Capítulo 9
Realizaciones y aperturas

Relaciones UGT - CNT

Al hablar de las colectividades de Aragón sería imperdonable olvidar un hecho del que apenas se habla en parte alguna, porque ha pasado desapercibido o porque, quizá, no se le ha dado la importancia que a mi juicio merece. Me refiero a las relaciones entre CNT y UGT en el ámbito colectivista.

Es harto sabido que durante la segunda mitad de nuestro siglo hubo entre estas dos federaciones sindicales, más que solidaridad y entendimiento, oposición y desacuerdo. Y esto desde mucho antes que la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) hubiera adoptado estas siglas. La polémica entre el sindicalismo de la acción directa y el sindicalismo subordinado a la ideología del Partido Socialista Obrero Español fue muy encontrada durante los años que precedieron a la República, recrudeciéndose más aún si cabe, tras el advenimiento de ésta, en cuyo período, la UGT gozaría de cierta beligerancia mientras la CNT llegaría a ser postergada y hasta reprimida con violencia. Cierto que después del llamado Bienio Negro, las posturas de ambas sindicales perdieron rigidez y fueron aproximándose; aunque por desgracia para los trabajadores, nunca se llegó a un verdadero entendimiento ni, mucho menos, a la fusión, que hubiera sido lo más acertado y conveniente para la causa que ambas decían defender.

Vistos esos antecedentes pues, no deja de ser alentador el hecho de que en casi todos los pueblos de Aragón done existía la UGT sus hombres marcharon unidos con los de la CNT en la lucha contra las fuerzas enemigas, y luego, a medida que iban liberando a los pueblos del yugo fascista, unidos también, organizaban las colectividades. Mentiría s' afirmase que en todas partes reinó tan deseada armonía entre UGT y CNT, porque en Monzón por ejemplo, tuvimos roces a menudo, si no graves, sí enojosos y en modo alguno constructivos. Lo mismo ocurrió en Oliete y en algún otro lugar según noticias que nos llegaban de vez en cuando. Pero ello no fue general ni mucho menos, pudiendo citar casos por el contrario, donde la cooperación entre compañeros de ambas sindicales fue realmente admirable, y a este propósito merece para mí una atención especial el pueblo de Graus por ser de una ejemplaridad poco común de la que muchas personas que conocieron la colectividad de este pueblo me hablaron siempre en términos ponderativos.

Graus, con unos 3.000 habitantes, bañado por el río Esera y situado al pie del Pirineo, en la provincia de Huesca, era en esos momentos un pueblo ni demasiado pequeño ni demasiado grande y de escaso interés en lo que respecta al desarrollo agrícola e industrial. No obstante, rodeado de montañas y emplazado en el cruce de varias carreteras, llegó a constituir un centro comercial de regular importancia al que afluían los pueblos de dentro y de fuera de la comarca dando a sus calles, por el constante ir y venir de las gentes, todo el aspecto de una pequeña ciudad.

Al estallar la Guerra Civil había en este pueblo un núcleo importante de trabajadores afiliados a la UGT y un grupo sindical perteneciente a la CNT. Ambos lucharon codo con codo para vencer el fascismo y juntos asimismo se lanzaron a la reforma del pueblo y la comarca. Es curioso destacar que tan pronto los rumores del levantamiento fascista se confirmaron, si bien el grupo cenetista era inferior numéricamente, constituiría, por decisión popular, la mayoría del Comité Revolucionario que fue nombrado en el acto ante la necesidad urgente de organizar la defensa y de atender a la población frente a las dificultades de todo orden que se produjeron en aquellos momentos.

Las primeras que acapararon la atención del Comité Revolucionario, aparte del establecimiento de controles a lo largo de las carreteras y del envío de hombres para reforzar las columnas antifascistas, fueron la distribución de alimentos y la activación de los trabajos que se habían quedado paralizados. Con esa doble preocupación, el Comité Revolucionario, una vez controlado el comercio, distribuyó vales como medida de excepción para satisfacer las necesidades alimenticias más urgentes, lo que fue regulado, un poco más tarde mediante la circulación de unos bonos adaptados a las necesidades de cada familia, y, finalmente, a medida que el comercio, la industria, el transporte, la medicina y el campo se socializaban, se restableció el uso de la peseta para facilitar las transacciones con otras comarcas y regiones e incluso con las entidades y los individuos de la propia localidad que no se habían colectivizado.

Con miras a evitar la especulación del comercio, el Comité Revolucionario lo controló desde los primeros momentos, pero con el deliberado propósito de ir a su socialización; lo que se hizo rápidamente gracias a la buena disposición cooperadora de las dos organizaciones sindicales. Así nos encontramos: "Con que se abre una cooperativa para la distribución de los tejidos y mercaderías que antes se vendían en las pequeñas tiendas; se fundieron en una las tres zapaterías existentes; de seis panaderías, desaparecieron cuatro; se dejó un horno de los tres que funcionaban anteriormente; dos cooperativas de ultramarinos se encargarían de distribuir lo que hasta entonces habían hecho 25 tiendas; fueron fusionadas en una las dos ferreterías existentes».[1] Se creó también una cooperativa de semillas y granos, y fue gracias al buen entendimiento entre las dos sindicales que todo esto pudo realizarse con responsabilidad y eficiencia. Es decir: que lo mismo en el Comité Revolucionario, que luego cuando éste se transforma en Comité de Enlace CNT-UGT, las dos organizaciones asumieron unidas estas transformaciones y juntas se lanzaron a la colectivización: primero en el campo y, seguidamente, de forma escalonada, en las otras ramas de la producción y en los servicios. Así por ejemplo: «La colectividad agraria fue constituida el 16 de octubre. El mismo día se colectivizaron los transportes mecánicos. Las imprentas el 24 de noviembre. Zapaterías y panaderías dos días después. El primero de diciembre todo el comercio, la medicina, las farmacias, las herrerías y las cerrajerías. El 11 de ese mismo mes los carreteros, ebanistas y carpinteros».[2] Y así sucesivamente.

Y cuando en 1937 el Comité de Enlace desaparece al constituirse el Consejo Municipal por orden del Gobierno, no SS altera para nada la armonía existente entre las dos sindicales; ya que se pusieron de acuerdo para designar cuatro concejales cada una, y para no romper el equilibrio decidieron que el alcalde fuera elegido entre los trabajadores republicanos y en asamblea general de todo el pueblo, medida la más adecuada para actuar con la máxima imparcialidad en las futuras decisiones del Consejo.

También en la colectividad, que abarcaba casi el 90 % de la producción y que era independiente de todo el resto había una comisión administrativa que constaba de 8 compañeros, cuatro de la CNT y cuatro de la UGT. Dos de ellos uno de cada organización, ocuparían el secretariado general y los demás se repartirían las seis secciones correspondientes: cultura y sanidad, trabajo y censo, abastecimientos, agropecuaria, industria y artesanía, transporte y comunicaciones. Y para el nombramiento de dichos cargos, puesto que era el interés colectivo el que regía la conducta de estos trabajadores, se tenían en cuenta las aptitudes y competencias de cada uno, sin que jamás surgieran por parte de una u otra sindical el menor atisbo de ambiciones hegemónicas ni de zancadilleos partidistas. Por eso, el fruto de tan formidable cooperación fue ubérrimo, ya que los colectivistas de Graus se distinguieron por su responsabilidad y eficiencia, En el campo, sobre todo, se acusaron cambios notables: aumentó la producción, cuyo rendimiento fue mayor que el de los trabajadores individualistas en casi un 50 %; se compraron máquinas agrícolas -sembradoras, sulfatadoras, una trilladora, etc.- se plantaron unos 400 árboles frutales y se construyeron granjas modernas para ganado porcino y aviar. En otras áreas se hicieron muchas cosas de las que hablar ahora con detalle resultaría prolijo. He de añadir, sin embargo, que se compraron camiones para mejorar el transporte, se realizaron obras públicas de cierta importancia, especialmente en materia de carreteras, canales y acequias, se modificó la enseñanza introduciendo métodos de mayor libertad para los chicos, y se creó un Instituto de Bellas Artes que, aunque modesto, estaba abierto por la tarde para los alumnos de la escuela primaria y por la noche para jóvenes trabajadores y era prometedor de futuras realizaciones culturales para el pueblo de Graus y su comarca. Asimismo, entre el bosque y el río, en un lugar maravilloso a pocos kilómetros de la población había unas instalaciones que fueron habilitadas para residencia-escuela de unos 80 niños refugiados que estuvieron atendidos por varios maestros de ambos sexos, quienes en colaboración con el personal destinado a la limpieza y a la cocina, supieron dedicarles todo el cariño y respeto que el normal desarrollo de los jóvenes exige, sobre todo, cuando se hallan en situaciones de angustia como en ese caso.

Pero el más extraordinario entre los múltiples beneficios que se obtuvieron al socaire de la compenetración entre ugetistas y cenetistas fue el clima de confianza y de alegría creadora que llegó a penetrar en todos los ámbitos, yo conocí personalmente al compañero Portella, que había sido presidente de la UGT en períodos anteriores y que ello no le impedía acudir a los plenos comarcales y regionales de las colectividades para defender los intereses colectivistas con la misma responsabilidad y entusiasmo que lo hacíamos nosotros, Era natural que ante los problemas comunes, cuya solución estaba precisamente en una acción común, la solidaridad fusionara a los hombres liberándolos de todo sectarismo partidista.

