Antes de abordar el tema de nuestra prospectiva y después de cuanto llevamos escrito sobre el colectivismo aragonés, convendría situar éste dentro del contexto sociopolítico en el que tuvo que desenvolverse -que no fue, ni mucho menos, el más propicio- para poder valorar en toda su amplitud la audacia de aquel movimiento y la fuerza impulsora del contenido humano que lo inspiraba. Hemos de tener presente en primer lugar, que surgió en medio de un cataclismo bélico; lo que no facilitaba las cosas; pues la guerra exigía de nosotros el sacrificio de muchas vidas humanas y un incremento de la producción en campos, fábricas y talleres. En un medio violento cuajado de antagonismos políticos no era fácil la tarea de organizar la vida económica y la convivencia sin riesgo de caer en contradicciones y errores. Es evidente que la planificación económica del colectivismo atrajo desde el primer momento a la mayoría de los campesinos aragoneses, engrosándose las filas de sus partidarios a medida que la zona liberada se iba ensanchando. También es verdad que gran número de jóvenes de la región se inscribían en las columnas confederales que luchaban en el frente y que estas fuerzas eran de un gran respaldo para la obra emprendida. Pero no debemos olvidar que el colectivismo promovido por la CNT tenía, como es de suponer, muchos enemigos, tanto en Aragón como en las demás regiones de España, habiendo suscitado recelos y oposiciones de enconado partidismo en unos determinados sectores. Por ejemplo, estaban en contra de la sociedad igualitaria que se estaba consolidando: los caciques que no huyeron de sus pueblos al producirse la desbandada, los pequeños comerciantes, los clérigos y los burócratas de siempre: secretarios de ayuntamiento, notarios y otros funcionarios del Estado, empleados de banca y hombre de profesiones liberales adheridos a las jerarquías dominantes. He de añadir que estos sectores, sin el respaldo de otras fuerzas, no representaban en principio una amenaza y que fue al rodar de los meses cuando se convirtieron en el fermento más corrosivo contra la CNT y las colectividades. Con esto he querido decir que la verdadera amenaza estaba en los partidos políticos y, de una manera especial, en el Partido Comunista; porque con su propaganda en defensa de la democracia burguesa y del parlamentarismo frente a la autogestión obrera, de la propiedad privada y del comercio frente a la colectivización, de la lucha nacional por la independencia patria frente a la revolución socialista, y con su exaltación del patriotismo frente al internacionalismo, pretendía atraerse la opinión de las gentes y de los gobiernos contra la obra de la CNT, y porque siguiendo las directrices del Kremlin, no podía tolerar que los trabajadores -de la industria, del campo y de los servicios estuvieran demostrando prácticamente que eran capaces de organizar y administrar la sociedad con eficacia, sin necesidad de esa «élite» que el marxismo propugna y ensalza como elemento indispensable que ha de orientar y dirigir al proletariado. En cuanto a los demás partidos, es verdad que tampoco fueron a la zaga en la lucha contra el colectivismo; lo que se explica por el hecho de que si los trabajadores eran capaces de demostrar por la práctica de cada día que la autogestión basada en la voluntad del pueblo era viable, entonces todo el tinglado jerárquico en el que se apoyan los líderes políticos se venía abajo estrepitosamente y ellos con él. Conviene señalar que todas esas fuerzas políticas, que más o menos abiertamente se mostraban reacias al colectivismo, al estructurarse el ejército del llamado Frente Popular, tenían emplazadas en Aragón tres divisiones: la de Lenin -del POUM- bajo el mando de Rivas y de Arqués; la de «Macia-Companys» -ésta dirigida por el fatídico Pérez- y la n° 27, llamada de «Carlos Marx» bajo la jefatura de Trueba y de Barrios. Y digo esto, porque las tres se distinguieron por su aversión a las colectividades y por su acción violenta contra ellas. Tanto es así, que especialmente en aquellos lugares próximos a sus cuarteles, los locales de las colectividades fueron asaltados en más de una ocasión por dichas fuerzas y amenazados incluso de ser pasados por las armas algunos de sus hombres. Aquí merece la pena destacar un hecho curioso: los hombres del POUM que no habían quedado atrás en esta sucia tarea, atacando a algunas colectividades de las cercanías de Huesca y utilizando su principal órgano de prensa, La Batalla, para la campaña de desprestigio que se había levantado contra ellas, más tarde tuvieron que arrimarse a la CNT para que ésta los protegiera de la ofensiva desencadenada contra ellos por el Partido Comunista, quien, fiel servidor de los intereses de Stalin, obedecía ciegamente las consignas emanadas de la OGPU -policía secreta soviética- a través de sus agentes instalados en España. No cabe la menor duda de que los fascistas camuflados en retaguardia y en los frentes, junto a otros detractores del colectivismo hallaron en esas divisiones del ejército el apoyo y los estímulos suficientes para arreciar contra las colectividades y fomentar su desprestigio con subterfugios y mentiras. Afortunadamente sin embargo, dichas fuerzas quedaban neutralizadas en cierta medida por la existencia en la región de otras tres divisiones que se habían formado con las columnas confederales llegadas de Cataluña en los primeros momentos de la contienda y que engrosaron sus filas con los hombres de la CNT de Aragón a medida que iban avanzando. Estas divisiones -la 26, dirigida por Ricardo Sanz tras la muerte de Buenaventura Durruti, en noviembre del 36, la 28, con Gregorio Jover al frente, y la 25, que mandaba Antonio Ortiz-, servirían de freno más tarde a la criminal agresión cuando el 11 de agosto de 1937, las fuerzas de Líster tomarían por asalto los pueblos de Aragón. En medio de tantos antagonismos, Aragón sufría, no sólo de los desastrosos efectos de las razzias y ofensivas del ejército franquista, sino de las columnas que venían de Cataluña y que no siempre se comportaron mejor que las tropas enemigas: incautándose del ganado de los campesinos, arrasando sus campos, cometiendo ejecuciones arbitrarias, robos y otras brutalidades que sería ocioso enumerar aquí. Cuando alguna de estas columnas enemigas de la colectivización operaba cerca de un campo cuya cosecha se estaba a punto de recoger, ésta solía perderse por abandono, debido al miedo que tenían los colectivistas a las posibles descargas de fusilería contra ellos. Padecíamos asimismo la usura del comercio catalán, que ejercía sobre Aragón una suerte de monopolio que le permitía sacar nuestros productos del campo y de la cabaña a precios irrisorios. Estos productos, que Cataluña pagaba en pesetas cada vez más desvalorizadas, eran vendidos luego al extranjero a cambio de divisas, al tiempo que iban quedando mermadas nuestras reservas con riesgo de no poder abastecer a la población aragonesa ni a sus frentes. No era menos alarmante otro hecho que tenía hondamente preocupados a cuantos revolucionarios hacían de su conducta un modelo ejemplar de humanidad y civismo. Me refiero al comportamiento de ciertos individuos que amparándose en la impunidad que les otorgaba la pertenencia a un partido u organización antifascista, actuaban como vulgares delincuentes penetrando brutalmente en las casas de familias consideradas de derechas y hasta en las de algunos republicanos de tendencia moderada, robando y amedrentando a sus moradores con amenazas e insultos. Esta especie de sujetos proliferaron en todos los espacios políticos, sin faltar los que se proclamaban anarquistas. Pronto se dieron cuenta los hombres de la CNT que aquella situación se hacía insoportable y que era necesario dar a la región un organismo capaz de superar el caos que amenazaba con provocar la ruina económica de todo el territorio y de proteger a la población contra los abusos de algunas columnas catalanas y de otros individuos perturbadores que se movían en retaguardia. Para muchos pues, la necesidad de proceder a la creación de ese organismo apto para restablecer aquellos servicios públicos más urgentes, era un imperativo insoslayable, teniendo en cuenta además que era muy conveniente poder contrarrestar de algún modo la propaganda marxista -del POUM como del PSUC- que afirmaban que las colectividades eran ilegales y que carecían de fundamento jurídico. Ahora bien, no escapaba a la percepción de nadie que se trataba de un problema complejo y que, en consecuencia, debía ser tratado con profundidad, minuciosidad y valentía. ¿Y qué emergía de nuestros análisis? En primer lugar y como telón de fondo la GUERRA. La guerra fraticida de la que no podíamos evadirnos y que, por eso, lo condicionaba todo; porque si bien es verdad que las fuerzas leales a la República pertenecían a un espectro político muy amplio y en ciertos aspectos, como ya ha quedado demostrado, diametralmente opuestas en sus planteamientos fundamentales, es cierto también que a todos nos unía el compromiso tácito de luchar codo con codo frente al enemigo común que teníamos delante. Nos hallábamos pues, dentro de una esfera política cuya legalidad republicana representaba el frente único del que ningún sector podía, en buenas lides, desvincularse. Para los libertarios aragoneses, después de intercambios personales y conversaciones múltiples alrededor del tema, estaba claro que en buena fe eran compatibles el mantenimiento del colectivismo autogestionario y la defensa de nuestra autonomía regional con el cumplimiento de nuestro deber solidario respecto al Gobierno de la República, asumido por todos los libertarías desde el primer instante Con la lealtad y la responsabilidad que exigía de todos el común objetivo: GANAR LA GUERRA. Lo que ya no estaba tan claro era responder a la siguiente pregunta sin caer en contradicción con nuestras propias convicciones: ¿Cómo hacer, dentro de esa dependencia y del cuadro de violencia que nos circunda, para establecer el orden que las circunstancias exigen y no caer en una estructura de Estado? La idea de crear un organismo que pudiera controlar y orientar idóneamente las actividades políticas, económicas y sociales de la región prevalecería, al fin, por encima de otras consideraciones; lo que se decidió en la asamblea CNT-FAI que tuvo lugar en Bujaraloz -creo recordar que hacia el 27 de septiembre- a la que habían sido convocadas por el Comité Regional de la CNT delegaciones de los pueblos y de las columnas confederales. Habiéndose acordado en dicha asamblea que el organismo en cuestión debería estar compuesto por