Se ha hablado y escrito en todos los tonos de aquella experiencia de autogestión; aunque lamentablemente, lo han hecho más los estudiosos ‑historiadores, sociólogos y politicólogos- que los protagonistas de los hechos. A nadie puede culparse de ello si no es a nosotros mismos, actores de aquella espontánea epopeya. No obstante, como las acusaciones sirven de poco y la resonancia de aquellos ensayos sigue alentando el pensamiento de los hombres interesados en la prospectiva sociológica, debemos explicar claramente el desenvolvimiento colectivista de Aragón y desmentir algunas informaciones erróneas, más o menos interesadas, que han circulado acerca de esta interesante experiencia que fue altamente positiva pese a las imperfecciones de que, como toda obra humana, pudiera adolecer. No faltan los sectarios ignorantes que niegan incluso la existencia de tales colectividades; pero los más interesados en desprestigiarlas suelen afirmar que se constituyeron bajo la presión violenta de las columnas confederales y que se mantuvieron luego por la coerción constante de una «dictadura libertaria». Parece imposible que haya quienes, ante una realización tan ejemplar y aleccionadora, se dediquen a falsear los hechos en lugar de esforzarse en conocer su desarrollo, sus éxitos y sus deficiencias. Esa debería ser la actitud lógica de quienes sienten la inquietud de penetrar en los fenómenos sociales, tanto más si éstos ofrecen perspectivas revolucionarias orientadas y sostenidas por el pueblo. Por eso, considero imprescindible que quien hable de estas colectividades sea quien las ha conocido a fondo. Yo que he vivido en Aragón durante la existencia de las colectividades, he podido constatar que, salvo algunos pueblos en los que se mantuvo el frente durante algún tiempo, en ninguna parte hubo imposición, ni los milicianos fueron por la retaguardia a organizar colectividades ni institución social alguna. Dos aspectos de diferente orden, aunque de imperativo simultáneo, impedían que las milicias se dedicaran a organizar, y menos a imponer el colectivismo. El primero era de carácter estratégico. En los principios de la guerra unos treinta mil hombres tuvieron que cerrar el paso a los fascistas de Zaragoza y formar una línea defensiva de más de trescientos kilómetros. Unidos a las incipientes columnas que se habían formado en Aragón, los voluntarios catalanes, sin cuya ayuda la experiencia que narramos no hubiera sido posible, tuvieron que empujar a los destacamentos militares, guardias civiles y paisanos, hasta lo que fue luego trinchera, más o menos móvil, durante casi dos años. ¿Cómo podían, ante tal exigencia, dispersarse por los pueblos? [1] El otro aspecto, de índole sociológica, es aún más contundente para demostrar la imposibilidad de organizar colectividades desde fuera. Si una centuria, por ejemplo, hubiera ido a un pueblo y obligado a sus habitantes a construir una colectividad, al marcharse, aquella estructura impuesta se habría disuelto por una mengua de interés de quienes habían actuado a la fuerza y porque tampoco hubiera habido en el pueblo quienes estuvieran en condiciones de animar y administrar la colectividad. La lucha en el frente era para los antifascistas una cuestión de vida o muerte que exigía todos sus esfuerzos. Organizar y sostener, al mismo tiempo, casi seiscientas colectividades sólo fue posible gracias al compromiso voluntario y consciente de una población que amaba la justicia y estaba bien dispuesta para la colectividad. ¿Cómo habrían podido las milicias sostener desde el frente una organización cuya dinámica partía de sus asambleas, ya que todo se dirimía en ellas por la libre participación de sus afiliados? Basar en un hecho de fuerza un fenómeno social que reclama de los hombres una concienciación y una capacidad solidaria a toda prueba es buscar tres colas al gato y obstinarse en tejer un velo alrededor de una de las experiencias sociales más constructivas de nuestra historia. Constitución y desenvolvimiento de una colectividad Situémonos en una población mediana, bien comunicada que habría de ser luego centro de una de las comarcales más voluminosas y activas: Binéfar. Una vez los hombres :a la CNT, con la ayuda de algunos republicanos, hubieron vencido a los sublevados fascistas y sustituido el Ayuntamiento por el Comité Revolucionario, convocaron al pueblo para explicarle la situación y plantear la necesidad de constituir una colectividad. El propósito dice bien elocuentemente que la idea del colectivismo estaba clara en la mente de los agricultores de la región. Lo más significativo es que cuanto ocurrió en Binéfar ocurrió simultáneamente en todo el Aragón liberado, con ligeras diferencias de tiempo y circunstancias. Tanto es así que a medida que las milicias avanzaban hacia Zaragoza, en los pueblos liberados en los que se derrumbaba el sistema político tradicional, las poblaciones creaban un nuevo sistema social que tendía a ser colectivista. Volviendo a Binéfar, ya el pueblo reunido, los miembros del Comité se dirigieron