Capítulo 3
Actividad económica del colectivismo

En el segundo año de la producción colectivista, las cosechas aumentaron de un veinte a un treinta por ciento, según las comarcas. ¿Cómo es posible -se nos dice- que habiendo llamado a filas a un porcentaje apreciable de jóvenes, la producción aumentara? Sin embargo, es fácil comprender este fenómeno si tenemos en cuenta el entusiasmo que algunos hombres de edad avanzada sentían hacia la colectividad, lo que les incitaba a ir al trabajo cuando en otras situaciones no lo hubieran hecho. Muchas mujeres que habitualmente se ocupaban únicamente de su casa, acudían a los trabajos durante algunas horas con una voluntad ejemplar, y muchos chicos que en épocas anteriores se hubieran dedicado a jugar, se unían a los colectivistas en un afán de suplir a sus hermanos que estaban en el frente, y aunque había más trabajo, porque no se dejaba un pedazo de tierra sin cultivar, al estar mejor organizado, todo se hacía con menor esfuerzo.

Por otro lado, las máquinas y los pares de mulas que antes eran utilizadas por sus propietarios sólo de vez en cuando, al estar al servicio de la colectividad, se empleaban a diario los pocos tractores, máquinas de sembrar y de nivelar, y las cosechadoras lo mismo se utilizaban en la colectividad que las poseía que en las otras de los pueblos vecinos; ya que la solidaridad no se limitaba al área local sino que se extendía a la comarca y fuera de ella en ocasiones. Todos esos factores reunidos y el estímulo que supone trabajar en equipo y al servicio de la comunidad, determinaron que la producción aumentara, a pesar de que estaban en el frente la mayoría de los jóvenes, porque las tierras se explotaban a conciencia.

Las colectividades no se limitaron a poner en cultivo las tierras laborables; lo hicieron también con algunos predios que estaban yermos desde siglos, mejoraron las técnicas de la producción y se introdujeron nuevas especies de cereales híbridos, maíz y trigo sobre todo, así como el algodón y la saja. Se sabía que el algodón se había cultivado en algunas zonas de la región durante la guerra de Secesión de los EE. UU. al encontrarse Europa sin el que les venía de allí. A partir de ese dato, las colectividades quisieron introducir de nuevo ese cultivo. Más tarde, cuando España se vio en dificultades a causa del relativo bloqueo de los años cuarenta, se aprovecharon las tímidas experiencias del período colectivista para intensificar la producción del algodón en las comarcas del este aragonés.

En cuanto a la soja, era y sigue siendo un producto adecuado a la región siempre que se seleccionen calidades adaptadas al clima y se les conceda la atención necesaria. Es una planta rústica de notorio rendimiento que podría liberamos de la dependencia de los EE. UU. en la obtención de proteínas destinadas a la preparación de los piensas de toda clase de animales, y además, teniendo en cuenta su gran riqueza en aceite, se podría aplicar a las necesidades del consumo.

Era lógico que pensáramos en ello, puesto que las colectividades organizaron granjas avícolas, porcinas, bobinas y de cunicultura, se esforzaron en mejorar la cabaña de óvidos, no precisamente para aumentada, propósito imposible durante la guerra, pero sí al objeto de mejorar la raza en carne y lana, para que, en el futuro, su rendimiento fuera mayor. Recuerdo que se instalaron granjas en Graus, Tamarite, Monzón, Barbastro, en casi todos los pueblos de la Ribera del Cinca, y en muchos de Teruel, entre los que destacaron Calanda, Alcañiz, A1corisa, el Mas de las Matas, Azuara, Albalate el Luchador, Muniesa y en algunos más.

Se montaron asimismo talleres de confección, fábricas de conservas para frutas y hortalizas, se mejoraron las minas y se descubrieron nuevos filones. Se tenía el proyecto de crear fábricas textiles, tenerías y otras industrias básicas, lo que, junto al incremento que pensaba dársele a la fruticultura, hubiera cambiado por completo la fisonomía de Aragón.

Por vivir en aquel momento bajo el agobio de la guerra, todos los brazos eran necesarios para mantener el ritmo productivo; pero los colectivistas pensaban también en el futuro económico y cultural de la región cuando proyectaban aquellos cambios; es decir, en que no tuvieran que emigrar los jóvenes a Cataluña para servir a los señores de la burguesía ni muchos de sus hombres a construir carreteras o a servir de peones en otras empresas foráneas. Estaban convencidos de que en un espacio de tierra donde en régimen de propiedad minifundista viven habitualmente 100 familias, pueden vivir trescientas o quinientas en régimen colectivista. Sólo hace falta para ello aprovechar mejor su riqueza potencial añadiendo granjas o pequeñas industrias transformadoras de sus productos evitando al mismo tiempo la usura de los intermediarios. De ese modo, a la vez que la juventud no tendría que emigrar, se podría mejorar el nivel cultural de la región, y por ende, el aspecto lúdico de la convivencia.

Acogiéndose el colectivismo a las planificaciones y estudios de nuestro insigne Costa, se hubieran convertido en regadío parte del Somontano y los Monegros, con cuyas realizaciones la capacidad productiva de Aragón hubiera aumentado considerablemente; pero dadas las circunstancias, tan hermosos proyectos quedaron entonces sólo en eso: en proyectos.

Ya hemos señalado al iniciar este trabajo el decisivo influjo que tuvieron en la colectivización la tendencia independentista y el amor a la libertad de la cultura aragonesa. Para comprender la capacidad de iniciativa que se manifestó en la región, es preciso destacar el hecho de que la mayoría de los colectivistas habían sido pequeños propietarios. Esa circunstancia había desarrollado en ellos la responsabilidad en la orientación de las cosechas y en la administración de su peculio, a diferencia del jornalero, que, por trabajar bajo la dirección de otro y no tener participación alguna en cuanto realiza, suele desinteresarse del proceso productivo. Gracias a su entrenamiento en propiciar la rentabilidad de sus esfuerzos, aquellos pequeños propietarios del campo pudieron aportar a la colectividad toda la riqueza de sus experiencias y una gran capacidad de iniciativa.