representantes de todos los partidos y organizaciones, el CR de la CNT de Aragón, cuyo secretario era a la sazón Francisco Muñoz, inició conversaciones en este sentido Con republicanos y socialistas de los que obtuvo resultados poco alentadores. Los republicanos, si bien se mostraron partidarios, propusieron que se les dejara tiempo para reflexionar, mientras que los socialistas fueron rotundos en su negativa y expresaron sin disimulas su hostilidad y desconfianza. Conviene señalar, por parecerme un dato que pueda ayudarnos a comprender la audacia de la CNT ante el problema que nos ocupa, que en Aragón fue esta organización mayoritaria, la que a partir del levantamiento fascista asumió toda la responsabilidad de la defensa y la que hizo marchar bien que mal el tinglado económico para abastecer a los pueblos y a los frentes. Los demás sectores políticos -los republicanos, que habían quedado desbordados, los socialistas, que eran una minoría sin base popular, y los comunistas, más minoritarios todavía- permanecieron a la expectativa en espera de órdenes de Madrid primero y de Valencia más tarde. No ha de sorprendernos pues, que los hombres de la CNT, pese al fracaso de las conversaciones realizadas con dichos sectores, ante la urgencia de dar a la región una estabilidad económica, mayor seguridad a los ciudadanos y una cobertura legal a las colectividades, decidiera por mantener en pie la decisión de crear ese organismo de defensa que se llamaría CONSEJO DE ARAGÓN Y cuya constitución tendría al fin lugar, en Alcañiz, sede del Comité Regional de la Confederación, fijándose su residencia en Fraga, donde, en su primera reunión el 15 de octubre de 1936 se darían a conocer los nombres de sus componentes en orden a las siguientes consejerías: Presidencia, Joaquín Ascaso [1] Justicia y Orden Público, Adolfo Ballano Agricultura, José Mavilla Villa Información y Propaganda, Miguel Giménez Herrero Transportes y Comercio, Francisco Ponzán Vidal Instrucción pública, José Alberola[2] Economía y Abastos, Adolfo Arnal Trabajo, Miguel Chueca A qué grado de sinrazón habían llevado las cosas los enemigos irreconciliables del colectivismo mientras los campesinos aragoneses construían ilusionados la obra revolucionaria más auténtica que se ha conocido, puede verse en el primer manifiesto que lanzó el Consejo como medida inicial para poner coto al desbarajuste reinante. He aquí el manifiesto: «CONSEJO DE DEFENSA REGIONAL DE ARAGÓN». Disposición general. «Con una frecuencia inusitada llegan a nosotros los clamores de los pueblos denunciando actos cometidos por diferentes columnas o fracciones de ellas que obligan a este Consejo a salir al paso de lo que justificadamente podemos llamar desafueros partidistas, para evitar, primero y como punto esencial, que el campesino aragonés, orgulloso hoy del eficaz apoyo prestado para su liberación por sus hermanos antifascistas, convierta en odio, por una actuación equívoca de tipo político, el cariño fraternal que profesa a los mismos. Y, segundo, porque el Consejo de Defensa Regional no puede aceptar, en nombre de los mandatos que la gran mayoría aragonesa le ha conferido, el que se pisoteen los fueros aragoneses y nuestro derecho indiscutible, al igual que otras regiones hermanas, a regirse con arreglo a sus características y temperamento político, y en el orden económico no olvidando en ningún instante los deberes que tiene que cumplir en la lucha libertadora que todos los antifascistas sostenemos. »Con un grave error que demuestra el desconocimiento del espíritu libre y de la recia personalidad que a través de los siglos ha demostrado el pueblo aragonés, se insiste, por parte de algunos jefes de columna, de determinada fracción política, en obrar en nuestra región como en terreno conquistado a un enemigo exterior e interior; y siguiendo esta equívoca conducta, se imponen por los citados jefes normas políticas y sociales totalmente en contraposición con el sentir de nuestro pueblo, que con el asenso de la gran mayoría de sus habitantes, se ha trazado unas normas de vida; superadas, afirmaríamos, en concordancia con la transformación social que la lucha antifascista está creando en España. »Se destituyen comités creados por elección popular; se desarma a hombres que dan su vida por la revolución, se amenaza con el fusilamiento, la cárcel y el castigo corporal; y como corolario, se imponen nuevos comités armados a hechura del credo político del que comete estos desmanes, dejando también sentada la afirmación de que quien contravenga sus órdenes sentirá todo el peso que le da la fuerza armada que está bajo su mando. El terror anula las aspiraciones dignas, nobles y hermosas que dieron luz a la gran lucha que un pueblo entabló para encontrar la libertad que tantas espuelas y primates habían hollado, destruyendo con ello la continuidad de la revolución y creando la contrarrevolución al servicio de un partido con ansias absolutistas. »El otro aspecto de la cuestión que nos impele a publicar este edicto-decreto es tan grave y trascendental como lo que más arriba anunciamos. De manera alocada, sin control de ninguna clase, se levantan requisas de víveres, ganados y objetos de toda índole, en toda la región, que al realizarse de manera tan absurda traerá consigo la ruina total y de larga duración en la misma. »Nadie, y las propias columnas son los mejores testimonios de esta aseveración, ha encontrado oposición alguna en los campesinos y el pueblo en general de Aragón para que los milicianos tengan todo lo que precisan para sostener la cruda lucha que se lleva a cabo. Sin pedirlo ni exigirlo, ha sido entregado voluntariamente todo lo necesario para las milicias, dentro de nuestra disponibilidad, tanto individual como colectivamente, y ante este hecho veraz que muestra en toda su integridad el deseo ferviente de Aragón para que el triunfo de la revolución sea eficiente y rápido, no podemos aceptar, NI COMO FUERO DE GUERRA, por tratarse de un pueblo hermano del ejército libertador, el que las requisas de cosas y artículos sigan efectuándose en la vanguardia y en la retaguardia; con el agravante de que estas requisas se realizan totales sin tener para nada en cuenta las mínimas necesidades del pueblo requisado. »Aragón tiene hoy que sembrar y no tiene grano, abonos ni maquinaria para ello. Sin embargo, todo eso se encuentra en otras regiones; pero para su adquisición se precisa dinero o género intercambiable, y no teniendo ni lo uno ni lo otro, se prevé la negra perspectiva, no sólo para el pueblo aragonés, sino para todos los españoles que luchan por una sociedad mejor. Con la abundancia incontrolada se inicia el despilfarro que impide apreciar las necesidades del mañana, y arruinar sistemáticamente a los pueblos que sienten y piensan, se deja una estela de odios y amarguras que engendran en deseo de eliminar al que tal cosa hace. "Velando, pues, como decimos, por que los intereses que nos han encomendado estén defendidos con la eficiencia que es debida, advertimos y esperamos conseguir de los jefes de columna, lo siguiente: »Primero. - Que todas las demandas de artículos de primera necesidad: ganado, enseres y otras materias, sean pedidas directamente a este Consejo, que cumplirá racionalmente con las posibilidades de la región, desautorizando por lo tanto enérgicamente, los hechos esporádicos realizados por quien sea, en esta materia, de no darse un caso de extrema urgencia que imposibilite la tramitación natural a que el respeto a este Consejo obliga a todos; y »Segundo. - Que las columnas antifascistas no deben ni pueden inmiscuirse en la vida político social de un pueblo que es libre por esencia y por propia personalidad. »Y para que los pueblos y sus Comités sepan a qué atenerse y la línea a seguir, decretamos: »Primero. - Sin previa autorización del departamento responsable de este Consejo, no se entregará arma alguna de las que puedan existir en los pueblos, ni se aceptarán destituciones de los actuales Comités, hasta tanto el Consejo no regularice y estructure la nueva composición de los mismos. »Segundo. - No se consentirá, por los medios que estén al alcance de los pueblos afectados, ninguna requisa de productos, ganados ni objetos que no vaya avalada por los departamentos responsables del Consejo, aceptando los casos de extrema urgencia, bajo la responsabilidad, firmada y sellada, del jefe único de la columna. »Tercero. - Los casos que contravengan estas disposiciones serán denunciados rápidamente al Consejo de Defensa regional, haciendo constar quién o quiénes son los responsables. »Esperamos que todos, sin excepción, cumplirán lo señalado, evitando con ello el caso paradójico y triste de un pueblo libre odiando su libertad y a sus libertadores. Y el no menos triste de un pueblo arruinado totalmente por la revolución que en todo tiempo añoró. Por el Consejo de Defensa regional de Aragón: el presidente, Joaquín Ascaso. Fraga, octubre 1936.»[3] Pronto le negaron el pan y la sal al Consejo de Aragón, tanto los partidos políticos como la Generalidad de Cataluña y el Gobierno Central. Éste, al no concederle la legalidad, lo convirtió en el blanco de todos sus enemigos, sobre todo del Partido Comunista, que no se saciaba de calificar al Consejo de Aragón de órgano separatista y faccioso y de utilizar contra él el sabotaje y la intriga. Reducido, como quien dice, a una vida clandestina, el Consejo, por razones de seguridad, fue trasladado a Montejulia, finca ubicada en el término de Belver junto a la carretera que va de Binéfar a Albalate de Cinca; pero esta medida de prudencia no pasó desapercibida por los comunistas, cuya aviación, un día del mes de diciembre, bombardeaba, «por equivocación» la vieja casa señorial donde se hallaba nuevamente instalado el recién nacido órgano. Es obvio señalar que, en estas condiciones de total ilegalidad y cercado por tantos elementos hostiles, el Consejo no podría desempeñar la misión para la que había sido creado y que se vería ante esta disyuntiva: o seguir por la vía iniciada y, haciendo caso omiso de la actitud gubernamental afrontar el riesgo de que el conflicto tomara proporciones de consecuencias imprevisibles, o solicitar del Gobierno que intercediera vis a vis de los partidos para poder llegar con ellos a una cooperación leal y responsable. En tan delicadas circunstancias, el amigo Benito Pabón, abogado muy competente que pertenecía al Partido Sindicalista de Pestaña y a la CNT en lo sindical, acudió a nuestra cita para estudiar de cerca el problema y buscar vías de solución junto con los compañeros aragoneses, quienes coincidieron en que tal