a los vecinos con éstos o parecidos términos: «Compañeros, después de las angustiosas horas transcurridas, los enemigos han sido vencidos y ahora comienza para todos una sociedad nueva. Se acabaron la tiranía, la explotación y la miseria. Pero desde este instante tenemos que organizarlo todo: el trabajo, la distribución, el desenvolvimiento pacífico del pueblo y una más solidaria convivencia. Ello sería mucho más fácil si hubiéramos ganado en toda España, pero como no ha sido así, y estamos empeñados en una guerra, hemos de producir también para ayudar a los frentes. Esta circunstancia y nuestro afán de terminar de una vez con el asalariado y con las clases, nos lleva a proponeros que, con las tierras de los grandes propietarios que han huido y las que tenemos muchos de nosotros, formemos un patrimonio colectivo que trabajaremos conjuntamente. De ese modo, además de practicar el apoyo mutuo y acabar para sIempre con la división entre pobres y ricos, utilizaremos mejor las máquinas y los animales que poseemos entre todos y el rendimiento será mayor con el mismo o menor esfuerzo. Ahora bien, si esa colectividad pretendemos que sea para todo el pueblo, lo hemos de acordar entre todos y, como es natural, discutir previamente los pros y contras que cada uno vea en la nueva organización. Así pues, vosotros tenéis la palabra y rogamos a cada uno que exprese lo que piensa sin temor ni coacción alguna.» Como es lógico, tan nuevo planteamiento provocó una discusión viva y prolongada, y, si bien la mayoría se manifestaron de acuerdo con la colectividad, no faltaron opiniones recelosas, y algunas, incluso resueltamente opuestas. Por fin, el compañero que presidía, dijo para cerrar la asamblea: «Conocida la opinión de cuantos han querido expresarse y como la decisión es de gran importancia, pensamos que será mejor dejar que cada familia reflexione serenamente y que, durante dos o tres días, pase cada cabeza de familia por el Comité Revolucionario a decir si está de acuerdo o no en formar parte de la colectividad. Queda bien claro, sin embargo, que a partir de este momento no habrá asalariados y que aquellos que no quieran entrar en la colectividad podrán trabajar sus tierras; pero sólo las que puedan llevar con su familia, ya que si tienen más de las que puedan cultivar, el resto les serán requisadas. Cada uno es libre de hacer lo que quiera; pero la guerra y la justicia social exigen que los campos produzcan y no permitiremos que haya fincas sin cultivar.» Tres días después casi el ochenta por ciento de la población se había colectivizado y el veinte por ciento restante -pequeños propietarios y artesanos- habían quedado al margen, aferrados a la tradición, a su parcela y a su autonomía que sólo dificultades y una tarea más penosa podía acarrearles. Hay que decir, no obstante, que ello no supuso obstáculo alguno para la revolución, porque produjeron intensamente y contribuyeron a los gastos bélicos como las colectividades, de modo proporcional. Por otra parte, al ser controlados producción y consumo por las cooperativas -de las que hablaremos luego- se estableció en el terreno económico una simbiosis satisfactoria entre los individualistas y los colectivistas. Constituida la colectividad de Binéfar, se nombró su Comité en la primera asamblea, cuyos componentes eran Viñau, Ric, los hermanos Gibanel, Dámaso, Español y alguno más. A continuación se dividió el término agrario en ocho partidas y se nombró un delegado para cada uno de los ocho equipos que iban a cultivadas autogestionariamente. Los delegados trabajaban habitualmente como los demás y, recogiendo el criterio de sus compañeros, llevaban cada noche al Comité una relación de las necesidades, ruegos y preguntas que surgían en su equipo. De ese modo, todos estaban al corriente de la marcha de los trabajos y de cuanto sucedía en cualquier parte. Como en todas las partidas no se cultivaba lo mismo, ocurría a menudo que en una de ellas fuera urgente plantar remolacha, por ejemplo, labor que debe realizarse de manera rápida. Entonces, algunos hombres de cada uno de los otros equipos iban a atender a la faena más apremiante y se efectuaba en menos de la mitad del tiempo que hubiera costado sin esa cooperación. En otro momento, era el equipo de recogida de alfalfa quien precisaba ayuda, prestándosela los otros equipos. Era así como, no solamente en Binéfar sino en todo Aragón, el apoyo mutuo más espontáneo y racional se practicaba sin autoridad ni burocracia. En Binéfar no sólo estaba el trabajo del campo, sino que había una fundición de piezas metálicas, una fábrica de harina, talleres de reparación, carpinterías y algunas pequeñas industrias. Todas esas especialidades se colectivizaron asimismo, y aun cuando conservaron su autonomía profesional y nombraron sus delegados al Comité, formaban parte de la colectividad campesina. Entre artesanos y campesinos se practicaba también la ayuda mutua. En invierno, cuando los trabajos del campo exigen menos asiduidad, algunos campesinos cooperaban con albañiles