Suele argumentarse que los pequeños propietarios, al identificarse con la propiedad, se vuelven cada día más egoístas. Sin embargo, no suele ser así cuando la pequeña propiedad hace imposible el acumular riqueza y apenas da para ir tirando. Por el contrario, en vez de fomentar el egoísmo que incita a la acción explotadora, los pequeños propietarios más bien tienden a organizarse para defenderse, por medio de la cooperación, contra la usurpación burocrática. Ello explica el que aquel gran proyecto colectivizador se viera reforzado por los pequeños propietarios de la tierra, cuyo amor a la libertad y la capacidad de iniciativa que habían desarrollado tras larga y dura experiencia jugaron en aquellos momentos difíciles un papel determinante. Gracias a ellos se consiguió la feliz conjunción de factores eminentemente sociales: como la tendencia a la autogestión en todas las áreas de la actividad humana, el respeto mutuo que robustece la solidaridad entre los hombres y el deseo de superación que los estimula en la búsqueda de soluciones cada día más racionales y satisfactorias. No estaba lejos el resultado de esa feliz confluencia; pues en la Asamblea, pronto la mayoría hacía suyas las proposiciones más pertinentes, y de ese modo, en vez de tantear cada uno por su lado como se hacía antes con pérdidas inútiles de energía y de tiempo, unidos, adoptaban sin fallas las prácticas más eficientes y los cultivos más rentables.

 

Capítulo 4
Constitución de la federación comarcal

Una vez organizada la colectividad en cada uno de los pueblos que constituían la Federación Comarcal de la CNT de Monzón, se pensó en constituir la Federación Comarcal de Colectividades. Varios compañeros de la comarca, después de algunas entrevistas y conversaciones realizadas con ese propósito decidieron que el Comité de dicha Federación Comarcal de la CNT, cuya sede estaba en el pueblo que lleva su nombre, convocara a los compañeros del sindicato y de las colectividades a una asamblea plenaria.

A ese pleno constituyente celebrado en el teatro Goya de Monzón en diciembre de 1936, acudieron delegados de 32 pueblos.[1] Estos delegados, tras exponer la situación de sus respectivas localidades y disertar ampliamente sobre la necesidad de crear la Federación Comarcal, acordaron por unanimidad su constitución, estableciendo su sede en Binéfar, pasándose seguidamente al nombramiento del Comité Comarcal, para el que fueron elegidos Antonio y Ramón Blanco, Helios Pueyo y dos compañeros contables. Otros compañeros -Miralvés, Poli, Vidaller, Peña y algunos más- serían nombrados para apoyar al referido Comité, cuya composición sería aprobada definitivamente por las asambleas de las colectividades respectivas.

El primer paso de este órgano coordinador, al objeto de elaborar estadísticas con miras a una planificación racional que pudiera dar satisfacción a las necesidades más perentorias de la comarca, fue recabar de las colectividades datos sobre los temas siguientes: superficie de tierras cultivables, máquinas, animales de labor y de re crío, depósitos de grano, de aceite, de vino y de otros géneros; estado de las cosechas, terrenos cultivables que permanecían yermos, bosques, dehesas, viña, olivar y otras plantaciones de árboles frutales; si algún poblado andaba falto de tierra con relación a su capacidad productiva y en qué momento podían prestar ayuda a otras colectividades donde escasearan los brazos; si tenían suficientes maestros, veterinarios, médicos y qué administradores u otros técnicos necesitaban y si tenían o no electricidad, teléfono, agua corriente, etc.

Una vez estos datos en manos del Comité y haber sido cuidadosamente ordenados y clasificados, se procedió al estudio de las necesidades más urgentes y de las posibilidades para remediarlas, no sin antes establecer un orden de prioridades tras las consabidas consultas para homogeneizar al máximo los diferentes criterios.

Como resultado del celo constructivo y solidario que la Federación Comarcal de Binéfar demostró en todo momento, disponemos de muchos ejemplos; entre otros, éstos que señalo a continuación: se instaló la corriente eléctrica en ocho o nueve pueblos, el teléfono en unos once; más de una colectividad cuyo término era demasiado extenso cedió tierra a otra colectividad vecina cuya superficie cultivable era insuficiente. Y esto se decidía con la rapidez que es propia de las asambleas cuando el principio fundamental que las inspira es la solidaridad y el deseo de bienestar para todos. Por eso, lo que en las condiciones de hoy hubiera exigido varios años para resolverse, entonces se le daba solución en pocas horas, por unanimidad o por el acuerdo mayoritario en el peor de los casos, sin caer jamás en lentitudes desesperantes, gracias a que en una sociedad autogestionada no pueden existir las barreras que entorpecen el quehacer jurídico en una sociedad burocrática.

Se montó también en el pueblo de Binéfar, un hospital para todos los habitantes de la comarca como ya se dijo, en el que se instalaron alrededor de 40 camas y los servicios más urgentes: medicina general, obstetricia, oftalmología, otorrinolaringología, traumatología, radiología, etc. Al frente de dicho hospital estuvo un compañero apellidado Sanz con un equipo de varío s médicos que residían en los pueblos más próximos; se creó en Monzón una escuela llamada de militantes al objeto de preparar animadores, administradores y técnicos agropecuarios para dotar a las colectividades de los elementos técnicos y sicológicos que propiciaran al máximo su impulso renovador. Funcionó esta escuela por el método autogestionario, lo que permitió a los jóvenes que pasaron por ella desarrollar sin trabas su iniciativa, practicar la libertad responsable y moverse en un clima de confianza y de solidaridad verdaderamente estimulantes.[2] Y gracias a ello, entre la escuela y el pueblo se estableció desde el primer momento una simbiosis realmente fecunda.