vez fuera conveniente ir a parlamentar con los representantes de la Generalidad primero y con el Gobierno Central seguidamente, a cuyos efectos sería nombrada una comisión de la que formaron parte el mismo Benito, con otros dos compañeros: Joaquín Ascaso y Miguel Chueca. De su visita a la Generalidad, transcurridas dos semanas apenas de haberse constituido el Consejo, contaron los comisionados que Companys había estado muy incorrecto con ellos recibiéndolos con un arrebato de verdadero furor y echándoles en cara: que habían actuado de manera absurda, que desprestigiaban a la España republicana causándole irreparables daños, que no merecía Cataluña ese trato de quienes se lo debían todo, que si Aragón se había liberado era gracias a la ayuda generosa de los catalanes, etc., etc. Recordando esta famosa entrevista, el amigo Chueca, refugiado como yo en París en el año 1960, durante uno de mis encuentros con él, me decía con su peculiar gracejo: «Tenías que haberlo visto. Echaba chispas por los ojos. Muy mal disimuló el deseo de anexionarse Aragón y hacer dueña a Cataluña del potencial hidráulico de nuestro Pirineo. ¡Vaya gesto de solidaridad con el pueblo aragonés! Yo diría más bien, de falta de respeto a su libertad y de total menosprecio a su recia personalidad histórica. El muy vivo quería negarnos el derecho de ser y de autoadministrarnos que con tanto tesón defendía él para Cataluña. No era su cara la misma de pocos meses antes, cuando un grupo de compañeros, en nombre de la CNT, tras haber sido derrotado en las calles de Barcelona el ejército franquista, fueron a brindarle su cooperación y ayuda.» Bastante frustrados por la actitud irreconciliable de Companys, los tres compañeros de la delegación aragonesa continuaron su viaje a Madrid, donde se entrevistarían con Largo Caballero, jefe del Gobierno, y con Manuel Azaña, presidente de la República. Tras haber escuchado un largo informe sobre la deplorable situación en Aragón, el primero consideró válida la idea de crear un organismo regional autónomo, pero exigió que participaran en él los demás partidos políticos y organizaciones sindicales. El segundo, comprendiendo la necesidad de respetar las peculiaridades de Aragón, mostró también su conformidad respecto a la continuidad del Consejo, pero con una condición asimismo: la de dar entrada en él a representantes de los demás partidos. Como la delegación expresara sus temores al respecto, dado que las primeras invitaciones habían sido rechazadas, el Gobierno insistió firmemente en que era necesario un esfuerzo por parte de todos para llegar, en bien de la República Española y de todos los antifascistas que luchaban por el triunfo definitivo, a una refundición del Consejo. Las razones aducidas por el Gobierno y su actitud conciliadora dieron a nuestros compañeros la esperanza de que pronto obtendrían el tan ansiado reconocimiento y la comprensión de aquellos aragoneses que, guiados, no por intereses de partido sino por la necesidad de reconstruir Aragón y salvar a España del fascismo, se pondrían a nuestro lado para cooperar con lealtad y responsabilidad en la tarea emprendida. Largo Caballero dio fiel cumplimiento a su promesa, pues el 20 de noviembre, antes incluso de que hubieran sido determinadas con precisión las innovaciones en curso, fue reconocido por las autoridades nacionales el Consejo de Aragón, cuyos consejeros, de acuerdo con lo pactado, tendrían que ser designados proporcionalmente a los efectivos regionales de cada partido político y organización sindical. Le fueron delegadas, a título provisional, ciertas funciones civiles y militares. Es decir, de alguna manera, haría las veces de diputación provincial y de Gobierno Civil; aunque esto como ya se ha dicho, bajo promesa de admitir en su seno a los otros movimientos ideológicos de Aragón que luchaban contra el fascismo. No obstante, muchas negociaciones llevaría a cabo todavía el Comité Regional de la CNT con los partidos políticos y la Unión General de Trabajadores para conseguir ponerse de acuerdo; por lo que aún se tuvo que esperar hasta finales de diciembre de 1936 para su legalización en toda regla, y hasta enero de 1937 para el establecimiento de su composición definitiva. Transferido a Caspe y bajo la presidencia de Joaquín Ascaso con atribuciones de gobernador general de Aragón, el Consejo quedaría estructurado finalmente como sigue:
Parecía lógico esperar que una vez legalizado el Consejo, todo discurriría por los medios normativos de legítimo y mutuo respeto; porque, encuadrado Aragón en el marco de la legislación vigente, el Gobierno quedaba obligado a aceptarlo con los mismos derechos y responsabilidades que tenía la Generalidad de Cataluña o cualquier otro ente autonómico. Pero no fue así, y después de muchas intrigas y zancadillas que dificultaron enormemente el desempeño de sus funciones durante los ocho meses apenas que duraría su existencia, el gobierno Negrín, por decreto de 11 de agosto de 1937 de su ministro de la Defensa Indalecio Prieto, liquidaría el Consejo con la más inusitada violencia. Entre las muchas dificultades que había encontrado el órgano autonómico, hemos de señalar la falta de cooperación de sus consejeros; falta que venía determinada por la existencia en su seno de dos posiciones diametralmente opuestas: de una parte la de quienes defendían el desarrollo y mantenimiento de las colectividades, de otra la de quienes pretendían neutralizarlas de motu propio o ajeno; aunque se hizo patente cada vez más que esta postura negativa estaba determinada a su vez por quienes desde más altas esferas y entre bastidores preparaban «la ofensiva de gran estilo» -como la llama Peirats- que la prensa comunista iniciaría con gran acompañamiento de orquesta hacia finales de julio con el propósito deliberado de justificar el duro golpe que se estaba fraguando contra la CNT, contra el Consejo de Aragón y contra las colectividades. No obstante el cúmulo de insidias y triquiñuelas entre el que se debatió siempre el Consejo, como la CNT era mayoritaria y, por consiguiente, asumía el mayor número de carteras y entre ellas las más importantes como eran las de Economía e Interior, bajo los auspicios del mismo pudo celebrarse, en Caspe, los días 14 y 15 de febrero de 1937, el congreso constitutivo de la Federación Regional de Colectividades que permitiría la expansión y coordinación de la economía: mediante el establecimiento de estadísticas, organización de equipos de trabajo, ayuda a las comarcas más pobres, dotación de técnicos competentes para la enseñanza agropecuaria, creación del Fondo Regional para los intercambios con el exterior, abastecimiento de los frentes, envío de los excedentes a Intendencia general, incremento de la producción, etc., etc. Por otra parte, se estructuró el Orden Público y la Justicia, al objeto de acabar con las bandas de incontrolado s y de poner fin a las denuncias arbitrarias, al robo y a las desapariciones; se iniciaron algunos trabajos públicos, se idearon planes culturales y de enseñanza, y no gran cosa más ya que, en realidad, se proyectó más que se hizo dados los escasos medios financieros de que dispuso el Consejo en todo momento, el corto lapso de tiempo que se mantuvo en pie, el boicot de que fue objeto constantemente y las interminables intrigas que le envolvieron desde el primer instante. Como vemos pues, las provocaciones y el proyecto deliberado de arrebatar a Aragón su autonomía y con ella las conquistas que se habían logrado tanto en el área política como en la social y económica, no habían cesado pese a la solvencia del Consejo y a que en él se hallaban representadas todas las fuerzas antifascistas, ni cesarían en adelante. El enemigo tenía muy claro su objetivo, y para alcanzarlo estaba dispuesto a utilizar todos los medios -legales o ilegales- frente a la CNT cuya fuerza mayoritaria los sacaba de quicio. Es sabido que una vez legalizado el Consejo, éste había procedido de inmediato a la reestructuración de los Consejos Municipales destinados a suplantar los comités revolucionarios que venían desempeñando, desde los inicios del levantamiento, las funciones política y militar amén de la función económica en algunos pueblos, donde el comité se había ocupado al mismo tiempo de la administración de la colectividad local. Pero esta sustitución no tuvo las repercusiones que los instigadores contra el Consejo habían imaginado, por la sencilla razón de que, al ser mayoritaria, la CNT ostentaría en los Consejos Municipales una mayor representatividad y tendría, naturalmente, un predominio en las decisiones colectivas. Se dieron casos, como los de Maella, Ballovar, Albalate del Arzobispo y Alcolea de Cinc a por no citar otros, donde el ayuntamiento estuvo formado íntegramente por hombres de la CNT. A partir de este dato y teniendo en cuenta que los comunistas contaban en Aragón con un número de efectivos muy reducido a pesar de haberlos incrementado con la afluencia de elementos fascistas, podemos suponer que los ataques contra el Consejo venían programados, no desde la base de los representantes comunistas en el Consejo, sino de la dirección nacional del Partido y en virtud de que sus máximos dirigentes, obedientes a las órdenes del Kremlin[4] no podían tolerar que la CNT siguiera preponderando en Aragón ni que el colectivismo libertario fuera un modelo de organización económica y de solidaria convivencia para la historia social del mundo. De ahí la gran ofensiva que se inicia contra Aragón, no sin antes provocar la caída de Largo Caballero, y que culminaría con el famoso decreto del 11 de agosto de 1937 disolviendo el Consejo y con el envío a Caspe de la 11 División del Ejército de maniobras al mando del teniente coronel Líster. Estas fuerzas, que serían secundadas por la 27 -Carlos Marx- y por la 30 División, «mandadas también por comunistas y separatistas, desataron el terror en la retaguardia aragonesa, no lejos de los frentes en que contenían al enemigo las divisiones confederales 25, 26 y 28. Se procedió a la ocupación militar de los pueblos y al asalto de los locales de la CNT-FAI y Juventudes Libertarias, así como a la destrucción de las Colectividades y Consejos Municipales.»[5] Mas al objeto de poder valorar el alcance de esta brutal operación, vea el lector en Anexos al final del libro reproducidos textualmente los siguientes documentos: Anexo número 1. Informe que el Comité Regional de la CNT de Aragón eleva a las autoridades del Gobierno de la República. Anexo número 2. Acta del Pleno Regional de Sindicatos de la CNT de Aragón celebrado en Caspe el 11 de septiembre de 1937.