y otros artesanos en tareas útiles, mientras que en la época de la recolección, albañiles, carpinteros, sastres y hombres de otros oficios ayudaban a los compañeros del campo para que una tormenta u otro riesgo no estropeara la cosecha. Como se tenía conciencia de que todo era de todos, el apoyo mutuo se practicaba con la mayor naturalidad. Dada la situación de guerra y el cambio de estructura social que había sufrido la propiedad, la primera exigencia era organizar la producción; pero no se descuidó el cúmulo de necesidades de los habitantes: se montó y reguló la cooperativa reuniendo los comercios antes dispersos, se abrieron las escuelas a las que se les dio una tónica de libertad antes desconocida, se formó una biblioteca con salas de lectura y clases para jóvenes y adultos, se organizaron el cine y el teatro del pueblo y la cooperación alegre de los vecinos fue creando un clima de comunicación y de confianza que comenzó a eliminar los egoísmos y suspicacias arraigadas en las costumbres por la ignorancia y la tradición discriminatoria. Todo en la colectividad era planeado y realizado según lo acordado en las asambleas que sus componentes celebraban con la debida frecuencia -en algunos pueblos semanalmente, en otros todos los días o cuando el momento lo reclamaba- y en ellas cada colectivista podía criticar cuanto le pareciera inconveniente, así como aportar nuevas iniciativas para mejorar la convivencia. Es decir, que por primera vez, en los tiempos modernos al menos, el pueblo tenía la palabra y participaba directamente en todos los asuntos que afectaban a la vida colectiva y, naturalmente, a la suya propia. En esas condiciones, y admitiendo el hecho, bien conocido hoy por cuantos han investigado a fondo, de que al lado de las colectividades agrarias algunos pequeños propietarios siguieron explotando individualmente sus tierras, ¿cómo explicaríamos la coexistencia de ambos regímenes en cada uno de los pueblos del Aragón liberado? ¿Qué se esconde tras esa malversación de los hechos por quienes atribuyen al régimen colectivista aragonés un carácter impositivo y violento? Porque está claro que si imposición hubiera habido, no hubiera quedado un sólo propietario fuera de la colectividad ni hoy podríamos hablar aquí de comunismo libertario como estructura sociológica no sólo imaginada sino experimentada y vivida responsablemente por los pueblos de Aragón durante los 19 meses que discurrieron hasta la caída de toda la región en manos de los fascistas. No pretendemos que todo fuera perfecto y que actitudes censurables no surgieran en alguna parte; pero generalmente y en lo que respecta a los individualistas, nunca fueron molestados ni se les consideró ciudadanos de segunda. Quiero poner de relieve que esa convivencia basada en la tolerancia y cuyo alcance sociológico no ha sido suficientemente valorado por quienes vienen interesándose en el tema, fue posible gracias al elevado concepto que los hombres del Movimiento Libertario tenían de la libertad y del respeto a la persona humana. De otro modo, si el colectivismo de Aragón, dado que era mayoritario, hubiera caído en la tentación de imponerse, su perspectiva hubiera dejado de ser libertaria para convertirse en un proyecto inconfundiblemente marxista. Comprenderá el lector que para ese viaje no hacían falta alforjas; ya que para nosotros, hombres amantes de la libertad y de la solidaridad, como testimonio nos bastaba y sobraba el modelo des humanizado que desde octubre del año 1917 venía imperando en la Unión Soviética y más tarde en los países satélites. Es verdad que nadie hasta Marx supo hacer un análisis del capitalismo tan minuciosa y sistemáticamente; pero a cambio, ¿qué alternativas nos ha ofrecido el marxismo para sacar a los trabajadores de esta situación que los despersonaliza y aliena?: la dictadura, que aunque del «proletariado» y ser proyectada con carácter «provisional», se convierte, como ya nadie ignora, en un aparato de poder irreductible. y ello es así porque las estructuras jerárquicas del Estado marxista, como además del poder militar y político gozan del poder económico -que usurpan a los trabajadores cuando al proclamar la propiedad «colectiva» se adueñan de todos los medios de producción y de administración de los servicios- dejan al pueblo trabajador completamente desarmado frente a los abusos de una burocracia cada vez más corrupta que, proliferando desmesuradamente como las células de un tumor canceroso, acaba por ahogar con sus tentáculos el dinamismo y las ilusiones de todo un pueblo. ¿Cuál iba a ser pues, la actitud de los trabajadores en los aciagos momentos que España vivía? Dejar en pie al capitalismo era seguir manteniendo el sistema de libertad que los capitalistas proclaman: libertad de trabajo -dicen. libertad de empresa, de iniciativa, etc. Pero, ¿qué representan esas libertades para quienes han de vender sus brazos a cualquier precio si quieren seguir comiendo? Pura falacia; pues libertad sí, mas para explotar a los obreros después de haberles usurpado por