Que la práctica solidaria en el terreno de los hechos fue más determinante que todos los doctrinarismos de grupo se puso en evidencia a nivel regional en el Congreso Intersindical CNT-UGT celebrado en Caspe el día 22 de febrero de 1937, en el que la UGT de Aragón aceptó el régimen colectivista por considerado el más apto para liberar de la explotación a los trabajadores y para lograr la emancipación de los pueblos; aunque lo importante del caso estriba en que por dichos acuerdos, los ugetistas aragoneses rompían con las directrices de la UGT; ya que en el programa emanado de sus congresos, esta organización venía proclamando el centralismo económico basado en la nacionalización de la tierra y de los medios de producción. El congreso intersindical de Caspe, por tanto, puso de manifiesto, fundamentalmente, dos cosas: que el colectivismo libertario había cautivado a los trabajadores en general y que el sentimiento de Independencia de los aragoneses pudo ser más fuerte que la disciplina de partido.

¿No nos dice ese fenómeno que la autogestión es capaz por su propia dinámica de acabar con los enfrentamientos dogmáticos y de fusionar a los hombres en un proyecto común? Comprender esto no puede ser más sencillo; porque si en el fondo todos deseamos lo mismo -seguridad, consideración, libertad y mayor equidad en el reparto de la riqueza- ¿no es buscando juntos el camino como podremos alcanzar esos logros? Porque ¿qué otro método puede garantizarnos la apertura a un debate constructivo sino aquel que da a todos los individuos la oportunidad de información y de participar directamente con sus propias iniciativas y críticas?

Yo deseo de todo corazón que la mayoría de quienes me lean comprendan por fin, que la autogestión no implica doctrina ni programa alguno preestablecido; porque es -no me cansaré de repetido- un método, una forma de relacionarse los individuos y los grupos, o, si se quiere, una herramienta de trabajo para la búsqueda de solución a todos los problemas que afectan al hombre, tanto en el ámbito de la producción y de la distribución como los de índole educativa, familiar, conservación del medio ambiente, sanidad, urbanismo, mejoramiento de los servicios, etc., etc. Por lo tanto, si nos atenemos a las constantes sicológicas del ser humano, es el único procedimiento válido para hoy y para el futuro; porque no se cierra ante el abanico de posibilidades que el mundo pueda ofrecernos en cada momento de su proceso evolutivo, sino que abre sus puertas de par en par a la iniciativa y a la creatividad de cada individuo y permite al conjunto rectificar la plana cuando descubre que el rumbo de la nave no lo conduce a buen puerto; lo que quiere decir: que cuanto acordemos hoy puede ser rectificado mañana mismo al dictado de la mayoría si ésta lo considera oportuno de manera explícita y directa.

Deberíamos tener presente -y esto cada vez más en la medida que los peligros que acechan a la vida son mayores- que en una perspectiva de desarrollo auténticamente humano, es mucho más rentable una equivocación emanada de la mayoría que los supuestos aciertos de una minoría dominante sea ésta del color que sea. Ya hemos visto hasta la saciedad -la historia del hombre nos brinda el ejemplo- a dónde pueden conducirnos esas minorías que en aras de un afán desmesurado de beneficios económicos y de poder, no cesan de acumular elementos de destrucción cada día más sofisticados y, por tanto, más difíciles de controlar.

Sin embargo, no está todo perdido y hemos de mantener la esperanza de que más pronto o más tarde, cundirá en el mundo el ejemplo de aquellos trabajadores de Graus, que al margen de sectas y partidos supieron darse el abrazo para infundir entusiasmo y dinamismo a una sociedad libre y solidaria.

 

La escuela y otras manifestaciones culturales

De alguna manera ya hemos tocado este tema en anteriores capítulos, aunque muy superficialmente y más como testimonio de orientación prospectiva que como recuento de las realizaciones concretas que efectuaron las colectividades en dicho campo.

Teniendo en cuenta que el Movimiento Libertario llevaba la iniciativa de las transformaciones sociales que se estaban produciendo en Aragón, es lógico suponer que dedicara una atención especial a los problemas de la enseñanza y al incremento de la cultura en todos los ámbitos posibles, máxime si no perdemos de vista de qué modo habían influido en nuestro movimiento sus grandes teóricos y la importancia que éstos dieron siempre a la educación como presupuesto ineludible en todo proyecto de sociedad libertaria.

No debe extrañar pues, que desde los primeros momentos, lo mismo las colectividades que el propio Consejo de Aragón, dada la insuficiencia de escuelas para escolarizar a toda la población infantil, tratara de paliar esta falta habilitando de momento todos aquellos edificios ya existentes que fueran aptos para el caso y, a la vez, que rec1utara fuera de la región los maestros necesarios, tanto para suplir las plazas vacantes de quienes por unas u otras razones habían huido, como para ocupar las que se fueran creando al objeto de poder escolarizar a los chicos en mejores condiciones de como hasta allí se venía haciendo; pues pese al incremento del número de escuelas por parte del Gobierno de la República, aún era corriente en muchos 'pueblos la existencia de dos centros escolares -uno para niñas y otro para niños- con una matrícula de 80 alumnos cada uno y con sus correspondientes maestra y maestro, cuyo trabajo, en virtud de la falta de espacio y de otras carencias, resultaba extremadamente difícil como puede suponerse.

La necesidad de crear más escuelas se hizo más notoria todavía con la prolongación de la escolaridad hasta los 15 años -medida que adoptaron muchas colectividades- adelantándose en varios años a las sucesivas disposiciones de los gobiernos sobre ese particular.

Pero tanto o más loable, si cabe, que este esfuerzo por aumentar el número de escuelas, es la importancia que dieron los colectivistas de Aragón al aspecto cualitativo de las mismas. Fervientes admiradores de Francisco Ferrer, los libertarios aragoneses, aunque sin profundizar demasiado en qué consistía el método pedagógico de la escuela moderna se habían identificado plenamente con su fundador al poner en lugar preferente la libre iniciativa de los muchachos. De ahí que las colectividades aspiraran a estructurar la escuela sobre las mismas bases de cooperación solidaria que pretendían para todos los intercambios humanos. Éramos conscientes de las dificultades que dicha exigencia planteaba dado que los maestros procedían casi todos de la escuela normal, cuya función principal es la de condicionar a sus alumnos para que sean fieles cumplidores del rol que el Estado tiene asignado a los maestros y que no es precisamente el de facilitar la libre iniciativa de los educandos, sino el de embucharles una serie de -conocimientos sin tener en cuenta las verdaderas aptitudes e intereses de los escolares y pensando, sobre todo, en incu1carles, por la repetición de una obediencia estricta a las normas impuestas desde arriba, hábitos de comportamiento contrarios a la necesaria independencia del individuo y a la integración plena de su persona.

Comprendíamos que los maestros así formados no podían cambiar de la noche a la mañana y que, por lo tanto, era absurdo pretender que la escuela cuartel heredada del pasado se convirtiera de súbito en una escuela realmente activa donde el dinamismo de los jóvenes pudiera desarrollarse sin trabas al impulso de sus intereses más auténticos. Era éste uno de los objetivos fundamentales hacia el que apuntábamos los colectivistas que de una u otra forma nos habíamos identificado con los postulados de Francisco Ferrer y con otros precursores de la escuela- moderna; más no nos dieron tiempo para ello. Sin embargo, mucho se consiguió a propósito de las relaciones dentro de la escuela, gracias a la labor sensibilizadora hecha en ese sentido por los colectivistas más preocupados y conscientes, quienes preconizaban el clima de unidad y de confianza más propicio para ahuyentar de ella los miedos y los recelos que paralizan fatalmente la acción  individuo y matan en ciernes la alegre frescura de los niños, así como la natural generosidad de los adolescentes su curiosidad desbordante.

Queriendo contribuir en la forma más directa posible al logro de dicho objetivo, la sección cultural de cada colectividad, a través de su delegado, se encargaría de efectuar el correspondiente control sobre la escuela o escuelas de su municipio para intervenir cuando fuera preciso en pro del diálogo afectuoso entre maestros y alumnos del que brota el ambiente dinámico y placentero anhelado por todos. No hubo tiempo para organizar cursillos u otra suerte de intercambios pedagógicos a nivel regional; vacío que pudo cubrir en parte ese sentimiento de innovación social que lo inundaba todo y que hizo también su impacto en la escuela, donde, en general, la relación maestro-alumno perdió la rigidez de otrora y ganó considerablemente en amistad y confianza; lo que, sin lugar a dudas, representaba un paso de gigante hacia la escuela autogestionada que venía yo preconizando para nuestro Aragón liberado desde que puse los pies en su suelo a poco de haberse producido el levantamiento fascista.

Como ejemplo vivo de esa dinámica autogestionaria que transforma la escuela en centro de investigación y de solidaria convivencia donde los jóvenes pueden desarrollar su iniciativa y aprender a cooperar en un clima de libertad y de respeto recíproco, teníamos la Escuela de Militantes, patrocinada por la Federación Regional de Colectividades y de la que ya se habla 'en el capítulo VII, donde queda descrita la forma en que muchachas y muchachos trabajaban, investigaban y llenaban sus horas de ocio. Pero lo más insólito para quienes aún dudan de la aptitud cooperadora y solidaria de los jóvenes es el hecho de que no tuviéramos que lamentar ni una sola vez enfrentamientos enojosos ni actitudes violentas de ningún género, sino que era habitual para toda suerte de intercambios entre ellos y con el exterior, el gesto respetuoso y cordial acompañado casi siempre del más simpático de los gracejos. y para quienes proyectábamos un mundo mejor apoyándonos en la bondad potencial del hombre, gozar del clima creado por aquellos jóvenes que como promesa de futuro iban derramando por doquier simpatía, generosidad y entusiasmo, era, no sólo motivo de honda satisfacción y fuente de estímulo para proseguir en nuestra perspectiva de escuela nueva, sino la prueba irrefutable de que sin una dinámica de libertad, solidaridad y cooperación no pueden educarse realmente los hombres.