El Comité Regional de la CNT, recogiendo las sugerencias de unos y otros y viendo la necesidad de hacer estudios serios sobre las posibilidades del futuro social y económico de Aragón, así que hubo terminado el Congreso constitutivo de la Federación Regional de Colectividades hizo una llamada a determinados compañeros para que esbozaran los pertinentes proyectos después de examinar detenidamente las posibilidades reales de cada comarca en sus diferentes aspectos sociológico, cultural, ecológico, etc. Nos preocupaban, por ejemplo, temas como los siguientes: distribución territorial administrativa, educación, intercambios económicos, desarrollo técnico agropecuario, creación de industrias, mejoramiento de los transportes, amplificación de la cultura, higiene, introducción de cambios pedagógicos profundos en la educación, relación con los diferentes pueblos de España, intercambios con el exterior, etc. Algunas de las ponencias y estudios que iban llegando al Comité Regional servirían de valioso estímulo para poner mayor empeño en esta loable tarea. Yo por mi parte había elaborado un proyecto de Escuela Normal donde se formaran los nuevos maestros de cara a una transformación radical de la didáctica escolar mediante procedimientos totalmente identificados con una educación auténtica. Este proyecto, que yo había hecho llegar al Comité Regional de la CNT, al Consejo de Aragón y a la Federación Regional de Colectividades, junto al conocimiento que se tenía sobre el trabajo de nuestra Escuela de Militantes, éste orientado especialmente hacia el estudio de la región con sus peculiaridades, potencial ecológico y necesidades más apremiantes, despertó tan vivo interés, que una tarde de primeros de junio de aquel accidentado año 1937, un grupo de compañeros -Muñoz, Viñuales, un compañero ferroviario de Caspe cuyo nombre no recuerdo ahora, y el compañero Arnal, a la sazón comisario de la 28 División cuyos hombres estaban descansando en Monzón y pueblos adyacentes- nos sorprendió con su inesperada y grata visita. No deja de ser curioso que cada vez que intento rememorar aquel episodio, la figura de Muñoz salta al primer plano de la escena. Veo a este compañero, enzarzado aparte en una conversación con Amal sobre aspectos relacionados muy directamente con la guerra y, al parecer, francamente preocupado. Unos minutos de espera y los cinco pasamos a la biblioteca de la escuela, donde estuvimos departiendo hasta la madrugada y donde todos expusimos, sin énfasis y con la mayor claridad, los temas que cada uno, de acuerdo con su competencia e intereses preferentes, traía elaborado más o menos explícitamente. Proyectamos muchas cosas, sin que surgieran profundas discrepancias dada la semejanza de nuestra visión de los problemas considerados global mente y del fantasma de la guerra, que pesaba por igual sobre cada uno de nosotros con la amenaza de un mañana dolorosamente incierto. El primer tema que debatimos, relacionado con la función administrativa, fue la consolidación de la división territorial en comarcas, por considerar, basándonos en nuestra experiencia sobre las Federaciones Comarcales de Sindicatos y las de Colectividades, que era la forma idónea, tanto para establecer el control estadístico más exacto de cara a una racional planificación de los intercambios económicos como para llevar a cabo una auténtica solidaridad regional y allanar de ese modo, la inveterada e inhumana desigualdad entre las diversas comarcas. Los hombres de la CNT siempre estuvieron en contra de la estructura provincial, en cuya definición nunca entraron más criterios que los emanados del poder político en una relación arbitraria entre dominados y dominadores. Que ello ha sido así, la misma etimología del vocablo nos lo indica; ya que el término provincia (pro-vincire) viene de la Roma antigua y se aplicaba a los territorios ocupados por los dominadores romanos fuera de Italia. Sus leyes eran impuestas por el general vencedor y ampliadas, cuando el dominador creía necesario, por los edictos del gobernador -jefe romano que administraba la provincia. Salta a la vista por otra parte, el carácter arbitrario de sus demarcaciones, en las que no se han tenido en cuenta para nada las peculiaridades de las comarcas: con sus cultivos, potencial ecológico, costumbres, corrientes culturales, vectores de comunicación y otros factores que deberían ser armonizados en función de unos intereses libremente expresados y debatidos por sus habitantes. Tomemos, por no citar más que un ejemplo, las provincias de Huesca y Zaragoza. Su línea divisoria corta los Monegros por la mitad y parte el Somontano. Con ello separa corrientes de preocupación muy similares y sitúa algunos pueblos de la provincia de Huesca a más de 100 kilómetros de la capital, lo que repercute, indiscutiblemente, en detrimento de sus interrelaciones. Y otro tanto podríamos decir de la provincia de Zaragoza con respecto a la Rioja y Navarra, de las que se halla separada arbitrariamente si tenemos en cuenta las semejanzas ecológicas y culturales de las dos riberas del Ebro. A ese propósito pues, todos estuvimos de acuerdo en que una distribución territorial más en armonía con las condiciones ecológicas del suelo y con los hábitos o aspiraciones de sus habitantes facilitaría el desarrollo económico y cultural de los pueblos e intensificaría sus relaciones en beneficio de la solidaridad más genuina. De ese sentimiento por una mejor coordinación para cumplir holgadamente su cometido sindical habían nacido otrora las Federaciones Comarcales de la CNT y, del mismo modo, las colectividades, surgidas espontáneamente, infundieron su dinamismo solidario a la región a través de sus Federaciones Comarcales, que recogían y coordinaban las necesidades y sugerencias expresadas libremente por los colectivistas en sus asambleas. ¿Por qué no estructurar, asimismo, los municipios, libremente y en base a ese modelo federal y ser elementos activos en la elaboración de las decisiones colectivas? Teníamos presente empero, que sobre ese edificio federal -construido a partir de las federaciones locales, pasando por las federaciones comarcales hasta la Federación Regional cuyo órgano coordinador de todos los intercambios, tanto económicos y culturales como administrativos, etc., tendría que tener su sede en Zaragoza- nubes oscuras se cernían amenazantes. Por de pronto, Zaragoza estaba al otro lado de la trinchera, y todo cuanto proyectáramos de cara al futuro quedaba subordinado al éxito o al fracaso en el desenlace de la contienda, y como, a decir verdad, la situación de los frentes en el sector antifascista no se prestaba, ya en esos días de primeros de junio de 1937, para muchos alardes de optimismo, sólo una voluntad responsable de llegar hasta donde nos fuera posible en el cumplimiento de nuestro compromiso con el pueblo trabajador nos daba fuerzas para no retroceder un ápice en la tarea emprendida y proyectamos con esperanza hacia futuras realizaciones. Por lo tanto, no pudiendo plegarnos de antemano a una actitud de fracaso por muy aleatorio que se presentara en ese instante el triunfo del ejército republicano, decidimos seguir nuestro análisis sobre el ordenamiento territorial de toda la región partiendo del supuesto de un final favorable. En cuyo caso y con la esperanza de que el éxito del colectivismo contagiaría a buena parte de pequeños propietarios y jornaleros de la otra zona tras haber sido liberada de la opresión fascista, no podíamos olvidar que la Rioja y Navarra merecían una atención especial de nuestra parte por las siguientes razones: en el esquema federal de la CNT, las comarcas de Aragón, de la Rioja y de Navarra funcionaron siempre unidas en una federación regional. No obstante, ante la posible eventualidad de una España federada, Aragón debería respetar el deseo de dichas regiones en caso de que, libremente, optaran por su autonomía, aunque sin menoscabo de que Aragón siguiera manteniendo en pie sus federaciones comarcales, así como la dinámica solidaria entre ellas a través de su federación regional y -¿por qué no? puestos a imaginar- con las demás regiones españolas, no renunciando al proyecto de solidaridad universal hasta verlo realizado de manera definitiva. Abordamos luego el tema de la minería; pues pese a que Aragón no es rico en minerales, tienen relativa importancia sus yacimientos de lignitos, cuya utilización en aquellos momentos, si bien suplía la carencia de otros carbones mejores, ocasionaba graves daños en cocinas, locomotoras y otras máquinas debido a los azufres, alquitranes y aceites pesados que el lignito contiene. La acción corrosiva de estos elementos sobre tubos y demás piezas metálicas era causa de muchas averías y deterioros. Sabíamos que en Alemania, la técnica utilizada para tratar el lignito permitía extraer de él alquitranes, aceites y petróleos muy necesarios para la industria. Influenciados por este precedente nosotros pretendíamos reservar, tanto como fuera posible, nuestros lignitos, en espera de modernizar nuestra técnica y situarnos en condiciones de extraer los referidos carburantes y obtener coque al mismo tiempo; ya que este combustible, por sus efectos no corrosivos llegaría a ser muy estimado, tanto para hacer marchar pequeñas industrias como para uso doméstico en cocinas y calefacciones. Pero el rumbo de los acontecimientos fue otro muy distinto del que nos hubiera permitido plasmar en realidad éste y otros proyectos. No obstante, sigo opinando: que quemar el lignito como se hacía en aquellos momentos y quemarlo como más tarde se vino haciendo transformándolo directamente en energía eléctrica, sólo puede calificarse de despilfarro económico por falta de previsión de los gobernantes de España. A propósito de otros minerales se habló de las piritas, abundantes parece ser en algunas zonas del Pirineo y que podrían proporcionar metales de utilización inmediata y, a la vez, fosfatos para fertilizar nuestros campos. En Benasque, por ejemplo, se estaba explotando ya la benasquita, silicato aluminicomagnésico perteneciente al género clintonita muy característico de nuestro Pirineo. Sin embargo, éramos conscientes de que tratándose de prospectiva mineral sólo los técnicos especialistas en la materia deberían opinar. De ahí que nuestro proyecto se centrara sobre todo en el orden social que debía establecerse en las minas. Un orden que fuera susceptible de racionalizar convenientemente la explotación del subsuelo, de obtener la máxima producción con el mínimo esfuerzo, de humanizar el trabajo del minero y de garantizar la seguridad de su vida poniendo al alcance de su mano los instrumentos técnicos más perfeccionados. En esa perspectiva, nuestro propósito era seguir el ejemplo de Utrillas; porque las minas, como los otros medios de producción, tenían que ser explotadas colectivamente y regidas por los mismos trabajadores en una dinámica autogestionaria, única por la que todos participan directamente en igualdad de condiciones y donde la responsabilidad, ante los aciertos como ante los errores, es asumida por todos asimismo, libre y solidariamente. Siguiendo el pensamiento prospector de Costa y las necesidades imperiosas de muchas de algunas comarcas, hicimos el análisis de nuestras posibilidades hidráulicas, procurando hallar una fórmula para incrementar las zonas de regadío sin que sufriera merma alguna el aumento de nuestro potencial hidroeléctrico. Hemos de decir en honor a la verdad que, en lo referente al riego, poco podíamos añadir a cuanto se había proyectado anteriormente y, de algún modo, iniciado. La canalización de los Monegros, por ejemplo, estaba en marcha; inclusa se regaba ya en algunos términos, y otro tanto sucedía con el canal de las Bárdenas. Pero había otras zonas, donde las tierras eran de excelente calidad y hubiera bastado la construcción de pantanos para convertidas en exuberantes vergeles. Aunque en esto, nuestra opinión discrepaba un poco de cuanto se venía haciendo en amplias regiones del mundo desarrollado; ya que en lugar de esos pantanos enormes bajo los que desaparecen fértiles y hermosos valles, nos parecía más útil y racional construir embalses de moderadas dimensiones en aquellos rápidos de los ríos donde el terreno reuniera condiciones para ello. De ese modo, al mismo tiempo que podríamos aprovechar la fuerza de la corriente para producir energía eléctrica, se evitarían las consabidas catástrofes en épocas de crecidas; tendríamos agua para el riego y conservaríamos en toda su integridad la belleza del paisaje.