la fuerza los medios de producción y para aprovecharse «libremente» de su esfuerzo. Era absurdo por tanto pretender que el pueblo trabajador, mientras sus hombres morían en el frente de guerra, se resignara impasible a seguir manteniendo esas mismas estructuras dominantes que no satisfechas con explotarlo lo habían arrastrado a una catástrofe bélica y que dejara para las calendas griegas la estructuración de una sociedad más justa y solidaria. De ahí que, por voluntad expresa de una mayoría, en casi todos los municipios de Aragón, tras convocar una asamblea general donde los vecinos fueron informados del proyecto, los trabajadores abolieran el asalariado, proclamaran la propiedad colectiva de los medios de producción -tierras de latifundio, fábricas y grandes talleres- dieran libertad de opción a los pequeños propietarios y organizaran los servicios de manera autogestionaria. ¿Por qué el respeto a la pequeña propiedad privada? Porque el pequeño propietario era un trabajador que ponía a contribución todo su esfuerzo para extraer de su parcela el máximo rendimiento, y esto sin que explotara a nadie ni pudiera especular con sus productos dado que la economía de libre mercado había sido sustituida por una economía socializada. Por otra parte, además de lo que en sí representa el hecho de no cometer acciones violentas -la violencia es siempre nefasta- esa actitud de los colectivistas frente al pequeño propietario propiciaría los estímulos para lograr una convivencia satisfactoria y llegar por el vehículo del diálogo al mejor entendimiento frente a la necesidad de racionalizar la producción y la distribución como exigencia de una situación de guerra. Los propulsores de la nueva estructura estaban más que convencidos de las virtudes del colectivismo y de las satisfacciones y ventajas que de él se desprenden. Por ejemplo: la solidaridad, principio fundamental sobre el que se apoya todo el edificio, se hace patente de manera efectiva por la ayuda que los equipos y los hombres se prestan entre sí. La bondad de esta ayuda, que es practicada en todo momento, se hace más evidente si cabe cuando el colectivista cae enfermo; pues esto que en la economía individualista puede suponer la ruina familiar o, en el mejor de los casos, un trastorno serio, en la colectividad, donde la ausencia de dos brazos es cubierta ipso facto por la actividad de otros muchos, toda la atención puede ir orientada hacia los cuidados para con el enfermo, sin que otras preocupaciones u obligaciones pesen lo más mínimo sobre el ánimo de sus familiares y amigos. Otra ventaja entre las muchas que podrían enumerarse es la de que en una economía colectivizada, el coste de las máquinas y otras herramientas de trabajo son amortizadas con mayor rapidez puesto que están destinadas al laboreo de mayores superficies de tierra. Y ese mejor aprovechamiento del material de trabajo puede aplicarse también para cuantas innovaciones técnicas u otros conocimientos se hayan introducido para mejorar el desenvolvimiento colectivo. Pero esas ventajas y otras muchas no podían imponerse por la fuerza. Era sobre la marcha como tenían que descubrirlas los más reacios hasta hacerlas suyas realmente por decisión propia, responsable y libremente asumida. Los colectivistas tenían clara conciencia de ello y fueron consecuentes con el principio de libertad que defendían. Habían comprendido que el hombre es un ente pluridimensional y celoso de su autonomía; que forzarlo a tomar ésta u otra postura, ni es ético ni conduce a nada positivo, y que el mejor método para hacerlo entrar por los cauces de la comprensión y de la ayuda mutua lo constituía la información sobre el terreno y el ejemplo de la praxis solidaria en el bregar de cada día. Frente pues, a la disyuntiva: capitalismo hipócrita y explotador o marxismo inhumano y despótico, los campesinos aragoneses optaron por una tercera vía: la autogestión. Y ella fue la dinámica de aquellas colectividades; que no obstante representar la mayoría en la región y tener en sus manos los resortes del poder político y económico, supieron respetar y considerar a los individualistas y hacer posible, mediante la cooperativa -órgano de interrelación para los intercambios económicos- la abolición de la economía de libre mercado, acabando así con la usura capitalista pero no cayendo en la arrogancia de la tiranía, sino discurriendo por cauces de tolerancia y de recíproca solidaridad. Incuestionablemente, esa praxis respetuosa y humana del colectivismo aragonés coincide con las constantes del hombre, quien rechaza la obediencia a normas rígidas y a programas inamovibles establecidos de una vez. por todas. Por eso precisamente, la colectividad, al ser ordenada por sus asambleas y permanecer abierta a todas las innovaciones es la única estructura dinámica que puede dar satisfacción plena a los individuos y al grupo. Volcada asimismo hacia fuera para hacer partícipe de sus progresos a todos los vecinos del municipio, es necesario destacar que, juntos aunque desde perspectivas diferentes, individualistas y colectivistas iban estructurando una sociedad móvil, abierta al progreso y susceptibles de corregir cuantas imperfecciones se descubrieran sobre la marcha. Esa fue en líneas generales la experiencia colectivizadota de los campesinos aragoneses y que habrá de servir de ejemplo a muchos trabajadores y sociólogos si de veras queremos liberar a los hombres de expoliaciones y tiranías y dar a los pueblos la seguridad económica, la paz y la alegría con las que vienen soñando desde tiempos inmemoriales.