Es cierto que en todas partes las válvulas de la curiosidad se abrieron en cuanto las condiciones de igualdad y de libertad se fueron consolidando, dando paso a la confianza y barriendo las diferencias clasistas. El pueblo trabajador ponía de manifiesto una vez más su profundo deseo de aprender, intuyendo muy claramente que era indispensable acceder al dominio del conocimiento si quería liberarse definitivamente de tutelas y servidumbres. Que esto fue así queda demostrado por las actividades culturales que se desarrollaban en todas partes.

Es preciso señalar que a esta formidable eclosión contribuyeron muy activamente tanto las Juventudes Libertarias como Mujeres Libres, organizaciones que tenían su Comité Regional en Caspe y Monzón respectivamente y que, ambas por igual, trabajaron intensamente en la instauración de centros culturales, grupos de arte dramático, escuelas para adultos, ciclos de charlas y conferencias y cuanto pudiera contribuir a realzar la cultura del pueblo. Núcleos sindicales y juveniles abrieron sus bibliotecas que eran frecuentadas por un número creciente de lectores entre los que destacaron de manera muy relevante las muchachas, sensibles sin duda a los postulados de Mujeres Libres, cuyas campañas en pro de la liberación femenina iban interesando cada vez más a las jóvenes de aquellos pueblos.

A decir verdad, el trabajo realizado en común era otra fuente de estímulos que contribuiría en gran medida al despertar de esa curiosidad general; ya que, gracias a la confianza que brota de la ayuda recíproca en el discurrir de cada jornada, los trabajadores se veían arrastrados por esa corriente de auténtica comunicación donde todos los temas suscitados podían ser motivo de interés que daban a la conversación un carácter altamente constructivo y, a la vez, alegre y placentero. De ahí que cuanto venimos diciendo de Binéfar podríamos hacerlo extensivo a los pueblos de otras comarcas, ya que las mezquinas diferencias de clase habían desaparecido, los problemas eran comunes y la solidaridad el principio fundamental sobre el que se apoyaba toda la dinámica libertaria. Y sobre todo, era conmovedor contemplar el despliegue de generosidad y de sincero regocijo -de los que fui testimonio en más de una ocasión- cuando alguna brigada irrumpía en el pueblo para descansar de las fatigas del frente. Las gentes volcaban todo su caudal afectuoso sobre aquellos hombres que arriesgaban sus vidas por defender la libertad y por mantener los avances revolucionarios que con tanto celo y capacidad resolutiva habían conseguido sus compañeros de la retaguardia.

Pero aparte las actividades enumeradas hasta aquí, la comarcal de Binéfar tuvo que hacer frente a problemas de otro orden que los derivados del campo. Por ejemplo: tuvo que garantizar el buen funcionamiento de la estación agraria que se hallaba instalada en el pueblo de Binéfar, destinada al mejoramiento de los cereales y de otros cultivos extensivos; hacer otro tanto con la que existía en Monzón para desarrollar la fruticultura; ocuparse de que marchara la fábrica harinera, situada en Binéfar y que molía el trigo de toda la comarca, y llevar adelante la azucarera de Monzón, empresa colectivizada de la que formaban parte individuos de la CNT y de la UGT.

Esta fábrica, desde el punto de vista administrativo reclamaba un tratamiento especial dado que la remolacha que a ella afluía era procedente de las colectividades de dos comarcales -la de Binéfar y la del Cinca- y de los productores individualistas de ambas comarcas. Se resolvió el problema adoptando una fórmula muy sencilla, y que daba satisfacción a todos porque se ajustaba a los criterios de mayor equidad posible. O sea: una vez establecidos los precios de la remolacha y del azúcar, las entregas del producto primo se pagaría a sus productores, una parte en azúcar -que era depositado en la cooperativa, donde quedaban registrados los datos de rigor en las cuentas correspondientes a cada colectividad productora y a cada productor independiente- y otra parte en dinero. El azúcar restante, cantidad que correspondía al coste de la manufacturación, se lo quedaba la misma azucarera -empresa colectivizada como hemos dicho- para su venta o trueque con otros productos por los canales que se señalaron al hablar de los intercambios económicos y de acuerdo siempre con las planificaciones establecidas a nivel comarcal o regional por la Federación de Colectividades.

El que yo haya tomado la comarcal de Binéfar como cuadro de referencia para exponer el desenvolvimiento de las colectividades aragonesas se debe al hecho de que, por haber residido en Monzón durante el período en que se desarrollaron, fue esa comarca la que me brindó la ocasión de conocerla a fondo y, a la vez, la suerte de poder vivir una de las experiencias más apasionante s de nuestro siglo; sobre todo si tenemos en cuenta que la organización de esta comarca implicaba una mayor complejidad debido a que es una de las más ricas de la región. Ubicada en la Litera y parte dé la ribera del Cinca, posee muchas tierras de regadío que son fecundadas, algunas de ellas, por este hermoso río y otras tantas por el canal de Aragón y Cataluña. Por Binéfar pasa la carretera de Lérida a Huesca, entrada natural de los camiones que vienen de Cataluña. De ahí que cuando éstos venían cargados de tejidos u otras manufacturas, los controles que estaban apostados en puntos estratégicos de las principales carreteras, impedían su entrada para evitar que especularan con sus mercancías y pusieran en peligro la economía socializada que con tanto celo defendían los colectivistas.