El estudio del riego nos llevaba de la mano el tema de los cultivos. Había que introducir nuevas especies, pero sobre todo, incrementar el cultivo de los frutales, poco extendido todavía pese a que por su clima seco y altura, Aragón es una de las regiones españolas que da los frutos más aromáticos y azucarados de Europa. Los melocotones, las peras, ciruelas y manzanas que se cosechan en las riberas de los ríos Ebro, Zalón, Cinca, Gállego, Guadalope y de otras más pequeñas, son de tan buena calidad como las mejores de Murcia, Valencia, Andalucía o Cataluña y como los más prestigiados de cualquier otra comarca del litoral mediterráneo. Deberíamos convertir, pues, en vergeles, si no todas, muchas de las zonas cerealeras. Ni que decir tiene que de acuerdo con lo aprobado por el Congreso Regional de Colectividades y con lo proyectado por el Consejo de Aragón, debía irse rápidamente a la creación de centros para la selección de semillas, de campos de investigación agropecuaria y de cuanto la técnica moderna aconsejaba para mejorar las especies, combatir plagas, condicionar y enriquecer suelos, etc. En esa dirección se potenciaría la principal fuente de riqueza de nuestra región y se crearía al mismo tiempo una importante cantera de trabajo capaz de absorber la mano de obra disponible y de evitar la secular emigración de los aragoneses hacia otras regiones más industrializadas o mejor administradas hasta ese momento. En torno a la producción frutícula harían falta máquinas diversas y camiones, talleres para embalajes, almacenes modernamente equipados para clasificar y envasar la fruta, grandes frigoríficas, industrias conserveras e, incluso, unos dos aeropuertos para el transporte rápido del producto fresco en caso de tener que exportarlo a los países noreuropeos. En cuanto a introducción de nuevos cultivos, en las colectividades se habían hecho ya algunos ensayos con la saja, habiendo comprobado que se adaptaba perfectamente a las comarcas secas de la región. Nuestro interés por la saja, tan rica en proteínas, se basaba en la necesidad que los técnicos pecuarios experimentaban de proporcionar a las fórmulas alimenticias para el ganado un mayor equilibrio y rendimiento. Con el tiempo, las virtudes de esta leguminosa han sido ratificadas ampliamente; ya que además del aceite que se extrae de sus semillas y que es consumido en todas las cocinas del mundo occidental, su fruto, una vez deshidratado y molido convenientemente, está siendo adicionado, por su valor proteínico, a la composición de piensas para toda clase de ganado. Por segunda vez, se cultivó asimismo el algodón, cuyo rendimiento en las zonas de regadío era altamente satisfactorio. He dicho por segunda vez porque ya se había cultivado en la región a mediados del siglo pasado, durante la guerra de Secesión de los Estados Unidos de América. Quiero señalar que en este empeño de adaptar a nuestro agro nuevas variedades productivas no iba implicada en modo alguno la idea de un regionalismo autártico -nada más contradictorio con nuestra concepción solidaria entre los hombres y entre los pueblos- sino el deseo de llevar a la practica el principio, tan fundamental en economía, de producir más con el menor esfuerzo y de contribuir así a la prosperidad de las comarcas aragonesas. Otra fuente de riqueza que por exigencias de la guerra iba quedando muy mermada era la cabaña, cuyos efectivos había que aumentar sin demora tanto cuantitativa como cualitativamente; ya que, en términos comparativos, nuestros rebaños daban poca carne y una lana de muy baja calidad. Si bien, en este capítulo se trataba más que nada de apoyar, a través de sus federaciones, la obra ya iniciada por las colectividades, cuyo esfuerzo en aumentar el ganado vacuno y de cerda, así como la explotación avícola, estaba dando resultados admirables en todas las comarcas; donde los colectivistas, queriendo salir de unos métodos rutinarios y del re crío a pequeña escala en los propios establos de sus casas, construían granjas colectivas modernamente equipadas, alcanzando un grado de racionalidad y de higiene difíciles de conseguir en el marco precario de una economía privada.
Y entramos ya en el tema de la EDUCACIÓN, así, con mayúsculas, sobre el que yo, como ya dije, previamente había elaborado un ambicioso proyecto para la promoción de verdaderos educadores capaces de liberar a los niños del yugo de la disciplina y de transformar hasta sus cimientos la escuela cuartel que pone trabas al desarrollo íntegro de la persona humana. Opinaba -y conmigo Viñuales,[6] compañero magnífico y maestro excelente que, dicho sea de paso, acabó trágicamente sus días en el puerto de Alicante- que en la verdadera educación se hallaba el cauce y la dinámica para configurar una personalidad libre y equilibrada. Y esto no lo descubríamos nosotros; pues ya hacia finales del siglo pasado y comienzos de éste lo habían venido señalando pedagogos tan relevantes como Pestalozzi, Tolstoy, Decroly, Ferrer Guardia, Dewey y Celestin Freinet entre otros. En el campo de las ideas libertarias igualmente, personalidades como Godwin, Louise Michel, Kropotkin, Élisée Reclus, Ricardo Mella y Eleuterio QuintanilIa por no citar otros, habiendo intuido que sin libertad no puede haber auténtica educación, expusieron claramente sus razonamientos al respecto y crearon escuelas libres siempre que les fue posible. Y por si esos ejemplos no bastaban para que los compañeros allí reunidos avalaran el proyecto, tanto Viñuales como yo, expusimos cada uno de los resultados de nuestra propia experiencia. La mía, que por haberse desplegado en un ámbito extraoficial podía tener una incidencia más directa en nuestra órbita libertaria, fue escuchada con interés, y me llevaría -tras recordar mis primeros tanteos pedagógicos con los jóvenes de mi pueblo natal, pasando por la Escuela Élisée Reclus[7] en Barcelona y finalmente por esta de militantes en la que nos hallábamos reunidos- a las siguientes conclusiones: cuando en la escuela, las relaciones del maestro con sus alumnos y de éstos entre sí se hallan cimentadas sobre la libertad y la cooperación, los jóvenes se sienten satisfechos, su aprovechamiento en todas las áreas del aprendizaje es francamente rentable y los hábitos solidarios se enraizan sólidamente en su comportamiento con toda la trascendencia que ello implica para el futuro social de los hombres. Ha sido demostrado con creces por las ciencias sociales, que la cooperación -fuente inagotable de estímulos creadores- sustituye con incomparable ventaja al método competitivo, que separa a los hombres y es generador de descontento y de guerras. En esta misma casa -les dije- conviven un centenar de púberes que se desenvuelven libremente y vosotros mismos podéis constatarlo. Ellos se organizan y distribuyen el trabajo -cultivo del campo, cuidado de los animales, cocina, orden y limpieza, administración, horas de estudio, elección de los temas, investigación, charlas, juegos, y espectáculos de cara al exterior, etc.- sin que imposición por parte de nadie intervenga en momento alguno. Para conseguir esto, ha bastado crear el clima de libertad y de confianza que nace de la cooperación solidaria y que da al individuo seguridad en sí mismo. Es decir; roto el freno de las inhibiciones que son hijas de la desconfianza y del miedo, todo ha estado presto para que cada uno de los jóvenes de esta escuela asumiera libremente la responsabilidad que le corresponde en este ambiente de actividad intensa donde el trabajo resulta un goce, fuente de íntima satisfacción y de halagadoras promesas.
Y como fiel exponente del papel socializador que a niveles más amplios puede ejercer el binomio solidaridad-libertad, puse de relieve a continuación el ejemplo del pueblo aragonés, cuya conducta en aquellos momentos estaba siendo el resultado inconfundible de la labor educadora que los hombres de la CNT habían hecho durante los últimos años expandiendo por aquellos pueblos las ideas libertarías. Cierto es que esta labor de la CNT no había sido suficientemente prolongada ni sus hombres -yo entre ellos- estaban preparados para exponer con el debido rigor científico el verdadero alcance sicosocial del ideal libertario; aunque, pese a nuestra insuficiencia, lo propagamos con lealtad y entusiasmo, exaltando la solidaridad y practicándola al mismo tiempo de manera espontánea y sencilla. ¿Cuál sería, en definitiva, el fruto de dicha labor? Esos trescientos mil colectivistas ofreciendo al mundo entero el insólito espectáculo de un convivir solidario y la prueba irrefutable de que es posible para el hombre organizar sus intercambios sin propiedad, autoridad ni burocracia. El interés sobre el tema educativo se iría acentuando a medida que avanzaba la noche. Surgirían preguntas, observaciones más o menos pertinentes, dudas, y todo ello nos llevaría de la educación a la escuela, de la escuela a sus implicaciones sociológicas, perspectiva histórica, posibilidades de cambio, etc. Fue fácil demostrar el papel condicionador y de doma que sobre los jóvenes ha ejercido la escuela. De ese papel arranca precisamente la atención que los poderes estatuidos le prestaron en todos los regímenes y períodos de la historia del hombre. Esto sin duda alguna, lo veía muy claro Nietzche cuando dijo: «Los gobiernos de los grandes Estados disponen de dos medios de mantener el pueblo bajo su dependencia: por la obediencia y el miedo. Uno más bien grosero: el ejército, y el otro, más sutil: la escuela»[8]. Según la ciencia antropológica, ya desde la Prehistoria, existieron formas de condicionar a los jóvenes para que fueran fieles receptores de la herencia sociocultural de su grupo y garantes de la supervivencia del mismo. De ahí nacieron los ritos de iniciación, que eran la culminación de un prolongado período de condicionamiento y se desarrollaron en una atmósfera saturada de angustia y de misterio. Iban acompañadas estas ceremonias de pequeñas mutilaciones personales y otras pruebas que dejaban su marca indeleble en la persona de los jóvenes iniciados. Eran -y siguen siendo, puesto que se practican todavía en los pueblos iletrados que aún existen en algunas zonas del Globo- Como el sello que cierra un compromiso: la adhesión a los valores establecidos por los adultos de una vez por todas y la aceptación de un estatuto al que ningún individuo de la tribu puede desobedecer mientras viva, so pena de ser excluido del grupo y sentirse abandonado de la autoridad trascendente que protege la vida del mismo. A partir de esa forma de transmisión cultural que en las sociedades prehistóricas permitía a los jóvenes identificarse en cuerpo y alma con sus mayores y con el grupo, los métodos de condicionamiento han sufrido desde entonces muchos cambios al vaivén de las modificaciones socioculturales producidas por los impactos de la revolución tecnológica que se inicia en el Neolítico y que, por efecto de los nuevos impulsos recibidos a través de los siglos, con resultados cada vez más espectaculares, llegaría a transformar radicalmente las condiciones de vida del hombre y, por ende, sus relaciones. Es preciso destacar, sin embargo, que en el trasfondo de tanto vaivén, algo subyace que no ha sufrido alteración pese a los embates y transformaciones que al socaire de la gran revolución tecnológica se han ido produciendo. Me refiero a las estructuras de dominación, que siguen imperando en todas las áreas de nuestra sociedad y que parecen prometer larga vida mientras una gran mayoría de los ciudadanos del mundo no tomen conciencia de ese anacronismo que puede conducirnos a un desastre irreparable. y en ese contexto, la escuela actual, apéndice del Estado y cada vez más burocratizada, no puede ser más que el reflejo de la sociedad a la que sirve y condicionar a los jóvenes para devenir más tarde los defensores y mantenedores de esa misma sociedad. Pero este condicionamiento no se produce sin que el equilibrio sicosomático de la persona de los educandos sufra gravísimos daños. Para valorarlos en su verdadera dimensión tendríamos que tener en cuenta dos cosas: - En primer lugar la angustia con la que vive el alumno este sistema esquizoide de selección-competición y la agresividad que, unas veces volcada hacia fuera, otras hacia dentro, se va generando de la propia angustia. - En segundo lugar la edad tan temprana en que esta dinámica selectiva comienza; pues ya desde que el niño ha cumplido seis años -muchas veces antes- ha de ir interiorizando esa estampa maniquea que -en virtud de unos criterios totalmente arbitrarios si nos atenemos al conocimiento de la ciencia sicológica en materia de inteligencia humana viene dividiendo al grupo clase en dos bandos: de un lado los alumnos supuestos inteligentes y superiores; de otro los torpes e inferiores, no pudiendo faltar entre éstos los que llevan la etiqueta de enfermos y hasta de