Aunque son las colectividades el principal objeto de este estudio, conviene prestar especial atención a la cooperativa; pues fue esta institución la que permitió coordinar, de la manera más igualitaria posible, las relaciones económicas entre todos los habitantes de la población. Como el comercio especulativo se había abolido en Aragón, todo el pueblo, tanto los miembros de la colectividad como los que no pertenecían a ella, acudían a la cooperativa para proveerse de cuanto necesitaban, ya fuesen artículos alimenticios así como prendas de vestir, calzado, artículos caseros o semillas, abonos, herbicidas u otros para el campo; al mismo tiempo que depositaban en ella los frutos sobrantes de sus cosechas. Lamentablemente, este modelo ejemplar de la cooperativa autogestionada por todo el pueblo, ha sido poco estudiado pese a que fue uno de los organismos más valiosos en aquellos momentos; pues facilitó el paso a una economía socializada sin dañar los intereses de nadie y sí, por el contrario, sirvió de nexo de relación que fomentó la amistad y la ayuda mutua en muchas ocasiones. Es preciso señalar que en algunas localidades -muy pocas- donde el 100 % de la población pertenecía a la colectividad, era ésta la que controlaba y dirigía la producción, la distribución y cuanto tenía relación con el desenvolvimiento económico del municipio. En otros pueblos, donde eran colectivistas el 50, 60 u 80% de los vecinos, se creó la cooperativa para que unos y otros pudieran proveerse de cuanto necesitaban; y esto en igualdad de condiciones de acuerdo con las normas establecidas en cada localidad. La cooperativa funcionaba, lo mismo que la colectividad, en régimen de asambleas, en las que todos los vecinos gozaban de la misma oportunidad para intervenir, siendo éste el mejor ejemplo de la libertad de acción que existía sin que se hiciera discriminación de tipo alguno. También hay que decir, para situar a cada cual en el lugar que le corresponde, que si bien en las entregas de víveres para los frentes los individualistas participaban con su ayuda, no contribuyeron en cambio en muchas de las innovaciones que se llevaron a cabo, como la instalación de la corriente eléctrica en varias poblaciones y el teléfono en otras, mejoras que hicieron las colectividades por su cuenta, sin pedir nada al resto de los vecinos aunque de esos servicios se beneficiara luego todo el pueblo. Del mismo modo, cuando en Binéfar, por iniciativa de las colectividades y con la contribución de la comarca se montó un hospital, se hizo sin que los individualistas aportaran su ayuda y, sin embargo, en cuanto éstos tuvieron necesidad de sus servicios fueron asistidos con el mismo celo que lo fueron otros enfermos miembros de las colectividades. Este hecho por si sólo, ejemplo de solidaridad hasta con los mismos detractores, pone bien de manifiesto: .los sentimientos de comprensión y de tolerancia que inspiraban generalmente al proyecto colectivista y, al mismo tiempo la falsedad de la campaña difamatoria que se desencadenó contra él apoyándose en criterios que estuvieron muy lejos de ser objetivos y desinteresados. Mas volvamos a la cooperativa como organismo que en la zona y período que nos ocupan, hizo su eclosión en casi todos los pueblos gracias a los colectivistas, quienes pusieron a prueba su iniciativa para llevar a cabo idóneamente los reajustes económicos que el momento exigía. Porque si bien es verdad que en Aragón hubo cooperativas desde antiguo, especialmente para el consumo, éstas fueron siempre de escasa importancia y sobrevivieron poco tiempo. Es al estallar la guerra civil y abolirse el comercio especulativo por iniciativa de las colectividades cuando su necesidad fue vivamente sentida por todos -individualistas y colectivistas frente al imperativo de articular los intercambios económicos dentro y fuera de la región de forma que permitiera correctamente la previsión y control de cualquier operación especulativa o fraudulenta. Es importante señalar que si bien fueron los colectivistas, como ya se ha dicho, quienes sugirieron y dinamizaron la cooperativa, una vez creado este organismo, todo cuanto incumbiera en adelante a su funcionamiento sería obra de sus componentes reunidos en sus asambleas, en las que todos tendrían la palabra sin que hubiera lugar a discriminaciones y en las que se elegirían los hombres o mujeres para la Junta Administrativa; elección que podía recaer, y de hecho recayó muchas veces, sobre individuos que no pertenecían a la colectividad. Estaba