Esa Escuela de Militantes, que se hallaba ubicada, como hemos dicho, en Monzón, no era la única realización de tipo cultural llevado a cabo en dicho municipio, donde el grupo «Mujeres Libres», con pocos conocimientos y sin grandes pretensiones por tanto aunque sí con un entusiasmo capaz de superar esa y otras dificultades, supo poner en pie y dinamizar de manera sencilla pero con resultados satisfactorios lo que se llamó «Escuela de Madres», pensada y proyectada por las jóvenes libertarias de la comarca para brindar a las mujeres, frente a la dominación patriarcal de la que eran objeto todavía, cauces de liberación auténtica. La primera tarea que emprendió la «Escuela de Madres» fue la de combatir el analfabetismo, abriendo anchas sus puertas a todas las mujeres, sin distinción del estrato social al que pertenecieran. Como es natural, estuvo concurrida sobre todo por trabajadoras o esposas de trabajadores. De ahí que para hacer compatibles los horarios laborales con los de las clases, éstas se dieran por las noches después de la cena.

No se hicieron esperar los primeros frutos, que acompañados de gratificante emoción y de renovado impulso se harían patentes sobre todo, cuando las alumnas que tenían familiares o seres muy queridos en el frente empezaron a enviar las primeras cartas escritas de su puño y letra con todo lo que esto representaba para quienes hasta ese momento no habían conocido la dicha inefable de poder vehicular libremente y sin ambages la expresión de sus sentimientos más íntimos.

Esta feliz circunstancia, que facilitaba la comunicación restando frenos a los intercambios con los familiares ausentes, sería celebrada con verdadero júbilo por los maridos de las mujeres que habían aprendido a escribir tan rápidamente y que por imperativos de la guerra no podían estar en sus casas. Estos combatientes pues, no saliendo de su asombro al comprobar que sus compañeras, o futuras compañeras, podían comunicarse con ellos sin necesidad de personas ajenas interpuestas, quisieron, como prueba de agradecimiento, aportar su ayuda económica para contribuir de ese modo al mantenimiento y continuidad de la tan bienaventurada escuela, en la que, dicho sea de paso, no se aprendía tan sólo a leer y escribir; ya que, en virtud de las frecuentes char1as y conferencias de incuestionable valor informativo que en ella se daban, las mujeres en general y las madres o futuras madres particularmente podrían haber reunido en muy pocos años un bagaje de interés conceptual y práctico y de utilidad social muy relevantes.

Pero no hemos dicho todavía por qué dimos en llamar Escuela de Madres a esta escuela y cómo se constituye en la región aragonesa la organización femenina denominada Mujeres Libres.

Esto último se inicia a partir del momento en que un grupo de compañeras preocupadas por elevar la condición social de la mujer, lanzan la idea de constituir Mujeres Libres con el propósito de que tanto las mujeres de la ciudad como las del campo pudieran obtener desde esta organización la información que toda persona humana necesita para poder reconocer su propia identidad y llegar a discurrir por cauces de emancipación económica y de cultura liberadora.

La idea tuvo excelente acogida por parte de algunos pueblos de La Litera, de la comarca del Cinca y de la de Barbastro; por lo que, en muy poco tiempo se constituyeron las primeras agrupaciones locales en número suficiente para poder estructurar ya formalmente la Federación Regional de Mujeres Libres. Con este fin se tuvo una primera reunión en Monzón y, posteriormente, otra en Albalate, en donde quedará constituido el Comité Regional de esta organización femenina, con el reparto siguiente: en secretaría general, Pepita Grau; en vicesecretaría, Pilar Ballester, de Albelda; en organización y coordinación, Marión Pérez, y en tesorería y administración, Paquita Ocíns; estas dos y la secretaria general, residentes en Monzón.

Puesta en pie la nueva organización, pronto se dejarían sentir los efectos de la labor difusora desplegada por Mujeres Libres, cuyo Comité, mediante el reparto de octavillas, con artículos en la prensa, charlas, conferencias y cuantos medios estuvieron a su alcance, hizo llegar a todos los pueblos y pueblecitos de la región sus proclamas de luchar sin descanso hasta conseguir la libertad y dignidad de la mujer, así Como su acceso al trabajo y a la cultura en igualdad de condiciones con el hombre.

En virtud de ese despliegue y gracias a su actividad organizadora, en pocas semanas, Mujeres Libres contaría con un grupo organizado en cada uno de los pueblos siguientes: Albelda, Alcampell, Binéfar, Monzón, Barbastro, Albalate de Cinca, Alcolea, Belver, Peñalba, Caspe, Alcañiz, Alcorisa, Calanda, Mas de las Matas, Mazaleón y Fresneda. En vías de constituirse había quizá otros tantos, de los que yo recuerdo algunos: Esplús, Fraga, Sariñena, Bujaraloz y Valderrobres.

Mujeres Libres era una organización que aun estando identificada con los postulados del Movimiento Libertario, no llegó a federarse con éste. Ello no obstante, siempre fue objeto de estima y consideración por parte de la CNT y de las Juventudes Libertarias; organización juvenil a la que pertenecían algunas jóvenes de Mujeres Libres, como era el caso -por no citar más que un ejemplo- de Carmen Gómez, la que, siendo miembro del Comité Regional de Juventudes Libertarias, era una de las militantes más activas de Mujeres Libres.

¿Y por qué la escuela nocturna de Monzón se llamó Escuela de Madres? Pues, por una razón muy sencilla y, en cierto modo -casi puede decirse- fortuita: Era una noche en la que, invitado por algunas alumnas a que les ofreciera una charla, yo, sin que sepa todavía por qué, tuve la idea de centrar la disertación sobre el siguiente tema: Papel que en nuestra sociedad humana deberían jugar las madres. Como puede suponerse, era de rigor que yo marcara el acento sobre la necesidad de educar a la mujer al objeto de que las madres sepan crear en el hogar el clima de libertad, de generosidad y de cooperación que haga posible en los hijos el aprendizaje de estos valores para poder consolidar un día la sociedad igualitaria y pacífica que todos queremos.

Pero no se trata aquí de ensalzar la labor de unos pueblos para minimizar lo que se hizo en otros aunque de manera quizá menos espectacular; porque en realidad, los anhelos de promoción cultural se pusieron de manifiesto hasta en el lugar más escondido de la región. De ahí que el ejemplo de Monzón, de Graus o de Calanda, podíamos encontrarlo si bien con notables diferencias de magnitud, en otros núcleos de población no inferiores a los mil o dos mil habitantes. Sólo en mi comarca, pueblos como Binéfar, Tamarite, Albalate de Cinca y Fraga por no citar otros, tenían cada uno su centro cultural, más o menos concurrido puesto que ello dependía, naturalmente, de la iniciativa de sus animadores para organizar actos capaces de interesar y atraer a los vecinos aunque se distinguieron de un modo especial aquellos municipios donde la colectivización fue masiva. Graus, por ejemplo, fue uno de ellos, no yéndole a la zaga la colectividad de Calanda y la de Alcorisa, sobresaliendo ambas por su admirable esfuerzo en incrementar y mejorar sus escuelas.

Alcorisa, en la provincia de Teruel, tenía aproximadamente 4.000 habitantes, de los cuales, 3.600, es decir un 90 % se hallaban colectivizados. En este pueblo tuvo una gran influencia el compañero Jaime D. Segovia, abogado de profesión, pero más inclinado a la pedagogía que al estudio de las leyes. Por iniciativa de este compañero se inició la construcción de un Instituto para la enseñanza secundaria al lado de una escuela que ya existía y que funcionó de manera ejemplar. El Instituto que llevó el nombre de «Francisco Ferrer» y que estuvo dotado de campos, granjas y talleres, reunía todas las condiciones para aplicar el método activo, por cuya dinámica aprenderían los jóvenes a cooperar libre y responsablemente, abriendo nuevos cauces a su iniciativa y capacidad crítica y dando satisfacción plena a su natural impulso de investigación y de invención. Según el proyecto de sus promotores, este centro sería susceptible de dar a las nuevas generaciones, junto a una capacitación técnica, el equilibrio y la íntima seguridad que son inherentes a toda persona solidaria y libre.

Ya se habían iniciado las clases, simultaneando con ellas ciertas labores del campo y algunas actividades artesanales, cuando, antes de que los últimos pabellones estuvieran terminados y de que el plan escolar se viera realizado totalmente, produjéronse los dramáticos sucesos provocados por la invasión comunista y todo quedó interrumpido de manera inesperada y absurda; miembros destacados de la colectividad fueron detenidos y conducidos a la cárcel, mientras que otros, huyendo a campo través por aquellos olivares consiguieron refugiarse en el frente mientras que el resto llegaron hasta Barcelona donde darían cuenta de dichos sucesos.