irrecuperables muchas veces. Coincidiendo con Daniel Laurent, al que acabo de citar, yo digo con él que es una forma perversa esa de habituar a los niños, día tras día, a reconocer como natural la relación social de dominación sumisión que encontrarán más tarde en su vida de adultos. Ésta es, sintetizando al máximo, la triste realidad de la escuela primaria en estos momentos y a la que se ha llegado a través de las sucesivas reformas que, sin tener en cuenta las verdaderas necesidades del niño, ha ido promulgando el Ministerio de la Educación durante los 46 años que nos separan de aquellos frustrados proyectos por los que un reducido grupo de libertario s intentábamos dar a la escuela su verdadero papel, que no es el de condicionar a los jóvenes para la guerra, sino el de educarlos para la paz. Pero hay algo que exige de mi parte una aclaración; porque al hacer la crítica de la escuela se prestaría a confusión si no marcara la diferencia entre el período anterior a nuestra guerra y el que sucedió a la gran conflagración que sacudió al mundo en el cuarto decenio de nuestro siglo. Así pues, sin que esto implique, ni mucho menos, mi identificación con la escuela tradicional autoritaria de entonces, he de decir en honor a la verdad que no era tan dañina como lo es ahora; en primer lugar, porque al maestro le quedaba un amplio margen de libertad dentro de la clase para establecer con los alumnos un tipo de relaciones menos burocratizadas y más creativas, y en segundo lugar porque en lo que abarcaba entonces el ciclo de la primaria -desde el parvulario hasta los 14 años- los alumnos no llegaron a conocer, afortunadamente, ese dispositivo infernal de calificación y clasificación permanente que es hoy motivo de tortura para todos y fuente de esquizofrenia para los más jóvenes según vienen constatando de un tiempo a esta parte aquellos sicólogos más preocupados en el tema de los fracasos y traumas escolares. Nosotros proyectábamos una escuela donde los niños pudieran hacer la experiencia de su autonomía al objeto de que por el libre ejercicio de su iniciativa llegaran al conocimiento de las cosas y de los fenómenos, tanto físicos como sociales; pues teníamos la convicción de que sólo así se consigue estructurar sólidamente la facultad de observación y de crítica que permiten al individuo ser auténticamente libre, máxime si en la búsqueda de cada día se practica la cooperación en un ámbito de confianza recíproca y de estímulos satisfactorios. Al llegar aquí tuvimos que aclarar qué era lo que Viñuales y yo entendíamos por educación, coincidiendo ambos en que educar no es, como mucha gente cree, atiborrar de conocimientos en escabeche la mente de los chicos. Pretender colocar desde fuera en su cerebro el saber que se halla registrado en los libros o en la mente del magíster sin que el alumno se sienta motivado realmente, es querer convertirlo en un robot y atrofiar su imaginación creadora que es el rasgo más genuino del hombre. Educar, por el contrario, es crear el medio y las condiciones para que el niño pueda desarrollar todo el potencial humano que lleva dentro. Dicho de otro modo: es enseñar al niño a aprender y a investigar en un diálogo permanente con sus compañeros, y a mantener viva su curiosidad para que pueda ser plenamente feliz, investigando y cooperando, siempre, hasta el fin de sus días. Dicho lo que antecede, se comprenderá fácilmente en qué ha de consistir la formación de los futuros maestros: en aprender a despojarse de todo atisbo de autoridad y en renunciar a su papel jerárquico; porque mientras no sepan ser sencillos, genuinos camaradas de los chicos y capaces de crear en la clase un clima de libertad responsable y de cooperación, no pueden ser educadores en el sentido lato del término; porque sólo propiciando un ambiente de confianza en el que todos se sientan iguales y dispuestos a colaborar, se puede poner en marcha la dinámica autogestionaria en la que maestros y alumnos han de participar responsablemente en todas las tareas del grupo. A partir de ahí, la cosa resulta muy sencilla; porque si bien es interesante que el maestro posea un nivel apreciable de conocimientos -historia, matemáticas, lenguaje, etc.- es mucho más importante que sepa cómo debe enseñar a los chicos a aprender; es decir, a buscar en las fuentes. y, sobre todo, ha de saber inhibirse de todo discurso magistral. Mejor es que se sume a la búsqueda con los alumnos. Ello es siempre más estimulante y rentable que servirles los datos desde su atalaya de figura sapiente. Por mi larga experiencia sé que la enseñanza autogestionada desarrolla la iniciativa y la imaginación creadora de los niños y de que el trabajo en equipo enriquece el recíproco conocimiento a la par que crea hábitos de cooperación amistosa, la Normal para la formación de futuros maestros tenía que estar concebida de manera que posibilitara al máximo la enseñanza por la práctica de esa misma dinámica autogestionaria. En esa perspectiva, yo la ubicaba en un amplio terreno de cultivo, donde además de las correspondientes aulas, tan funcionales como alegres, pudiéramos disponer de una biblioteca bien nutrida como base de información, laboratorios adecuados, salón de sesiones equipado para la enseñanza del arte dramático, talleres para el aprendizaje de una artesanía polifacética, instalaciones para el re crío de animales, algunas parcelas en las que pudieran ensayarse variados cultivos, y terreno suficiente para el esparcimiento de los alumnos con cuantas actividades lúdicas inventaran ellos mismos. Habíamos previsto, como es lógico, que la Normal estuviera emplazada cerca de una población grande o mediana; puesto que anexa a ella tendría que edificarse una escuela graduada, ya que no se concibe una enseñanza para tan delicado magisterio sin estudiar en contacto permanente con los niños. Expuse pues, de manera muy esquemática, el bosquejo de dicha escuela autogestionada, donde serían los chicos los que decidirían qué materias iban a estudiar y qué trabajos a realizar de acuerdo con sus motivaciones y aptitudes. La población escolar estaría repartida en 4 grupos, empezando por la escuela jardín -niños de 4 a 6 años- pasando por los otros tres hasta alcanzar la edad de 15 años. Los cuatro quedarían instalados en sus respectivos pabellones; pero éstos deberían estar construidos de manera que fuera posible el libre intercambio entre los alumnos de los distintos grupos. y esto, que puede parecer un dato insignificante, adquiere para mí una importancia de primer orden. Los que hayan leído la obra citada anteriormente Una experiencia de escuela autogestionada, lo comprenderán sin dificultad inmediatamente. En el primer grupo, donde la única actividad de los niños debería ser el juego, habrá de prestarse especial atención a la manipulación de materiales diversos; ya que lo primero, permite al niño el conocimiento sensible de la materia y lo segundo estimula la expresión corporal al mismo tiempo que lo inicia en el aprendizaje de la cooperación. En el segundo grupo, compuesto de niños de seis a nueve años -edad de la manipulación y de los conocimientos concretos- los chicos deberían tener, a lo largo de los tres cursos, el mismo profesor, quien, conocedor de los intereses predominantes en esa edad, podría ayudarles a desenvolverse Con holgura en la satisfacción de su natural curiosidad y, por consiguiente, en el normal desarrollo de su persona. El tercer grupo, de nueve a doce años, etapa en la que se interioriza el conceptualismo abstracto, los chicos deberían tener a su lado asimismo, un maestro conocedor de la sicología prepuberal; porque si bien su vehemencia en asimilar el código social de los mayores no ha desaparecido todavía, se ha de pensar en que es un momento difícil en el que suelen manifestarse ligeros conflictos caracteriales. Sin embargo, también es uno de los más dinámicos y espontáneos del crecimiento, por lo que, si gozan de libertad, los jóvenes realizan maravillas tanto investigando como dando forma a sus descubrimientos. El cuarto y último grupo, de doce a quince años, es el más delicado desde varios puntos de vista; la aparición de la pubertad perturba de algún modo el ritmo de su conducta, lo que exige un autocontrol fisiológico y síquico y un análisis serio por tanto, al objeto de que chicos y chicas lleguen a ser pilotos de su propio comportamiento. Viven lo que ha dado en llamarse «crisis de identificación», por lo que son muy inclinados a criticar los hábitos de los mayores, a querer intervenir en los procesos sociales y a afirmarse como seres responsables que reivindican su puesto en la sociedad y quieren ser ellos mismos. Si se sabe orientar todo ello de manera idónea, este período es el más prometedor para afianzar una personalidad libre y tolerante; ya que a partir de su propio afán de independencia es fácil hacerles comprender que los TÚS son tan respetables y valiosos como el YO. También el profesor en estos tres años debería ser el mismo para poder llegar, mediante una relación suficientemente prolongada, a conocerse recíprocamente y a trenzar lazos de amistad sincera que son los que facilitan la identificación de los jóvenes y la tan anhelada integración de su persona en el mundo de los adultos. En cuanto a la dinámica escolar, ya hemos dicho aunque sin entrar en pormenores, que debería ser autogestionaria; lo que quiere decir que, tanto la distribución del tiempo y elección de las materias de estudio, como el trabajo, administración del material escolar, limpieza de los locales, etc., deberían decidirlo los propios alumnos por el vehículo de sus asambleas. Y lo mismo decimos para los normalistas, que habrán de informarse y realizar su personalidad en el yunque de una autogestión efectiva. Sería indispensable, en principio, una asidua intervención en las aulas de la escuela anexa a la normal, para aprender a conocer a los chicos en sus diferentes estadios madurativos y a saber respetar su iniciativa por medio de la cooperación y el trato afectuoso con ellos. Al mismo tiempo, como alumnos de la escuela normal cuyo magisterio exige de ellos un determinado bagaje de conocimientos que habrá de permitirles desempeñar con cierta holgura su futura función, deberían interesarse por las ciencias sociológicas -antropología, historia, sicología, pedagogía- y por las ciencias fisicobiológicas, así como por las matemáticas, lenguaje, arte dramático, etc.; pero todo ello sin obedecer a programa alguno impuesto desde fuera, sino a un plan establecido libremente por los propios alumnos al socaire de su curiosidad y de sus intereses más acuciantes en cada momento; teniendo en cuenta que sólo cuando el aprendizaje responde a la demanda del alumno y éste se halla motivado realmente, es fácil de asimilar y resulta verdaderamente rentable; porque sólo entonces es investido de significado e interiorizado coordinadamente por el alumno y sólo en esas condiciones puede éste grabarlo en su memoria de manera lúcida e imborrable. La escuela normal, en la que se podía ingresar desde la edad de 15 años hasta haber cumplido los 30, abarcaba un ciclo de cuatro cursos, durante los cuales, alternando con el estudio, la investigación y las prácticas de laboratorio, sin olvidar la cooperación con los muchachos de la graduada para determinadas actividades, los normalistas debían aprender otras técnicas: la agropecuaria por ejemplo, alternando el cultivo del campo con los cuidados de la granja, y a manejar las herramientas de uso más corriente, no olvidando asimismo la importancia del arte dramático que, como factor de catarsis y a la vez agradable entretenimiento, puede ser en determinadas ocasiones un auxiliar formidable para mejorar las relaciones dentro y fuera de la clase. Si bien, por encima de todo debería estar el aprendizaje de la autogestión y de la cooperación para llegar a ser individuos libres y responsables, solidarios con los demás, pacientes, tolerantes, con iniciativa, refractarios a todo atisbo de jerarquización y capaces de acercarse a los niños con sencillez para aprender a escucharlos y a comprenderlos. Como se desprende pues de su misma dinámica autogestionaria, en la escuela normal que tratamos de pergeñar sobran los cursos magistrales. Salta a la vista, sin embargo, que en su lugar se hace indispensable una nutrida biblioteca al objeto de que los alumnos, previamente organizados en equipos de trabajo y prescindiendo de toda dirección exterior, puedan llevar a cabo con holgura las consabidas investigaciones. En cuanto al profesor, sólo cuando su ayuda se hace realmente indispensable debe acudir a la demanda de sus alumnos, aunque no mostrándose demasiado explícito mientras no haya comprobado que su concurso es de todo punto imprescindible, bien por carecer los alumnos de medios propios, bien por escasez de tiempo o por otra razón que pudiera justificarlo.