también en la mente de los colectivistas el proyecto de federar las cooperativas para poder disponer de una Federación Regional, órgano coordinador por excelencia, según ellos, para orientar debidamente la economía de la región. Pero no hubo tiempo para ello y de ahí que, mientras tanto, fuera la Federación Regional de Colectividades la que asumiera responsablemente dicha tarea. La función de la cooperativa se redujo pues, al ámbito estrictamente local, siendo su principal objetivo el ordenamiento económico de la localidad respectiva y utilizando para ello el procedimiento siguiente: La cooperativa disponía, para cada familia, de una cuenta abierta, en la que se consignaban rigurosamente todas las transacciones que se iban realizando al correr de los días entre ambas entidades. Al mismo tiempo, esas operaciones eran registradas en una libreta preparada al efecto que quedaría siempre en poder de su titular. Y así como cada familia individualista disponía de esta cuenta abierta, las familias colectivizadas fueron englobadas en una sola cuenta con su correspondiente libreta. Es decir que para los efectos del ordenamiento económico, la colectividad representaba para la cooperativa una unidad familiar, cuya única diferencia respecto a las otras era la de ser mucho más numerosa y sus transacciones, por tanto, de mayor volumen. Mediante ese registro de entradas y salidas podía conocerse en todo momento el saldo, positivo o negativo, de cada entidad familiar y, a la vez, su capacidad productiva y de consumo de cara a la planificación más racional tan pronto fuera necesario o se considerara oportuno. Ya se tratara pues, de planificar cultivos, regular los intercambios y desarrollar la riqueza pecuaria o de organizar a prorrata el envío de víveres al frente, se podían conocer rápidamente las posibilidades de cada familia -incluida como tal la colectividad y establecer los criterios de mayor justicia. Pero a todas estas posibilidades habría que añadir otras que no son de menor importancia para una sociedad que quiere abrirse a la libertad por la solidaridad y la actitud de mayor respeto entre los miembros que la componen; pues con ser tan útil la cooperativa para el desenvolvimiento económico, lo fue mucho más como escuela de aprendizaje de la convivencia; ya que gracias al imperativo de los intercambios económicos que reunía en su seno a colectivistas e individualistas, ambos sectores confluyeron en sus asambleas, donde por conducto del diálogo pudieron conocerse mejor y abrir cauces inéditos a la cooperación solidaria. Tanto es así que, como pudo demostrarse allí donde los pueblos se organizaron mejor, se fueron creando en torno a la cooperativa vínculos de confianza y de amistad que eliminaban distancias y resquemores; sacudiéndose unos y otros el viejo lastre de las apasionadas luchas políticas que, analizadas a fondo, carecían realmente de fundamento a los ojos, más críticos que otrora, de aquellos trabajadores aragoneses. Queda demostrado que las cooperativas sirvieron de vinculo entre los vecinos de cada municipio, y que gracias a ellas los individualistas contribuyeron a la construcción de una economía socializada sin que su independencia representara para ello ningún obstáculo; ya que al no poder comprar tierras, ni especular con sus productos, era imposible acumular riquezas ni explotar a nadie. El apoyo mutuo se hizo evidente de muchas maneras. Entre individualistas por ejemplo, ayudándose en las faenas del campo, prestándose animales de labor, poseyendo en común algunas máquinas, como desgranadoras de maíz, molinos, limpiadoras de trigo, etc., y otras veces entre ellos y la colectividad cooperando en la realización de importantes trabajos, como arreglar caminos, limpiar acequias, construir defensas en los ríos, hacer remiendos en las escuelas. Tampoco faltaron los que veían con admiración el desenvolvimiento de la colectividad y que hubieran terminado por ingresar en ella, y si más de dos no lo hicieron fue, según confesión directa que yo mismo pude oír, por fidelidad a determinados partidos que les aconsejaban no mezclarse con los revolucionarios de la CNT. Pero en materia de solidaridad, los colectivistas quisieron ir más lejos, federando las colectividades hasta constituir la Federación Regional -órgano coordinador de todo el movimiento colectivista de la región- para poder hacer extensiva la ayuda a todas las comarcas necesitadas. De ese modo quedaba estructurado el Comunismo Libertario que muchos de ellos venían preconizando y que les permitiría, respetando la libertad de los pequeños propietarios para que optaran por el régimen de su preferencia, impedir que resucitara el asalariado y con él la división de la sociedad en clases y la injusticia, y al mismo tiempo acabar con la especulación del libre mercado, evitando así la inflación, de la que no escaparon, como todo el mundo sabe, el resto de las regiones españolas. Pese pues, al forcejeo que algunos políticos ambiciosos, el Partido Comunista y el mismo Gobierno venían haciendo