estos ejemplos una prueba fehaciente de la capacidad organizadora y solidaria del pueblo?»
«A mí todo eso me huele a cosa mística», sentenció Galán, desdeñoso.
Pinillos añadió: «A mi juicio son actividades más bien pequeño burguesas y que tienen poco eco en el mundo. ¿Qué influencia pueden ejercer en la revolución universal estas experiencias aisladas?»
Elevando un poco el tono yo repliqué al instante: «¿De actitudes pequeño burguesas calificáis el querer prescindir de la explotación y de la imposición humillante? En cuanto a la mística, ella está precisamente en esa credulidad que vosotros proyectáis unilateral y dogmáticamente y que desde vuestro gabinete pretendéis universalizar, cuando el camino de la auténtica revolución, por el contrario, está en liberar a los hombres del burócrata dirígentista y enseñarles, por medio de la participación directa, a prescindir de líderes y de falsos pastores en la búsqueda de soluciones al sinnúmero de problemas que el vivir cotidiano les plantea.
»¿O acaso creéis que la revolución consiste en sustituir unos ejércitos por otros y el capitalismo burgués por el capitalismo de Estado, cuya actuación es más represiva y mancillante que la de aquel, según lo ha demostrado con crece;, la historia de los últimos decenios? Revolución sólo puede haber una: la libertaria; la que da a cada ser humano oportunidad para participar y hacerse hombre íntegramente, pues todo indica que mientras las normas sociales sean impuestas desde arriba, los pueblos permanecerán sometidos y la injusticia seguirá imperando; porque el que manda, no se conforma con la estúpida satisfacción que hincha su vanidad, sino que ambiciona también otros muchos privilegios y esto, creo yo, debería haceros reflexionar antes de aferraras a esquemas jerárquicos por los que unos individuos supuestamente superiores se llenan de orgullo y se transforman en tiranos».
Sediles se decidió por fin a hablar para decir: «No te enfades hombre. Tal vez tengas razón; aunque yo no acierto a comprender del todo tus argumentos. Tendría que meditados más».
Pinillos balbuceó algunas palabras y Galán estaba visiblemente disgustado; pero habíamos llegado de nuevo a Albalate y me despedí de ellos repitiendo: «Revolución sólo puede haber una: la que ponga a todos los hombres en igualdad de oportunidades para trabajar con alegría, repartir con equidad el fruto de su esfuerzo y gozar plenamente de su derecho inalienable al ocio y a la cultura».
El auto partió y yo me quedé insatisfecho y pensando en voz alta... «¿Por qué se llamarán revolucionarios esos demagogos egocéntricos que aspiran al poder? Sólo el pueblo que trabaja puede estar un día en condiciones de hacer la revolución que ha de liberarnos a todos aboliendo clases y privilegios. Pero ello será cuando el pueblo haya podido beneficiarse durante algún tiempo de una educación auténticamente libertaria».
 