Aunque esta descripción panorámica ha quedado circunscrita a la comarca que mejor conozco, ello no quiere decir que la solidaridad, la capacidad resolutiva, la confianza mutua, la curiosidad y el diálogo fraterno no estuvieran presentes en otras comarcas del Aragón liberado, en el que la gran familia colectivista parecía haberlo impregnado todo de esos valores y donde ya en los primeros meses de la guerra se constituyeron 25 Federaciones Comarcales, federaciones que hacia septiembre de 1936 reunían en conjunto 450 colectividades, acercándose a las seiscientas en 1937. Estas comarcales eran por orden alfabético, las siguientes: Alcañiz, Angüés, Alfambra, Ainsa, Alcoriza, Aliaga, Albalate de Cinca, Albalate del Arzobispo, Barbastro, Binéfar, Caspe, Ejulve, Escucha, Graus, Grañén, Lécera, Muniesa, Mas de las Matas, Mora de Rubielos, Puebla de Hijar, Pina de Ebro, Pancrudo, Sástago, Tardienta y Valderrobles. Así fue como de colectividad en colectividad autónoma se pasó a la Federación Comarcal de Colectividades, esquema básico a partir del cual el colectivismo aragonés llegaría a fundirse en una estructura más compleja y susceptible de dar a la solidaridad una dimensión más amplia y, por tanto, de mayor justicia. Es decir, que de este primer paso de federación se fue a la creación de la Federación Regional de Colectividades, culminación del magnífico edificio que quedaría para la historia como el ejemplo vivo de la capacidad organizativa y solidaria de los pueblos cuando la libertad es asumida por los trabajadores con actitud decidida y responsable.

 

Capítulo 5
Federación regional de colectividades

Convocatoria y resumen del desarrollo del Congreso

Los colectivistas aragoneses habían comprendido desde el primer momento que era indispensable trascender el marco local dotando a las colectividades del órgano coordinador capaz de orientar las actividades de toda la región por cauces de mayor solidaridad y justicia.

Ya hemos visto cómo nacieron las Federaciones Comarcales, cuya puesta en pie obedeció a una acción casi simultánea de las colectividades respectivas en cada comarca. Ir más allá no parecía entrar en los cálculos de la mayoría de aquellos campesinos que, acostumbrados a moverse en el marco de muy reducidos conjuntos e influenciados por los discursos en pro de la «comuna libre» que cierto sector del Movimiento Libertario había venido divulgando, veían con recelo todo cuanto parecíales demasiado grande y de difícil acceso para poder ejercer el necesario control desde la base. Celosos pues de su autonomía y poniéndose en contradicción con el esquema federal que el Movimiento Libertario había propugnado siempre, no se mostraban muy entusiasmados ante la idea de estructurar una Federación Regional de Colectividades; actitud que no debe extrañarnos si consideramos el modelo que el Estado ha ofrecido siempre de sus grandes esquemas y a la tenaz resistencia que a ellos opusieron en todo momento los hombres de la CNT, temerosos del autoritarismo reinante y cuidando con gran esmero sus propias estructuras organizativas para no caer ellos mismos en los vicios del centralismo burocrático que combatían. Sin embargo, la necesidad de federarse a nivel más amplio se planteaba con carácter urgente dado que la ordenación de la economía por cada comarca independientemente de las otras producía efectos caóticos en cierto modo, con menoscabo de una distribución más justa y racional de la producción, de los servicios y del esfuerzo humano. Respondiendo pues a esa necesidad, el Comité Regional de la CNT, bajo los auspicios del Consejo de Aragón, órgano representativo de la República en nuestra Región, convocó a todas las colectividades a través de los Comités de sus Federaciones Comarcales para la celebración de un Congreso, donde habría de debatirse ampliamente el tema hasta adoptar las pertinentes soluciones, de acuerdo, naturalmente, con las opiniones que expresaran sus delegados a lo largo de los debates.

Más de quinientas colectividades, reuniendo entre todas unos 300.000 colectivistas, estuvieron representadas directa o indirectamente por los seiscientos delegados que en número aproximado asistieron al Congreso. Del valor comparativo de estas cifras se desprende un hecho que, por parecerme sumamente importante, no puedo dejar de señalar ahora mismo. Si el Aragón liberado contaba en ese momento con 500.000 habitantes, los 300.000 colectivistas representaban la mayoría de la población, y gracias, precisamente, a esa circunstancia, pudieron llevar a término la experiencia del comunismo libertario.

En los días 14 y 15 de febrero de 1937 tuvo lugar en Caspe -pequeña ciudad de la provincia de Zaragoza- el congreso constitutivo de la Federación de Colectividades de Aragón.

Asistieron a él unas seiscientas delegaciones que representaban a todas las colectividades de las 25 comarcales ya constituidas, una delegación oficial del Comité Nacional de la CNT, una del Comité Peninsular de la F Al y otra del Comité Regional de los Grupos Anarquistas de Aragón, Rioja y Navarra. Abrió esta primera sesión, hacia el mediodía del día 14, el compañero Francisco Muñoz, secretario del Comité Regional de la CNT, quien, tras informar de las causas que habían motivado la celebración de aquel comicio, y dar lectura a los nombres de las distintas delegaciones, cedió la palabra a los asistentes, procediéndose inmediatamente al nombramiento de mesa de discusión y, seguidamente, como es de rigor en estos actos, a la apertura del debate.

Es obvio señalar que el temor de las colectividades a perder su autonomía se puso de manifiesto a partir de las primeras intervenciones, aunque reconociendo al mismo tiempo, que era una necesidad insoslayable crear la Federación para articular inteligentemente la economía y convertir en realidad la solidaridad que va implícita en el comunismo libertario, tan propagado y soñado por los cenetistas de entonces. Un sentimiento de ambivalencia flotaba en el ambiente a medida que los delegados, uno a uno, iban desgranando sus razonamientos. Cuando ya la mayoría de las delegaciones se habían pronunciado en pro de la Federación, aunque no sin las consabidas reservas que iban a marcar de ambigüedad las resoluciones finales, un delegado de la comarca de Binéfar tomó la palabra para expresar su opinión en éstos o parecidos términos:

«Todos los presentes en este Congreso somos colectivistas, y lo somos, pienso yo, porque aspiramos a la libertad del individuo y a la solidaridad más amplia entre los pueblos. Si desde hace mucho tiempo, nuestro lema fundamental viene siendo el comunismo libertario y es indispensable federarse para que la solidaridad en lo económico, en lo cultural y en lo cívico pueda practicarse realmente, hemos de apartar de nuestra mente los fantasmas del miedo para trascender los límites del terruño y de la comarca; pues permanecer atrincherados en nuestro rincón reproduciendo la política de campanario, va en contra de una solidaridad más amplia, la sola que ha de permitimos establecer la justicia y defendernos de los muchos enemigos que actúan contra nosotros.