mancomunadamente contra las colectividades, en Aragón éstas permanecieron en pie hasta el momento de la derrota final y llevaron con buen pulso el timón de la economía; pues como ya se ha dicho, por no haber podido federarse aún las cooperativas, los intercambios económicos extraregionales, ya fuera con la Generalidad de Cataluña, con las colectividades industriales de dicha región o con las del campesinado de Valencia, se llevaron a cabo por nuestras colectividades a través de su Federación Regional con el beneplácito de los Comités Comarcales tras los acuerdos de sus asambleas. A la pulsión mercantilista del comercio privado que genera especulación, desigualdad distributiva y privilegios e inflación económica, había sucedido la cooperación, ya fuese a través de la cooperativa en el ámbito local o por medio de la Federación Regional de Colectividades para los intercambios de índole regional y extraregional, convirtiendo la distribución en un servicio de contenido igualitario y dando a la economía de Aragón una vertiente nueva de seguridad y de justicia. Tanto es así que pese a los avatares de la guerra y a la convulsión social que la acompañó, en nuestra región no se alteraron los precios de los productos cuando en el resto de la zona republicana habían subido a las nubes de manera fulminante. Por ejemplo: un pan que en el 36 lo comprábamos con sesenta céntimos, su precio en el 38 era de 20 pesetas, mientras que en Aragón seguía siendo el de antes: sesenta céntimos. Para el intercambio de nuestros productos -aceite, carnes, azúcar, fruta, forrajes, etc.- con los diversos artículos que nos llegaban de fuera como téjidos, máquinas, productos químicos u otros, el criterio utilizado era al principio siempre el mismo; es decir: valorábamos cada producto de acuerdo con los precios que rezaban en factura en julio de 1936. Así eran de sencillos nuestros intercambios con el exterior durante los primeros meses; pues lamentablemente y por razones obvias, las dificultades se fueron acumulando y la afortunada experiencia no pudo prolongarse hasta el toque final de la guerra. Ello no obstante, vale la pena retener el valor imponderable de este hecho singular: Aragón no conoció, pese a la sangría de la guerra y gracias a la cooperación económica, ni los efectos de la inflación ni las enojosas fluctuaciones a las que se halla sometida irremediablemente toda economía de mercado.
Aclaraciones sobre un tema polémico Después de la experiencia vivida por el pueblo aragonés, donde se demostró que las cooperativas eran insustituibles como elemento de control económico y de vinculación entre grupos autogestionarios y otras agrupaciones o empresas individualistas, ya no se puede discutir como otrora acerca de su utilidad como factor socializante. En el pasado, en el ámbito de anarcosindicalismo especialmente, el tema del cooperativismo suscitó amplias discusiones y polémicas. Unos, defendíamos la cooperativa porque veíamos en su función una gimnasia de cooperación educadora y de autogestión, mientras otros tildaban a la cooperativa de órgano reformista que apartaba a los trabajadores de las luchas revolucionarias. Para sostener estas opiniones opuestas y argumentar en favor de una o de otra postura, no faltaban ejemplos en el desenvolvimiento cooperativista, ya que existían cooperativas muy dinámicas en las que se practicaba el apoyo mutuo y se dedicaban los beneficios a funciones culturales o de solidaridad, a la vez que no faltaban las que llevaban una vida lánguida y en las que lo único que movía a sus afiliados era el interés de obtener beneficios. Ante la pregunta de si la causa de ese fenómeno se halla, o no, inscrita en el propio sistema cooperador, hemos de contestar rotundamente que no. Todas las obras e instituciones que existen han sido creadas por los hombres, y su funcionamiento dependerá siempre de la capacidad, voluntad e intencionalidad de los individuos que las mueven y orientan. En el caso de las cooperativas, es preciso dejar claro, pues, cuál es 'su misión y cómo no puede haber auténticas cooperativas mientras no haya verdaderos cooperadores. El cooperativismo, a partir de las escuelas de Rochadale y de Nimes se propuso llevar a cabo lo que su nombre indica: es decir, cooperar en igualdad de condiciones y al servicio de todos. Su intención era eliminar los intermediarios, suprimir la especulación comercial y llegar a sustituir al capitalismo. Para ello se proyectó la cooperativa de consumo, la de producción a todos los niveles, la del crédito sin especulación y la federación de todas ellas en una estructura capaz de asumir la economía de un país y de evitar toda clase de explotación y usura. Ya Owen primero y seguidamente Fourier y Proudhon habían proclamado que la cooperativa podía ser un factor revolucionario, puesto que ni los Estados ni la política clásica se habían mostrado aptos para establecer la libertad y la justicia. Por lo tanto, si a las cooperativas se les insuflara el contenido solidario que precisan, en su seno se formarían