No tardaron mucho los trabajadores españoles en dar una respuesta constructiva a quienes tienen miedo a la libertad y desconfían de la capacidad organizativa del pueblo. Cierto que fueron momentos difíciles para todos, si bien no estará de más señalar que la provocación que dio paso a los hechos revolucionarios salió de las jerarquías dominantes, reacias como siempre a perder sus seculares privilegios. En lo que respecta al pueblo trabajador éste no hizo sino asumir con decisión inquebrantable la responsabilidad histórica que en virtud de unos hechos ajenos a su voluntad se le echaba encima. Es decir, para los trabajadores, el momento había llegado de llevar a la práctica en la medida de lo posible los ideales de solidaridad y de justicia que desde hacía algunos años venían acariciando con sentimiento profundo. Y esto fue así porque gracias en gran parte a la información que con tanta perseverancia los hombres del Movimiento Libertario venían difundiendo a través de sus sindicatos, ateneos, organizaciones juveniles y de mujeres, etc., el levantamiento militar no cogió desprevenidos a los trabajadores, cuya actitud vigilante predisponiéndolos a la defensa inmediata y a la estructuración de una sociedad libre y solidaria en la primera oportunidad, se puso bien de manifiesto el mismo 18 de julio, cuando las tropas y las agrupaciones fascistas se echaron a la calle para suprimir las libertades democráticas y los trabajadores salieron al paso con impulso arrollador barriéndoles el camino. Verdad es que no en toda España ocurrió lo mismo. Y es cierto también que no todas las comarcas se habían beneficiado de una labor informadora tan intensa como en Aragón, Cataluña y Levante por ejemplo; pero puede afirmarse, sin embargo, que la voluntad popular fue decisiva allí donde los oprimidos habían logrado configurar una conciencia liberadora y se hallaban motivados por una dinámica autogestionaria y por la práctica de una solidaridad efectiva en el seno de sus propias organizaciones.
La experiencia histórica del proceso revolucionario español en 1936 nos dice de una manera incontrovertible que no puede haber verdadero cambio social sin la participación directa de los trabajadores. Un gobierno decretará cuanto le plazca; pero ni los decretos pueden cambiar hasta su raíz las estructuras ni mucho menos la mentalidad de las gentes. De modo que, no solamente se hace necesaria la intervención del pueblo, sino de todo punto indispensable una previa información y educación de ese pueblo para que pueda ser él mismo quien protagonice y oriente la revolución genuinamente solidaria. Esto quedó bien probado en las realizaciones transformadoras que vamos a exponer en las páginas que siguen.
En las industrias y poblaciones donde había hombres consciente y humanamente preparados, capaces de dinamizar la vida cívica y económica desde el primer instante, la colectividad se desenvolvió con una eficacia ejemplar, mientras que allí donde esos hombres faltaron, su desarrollo fue vacilante y a veces confuso, hasta el punto de tener que ir algún compañero de otro lugar a prestar ayuda, lo que no siempre fue bien acogido ni dio los resultados que se esperaban. Esto debería servir de lección para las organizaciones de acción directa que pretenden sustituir la sociedad represiva y explotadora por otra de libertad y justicia, y que por eso mismo caerían en flagrante contradicción si pretendieran hacer el cambio careciendo de hombres que pudieran garantizar la buena marcha de la colectividad tanto por su competencia técnica en el área productiva, distributiva y de los servicios como, en una perspectiva ética, por su capacidad solidaria y su conducta intachable. Como ello sólo se adquiere mediante una información adecuada y, a la par, practicando la solidaridad en el seno y fuera del grupo -lo que hace a los hombres menos egoístas y más sensibles a las necesidades de los otros- fácil es comprender que la primera tarea y la más importante que a dichas organizaciones incumbe es, sin lugar a dudas, una tarea de carácter pedagógico.
En el ámbito del campesinado aragonés pudimos constatar con toda evidencia los ubérrimos resultados de esa labor previa, no obstante adolecer de haber sido bastante elemental en virtud de que no hubo tiempo ni medios suficientes y no pudo desarrollarse con la sistematización y hondura que exige un proyecto auténticamente revolucionario. Pero hemos de proclamar muy alto, por si ello puede servir de ejemplo, que cuanto de constructivo se hizo fue promovido por el impulso de una organización de trabajadores del campo y de la industria: la CNT. Aquella Federación Aragonesa, que supo fundir las aspiraciones reivindicativas con una exigencia ética y unos propósitos de mutación social, dio a los pequeños propietarios del campo, tan explotados como sus compañeros jornaleros, una perspectiva de afirmación personal y de emancipación colectiva. Y esa proyección, que concertaba los intereses complejos del individuo con las múltiples exigencias sociales, sensibilizó a los compañeros hacia metas de liberación, de justicia y de superación humana. En casi todas las naciones industrializadas, el sindicalismo campesino no ha existido o a lo más ha sido una minoría reivindicativa en zonas latifundistas o de gran especialidad hortícola. ¿Por qué fue diferente en España?
Porque la proyección social de la CNT llegaba al fondo de la sensibilidad humana tanto del campesino como del obrero industrial, y vigorizaba la solidaridad entre ellos. Esa fue la causa que determinó la respuesta casi unánime de los trabajadores españoles cuando las clases dominantes de la nación se sublevaron, más que contra la República, para aplastar los anhelos revolucionarios de la clase trabajadora.
 

[1] Las giras consistían en salidas al campo que tenían un carácter festivo y, a la vez, aglutinador; lo que puede comprenderse si se tiene en Cuenta que, generalmente, en ellas participaban jóvenes de varios pueblos, los ágapes se hacían en común en el clima de mayor confianza y buen humor y la jornada era amenizada corrientemente con juegos, danza, canto y chistes, sin olvidar las consabidas charlas-coloquio para las que nunca faltaba algún animador bien predispuesto.