»¿No optamos por el colectivismo como primer escalón para acceder al comunismo libertario en aras de la justicia que proclamamos incesantemente? Todos estamos de acuerdo en que las colectividades más pobres han de ser ayudadas por las más ricas, sea cual fuere el sector de la producción o de los servicios al que pertenezcan; pues, ¿tiene alguien la culpa de que un minero obtenga media tonelada de carbón, mientras otro, en diferente mina, obtiene, con el mismo esfuerzo una tonelada? ¿O de que unas tierras den doble cosecha que otras habiéndoles dedicado los mismos cuidados e idénticos esfuerzos? Tanto por razones humanas como de índole económica la fórmula que puede fundimos a todos en una corriente de solidaridad y de activa confianza es la Federación. ¿No nos hemos asociado al objeto de ir superando el egoísmo individual y de apoyarnos recíprocamente para satisfacer mejor nuestras necesidades y aspiraciones? Luego del mismo modo que nos hemos solidarizado en el marco local y comarcal, hay que hacerlo a nivel regional y, después, nacional, sin renunciar jamás a la solidaridad universal como objetivo fundamental de nuestro ideario.

»Existen otras razones de índole puramente económica cuyo alcance de cara a un mejor aprovechamiento de la riqueza debería pesar sin vacilaciones a la hora de optar sí o no por la Federación. Las colectividades tienen necesidad de intercambiar productos con otras regiones o entre ellas dentro de Aragón; pero, ¿es racional que cada colectividad o cada comarcal actúe por su cuenta y riesgo? Supongamos que una colectividad, porque tiene necesidad de arroz, cargue de trigo un camión y se vaya a Valencia para hacer el trueque; o a Barcelona si necesita tejidos, o que lleve un saco de azafrán y unos cuantos animales para obtener algún dinero como se ha venido haciendo erróneamente. Ese trasiego sin orden ni concierto que se produciría si cada uno actuara por su cuenta, es antieconómico y, a la larga, sólo puede acarreamos la ruina. En cambio, el Comité de la Federación Regional puede, y debe, tener conocimiento de nuestras reservas, de nuestras perspectivas cosecheras y de nuestras necesidades en todas las áreas, y sobre esos datos planificar los intercambios sin merma de tiempo ni de energía y dando cumplida satisfacción a todas las localidades grandes y chicas. Hay que distribuir también la higiene, la enseñanza, las técnicas agrícolas e industrias auxiliares y tantas otras cosas como necesitan los pueblos a que únicamente pueden alcanzarse sumando el esfuerzo y la capacidad de todos.

»Es innegable que hemos sufrido hasta aquí las consecuencias de unas instituciones explotadoras y represivas y de ahí nuestro temor de que una organización más amplia pueda caer en el burocratismo; pero esos temores han de desvanecerse cuando sepamos valorar algo muy importante y que nos distingue del resto de las agrupaciones conocidas. Me refiero a la participación directa y a la dinámica federal de abajo arriba. Entonces, si cuantos estamos aquí representando a todos los colectivistas aragoneses somos enemigos de la burocracia y de los abusos autoritarios, y la Federación que propugnamos hemos de configurarla entre todos, representados y representantes, ella será algo nuestro como lo son las colectividades y ni por lo más preciado consentiríamos en ponerla en manos de extraños. De ahí que, tanto la Federación como el Comité o Junta que ha de coordinar sus funciones estarán constituidos por compañeros que elegiremos libre y responsablemente; sin olvidar que, en nuestra dinámica, todos los cargos son revocables por voluntad expresa de la Asamblea.

»Pero es preciso tener en cuenta que no toda la población es colectivista. Ahora bien, como a todos nos representa el Consejo de Aragón y este organismo está identificado en gran parte con las colectividades, el Comité de la Federación Regional, junto con dicho Consejo y el Comité Regional de la CNT que los vincula podrían orientar la vida de la región garantizando la libertad de cada localidad y de cada individuo.

»Es decir: la Federación defenderá la autonomía de las colectividades y regulará el buen funcionamiento entre ellas, orientará el intercambio económico de modo racional y pondrá nuestro potencial humano y económico al servicio de todos; sin olvidar ni un momento que el Comité de la Federación de Colectividades tendrá que actuar ateniéndose a los acuerdos que emanen de los congresos, donde a su vez, dará cuenta de su gestión y de las dificultades y obstáculos que halle en su camino.

»Y ahora, compañeros, sólo pido un minuto de reflexión para que decidáis en consonancia con vuestro sentimiento de libertarios a los que sólo debe guiar el deseo del bien común.»

Y una vez más se puso de manifiesto la sensatez y el buen criterio de los trabajadores. Hubo una breve pausa, y cuando el presidente de la Asamblea preguntó si se aprobaba la creación de la Federación Regional de Colectividades, un sí unánime resonó en la sala.

En sucesivas sesiones se fueron debatiendo todos los demás puntos del orden del día, en los que hubo poca discusión gracias a la singular homogeneidad de criterios que se iban manifestando a través de los debates, tanto en lo que se refiere a las ponencias que traían elaboradas al efecto algunas colectividades, como a propósito de los demás apartados; lo que hizo que se llegara a las resoluciones finales sin grandes resistencias ni otros entorpecimientos mayores. Este hecho se hace patente viendo el enorme trabajo que se llevó a cabo; pues en verdad, fueron dos días muy laboriosos a juzgar por el número de temas que se desarrollaron y el denso contenido sociológico de cada uno de los dictámenes.