No tardaron en volver a su cauce las turbulentas aguas; pues, no obstante los naturales recelos que por efecto del desgraciado asalto venía pesando en el ánimo de todos nosotros, la colectividad de Alcorisa siguió manteniéndose en pie lo mismo que su Instituto, cuyas obras hubieran continuado avanzando a no ser por la apisonadora fascista que muy pronto lo barrería todo hasta sus cimientos.

Otra prueba de que la preocupación por el mejoramiento de la enseñanza y el desarrollo de la cultura se pusieron de manifiesto muy relevante mente allí donde la colectividad era excepcional, la tenemos en Calanda, pueblo de la misma provincia que el anterior, con 4.500 habitantes, de los que un 77 % estuvieron colectivizados. De las deficiencias que en materia de escolarización venía arrastrando este pueblo, incluso durante el período de la República pese al esfuerzo extraordinario que el ministro de la Educación don Marcelino Domingo había hecho para incrementar el número de escuelas en todo el país, nos pueden dar una idea las siguientes cifras. Había en Calanda antes del levantamiento fascista, 8 maestros. La colectividad añadió a este número otros l0, y como los anteriores locales no podían cobijar a los 1.200 niños en edad escolar que había aproximadamente en esos momentos, la colectividad, mediante la restauración de un antiguo convento pudo habilitar aulas suficientes, que además de resultar espaciosas estarían expuestas a la luz del sol por haber practicado en ellas de manera conveniente la apertura de grandes ventanales. Después de las consabidas reformas, que se llevaron a cabo con la diligencia y el celo dignos del caso, y tan pronto como los maestros estuvieron prestos para iniciar su trabajo en un clima de confianza y de cooperación inteligente, empezó a funcionar este centro, al que se le llamó «Grupo Escolar Ferrer y Guardia» y donde el método pedagógico respondería en lo posible al propósito fundamental de sus promotores, es decir, a la preparación de los jóvenes para su futura función de ciudadanos responsables y equilibrados, que es en primer lugar lo que una sociedad libertaria exige para poder dinamizar autogestionariamente y en el marco de la solidaridad más amplia y auténtica sus estructuras federales.

Por su parte, también el Consejo de Aragón asumió el mantenimiento del Instituto de segunda enseñanza que existía en Caspe desde antes de la guerra, puso gran énfasis en la promoción de centros para la investigación agropecuaria y apoyó en lo que pudo las diversas manifestaciones culturales que a nivel popular y gracias a la iniciativa de las colectividades se iban realizando en todas las comarcas.

Justo es reconocer lo extraordinario de este movimiento cultural, que si no alcanzó grandes cotas en el área del conocimiento fue debido al precario nivel de quienes lo propulsábamos y a las exigencias de una guerra que absorbía cuantiosas energías al mismo tiempo que amargaba el ánimo de muchos ciudadanos con el peso de la incertidumbre. Destacó en él de un modo especial el cultivo del arte dramático; hasta el punto de que casi todos los municipios medianamente poblados contaban con un cuadro escénico en el seno de su grupo cultural respectivo.

Me es grato recordar a este propósito los pueblos de Monzón, Barbastro, Binéfar, Albalate de Cinca, Tamarite, Albeida, Fraga, Peñalba, Caspe, Alcañiz, Alcorisa, Valderrobres y Mas de las Matas -por no citar sino aquellos que con mayor intensidad viven en mi memoria- el hecho curioso de que no figuraba en ninguno de esos grupos un solo profesional del teatro; de cuanto se deduce: que a falta de un conocimiento más o menos exhaustivo del arte, aquellos aficionados tuvieron que poner en juego grandes dosis de intuición y todo el caudal imaginativo de que eran capaces. Pero sea como fuere, este teatro genuinamente popular consiguió muchas cosas: atraer a un público numeroso, llegar hondo a la sensibilidad de los espectadores y cumplir ampliamente su función educadora y de catarsis; ya que las gentes, al asimilar el lenguaje de los personajes, enriquecían el suyo propio sin darse cuenta, aprendían a ser más críticas y tolerantes y a mostrarse menos pasivas que otrora ante el imperio de la dominación y de la injusticia.

 

¿Qué decir de los intelectuales españoles?

Por todo lo que antecede y viendo que un fenómeno social de esta naturaleza no tuvo el eco que debió haber tenido en el sentir de la intelectualidad española, he reflexionado muchas veces sobre la idiosincrasia de los llamados intelectuales, habiendo llegado al convencimiento de que salvo raras excepciones, el intelectual español, dotado de más autosuficiencia que de aptitudes cooperadoras, se ha mantenido siempre en su torre de marfil y se ha mostrado incapaz de acercarse al mundo del trabajo con ojos exploradores y desinteresados. Esto le ha impedido poder apreciar en toda su magnitud la sabiduría del pueblo español y sus magníficas realizaciones, de las que algunas -como ésta por ejemplo que nos ocupa- están siendo hoy, por su importancia sicosociológica, tema preferente de análisis para no pocos universitarios de Occidente y objeto de estudio para muchos investigadores.

Con todo esto no quiero decir que nuestros intelectuales hayan sido reacios a la difusión de la cultura. Como prueba de lo contrario basta recordar, entre otras de sus creaciones las «Misiones Pedagógicas» de las que yo personalmente guardo excelente recuerdo por haber participado un poco en ellas durante el tiempo que permanecí en Lérida tras haber escapado de mi pueblo natal con motivo de la represión consecutiva al intento revolucionario de 1933. Entonces me parecía algo maravilloso que maestros, profesores y alumnos, en compañía de destacados artistas visitaran los pueblos para exponer retazos escogidos de nuestro folklore, charlas sobre educación, experiencias agrícolas encaminadas al desarrollo del agro, etc.

Otro tanto podríamos decir de «La Barraca», famosa creación de Federico García Larca, que promovida por éste antes del fatídico levantamiento seguiría funcionando tras la trágica muerte del gran poeta y amigo del pueblo. Pese, sin embargo, a las cosas buenas que hicieron en pro de la cultura, mi opinión respecto a la ceguera de los intelectuales españoles se vería confirmada de nuevo durante el período de nuestra guerra, cuando los aragoneses seguíamos con interés creciente a través de los periódicos los itinerarios de «La Barraca» y sus simpáticas representaciones, pero teniendo que sufrir la gran decepción de sentimos menospreciados, -o ignorados- por los barraqueños, quienes ni una sola vez se dignaron visitar las tierras de Aragón, en las que hubieran encontrado precisamente esa sociedad libre y solidaria que ellos, con su grata farándula, iban propagando en su recorrido por los pueblos de España.

¿Obedecía esta actitud a uno de tantos efectos del azar o respondía a un plan preconcebido como consecuencia del rechazo o del miedo que una sociedad igualitaria inspira fatalmente a los defensores del orden jerarquizado?

En lo que respecta a los colectivistas, viejos conocedores éstos de las aspiraciones hegemónicas de los partidos y de que la política partidista se había reducido siempre a la lucha por el poder, no podían ignorar que al irrumpir el colectivismo aragonés en la esfera social de manera tan inesperada y rebasando todas las previsiones de los líderes políticos, éstos verían en él un estorbo de primera magnitud y se aprestarían a combatirlo con todos los medios a su alcance y sin el menor escrúpulo. Pero ¿nos habíamos preguntado cuál sería la actitud de los intelectuales ante un fenómeno social que caía fuera de sus esquemas mentales? En cualquier caso, no era difícil prevenir sus reacciones: los habría quienes sintiéndose amenazados en sus posiciones dentro de un orden jerarquizado que les otorgaba seguridad y prestigio, lucharían contra el colectivismo haciendo causa común con sus más encarnizados enemigos, y, había también los que atribuyéndolo a la acción descabellada de unos locos anarquistas y considerándolo utópico se encogerían de hombros sin darle mayor importancia. Unos y otros, condenándolo a priori no supieron valorar ese esfuerzo magnífico de los trabajadores por alcanzar el nivel cultural que las oligarquías de turno les negaron siempre; esfuerzo mucho más digno de tener en cuenta porque no obedecía a disposición gubernamental alguna ni a consignas exteriores, sino que emanaba de las motivaciones profundas de un pueblo oprimido que, consciente de su ignorancia, quería acceder al saber como premisa indispensable para sacudirse el yugo secular y construir sólidamente una sociedad nueva.

Haber ignorado o menospreciado ese fenómeno social que en la actualidad está llenando de asombro a muchos estudiosos, pone bien en evidencia, entre otras cosas, la carencia de curiosidad y de talante investigador de nuestros intelectuales de preguerra amén de una falta de solidaridad con ese pueblo oprimido que es, en definitiva, quien ha de soportar siempre todo el peso de la pirámide.

Hoy, cuando sólo faltan tres años para cumplirse el cincuentenario de nuestra guerra, no puedo menos que evocar el impulso creador de aquella corriente que asombra a propios y extraños por poco que profundicen en ella. Es verdad que adoleció también ‑por qué no decirlo- de muchos defectos: unos originados por la falta de gente debidamente preparada para dar satisfacción al anhelo de saber que bullía en todas partes, y otros que se debieron a las circunstancias por las que atravesaban -unas más penosamente, otras menos- todas las regiones de España; ya que en función de las mismas, se iba dando prioridad, naturalmente, a los problemas más urgentes e inmediatos, pasando a segundo plano -como es natural cuando se vive una guerra- aquellos que afectaban al conocimiento, al cultivo del arte y a la organización del ocio.