Terminado nuestro coloquio sobre la problemática educativa y proyecto de escuela autogestionada, el compañero Muñoz, en nombre del Comité Regional de la CNT, expuso la idea de que tal vez había sonado la hora de iniciar por los pueblos una labor cultural que habíamos negligido hasta ese momento al estar absorbidos por las necesidades de la guerra y por la intensa dedicación que la buena marcha de las colectividades venía exigiendo de todos nosotros. Es verdad que, absorbidos por tantas obligaciones, nuestros compañeros de los pueblos no disponían de energías para poder ocuparse plenamente de la tarea cultural. Ello no obstante, estaba siendo mejor atendida de lo que el compañero Muñoz venía imaginando. Nosotros por ejemplo -me refiero a los profesores y alumnos de la Escuela de Militantes- nos desplazábamos los días festivos por aquellos pueblos para llevar a sus habitantes nuestro teatro y la oportunidad de participar en nuestras charlas, que eran seguidas de animados coloquios y resultaban muy concurridas, tanto si se daban en medio de la plaza como si esto se hacía en los locales del centro cultural del pueblo. Porque salvo en las poblaciones muy pequeñas, en casi todos los núcleos grandes o medianos había un centro cultural al que acudían regularmente personas de todas las edades; unas para satisfacer su curiosidad y su apetito de saber, otras para estar informados de los últimos acontecimientos o para contrastar sus opiniones, cuando no, para compartir agradablemente con los amigos o celebrar las delicias de algún acto de cuantos el equipo animador del centro o su grupo teatral tenían a bien organizar de vez en cuando para solazar a las gentes y dar mayor intensidad a la vida del pueblo. Todo ello se hacía de manera espontánea y sencilla -y esto es lo admirable- porque era la expresión sincera de un deseo hondamente sentido: el de unos rudos campesinos que amaban la cultura y que, sin pretensiones de alcanzar grandes niveles, trataban de aprehenderla poniendo en juego el único medio de que disponían: su imaginación creadora, bella promesa de futuro si la apisonadora del acontecer bélico no hubiera pasado por nuestras tierras barriendo hasta sus cimientos la estructura solidaria que con tanto amor y entusiasmo habían conseguido levantar aquellos hombres. En cuanto a planes culturales a otros niveles, ya en el citado Congreso de Colectividades se había acordado hacer el mayor esfuerzo para mejorar la enseñanza, fundar laboratorios, centros de aprendizaje profesional y cuanto pudiera contribuir de algún modo a incrementar la cultura de nuestro pueblo. Aunque, al llegar aquí, cada uno de los cinco allí presentes aquella noche, no pudimos evitar de hacernos la siguiente pregunta: ¿dispondremos del tiempo y de la calma necesarios para llevar a la práctica tan ambiciosos proyectos? Con ese sentimiento -mezcla de esperanza y de escepticismo dada la cruel amenaza que pesaba sobre nosotros- y cuando ya amanecía, dábamos fin a aquellas conversaciones no sin prometernos ingenuamente que deberíamos reanudarlas a no tardar mucho. Vana ilusión, como muy pronto pudimos constatar por la forma en que se fueron desarrollando los acontecimientos en nuestra región y fuera de ella, hasta llegar al trágico final que en nuestra condición de «vencidos» nos tocaría vivir muy pronto apurando el cáliz de la represión o del exilio.
En una de mis visitas a la colectividad de Monzón me encontré, para gran satisfacción mía, con el señor Calvo. Éste era un vecino del pueblo al que los compañeros de la colectividad le habían confiado un puesto administrativo de relativa importancia -hecho sin trascendencia de no haber sabido que el tal señor había sido hasta entonces un gran terrateniente y que, no obstante, aceptaba la colectivización de muy buen grado-. Me alegré de veras; pues me inspiraba gran simpatía su persona y veía en ese encuentro la gran ocasión para conversar con él larga y sosegadamente. Con esa idea y sin pensarlo más, me acerqué para saludarle y expresarle mi deseo, no sin antes pedirle mil excusas por lo que podía tener de abusiva o de impertinente mi actitud hacia él. Y así, sin otros preámbulos inicié el diálogo: -¿No le molestará que conversemos un poco? -¿Por qué habría de molestarme? Aunque... a decir verdad, ignoro cuál puede ser su interés en hablar conmigo ni qué pueden aportarle mis opiniones. -Se equivoca; pues me interesa muy particularmente lo que usted pueda pensar sobre el sistema social en el que nos hallamos todos inmersos, y ello por las siguientes razones: yo me figuro que al quedarse usted sin tierras no vería con buenos ojos el régimen que lo ha desposeído. Sin embargo -y para sorpresa de quienes lo constatamos- usted se muestra sereno, asume con actitud responsable el trabajo que en la colectividad se le ha confiado, su conducta está siendo un ejemplo de cooperación y siempre responde con simpático gracejo sea quien sea el que se le acerque. Como apenas nos conocemos, comprendo que no ha de ser fácil para usted expresar sin reservas sus verdaderos sentimientos, sobre todo tratándose de un interlocutor que pertenece a otro campo. Ante esta dificultad para dialogar yo le pediría que confíe en mi sinceridad cuando le digo que sabré respetar sus opiniones y que nunca me perdonaría si en algo pecara de indiscreto. La verdad es que siempre me atrajo profundamente el estudio de los fenómenos sociales' pero éste del que soy actor y espectador al mismo tiempo', con toda la responsabilidad que ello implica, ha de preocuparme doblemente. Ese es, por tanto, el verdadero motivo de la siguiente pregunta y de las otras que irán surgiendo. ¿Podría usted decirme con toda franqueza qué impresión le han causado las colectivizaciones? -Antes de contestarle quisiera aclarar algo que me parece importante. Yo no he sido un potentado ni mucho menos, y si bien es cierto que gozaba de los privilegios que lleva consigo el ser propietario, mis tierras -que no eran las de un gran latifundista aunque tal vez demasiadas aún nunca me hincharon de orgullo ni me hicieron ser desconsiderado con mis jornaleros. Y vayamos a su pregunta, que... yo no sé si sabré contestar debidamente. De tal modo me confunde la ambivalencia de mis sentimientos a propósito de las colectividades. A decir verdad, hay momentos en los que me cuesta trabajo situarme; lo que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que yo no estaba preparado en absoluto para este cambio. Además, se ha producido así... tan de sopetón. Sin embargo, que todo sea de todos y que se trabaje y administre mancomunadamente, en principio me parece estupendo; porque al suprimirse las diferencias sociales se crean las condiciones para que desaparezcan las envidias y los recelos y surja el clima de confianza en el que se desarrolla la verdadera amistad. Ese es el fenómeno que se ha producido dentro de las colectividades, y he de reconocer que yo he sido el primero en beneficiarme de él por la satisfacción que me invade al sentirme considerado y respetado tan cordialmente. Y ¿qué decir de la participación igualitaria y de la solidaridad? Bien reflexionado, esto da una seguridad que es incomparable con ninguna otra forma organizativa. Pero hay algo que empaña, por así decirlo, este sentimiento. Serias dudas me asaltan cuando pienso que todo esto ha ido precedido de una lucha violenta y que otro gallo nos cantaría si el colectivismo hubiera surgido de la voluntad pacífica de los pueblos. Por otra parte, yo me pregunto si esto va a tener continuidad. -Le sobra a usted toda la razón. Si la colectivización se hubiera instaurado en un clima de paz y de voluntad consciente, su continuidad, no cabe duda, estaría garantizada. Pero hay un aspecto al que si hago alusión en este preciso momento es porque desearía que todo quedara muy claro entre nosotros. ¿Qué hay detrás del concepto cuando usted dice «con la voluntad pacífica de los pueblos»? ¿Conoce por desventura alguna colectividad donde se haya obligado a las gentes a ingresar en ellas? Porque si es verdad que existen algunos casos, espero que se referirá a situaciones muy particulares como es la suya por ejemplo. Como usted hay otros terratenientes que se han visto obligados en virtud de una circunstancia muy excepcional. Usted sabe que por un imperativo de justicia el asalariado ha sido suprimido y que por imperativos de la guerra la economía exige que no quede un palmo de tierra sin cultivar. Entonces frente a la dificultad en la que se encuentran los grandes propietarios para explotar sus dominios esto lo hace como es lógico la colectividad, que a cambio les ha abierto sus puertas dándoles la oportunidad de participar en igualdad de condiciones Con los demás en la administración de los bienes colectivos, concediéndoles asimismo todos los derechos en cuanto al usufructo de la parte que corresponde a cada uno a la hora del reparto. ¿No está usted de acuerdo? -Claro que sí. Eso es lo que ha ocurrido en las colectividades que yo conozco de esta comarca. En lo que a mí respecta, le quiero decir que si bien ha sido la circunstancia la que me ha traído a la colectividad, yo no me he visto forzado ni amenazado por parte de nadie. Pero es que, además, me encuentro en ella muy a gusto. No