Pongamos por ejemplo el tercero, que hace referencia al reglamento de la Federación, donde quedaron sintetizados todos los acuerdos tomados en el Congreso para estatuir la vida colectiva de la región. He aquí dichos estatutos:[3]

«1° Con la denominación de Federación de Colectividades Agrícolas, se constituye en Aragón una asociación que tendrá por misión la defensa de los intereses colectivos de los trabajadores organizados en las mismas.

2° Atributos de esta Federación:

a) Propagar intensamente las ventajas del colectivismo basado en el apoyo mutuo.

b) Controlar las granjas de experimentación que puedan crearse en las localidades donde las condiciones del terreno sean favorables para conseguir toda clase de semillas.

c) Atender a los jóvenes que tengan disposiciones para la preparación técnica mediante la creación de escuelas profesionales especializadas.

d) Organizar un equipo de técnicos que estudien en Aragón la forma de conseguir mayor rendimiento del trabajo que se efectúa en las diversas labores del campo.

e) Buscar las expansiones comerciales en el exterior de la región, tendiendo siempre a mejorar las condiciones del intercambio.

f) Se ocupará también de las operaciones comerciales con el exterior, mediante el control, por estadísticas, de la producción sobrante de la región, y por lo tanto tendrá a su cargo una caja de resistencia para hacer frente a todas las necesidades de las colectividades federadas, siempre en buena armonía con el Consejo de Defensa de Aragón.

3° En el aspecto cultural, esta Federación se cuidará:

a) De procurar a las colectividades todos los elementos de expansión que a la vez que sirvan de distracción eleven la cultura de los individuos en sentido general.

b) Organizar conferencias que tiendan a perfeccionar la educación del campesino, como asimismo veladas de cine y teatro, giras y cuantos medios de propaganda sean posibles.

4° Para la buena tramitación de todo lo estatuido, la Federación nombrará un Comité Regional de Colectividades que constará de los siguientes cargos: secretario general, secretario de actas, contador, tesorero y dos vocales.

5° El secretario general tendrá a su cargo la orientación del Comité, el sello social y la tramitación de cuantos expedientes presenten las colectividades.

El secretario de actas levantará actas de cuantas reuniones celebre el Comité de la Federación; en ausencia del secretario general, ocupará accidentalmente este cargo.

El contador llevará la contabilidad de la Federación, abriendo cuentas corrientes de los depósitos que le entreguen los Comités Comarcales; de una manera normal efectuará las liquidaciones con el tesorero.

El tesorero será el encargado de guardar los fondos de la Federación y de pagar cuanto se le presente al cobro, avalado anteriormente con la firma del secretario, del contador y sellado con el sello de la Federación.

Los vocales constituirán las diferentes comisiones que se precisen para el desenvolvimiento interno de la Federación, como: propaganda, estadística, asesoramiento técnico, etc.

6° Esta Federación, siguiendo las normas federativas, organizará tantas federaciones comarcales como estime necesario para el buen desenvolvimiento de las colectividades, las cuales mantendrán relaciones cordiales con los Consejos municipales y con el Consejo General de Aragón, respectivamente.

7° Para el efecto del suministro de los colectivistas, se establecerá la carta de racionamiento.

8° La Federación de Colectividades Agrícolas y Complementarias celebrará un congreso ordinario cada seis meses, más los extraordinarios que se crean pertinentes.

9° En cada congreso ordinario será renovado la mitad del Comité de la Federación.

10° El Comité Regional de las Colectividades residirá en Caspe.

11° El ingreso en esta Federación Regional de todas las colectividades que se constituyan después de su creación, deberá ser acordado en asamblea general por los vecinos de la colectividad solicitante, mandando copia del acta al Comité Regional para su archivo correspondiente y aprobación necesaria.

12° Para que la solicitud tenga validez, las colectividades harán constar su acatamiento a lo que estos estatutos determinen.

13° Estos estatutos serán impresos y distribuidos en un carnet de identidad a cada uno de los colectivistas federados.

14° Todo cuanto se acuerde en los Congresos y Plenos que celebre esta Federación tendrá validez, aunque no esté previsto en los presentes estatutos.

Dado en Caspe, a 15 defebrero de 1937.

Por la ponencia:

Don Gonzalvo, Angel Torenas, Magín Millán, José Martín, José Mavilla, Salvador Pons, J. Ariño, Bernabé Esteban, Francisco Muñoz, Miguel Lamiel, José Mur y Fulgencio Dueñas.»

Se abordó el problema de los medios técnicos para desarrollar la agricultura, votándose a este propósito la resolución siguiente:[4]

«1° Procede ir con urgencia a la creación de campos experimentales en todas las colectividades de Aragón para estudiar nuevos cultivos Y poder obtener mayores rendimientos e intensificar la agricultura en todo Aragón. Al mismo tiempo debe destinarse una parcela, aunque sea pequeña para proceder al estudio de los árboles que puedan producir más y que se aclimaten mejor al suelo de cada localidad.

2° Debe irse igualmente a la creación de campos de producción de semillas; para ello puede dividirse Aragón en tres grandes zonas y en cada una de ellas instalar grandes campos para producir las semillas que sean necesarias en cada zona, y al propio tiempo producir para otras colectividades aunque no pertenezcan a la misma zona. Tenemos por ejemplo el cultivo de la patata; debe producirse la semilla de esta planta en la zona de más altitud de Aragón para luego ser explotada por las colectividades de otras zonas, ya que puede demostrarse que en la parte alta esta planta no será atacada por las enfermedades que le son características si siempre la produjéramos y cultivásemos en la parte de poca altura, o sea, el país húmedo y cálido.

Estas tres zonas procederán al intercambio de las semillas que las necesidades aconsejen en cada caso, según los resultados de los estudios que se realicen en los campos experimentales, pues éstos deben estar en armonía e intervenidos al mismo tiempo por técnicos para poder estudiar y hacer todos los ensayos que se crean de provecho y necesidad.»

Firman por el Comité Regional: Antonio Ejarque; por Barbastro, E. Sopena; por Pina de Ebro, José Abós; por Calanda, Tomás Artigas; por Muniesa, Joaquín Temprano; por el Consejo Comarcal de Muniesa, Liberto Aguilar.