Pero al margen de cuanto pueda argumentarse en pro o en contra del fenómeno que nos ocupa, yo quiero señalar un defecto que restó eficiencia a la labor de los grupos culturales y que, no obstante, podía haber sido subsanado sin menoscabo de las tareas que los colectivistas no podían permitirse el lujo de eludir. Me refiero a la falta de una Federación Regional de la Cultura que, recogiendo a través de sus Federaciones Comarcales todas las actividades culturales y experiencias educativas de los diversos grupos que actuaban en la región, hubiera dado lugar a numerosos y fructíferos intercambios con resultados poco menos que insospechados. Estoy seguro de que con el tiempo los grupos culturales se hubieran federado dada la importancia que el federalismo tenía a los ojos de quienes se proponían transformar las estructuras para lograr un mejoramiento efectivo de las sociedades humanas y de las relaciones entre los pueblos. Entonces, así como en lo económico era el sistema federal el que nos permitía un conocimiento exacto de los problemas de la región y la práctica de una solidaridad auténtica a todos los niveles, del mismo modo, en el área cultural -ciencias, educación, bellas artes, juegos, etc.- hubiera abierto cauces inéditos a la cultura en una perspectiva de formación permanente y generalizada que era la que muchos de nosotros -más o menos explícitamente- veníamos desde siempre acariciando.

Es verdad que el Consejo de Aragón había creado un departamento para la educación y fomento de la cultura; pero también es cierto que ni dispuso de recursos suficientes, ni los colectivistas estaban plenamente identificados con el Consejo, al que habían aceptado como cobertura legal indispensable ante el Gobierno de la Nación, pero confiando más en la dinámica autogestionaria de las colectividades que en dicho estamento oficial cuya función les recordaba sin equívocos el carácter etnocéntrico y burocrático de los gobiernos seculares.

En cuanto al Comité Regional de la Federación de Colectividades, organismo el más indicado para sugerir y apoyar la federación de escuelas, ateneos y otros grupos culturales, tampoco tomó cartas en el asunto pese a que todo el tinglado colectivista se basaba en el federalismo. De ahí que las actividades y experiencias que cada grupo ponía en marcha con gran imaginación y entusiasmo, apenas trascendieron el marco local, quedando privados de las experiencias de otros grupos locales y malogradas por tanto las posibilidades inmensas de ese magnífico movimiento cultural que con tan extraordinario impulso nacía de las raíces prístinas del pueblo llano y que tan exiguo impacto ha hecho finalmente en el mundo de la intelectualidad española.

 

Capítulo 10
Ventajas de la cooperación en solidaridad

Se trata en este apartado de poner de relieve que el colectivismo de la participación directa a todos los niveles era susceptible de dar respuesta inmediata a muchos de los problemas sociales que hoy en día se ven agrandados desmesuradamente y sin perspectivas de solución efectiva pese a la denuncia de que están siendo objeto por los medios de comunicación y pese, por otra parte, al esfuerzo persistente que hacen los gobiernos para sacar del impás harto incómodo y difícil en el que se encuentran actualmente todos los países.

Se nos dirá que los problemas de hoy son muy diferentes a los de ayer; lo que es verdad en cierto modo, como es cierto asimismo que las generaciones venideras tendrán que enfrentarse con problemas mucho más complejos, si cabe, que los de ahora. Basta señalar, como ejemplo, los grandes desajustes sociales que se han producido en menos de 60 años por la incidencia de factores tan determinantes como el crecimiento demográfico -a justo título calificado de explosivo- y el progreso tecnológico, que realizado a expensas de los pueblos subdesarrollados y en perjuicio del equilibrio ecológico, nos está llevando además a la fabricación de instrumentos mortíferos cada vez más sofisticado s que representan una permanente amenaza para la supervivencia de nuestra especie e incluso para la propia vida del planeta.

Es evidente pues, que nos hallamos en un punto límite, al que hemos llegado en virtud de unas estructuras de poder cUya dinámica competitiva es una fuente de rivalidad y de guerra. Si a esto añadimos que el número y la complejidad de los problemas irán siendo mayores a medida que la sociedad avance y se haga más diversificada, tendremos que reconocer que nunca el imperativo de que el quehacer comunitario ha de ser el quehacer de todos, fue tan urgente como ahora; porque si éste no quedara supeditado a los intereses egoístas de unos pocos, podría llevarse a cabo desde una perspectiva realmente humana y evitaríamos aquellas opciones que de forma irremediable sólo pueden conducirnos a un holocausto sin precedentes.

He querido decir que si dejar la solución de los graves problemas que afectan a nuestro mundo en manos de unas minorías representa una amenaza de consecuencias irreversibles, vale la pena, hoy más que nunca, poner énfasis en la necesidad de impulsar el método autogestionario para recabar la participación de todos los hombres preocupados y conscientes. Ya sé que esto no ha de ser fácil mientras no se produzcan cambios estructurales de relativa importancia que permitan el acceso de las distintas capas sociales a una información generalizada, al objeto de que los ciudadanos de a pie, si no todos una gran mayoría, puedan hacer suya esa necesidad y asumir conjuntamente las grandes soluciones que nuestra sociedad enferma pide a gritos. Ni que decir tiene cuán decisiva sería en este proyecto la acción de los jóvenes si en el seno de la familia y en la escuela se les diera oportunidad para establecer relaciones de cooperación solidaria -condición sine qua non- para desarrollar sus aptitudes humanas y acabar con la dinámica competitiva de esta cultura llamada civilizada en la que, junto a la miseria y al hambre, la guerra en estos momentos sigue devastando muchas regiones del Globo y llevando a sus pobladores el dolor y la muerte.

Pero no nos perdamos en disquisiciones que nos irían alejando del tema anunciado en el presente capítulo y vayamos a los hechos; unos hechos que hablan por sí solos de la capacidad que tienen los hombres para resolver idóneamente los problemas de su tiempo cuando con ademán solidario y enhiesto saben prescindir sin ambages, de estructuras jerarquizadas y burocráticas.

Se trata -ya lo hemos dicho- del colectivismo aragonés, en el que, de acuerdo con el nivel de aquel momento histórico y las dificultades que conlleva una situación de guerra, sus hombres tuvieron que enfrentarse en cada sector de la vida colectiva con necesidades muy diversas, y a todas dieron satisfacción de manera funcional y sencilla gracias a sus estructuras de participación directa y de solidaridad, principios básicos del edificio social que irían construyendo Pobre la marcha con los acuerdos colectivos emanados de sus asambleas. Veamos a continuación, algunos ejemplos:

 

Cómo se organiza el trabajo y cómo se resuelve el conflicto entre generaciones, el paro y la emigración

 En realidad el trabajo era duro y únicamente el entusiasmo podía paliar la fatiga de aquellos trabajadores, cuyo sostenido esfuerzo a través de las largas jornadas del estío y del otoño era mantenido con actitud responsable y enérgica. Pero nadie explotaba a nadie y esa era una de las razones que los motivaba y que permitía redoblar el esfuerzo frente al cansancio y al imperativo insoslayable de terminar la tarea.

Recuerdo a este propósito a dos yunteros -uno de mi pueblo y otro de Esplús- que en distinta ocasión pero en términos muy parecidos, solían decirme: «La colectividad puede que sea buena -por lo menos reina entre nosotros la armonía- pero a mí poco descanso me ha dado, pues tengo que trabajar de sol a sol como antes»; pero luego añadían: «También es verdad que si no tuviéramos que enviar tantos camiones repletos de alimentos al frente de Aragón, y trenes bien cargados también al de Madrid, las necesidades serían menos apremiantes y podríamos reducir la jornada de trabajo, ¿no te parece?» Yo les contestaba: «No tenemos más que hacer un cálculo aproximado de nuestras necesidades y de nuestras posibilidades si no tuviéramos que atender a las exigencias de una guerra». Hecho esto llegábamos a la conclusión de que en tiempos de paz serían suficientes cuatro horas de trabajo por día cada uno para satisfacer ampliamente las necesidades de la población colectivista yeso sin contar con la adecuada mecanización del campo; ya que, comprando las máquinas necesarias y poniéndolas a nuestro servicio -no los hombres al servicio de las máquinas como se ha venido haciendo hasta aquí para mantener el privilegio de unos pocos- la jornada de un campesino podría reducirse a tres horas aproximadamente como término medio. Todo ello, al repercutir en un ahorro considerable de energía humana y en un aumento no menos importante del ocio, haría posible el cultivo de otras dimensiones humanas y el intercambio más enriquecedor entre los hombres y los grupos.

Esto, como todos podemos ver, es impensable dentro del actual sistema económico, donde el paro, que viene siendo en los últimos años uno de los problemas más acuciantes sólo puede resolverse con la aplicación de medidas solidarias; pero teniendo en cuenta que éstas son totalmente opuestas a los intereses de un sistema que tiene su asiento en la explotación del hombre por el hombre y en la producción por el lucro, pensar en esa solución, hoy por hoy, constituye una quimera. No obstante, si consideramos que en virtud del progreso tecnológico la producción ha aumentado considerablemente hasta el punto de que el mercado no puede absorberla, lo lógico, lo racional y humano sería reducir la jornada laboral y repartir las horas de trabajo entre todos los trabajadores. ¿No dicen los expertos que estamos abocados a la sociedad del ocio?; pero esto -claro está- exigiría transformaciones profundas cuya necesidad, tanto los gobiernos como la gran patronal que los dirige, están muy lejos todavía de planteársela en esos términos.