auténticos cooperadores por la función misma del apoyo mutuo, podrían ser instrumentos eficacísimos para la transformación social e insustituibles para la mejor distribución en una sociedad libertaria. ¿Quién puede estar en principio en contra de este sintético programa? No obstante, la eficacia y la solidaridad de una cooperativa cualquiera estará siempre, como ya hemos dicho, en función de la mentalidad y la dinámica de quienes la constituyen. Por lo tanto, del mismo modo que hay sindicatos revolucionarios, reformistas, amarillos, de policías o de gángsters, la cooperativa puede desviarse o corromperse según sea la talla moral de los miembros que la sostienen. La eficacia que las cooperativas demostraron para la sincronización económica entre individualistas y colectivistas ha sido la prueba más incontrovertible de su valor social y del papel que pueden desempeñar en el futuro. Ya en el pasado -y esto casi en todas las regiones de España y sobre todo en Cataluña- fueron el sostén de los obreros en el decurso de las huelgas más prolongadas. Hemos visto cómo la «Flor de Mayo», la «Nueva Obrera», «El Reloj», etc., fiaban a los huelguistas no cooperativistas de sus barriadas respectivas hasta que el conflicto hubo terminado. Esta actitud debería haber sido suficiente para que todos los obreros se hubieran fusionado en ellas; pero no fue así porque intereses antagónicos de los que ya se ha hablado, impedían la unanimidad y la información capaces de agrupar en torno de las mismas a todos los trabajadores. Para comprender mejor el valor de la cooperación hemos de tener en cuenta que los dos factores básicos de la injusticia humana han sido, a través de la historia, el poder y el comercio. Los que poseyeron la fuerza introdujeron la injusticia haciéndose dueños de los medios de producción, ya fueran campos, inmuebles o máquinas, y del fruto que los trabajadores crearon con su esfuerzo. ¿Pero de qué hubiera servido la posesión de objetos y productos si no se hubiera vendido con cierto margen de beneficio? Aquí vemos, pues, cómo el comercio ha generado la especulación y la acumulación de riqueza de los usurpadores en detrimento de los usurpados. El comercio sigue viviendo a costa de los consumidores y continúa enriqueciéndose y enriqueciendo a los capitalistas con cuanto vende a los explotados. Por lo tanto, puesto que todos somos consumidores, necesitamos el vehículo de las cooperativas de consumo si queremos suprimir el comercio y poner al capitalismo en estado irreversible de quiebra. La cooperación puede liberarnos de la especulación mercantil y nos entrena además en una actividad autogestionaria, puesto que la cooperativa se rige por la asamblea y nadie es más que otro en su seno. Y como se probó de un modo fehaciente en Aragón, las cooperativas son además un factor de solidaridad y de formación cívica y económica, para ser mañana la columna vertebral de la distribución en un régimen de comunismo libertario. Como elemento pues, de entrenamiento autogestionario y de dinámica que ha de ir socavando el edificio capitalista, las cooperativas son hoy la estructura más útil para ir transformando a los trabajadores en ciudadanos aptos para el desenvolvimiento de la solidaridad humana. Y esto por dos aspectos básicos: porque las tendencias hacia la violencia revolucionaria han perdido el crédito de otrora y porque si pretendemos mutar la dirección de los hombres por la administración de las cosas, tenemos que aprender los trabajadores a solucionar los problemas sociales, directa y responsablemente. Si la jerarquización sólo puede ser superada por la intervención de todos, o de una mayoría al menos, las cooperativas y los sindicatos son los vehículos más idóneos para la información y el aprendizaje de la autogestión solidaria. La historia de la cooperación y sus esquemas fundamentales están ahí. Lo que falta es el entusiasmo y la confianza de los hombres. Lo que sigue es un dato elocuente: Al comenzar el año 1976, había en la «Alianza de Cooperación Internacional» trescientos treinta millones de adherentes. Hoy ascienden a quinientos millones los cooperativistas en todo el mundo, según datos de la misma Alianza. ¿No ofrece esta multitud humana distribuida en más de cien países, una perspectiva de solidaridad internacional potencialmente revolucionaria? Potencialmente sí; aunque para darle el dinamismo y la orientación necesarios es indispensable que sintamos esa necesidad y dediquemos nuestro mayor esfuerzo para dar al cooperativismo la autenticidad transformadora que precisa. [1] Debo señalar a este propósito que la 27 División «Carlos Marx» y la 30 División «Macià-Companys», que operaban en ese frente, eran francamente enemigas de la colectivización como veremos luego. Versión electrónica de la Edición de LAIA (Barcelona, 1986). Además de nuestro incansable scanner :), hemos contado con la invaluable ayuda de Marc y otr@s que en varias latitudes han apoyado y participado en el rescate de esta obra capital del pensamiento y la historia libertarios... |