En materia de abastecimiento se adoptó la siguiente resolución:[5]

«Debe abolirse la circulación de la moneda en el seno de las colectividades, creando en su efecto la cartilla de racionamiento, quedando en poder de la colectividad la cantidad precisa para sus necesidades internas.

Para que el Comité Regional pueda atender al abastecimiento de las colectividades en productos de importación, las colectividades o los Comités Comarcales facilitarán al Comité Regional una cantidad de dinero o en especies, de acuerdo con la riqueza de cada colectividad o comarca, para crear la Caja Regional.»

Aun cuando no era general el uso de la cartilla -ya que había colectividades que utilizaban su propia moneda- la asamblea opinó que dado el poco volumen monetario de la región y el rechazo que los colectivistas venían experimentando hacia el dinero, la cartilla facilitaría la adquisición de artículos en los almacenes de la colectividad. Para las adquisiciones o consultas médicas fuera de la región se entregaría al colectivista la cantidad necesaria en moneda nacional. Este método, que se aplicaba ya en muchos pueblos se extendió por toda el área colectivista sin presentar dificultades.

En cuanto a los productos de importación que el Comité Regional necesitaba para suministrar a las comarcales, unas veces los adquiría con dinero del fondo regional del que se habla en el presente dictamen; pero cuando la compra era a base de trueque con los frutos de la región, éstos iban directamente de los silos de origen al lugar de destino, sin pasar por ningún depósito regional, evitando de ese modo trasiegos inútiles y otros inconvenientes. El Comité Regional, para ordenar estos intercambios no tenía más que consultar las estadísticas y decidir en razón de las reservas existentes y de los acuerdos establecidos con las comarcales.

Entre los muchos temas del orden del día, uno muy importante fue el que se refería a los «individualistas»; así llamados los pequeños propietarios que no quisieron formar parte de las colectividades. Leamos a continuación la resolución final a propósito de la actitud que debían tomar los colectivistas frente a la pequeña propiedad:[6]

«1° Al apartarse los pequeños propietarios por propia voluntad de las colectividades, por considerarse capacitados para realizar sin ayuda su trabajo, éstos no tendrán derecho a percibir nada de los beneficios que obtengan las colectividades.

No obstante esto, su conducta será respetada siempre que estén dispuestos a no tratar de perjudicar los intereses de las colectividades.

2° Todas las fincas rústicas y urbanas como otros intereses de los elementos facciosos que han sido incautados serán usufructuados por las organizaciones obreras que existían en el momento que se hizo la incautación, siempre que estas organizaciones acepten la colectivización.

3° Toda las tierras de un propietario que eran trabajadas por arrendatarios o medieros pasarán a manos de las colectividades.

4° Ningún pequeño propietario que esté apartado de la colectividad podrá trabajar más fincas que aquellas que le permitan sus fuerzas físicas, prohibiéndosele en absoluto el empleo de asalariados.

5° Para quitar el egoísmo que puedan sentir los pequeños propietarios, las pequeñas propiedades que disfruten no serán registradas en el registro fiscal.

6° Las juntas administrativas de las colectividades sólo se preocuparán de los asuntos de su competencia.

Esta ponencia es aprobada por seis de los siete delegados que la componen, presentando el disconforme, delegado de Sástago, un voto particular. Por la ponencia:

Por Angües, F. Fernández; por Montoro, Julio Ayora; por Alforque, R. Castro; por Gudar, R. Mayo; por Pina de Ebro, E. Aguilar; por Ballobar, M. Miró.»

Dado el empeño que los campesinos aragoneses habían puesto en incrementar la producción del suelo y si tenemos en cuenta que la solidaridad y la justicia eran nuestro lema, no podíamos tolerar que permaneciera en pie el sistema de explotación que representa el asalariado. Por lo tanto, su supresión, junto a nuestra firme decisión de no dejar sin cultivar una sola parcela, implicaba, naturalmente, la incautación de aquellas tierras que no pudiesen ser trabajadas por sus mismos propietarios. Sin embargo, se ha podido constatar a través de cuanto llevamos dicho, que no se prohibía a los individualistas el que se ayudaran mutuamente; lo que ocurría con frecuencia y nos llenaba, por el contrario, de gran satisfacción, por considerar que era ese el mejor entrenamiento para poder integrarse un día a la vida colectiva.

Dos temas que reclamaron especial atención fueron: la estructura y administración de las tierras colectivizadas y el comportamiento que debería adoptar la colectividad frente a los municipios, para cuya reconstitución en aquellos lugares donde habían sido barridos por los acontecimientos, acababa de dar órdenes el gobierno de Valencia a través de su Ministerio de Gobernación. A este propósito, la ponencia aceptada por el Congreso decía en síntesis:[7]

«1° Aceptamos el municipio porque éste, en lo sucesivo, nos servirá para controlar las propiedades del pueblo.

2° Al estructurar las federaciones comarcales y regional respectivamente, se considerará que los términos locales que estas entidades administren no tendrán límites, como asimismo se declarará de uso común entre las colectividades todos los útiles de trabajo, y cuanto signifique materias primas estará a disposición de aquellas colectividades a las que hiciesen falta.

3° Las colectividades que tengan exceso de productores, o que en ciertas épocas del año no se empleen por no ser el tiempo apropiado a las labores agrícolas, podrán ser utilizados por los comités comarcales para que los envíen a trabajar a aquellas colectividades que tengan exceso de trabajo.»

En cuanto a las relaciones con el municipio, conocedores de que el Gobierno era nuestro primer adversario y celosos de poner a salvo las conquistas sociales realizadas, nos dijimos: los Consejos Municipales van a seguir ejerciendo su tradicional función. Por lo tanto, si ellos están en nuestras manos podremos protegerlos contra posibles maniobras, por medio de nuestros sindicatos, robustecidos al efecto. En ese sentido fue elaborada y aprobada la correspondiente ponencia de cuyo contenido he aquí lo más relevante:[8]

«Considerando que los Consejos Locales son entidades legalmente constituidas en los cuales colaboran todas las organizaciones antifascistas y cuyo mantenimiento representa el Consejo Regional de Defensa de Aragón.