Lo mismo ocurre cuando se trata del problema del hambre. Sin embargo, bastaría, para resolverlo, destinar a los millones de seres que la sufren todo lo que en el mundo desarrollado se derrocha cada día inútilmente.

Otro fenómeno -causa de desarraigo y de otras vicisitudes enojosas- del que se vio afectado Aragón hasta entonces, había sido la emigración de sus hijos a otras regiones; fenómeno que ya no volvería a producirse mientras el colectivismo se mantuviera en pie. De esto eran muy conscientes los colectivistas: de que ya no se verían obligados a trabajar de peones o de carrilanos como otrora habían hecho, ni a salir del terruño las chicas para ser explotadas por los burgueses de otras regiones; porque estaba en su mano cultivar racionalmente las tierras, mejorar el sistema de riegos, incrementar las granjas y crear industrias conserveras u otras y con todo ello proporcionar una vida holgada a un número de habitantes triple del que nos daba el censo de la región por aquellas fechas. Ya no sería necesario emigrar por imperativos económicos. Se saldría en todo caso por otros motivos: por gusto de conocer otras tierras y poblaciones, por exigencias de la salud, por curiosidad y vocación de ampliar el conocimiento en un determinado sector de la ciencia o del arte, etc., pero de modo alguno para ser objeto de explotación mientras pudiéramos experimentar en casa, gracias al colectivismo, el goce y la seguridad de un vivir solidario.

En cuanto al llamado conflicto generacional, no puede decirse que dentro de las colectividades existiera realmente; porque aun admitiendo que en el seno de alguna familia pudieran surgir pequeñas diferencias marcadas por el hábito entre padres e hijos, la tradicional oposición de estos últimos no llegó a darse de una manera sistemática ni con la radicalización de otras veces. Ello obedecía, sin duda, a que dentro de la familia el principio de autoridad -raíz primera del viejo conflicto entre generaciones- estaba siendo socavado gracias al impacto de las colectividades, cuyo modelo de relación basado en la participación libre y solidaria actuaba de catalizador entre la habitual intransigencia de los mayores y la rebeldía de los jóvenes, quienes por la necesidad sicológica que tienen de afirmarse, se sienten arrastrados generalmente por el impulso.

Podemos comprender mejor este fenómeno si haciendo un pequeño esfuerzo imaginativo nos proponemos rastrear atentamente el discurrir habitual de aquellos colectivistas durante una jornada laboral cualquiera.

Recordemos primero que al objeto de lograr la mejor distribución del trabajo, en asamblea previa eran nombrados los delegados de sector, cuya misión principal era la de controlar en todo momento las necesidades de laboreo en cada una de las correspondientes partidas de las tierras cultivables; luego, se reunían, eventualmente o con regularidad según las exigencias del momento, para distribuir los trabajos y nombrar los equipos que debían realizarlos. Aquí conviene señalar que los equipos se formaban casi espontáneamente. No obstante, aunque la afinidad de los componentes jugaba un papel determinante a la hora de constituirse los equipos, se tomaba en consideración la competencia de cada uno para el trabajo al que iba destinado. Todo se hacía con la suficiente libertad para que en estos equipos, compuestos por mujeres, hombres y jóvenes en edad aún temprana para ir al frente, cada cual pudiera sentirse cómodo para manifestarse libremente sin que las diferencias de edad o de sexo representaran un obstáculo para ello. De ahí el maravilloso espectáculo que ofrecían por la mañana estos heterogéneos grupos cuando reunidas sus gentes en el lugar convenido la víspera para dirigirse cada uno a su tajo, llenaban las calles de juvenil regocijo.

Ni que decir tiene que los trayectos se hacían cortos, y aunque no tanto las jornadas, especialmente en el verano el trabajo avanzaba sensiblemente sin que pueda decirse qu~ la fatiga fuera excesiva o insoportable, y ello gracias, claro está, a los múltiples y gratos estímulos que emanan de cualquier actividad cuando es asumida responsablemente por el individuo y éste, a su vez, se siente respaldado por el esfuerzo solidario y gratificante de sus compañeros.

Al socaire de esa solidaridad y en animadas conversaciones a lo largo de las jornadas, entre viejos y jóvenes de ambos sexos, los primeros aportando su vieja experiencia, los segundos el anhelo vehemente de vivir y la mirada proyectada hacia el futuro, se iba produciendo, sin que se dieran cuenta ellos mismos, esa magnífica simbiosis que fundiendo en abrazo fraterno a viejas y nuevas generaciones habrá de permitir un día realizar con paso seguro y sin traumas dolorosos los cambios sociales que un mundo en constante evolución seguirá exigiendo en cada instante. y si al discurrir comunitario de esas jornadas añadimos las animadas veladas en el café, o en los centros culturales, donde se tocaban múltiples temas y eran escuchadas con interés relevante las proposiciones e inquietudes de los jóvenes, se comprenderá cuán lejos estábamos del abismo que hoy separa a las generaciones y del obstáculo que esa ruptura implica para poder adaptar el comportamiento del hombre a las necesidades de su tiempo.

Claro que la juventud, en las horas de ocio se apartaba del mundo de los mayores para bailar y divertirse a su aire; pero ello no era obstáculo para que lo mismo en las charlas de café que en las asambleas de la colectividad o en las animadas conversaciones mientras discurría la jornada en el tajo, jóvenes y adultos .se sintieran iguales frente a la responsabilidad del quehacer colectivo y conscientes unos y otros de que tenían que asumirla estrechamente enlazados si querían resolver con acierto los problemas que les eran comunes. Es decir: que tanto si se trataba de la adquisición de una máquina, de problemas educativos, de la producción o de organizar el ocio, todos juntos discutían y las resoluciones finales eran adoptadas, por lo regular unánimemente, después de haber superado los pros y los contras de las diversas opiniones, todas ellas tenidas en cuenta vinieran de quien vinieran.

Esa era y no otra la dinámica que venía erosionando el viejo conflicto entre generaciones y que hubiera dado paso con el tiempo a la comunicación más placentera y fecunda entre jóvenes y viejos de todas las edades, destruyendo en definitiva el mito sagrado de la autoridad, base de toda dominación y fuente de grandes desdichas para la especie humana.

 

Emancipación de la mujer

En nuestra perspectiva de trabajo y de proyectos en común, a la vez que se fusionaban las generaciones, iban siendo menos acusadas las discriminaciones de que habían sido objeto siempre las mujeres. Aún hoy, pese a que las legislaciones no han cesado de modificarse en un sentido igualitario, viene sufriendo la mujer de esa desigualdad ante la ley y de unas anacrónicas costumbres que la sitúan en un plano de inferioridad manifiesta ante el matrimonio, el trabajo, la educación y determinados derechos sociales.

De esa situación, sin embargo, hay un aspecto que no podemos eludir si de veras deseamos que la mujer se emancipe y si tenemos en cuenta que una sociedad en la que todo descansa sobre el dinero, éste se convierte en elemento imprescindible para la autonomía del individuo. Por lo tanto, se trataría, según mi opinión, de asegurar un salario digno a las mujeres que han de permanecer en el hogar -unas veces con su asentimiento, otras no- para cuidar de sus hijos.

Esta situación, al margen de otros inconvenientes que no vamos a enumerar ahora, trae consigo para la mujer la imposibilidad de ejercer un trabajo remunerador, lo que la sitúa en posición de total dependencia vis a vis del marido y es vivido por ella con tal sentimiento de impotente rebeldía que ello en modo alguno favorece el buen entendimiento de la pareja y daña, muy gravemente a veces, el equilibrio de los hijos.

Ya en algunos países se habla de dar solución a este problema; aunque la actitud aún vacilante de muchos gobiernos hace suponer que es el factor económico el mayor escollo con que se tropieza a la hora de tomar resoluciones. De muy distinta manera se presentaba el caso en Aragón durante el período que nos ocupa; ya que, por hallarse situada la mujer en un plano igualitario dentro de la colectividad, su independencia vis a vis del marido o de los padres no estaba determinada en absoluto por el factor económico. Basta recordar a este propósito el salario familiar, del que todo colectivista, fuese varón o hembra, adulto, joven o niño, tenía derecho a la parte alícuota que le correspondía como miembro de un determinada familia; parte que era estipulada, como ya se dijo, sobre las bases de una proporcionalidad discutida por todos y aprobada en asamblea de acuerdo con la siguiente proposición: A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades.

En esas condiciones pues, la esposa gozaba de las mismas prerrogativas que el marido, pudiendo disponer libremente de la cantidad que se le había asignado como miembro que era a partes iguales de la colectividad en la que se hallaba inscrita. No viéndose obligada a trabajar fuera para obtener un salario, la mujer casada, sin menoscabo para la economía familiar y con la autonomía que le daba la posesión de un peculio, podía hacer uso del libre albedrío para dedicarse plenamente al cuidado del hogar o para alternar el trabajo doméstico con el trabajo exterior. Tanto es así que no pocas amas de casa, aun teniendo hijos de corta edad, se las arreglaban de algún modo para aportar su ayuda voluntaria a las tareas del campo, sobre todo en épocas de recolección cuando el tiempo amenazaba tormentas y era necesario poner a salvo las cosechas. Raramente, las mujeres con hijos, podían dedicar a las labores colectivas la jornada entera; pero su ayuda voluntaria era acogida siempre con demostraciones de sincera simpatía; aunque no era menos agradable el sentimiento que ellas experimentaban al reconocerse útiles a la colectividad y solidarias con sus compañeras y compañeros de trabajo. A la vez, rompían con la rutina y el aislamiento al que se ven sometidas generalmente las amas de casa, y el trabajo en común les brindaba la feliz oportunidad de recabar información sobre las cosas más o menos importantes que ocurrían en su entorno, de ir forjándose criterios válidos a propósito de los muchos temas no exentos de interés sociológico que se iban abordando a lo largo de la jornada y -¿por qué no decirlo?- de reír con las chanzas y los chistes que no faltaban tampoco de vez en cuando.