[2] Ramón Acín, silenciado durante más de cuarenta años, ha sido rehabilitado apenas hace ahora tres, en que sus obras -las pocas que han podido salvarse gracias a sus dos hijas, si bien de manera dispersa y aún gran parte en fase de bocetos, notas y proyectos- fueron expuestas en noviembre de 1982 en el Museo del Alto Aragón de Huesca, su entrañable ciudad natal.
Sería imposible recopilar en unas líneas la desbordante actividad desarrollada por Acín en tan diversos ámbitos: docente, literario, pictórico, escultórico y, sobre todo, político, por el que sufriría, a través de su corta vida, repetidos procesos, encarcelamientos, exilios y, finalmente, la muerte.
Como artista tuvo Acín una formación autodidacta, al margen de academias y escuelas hacia las que se mostró siempre reacio dado que el arte era para él un medio más entre otros de expresar su pensamiento libertario y dar fe de su compromiso sociopolítico. Lejos pues, de encasillar su actividad en una sola faceta, optó por la versatilidad artística, siendo éste precisamente -dicen los expertos- el aspecto más interesante de Acín, el que lo mismo escribe que pinta o esculpe, dando vida a una gran variedad de formas con los materiales más humildes -cartón, papel reutilizado, escayola, chapas metálicas, etc.- y poniendo de manifiesto su incomparable capacidad creadora. Desplegó al mismo tiempo, una encomiable labor investigadora sobre el arte del Pirineo oscense.
Es digna de tenerse en cuenta asimismo su obra gráfica, en la que Acín pone de manifiesto igualmente, a través de una amplia gama de registros, su visión de la realidad y su gran sensibilidad creadora.
Esto puede comprobarse -dice Manuel García Guatas- en la abundantísima producción de viñetas e ilustraciones que se hallan dispersas en la prensa nacional y aragonesa y que, junto con sus habituales colaboraciones literarias merecerían un estudio aparte.
Respecto a su vida docente, en 1916 es nombrado profesor interino de la Escuela Normal de Huesca, donde ejercerá en calidad de profesor numerario tan pronto ganó las oposiciones tres años más tarde. Sus clases se distinguieron por el respeto a la libre expresión que reinaba en ellas y por el .amor que Acín profesaba a sus alumnos, siendo determinante su conducta para la formación ética y social de algunos de ellos, los que, o bien simpatizaron con las corrientes libertarias o bien se identificaron con ellas como fue el caso de Viñuales.
En 1931, de vuelta de París a donde se había exilado tras el fracasado intento de Jaca en el que había participado, expone su obra pictórica en el Ateneo de Madrid, donde la crítica progresista fue unánime en reconocer su talento como pintor y escultor anticonvencional, y donde, llegado el acto de presentación, Acín puso de relieve con su ironía habitual cuál era el contenido de su compromiso político: «No he venido a Madrid para exponer -dijo- pues no merecía la molestia y los cuartos que ello supone. Como delegado al Congreso de la CNT he venido a representar a los Sindicatos del Alto Aragón. Con mi billete de delegado, junto al pijama y al cepillo de dientes, he facturado estas cosas de arte semiburgués».
Porque, si bien nacido en 1888 de una familia burguesa de corte provinciano, ello no impide el que, siendo aún muy joven, Acín ingrese en las filas de la Confederación Nacional del Trabajo, de cuya organización llegó a ser uno de sus más activos militantes: pronunció conferencias en pueblos y ciudades, colaboró en la prensa confederal y en otras publicaciones del Movimiento Libertario, elaboró valiosas ponencias y participó en diversos comicios regionales y nacionales.
Por causa de dichas actividades sería objeto no pocas veces de persecución y de encarcelamientos.
Pero la figura de Acín cautiva sobre todo por su sencillez y por la condición profundamente humana de su persona. Dicen que su casa, convertida en museo de curiosidades y de arte, estuvo abierta siempre a todo el mundo, fuere cual fuere la procedencia social o política de los visitantes. Desinteresado y fiel amigo de sus amigos, se cuenta de él que, habiéndole tocado en suerte un premio de la lotería y sabiendo que su paisano Buñuel carecía de medios para desarrollar un acariciado proyecto, Acín le dio el dinero y así pudo nacer el famoso film sobre las Hurdes extremeñas Tierra sin pan. Sin embargo, pese a la tolerancia, afecto y generosidad que derramó siempre a manos llenas, al romper el alba de un 6 de agosto de 1936, sería fusilado c!Jando tenía 40 años, frente a las tapias del cementerio de su querida cIudad natal; suerte que correría pocos días más tarde, dejando huérfanas a dos preciosas niñas, la fiel compañera y esposa de este ciudadano sin igual que fue nuestro entrañable y jamás olvidado Ramón Acín.

 

Versión electrónica de la Edición de LAIA (Barcelona, 1986). Además de nuestro incansable scanner :), hemos contado con la invaluable ayuda de Marc y otr@s que en varias latitudes han apoyado y participado en el rescate de esta obra capital del pensamiento y la historia libertarios...

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