Considerando que las juntas administrativas de las colectividades tienen una función aparte de los Consejos Municipales.

Considerando que son los sindicatos los llamados a nombrar y controlar a los compañeros que van a representar a la CNT en ambos organismos.

Considerando que no puede existir competencia entre la gestión de las colectividades Y los Consejos Municipales, proponemos:

Que al debernos a la organización (sindical) unos y otros por igual, mientras perdure esta situación y la CNT colabore en estos Consejos, las colectividades mantendrán relaciones cordiales con estos organismos, manifestado a través de los sindicatos de la CNT».

Es decir: que los hombres de la CNT habían comprendido que así como el Consejo de Aragón era el órgano político de la República Española en el que se hallaban representados los diversos sectores antifascistas, del mismo modo, en los Consejos Municipales se hallarían representados los vecinos de cada municipio. Ahora bien; si tenemos en cuenta que era la CNT la que había organizado las colectividades, comprenderemos, aun sabiendo que muchos colectivistas no pertenecían a dicha organización sindical, que ésta se viera en la obligación de velar por la buena marcha del desenvolvimiento colectivo y por que desde el ayuntamiento no fuera torpedeada la gran obra revolucionaria que con la nueva estructura económica de libres federaciones había logrado poner en pie aquel puñado de hombres.

Se aprobaron pues, los dictámenes y los puntos básicos del Congreso, se pasó al nombramiento de secretario general del Comité de la Federación, cargo que recayó en el compañero Mavilla, y éste, de acuerdo con los representantes de la Comarcal de Caspe y de alguna otra que ellos mismos consideraron oportuna, nombrarían al resto de los componentes del Comité de la Federación. Y para terminar, se acordó la celebración de un gran mitin que sintetizara y potenciara los acuerdos del Congreso, cerrándose así uno de los comicios más fructíferos y más diligentes de cuantos hemos podido observar en nuestra prolongada vida militante, de lo que puedo dar fe por haber asistido como delegado de la Comarcal de Binéfar a las tareas del mismo.

 

Si estudiamos detenidamente los acuerdos a que llegó el Congreso, constataremos dos hechos relevantes: primero, que el comicio confirmó y consolidó, con la fuerza genuina de la voluntad popular, cuanto habían realizado los pueblos espontánea y simultáneamente al constituir las colectividades, y segundo, que con las conclusiones de apertura a la autogestión se proyecta una sociedad libertaria que permitiría en el futuro toda clase de innovaciones sociopolíticas. Porque no puede desestimarse que si el Congreso afianzaba la institucionalización de cuanto los pueblos unánimemente habían iniciado, en la dinámica del congreso iban implícitas nuevas realizaciones y trayectorias como las siguientes: la implantación en toda la región de las bases fundamentales de la economía, de la educación, de la sanidad y de los intercambios culturales; la abolición de la propiedad como derecho hereditario y del asalariado junto con el afianzamiento de la «Caja de Compensación» que obligaba a las comarcas más ricas a ayudar a las menos favorecidas, ya fuera con productos agrícolas, riqueza semoviente o valores monetarios. Todas esas medidas de ordenación socioeconómica y de apoyo mutuo no se hubieran podido estructurar ni llevar a buen término sin las tareas del congreso, que fusionando a las comarcas en una estructura dinámica de derechos e iguales obligaciones para todos, convertía en un hecho palpable la verdadera solidaridad que es en definitiva la que subyace en toda perspectiva auténticamente libertaria.

Siendo tan importantes todos esos acuerdos para el funcionamiento del comunismo libertario en el ámbito de las colectividades, lo eran más todavía por lo que en sí mismos llevaban como promesa de futuro; ya que dar vitalidad por la práctica de cada día a una sociedad basada en la autogestión, es decir, en los acuerdos asamblearios, sin códigos ni programas preestablecidos que paralizan o frenan el progreso sociopolítico en todas las áreas de la convivencia, suponía liberar a los hombres de los grilletes que ha ido acumulando la historia. Sin clases privilegiadas que obstaculizaran la libre iniciativa de los hombres ni leyes fijas que sujetaran a los ciudadanos a marchamos impositivos, la sociedad se veía por vez primera frente a un devenir prometedor con toda la curiosidad y la responsabilidad que la libertad comporta. El futuro inmediato traería lo que fuera; pero de momento aquellos campesinos de Aragón habían roto el nudo gordiano del autoritarismo jerárquico, lanzándose por senderos inéditos con actitud decidida y consecuente.

 

 


[1] Nombre de los treinta y dos pueblos colectivizados de la comarca: Algayón, Almunia de San Juan, Albelda, AIcampel, Altorricón, Azanuy; Alfántega, Ariéstolas, Baells, Binéfar, Binaced, Baldellou, Calasanz, Catrecots, Castillanroy, Campurrells, Cofita, Conchel, Esplús, Estopiñán, Gabasa, Melusa, Monzón, Peralta de la Sal, Pomar, Pueyo, Rocafor, San Esteban, Tamarite, Valcarca, Ventafarinas, Vencillón.

[2] Del autor, Escuela de militantes de Aragón. Una experiencia de autogestión y de análisis sociológico. Editorial F.O.I.L. Barcelona, 1978
[3] Gastón Leval en Colectividades libertarias en España, Ediciones Aguilar, Madrid 1977, pp. 98, 99 y 100.
[4] Gastón Leval, obra citada, pp. 100 y 101.
[5] Gastón Leval, obra citada, pp. 102.
[6] Gastón Leval, obra citada, p. 103.
[7] Gastón Leval, obra citada, p. 104.
[8] Gastón Leval, obra citada, p. 105.

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