Es necesario señalar, sin embargo, que aunque se iban borrando las atávicas diferencias entre los sexos, ello no se producía tan deprisa como algunas y algunos de nosotros deseábamos. Pesaba mucho todavía el lastre de la tradición. Tanto es así que a la hora de estipular el salario familiar, el porcentaje asignado a la mujer era intermedio, es decir superior al de los niños pero algo inferior al de los hombres. De esta arbitrariedad protestaron enérgicamente el grupo «Mujeres Libres» y las «Juventudes Libertarias», por lo que, en algunas colectividades del campo y de la industria fue rectificada a tiempo sin grandes dificultades; lo que hace pensar que tan lamentable discriminación hubiera desaparecido totalmente de nuestro ámbito si las colectividades hubieran sobrevivido.

No se nos puede reprochar en cambio, el hecho de que las mujeres tuvieran tan poca representación, a los distintos niveles -local, comarcal y regional- en nuestros órganos de coordinación y de administración. Ello fue el resultado de que por su escasa intervención en las actividades sindicales antes de la guerra, en general, carecían del entrenamiento necesario para ocupar puestos de responsabilidad en momentos tan graves y decisivos. No obstante, tan pronto como pudieron participar en las asambleas sin ningún género de restricciones y fueron llegando de todas partes sendos mensajes sobre la promoción femenina, el interés de las mujeres por los problemas sociales se fue generalizando, de tal modo que muy pronto hubieran estado en condiciones de igualar a los hombres y, en determinados sectores, de superarlos incluso. A decir verdad, en general el machismo era mal acogido en las colectividades, donde el tradicional menosprecio hacia la mujer se había trocado en reconocimiento y admiración ante la capacidad de la que venían dando pruebas nuestras compañeras, que no sólo eran un ejemplo de tenacidad y resistencia para el trabajo, sino que en el área más compleja y sutil de la convivencia, se mostraron solidarias siempre y supieron, en los momentos más difíciles, mantener una actitud erguida y serena.

De su afirmación en la vida social y de su identificación con la obra colectivizadora nos dieron sobradas pruebas en múltiples ocasiones; si bien, donde esto se puso de manifiesto de manera palmaria fue con motivo del asalto comunista sufrido por las colectividades. En esos momentos, al ver desmantelados los comités, y sus hombres, detenidos unos, huidos al frente otros en busca de protección a la sombra de las divisiones confederales, las mujeres, en algunos pueblos, cogieron las riendas de la colectividad poniéndose al frente de la administración y llevando adelante los trabajos más urgentes. Y en pueblos como Albalate de Cinca Peñalba, Beceite y La Fresneda por no citar otros, cuando las fuerzas invasoras, tras el asalto brutal a las colectividades se disponían a devolver a las familias de los fascistas huidos a Zaragoza o camuflados en algún rincón de la zona republicana las tierras que se les habían incautado, con máquinas, animales y otros enseres destinados al laboreo, las mujeres se amotinaron y llegaron a enfrentarse enérgicamente con los jefes de las tropas asaltantes.

Y en la colectividad de Molusa, cuando los invasores, tras haberse llevado presos a los miembros del comité, tuvieron la osadía de quitarles las cartas de alimentación a todas las mujeres, éstas ocuparon la alcaldía, cogiendo al alcalde por el pecho y amenazándole de muerte si no ponía coto a tales atropellos. Estos hechos y otros muchos que no vienen ahora a cuento y de los que «Mujeres Libres» de aquella zona nos tenían al corriente, dan fe de que nuestras mujeres habían tomado conciencia de su dignidad como personas y de su genuino papel en una sociedad libre e igualitaria.

 

Familia

Al hablar de la familia, lo haremos sin extendernos en el proceso de su desarrollo ni en los avatares que ha sufrido desde sus orígenes a través de las sociedades que los hombres fueron estructurando en las distintas regiones del globo. Sí, en cambio, dado el malestar de que se ha visto aquejada en todas las épocas, nos detendremos un poco en lo que ha sido, según mi opinión y la de algunos destacados sociólogos, la causa fundamental de dicho malestar, al objeto de comprender mejor por qué en nuestra sociedad colectivizada, la familia fue menos conflictiva que en épocas anteriores y que lo sería posteriormente.

Del malestar que actualmente corroe a la familia nos hablan con creces los jóvenes, cuyas manifestaciones desintegradoras vienen abarcando en los últimos años un amplio abanico: desde las simples reyertas cotidianas con los padres hasta las múltiples acciones de delincuencia común, pasando por las fugas, la droga y otras actitudes de rechazo altamente preocupantes; a lo que hemos de añadir la postura ambivalente de aquellos jóvenes que si bien no se deciden a adoptar una ruptura frontal -unos por consideraciones de dependencia económica, otros por razones de tipo afectivo- echan pestes contra la familia y pretenden su destrucción porque piensan, aunque sin discernir muy bien los motivos, que ella es la causa de todos nuestros males sociales.

Frente a estas manifestaciones de carácter destructivo que en virtud del contexto social de opresión y de violencia en el que se producen yo encuentro justificadas, me parecen no obstante, contrarias al proyecto socializador que nos ocupa. Por consiguiente, quisiera dejar bien sentado que si bien la familia adolece de muchos y muy graves defectos y habrán de operarse en ella profundas modificaciones si queremos que cumpla su verdadera función, no deberíamos olvidar que ella constituye el núcleo básico e insustituible de todas las sociedades humanas, y esto por razones obvias. ¿Nos hemos preguntado seriamente qué sería del recién nacido -puesto que es todavía un feto cuando sale del claustro materno sin los delicados cuidados que su normal desarrollo exige y sin el ambiente propicio para asimilar la larga serie de aprendizajes que su condición humana reclama? Si como se ha venido demostrando, todo en el hombre, o casi todo, es cultural, o sea, extraído del medio en que crece y se desenvuelve, y es universalmente reconocido el valor eminentemente social de la imitación, obvio es destacar la importancia que tiene para el hombre, si queremos que aprenda a amar y respetar a los demás, el hecho de poder crecer en un clima de respeto y de afecto, donde se sienta amado realmente, respetado y seguro de sí mismo. Sin esas premisas, difícilmente logrará tener confianza en los demás para poder establecer con ellos relaciones de máxima convivencia, y alcanzar, por el vehículo de una información y de una comunicación auténticas el pleno desarrollo de su dimensión humana. Es tan determinante el afecto, que sin él, no sería posible dinamizar las tendencias sociabilizadoras del individuo, que tiene necesidad de integrarse al grupo, pero que debe hacerlo, incuestionablemente, en calidad de ente creativo, cooperador y solidario.

Expuestas estas consideraciones que me parecían necesarias para evitar posibles equívocos, vamos a entrar en el tema centrándonos, sobre todo, en lo que es a juicio mío, la raíz primera del malestar que la familia padece y del que viene padeciendo asimismo la sociedad en la que se halla inserta; pues no podemos descartar que una es fiel réplica de la otra y como por efecto de un fenómeno retroactivo ambas se influyen recíprocamente, se compenetran y, naturalmente, se refuerzan, levantando, como por una suerte de inercia, ese frente común que se viene resistiendo obstinadamente a todo proyecto social de renovación y de cambio.

Así pues, el malestar de todas las sociedades de ayer y de hoy arranca, incuestionablemente, del sistema jerarquizado que las sostiene y de sus estructuras de poder, producto del impulso mamífero que aún prevalece en nuestro comportamiento y al que seguiremos atenazados mientras persista esta cultura de dominación del hombre por el hombre en la que todo incita a la competición y donde la motivación de los individuos y de los grupos no puede ser otra que la de ascender -cuanto más alto mejor- por la escala jerárquica de los poderes dominantes: poder político, poder tecnológico, poder económico, poder informativo, etc., cada uno de ellos dando al que lo posee, capacidad para la adquisición de bienes de consumo y, con ello, distinción, prestigio, y dominio sobre esa gran mayoría que yace postergada, al pie de la pirámide.

En cuanto a la familia, si tenemos en cuenta que es en ella y durante el período de mayor plasticidad del hombre donde se va organizando la personalidad de base de quienes han de dar continuidad al sistema que la engloba, y que en razón de esa continuidad la estructura familiar no puede ser otra que la que tiene sus fundamentos en el poder jerarquizado, es lógico que busquemos en las mismas raíces del poder, las causas del malestar que desde siempre viene padeciendo la familia; esa institución en la que nosotros hemos crecido y en la que el padre ha venido siendo hasta ahora la auténtica representación del poder jerárquico que nos viene de los primate s y que fue establecido formalmente según parece durante el período Neolítico, cuando coincidiendo desarrollo técnico y descubrimiento de la paternidad, los hombres institucionalizaron, tal vez simultáneamente, la propiedad privada y el patriarcado; instituciones ambas que al ser consagradas e interiorizadas al socaire de ritos y costumbres, llegarían a tener muy larga vida para holocausto y desdicha de la especie humana.