se cómo decirle. Antes, por ejemplo, el trato con mis jornaleros carecía de naturalidad. Había algo que los separaba de mí y que restaba sencillez a nuestras conversaciones por más que yo me esforzara en ser amable y justo con ellos. Es muy bonito esto de sentirse iguales, nadie más que otro, y poder hablar de todo con todos. Pero vuelvo a lo mismo: es verdaderamente lastimoso el que se haya comenzado con violencia y que la ducha en los frentes siga regando este suelo con la sangre de sus hijos. -Tiene usted toda la razón. No ha sido un buen comienzo; pero ¿es que nosotros pudimos hacer algo para evitarlo? Fueron los fascistas los que se levantaron contra el régimen legalmente constituido, matando, encarcelando y sembrando el terror en todos los lugares de España donde no hubo resistencia. Usted lo sabe lo mismo que yo: en los pueblos que no se defendieron por imprevisión o por exceso de buena fe fueron asesinados alevosamente los hombres que se habían significado por sus ideales de libertad y de progreso. Pero dejando aparte el hecho violento del que yo, al igual que usted, opino que siempre es negativo, ¿cómo valora la acción del pueblo trabajador cuando al ver desmoronarse el tinglado que lo ha venido oprimiendo hasta aquí intenta sustituirlo por otro más equitativo y humano? -Yo pienso que la labor que están llevando a cabo los trabajadores no puede ser más prometedora y digna de encomio. Lo que no acabo de comprender y me trae bastante preocupado es la campaña que están haciendo algunos periódicos contra el colectivismo y me pregunto por qué tantos antagonismos enfrentando a unos partidos que dicen defender la misma causa antifascista. -Hecho lamentable por lo que lleva en sí de incomprensión y de peligrosa agresividad, pero no hay mejor forma de luchar contra los detractores que trabajar sin desmayo por la buena marcha de las colectividades, para poder demostrar a todos que el colectivismo autogestionario es el único sistema social y económico que puede dar satisfacción plena a los hombres. ¿No le parece? -Sí, sí; pero la enemiga de los partidos políticos está ahí y... no sé, no sé dónde vamos a parar con tantas calumnias e intrigas. -Sin embargo, no podemos ni debemos hacer marcha atrás, y mucho menos sentirnos culpables ante el partidismo fanático de quienes nos combaten. -Sí, claro está -asintió el señor Calvo con gesto de resignada impotencia. Pero yo, queriendo llegar más adentro en sus opiniones sobre la experiencia autogestionaria que estábamos viviendo, traté de asediarle con nuevas preguntas: -¿Se ha planteado alguna vez en su vida si los trabajadores serían capaces de organizar a niveles tan altos la vida social y económica de los pueblos? -No, jamás me vino esa idea. Yo, como casi todos los adultos de mi tiempo, siempre he creído que para gobernar a un país era necesario un Gobierno con individuos competentes a la cabeza y al frente de sus instituciones, así como en la dirección de todas las empresas tanto privadas como del Estado. De tal modo creía esto, que no salgo de mi asombro tras haber visto con mis propios ojos que la sociedad puede funcionar estupendamente fuera de ese esquema jerarquizado al que yo tenía por insustituible. -Bueno, ¿y qué consecuencias saca usted? ¿Podría decírme1o? -Sí, ¿por qué no? A través de mis conversaciones con los colectivistas y viendo cómo se desenvuelven en sus asambleas, he de confesar muy sinceramente que nos diferenciamos todos muy poco; cada cual sabe más o menos donde le aprieta el zapato, todo el mundo aprende a razonar y a criticar de manera pertinente y hasta el que parece ser más ignorante o retrasado suele aportar iniciativas válidas Cuando menos te lo esperas. En fin; que es una pena no poder vivir en paz para ir educándonos poco a poco hasta llegar a ser menos egoístas y más inteligentes todos. Pero... -¿Qué hay detrás de ese pero, señor Calvo? -Detrás de ese pero yace un gran temor: el de que esta obra colectiva, fruto de tantos desvelos y entusiasmos, se vea truncada de manera definitiva cuando menos lo esperemos. Aunque a veces, me digo, puesto que en materia de politiqueos ni entro ni salgo, que quién soy yo, pobre diablo, para meterme en profecías. Sin embargo, habrá de convenir conmigo en que son de muy mal augurio esos enconados antagonismos que nos dividen cuando precisamente, la guerra, cuyo fin sigue siendo para todos una preocupante incógnita, exige de unos y de otros estar más unidos que nunca. -Ese temor, amigo mío, de manera camuflada o manifiesta y sentido más o menos conscientemente, vive en todos nosotros; porque sabemos que nuestros enemigos, tanto de acá como de allá las fronteras, se cuentan por miles y porque, coma usted acaba de decir, la pelota está en el tejado y entretanto nos preguntamos con ansiedad de qué lado va a caer. Pero tenemos la obligación de seguir adelante por la vía emprendida, y ello, entre otras razones, por dos muy fundamentales: porque una economía socializada nos permite satisfacer con holgura las necesidades del frente y porque hemos de demostrar a quienes aferrados al capitalismo o al marxismo nos tachan de utópicos, que es posible una convivencia libre y solidaria si consciente y responsablemente nos lo proponemos, y que ello vale la pena puesto que es el único modelo de sociedad que puede dar satisfacción plena a las aspiraciones del hombre. -Le comprendo perfectamente y comparto muchas de las inquietudes inherentes a la incertidumbre que crea la presente situación. No obstante, en virtud de un pasado que tanto nos condiciona, es natural que me sienta menos comprometido que cualquiera de todos ustedes. Quiero decir con ello que deberían compararme, no al actor que ha elegido previa y responsablemente un papel y trata de asumirlo hasta las últimas consecuencias, sino al espectador que sorprendido ante el espectáculo de una obra bella aporta su humilde contribución para lograr el éxito de la misma. -Gracias por su sinceridad, señor Calvo, y por la satisfacción que me ha producido saberle tan cerca de los trabajadores y de su obra socializadora a la que usted ha contribuido muy eficiente mente desde su puesto de trabajo en esta colectividad de Monzón cuyos hombres le tienen en gran estima, bien merecida por cierto. -Gracias a ustedes -replicó el señor Calvo con amable sonrisa, y la llegada de unos compañeros, miembros del comité de la colectividad, que venían en mi busca cortó la conversación, dando fin a esta grata y aleccionadora entrevista.
Descendiendo tranquilamente íbamos por el camino que conduce al huerto, unos cuantos zagales de la escuela y yo, cuando, de pronto, vino hacia nosotros un desconocido pidiéndome gentil mente si sería tan amable de dedicarle unos minutos. Era un caballero de edad mediana y de aspecto simpático que, al parecer, estaba muy interesado en hablar conmigo, no sin gran sorpresa de mi parte puesto que desconocía en absoluto de quién y de qué podía tratarse. Como fuimos sorprendidos cuando nos dirigíamos al huerto para hacer unos trabajillos hice seña a los chicos de que continuaran el camino sin mí, al mismo tiempo que dirigiéndome a nuestro insólito visitante le proponía desandar el trayecto hasta la escuela para poder hablar los dos más sosegadamente. Asintió con un gesto y en menos de un minuto llegamos a casa, donde una vez instalados y tras rogarle que expusiera el motivo de su visita, el hombre, con ademán sosegado hizo su presentación para exponer a renglón seguido lo que en realidad le había movido para venir a verme. -Me llamo -dijo-- Jaime Costa; soy profesor de instituto y me han encargado un estudio sobre las colectividades de Aragón, fenómeno que ha levantado gran polvoreda en todos los medios políticos y cuya importancia es, a juicio mío, de un alcance insuficientemente valorado todavía. En primer lugar, pensar en que lo que vaya decir puede ayudarle a ver justificado mi interés por lo que está ocurriendo en Aragón, quiero que sepa que desciendo de aragoneses por mi abuelo paterno, que era hijo de Barbastro y que influyó en mí de tal modo que siempre me ha interesado la historia de Aragón y me he sentido muy inclinado a profundizar en la idiosincrasia de sus hombres. Siendo yo muy niño ya me hablaba mi abuelo de la reciedumbre de los aragoneses, de que la palabra de un baturro tenía más valor que todas las actas notariales y de que entre mañas la generosidad era mantenida siempre de un modo ejemplar; pero ¡cuidado! -añadía- que un aragonés no se deja pisar así como así. Como el abuelo era un viejo republicano serio y honrado a toda prueba, sus criterios irían interesándome cada vez más y el deseo de investigar sobre el pasado de este pueblo intrépido y generoso se iría configurando en mí a medida que iba creciendo y madurando. No cabe duda pues, de que esta pasión mía por conocer la historia de Aragón es hija del impacto que había hecho en mí el abuelo; ya que mis padres eran catalanes por nacimiento y yo, igualmente, he nacido y crecido en Cataluña. Posteriormente, contrastándolo con mis observaciones he llegado a la conclusión de que tal vez mi abuelo exagerara un poco al situar tan alto las virtudes de los aragoneses, y no porque mintiera, sino porque al exaltar la bravura de este pueblo no tenía e |