Por fortuna, el poder del padre ha ido resquebrajándose sensiblemente a medida que la mujer se abre camino en todos los campos, que los jóvenes inciden en los movimientos de protesta con una crítica de día en día más aguda y que la información, más generalizada a medida que el progreso tecnológico lo exige, está llegando, gracias a los medios de comunicación, a capas de la población cada vez más amplias.

Luego es evidente que todos estos avances han contribuido a la desaparición de viejos misterios y tabúes y a que muchas ataduras del pasado se rompieran, dando a la imaginación creadora del hombre moderno grandes posibilidades y nuevas perspectivas humanas. Sin embargo, se ha de reconocer que hemos avanzado muy poco en el ámbito de las ciencias sociales, como lo prueba el hecho de que si bien hay mucha gente que sabe definir lo que no quiere, todavía son muy pocos los que tienen ideas claras sobre cómo debería estructurarse la sociedad para que en ella tuvieran cabida realmente todos los hombres y mujeres de la tierra.

De que las actitudes de rechazo privan sobre los comportamientos de signo creador, tenemos un ejemplo típico en los movimientos de protesta, donde la juventud pone de manifiesto su descontento a propósito de los sistemas de dominación que gobiernan el mundo, pero sin ofrecer alternativas de cambio realmente válidas. Mientras tanto, invierte lo mejor de sus energías al servicio de espectaculares acciones en las que prevalece la actitud agresiva y rechazante.

En esa perspectiva demoledora, la familia no escapa al veredicto de los jóvenes, quienes, demasiadas veces, reaccionan con excesiva violencia ante la actitud intransigente de los padres. Y digo excesiva, porque si bien no es fácil reaccionar con calma cuando se piensa que de nada sirven los razonamientos frente a un padre rígido y autoritario, yo estoy seguro de que, salvo raras excepciones, todos los padres de este mundo son accesibles al diálogo con sus hijos. La dificultad, en la mayoría de los casos, estriba en que son muchos aún los que permanecen anclados en los viejos tiempos y que necesitarían ser debidamente informados para poder romper los condicionamientos de un pasado en el que la autoridad del padre era sagrada e indiscutible.

Teniendo en cuenta pues, que los condicionamientos culturales son los que ponen frenos a la comunicación entre jóvenes y adultos e impiden demasiadas veces el reconocimiento del diálogo como imperativo insoslayable para clarificar las respectivas posiciones, y reconociendo por otra parte, la clarividencia de la juventud actual para hacer la crítica de nuestras viejas estructuras -unas estructuras que rebajan y envilecen al hombre- opino que son los jóvenes quienes deberían llevar la iniciativa en esa tarea de acercamiento que se hace más necesaria que nunca en los momentos difíciles que atraviesan la sociedad y la familia. Y digo esto por varias razones, entre las cuales destaca el hecho de que la juventud actual ha tenido y sigue teniendo acceso al conocimiento de las ciencias y de las letras como no lo tuvo nunca en épocas pasadas, y de ahí el que, generalmente, por haberse beneficiado de una información más amplia, se hallen mejor equipados que la mayoría de los adultos para analizar la fenoménica social, comprender las causas que determinaron el comportamiento de sus padres y el suyo propio y sacar, en consecuencia, cuál es la conducta que reclama de uno mismo la apertura al diálogo; apertura que no se consigue, ni mucho menos, adoptando posiciones defensivas ni dando rienda suelta al impulso, ese comportamiento primario tan corriente en nuestras relaciones y que enajena la mente del sujeto dejándolo indefenso para actuar como hombre.

Esto me lleva a la evocación de la gran figura que es para mí Henri Laborit, ese biólogo francés de renombre universal al que yo, desde mi humilde atalaya de observador impenitente me atrevo a calificar de precursor de una sociología nueva; ya que Laborit, con su participación activa y perseverante desde hace por lo menos' 30 años en la descubierta experimental y en la comprensión de las bases biológicas del comportamiento animal y humano, abre un capítulo totalmente nuevo al análisis riguroso de los hechos que conciernen a las llamadas ciencias humanas.

Aunque la idea de evocar a Laborit en este apartado puede parecer inoportuna o sin fundamento al primer aborde, no lo es si tenemos en cuenta que ella me ha sido suscitada por lo que de él dice Fabrice Rouleau y yo mismo he experimentado a la lectura de casi toda su obra. «Esta –dice Rouleau- ha permitido a muchos  hombres y mujeres ver más claro en su vida y, en consecuencia, transformar sus relaciones con el entorno familiar y profesional».[3]

Volviendo pues a donde nos habíamos quedado respecto a la familia, los jóvenes y el impulso primario que prevalece en nuestras relaciones, no puedo menos que recordar el impacto que me hizo en su día esta frase de Laborit: «Ser hombre consiste sobre todo, en utilizar las áreas cerebrales que nos distinguen de las demás especies animales y nos permiten crear estructuras nuevas». Ese es, según parece, el leimotiv que recorre toda la parte filosófico científica de su obra, a juzgar por el énfasis que suele poner a lo largo de su discurso sobre la función del cerebro «imaginante», esa zona órbitofrontal del cerebro humano en la que -según dice- tienen su asiento la conciencia, el conocimiento y la imaginación -rasgos distintivos de nuestra condición humana- y que permite al hombre controlar los impulsos del cerebro reptiliano -nuestro cerebro más arcaico- y las adquisiciones memorizadas del sistema límbico -zona del cerebro que corresponde al estadio evolutivo de los mamíferos y sobre el que descansan los automatismo s culturales y conceptuales.

Resulta por otra parte aleccionador ver cómo coincide Laborit con la corriente sociológica libertaria cuando se plantea la necesidad de una educación que favorezca el desarrollo de la imaginación creadora para poder avanzar hacia el logro de estructuras sociales más acordes con nuestra propia naturaleza humana, teniendo en cuenta especialmente, dos cosas: 1ra que una sociedad como la nuestra, basada exclusivamente en la producción de mercancías, busca, a todos los niveles de las jerarquías profesionales, favorecer los automatismos y 2da que cuando por falta de una estructura cerebral abierta, las informaciones que llegan del exterior son rechazadas por el cerebro o tratadas inadecuadamente en virtud de la rigidez que una estructura cerebral cerrada conlleva, los automatismos culturales y conceptuales -cuya función no es otra que la de perpetuar el sistema social que los genera- inevitablemente, determinan el comportamiento del individuo; lo que equivale a decir: que no habrán cambios importantes en nuestra sociedad mientras la mentalidad de los individuos que la componen no cambie realmente.

Una vez más se pone de relieve la importancia social de la educación, cuyo papel incumbe, tanto o más que a la escuela, a la familia; pues es en ésta donde el niño hace sus primeras experiencias, con las que va estructurando el núcleo de su personalidad futura y donde, por tanto, los padres deberían asumir su rol de protectores y orientadores de sus hijos, no desde una óptica de poder como han hecho hasta ahora, sino a partir de la libre cooperación dentro de una dinámica autogestionaria cuyo alcance sólo puede ser valorado suficientemente sopesando en su doble vertiente sicológica y sociológica lo que representa para el equilibrio del individuo, de la familia y de la sociedad el hecho de que los jóvenes puedan hacer desde muy temprano el aprendizaje de la cooperación y de la participación responsable en un clima de seguridad y de afecto y en simpática camaradería con los adultos.

Si admitimos pues, que el poder, en cualquier forma que se manifieste, es fuente de irritación y de malestar, habremos captado por qué en el contexto colectivista, las relaciones familiares se mostraron menos conflictivas de cuanto lo habían sido en épocas anteriores. Basta recapitular el proceso de la colectivización para tener ante nuestros ojos la forma en que poco a poco la autoridad patriarcal se iba diluyendo en una dinámica de motivaciones e intereses comunes y de participación igualitaria a todos los niveles.

Todo se inicia, como ya sabemos, con la reunión voluntaria de aquellas familias que se habían identificado de algún modo con el colectivismo y su firme propósito de poner en común sus tierras, sus animales y aperos de labranza, sus capacidades y su esfuerzo. Desde ese momento, la organización del trabajo, la distribución de la riqueza, el uso de los servicios, las actividades culturales, los intercambios con el exterior y todo cuanto de alguna manera estuviese vinculado a los intereses comunitarios, sería regulado mediante la participación directa de todos los colectivistas en la asamblea; donde todas las opiniones expresadas en cada debate merecerían la misma consideración e idéntico respeto sin que se tomaran en cuenta las diferencias de edad o de sexo de quienes las emitían. En virtud del sentimiento de seguridad que unos y otros experimentaban al considerar que todo era de todos y que la colectividad, a través de la asamblea soberana y de sus órganos coordinadores atendía las necesidades de sus miembros, el papel del padre en la familia quedaba transformado automáticamente; ya que, de jefe incontestable que administra los bienes familiares y ejerce su tutela sobre la esposa y los hijos, pasa a ser, dentro de la colectividad, uno más, dueño a partes iguales del patrimonio común, del que la esposa y los hijos lo eran asimismo en igualdad de condiciones. Es decir: así como en régimen de propiedad privada, el campesino aragonés, el pequeño propietario especialmente, imponía su opinión dentro del hogar porque se autoconsideraba el único capacitado para llevar el timón de la familia y de la hacienda, en la colectividad, como todas las decisiones emanaban de la asamblea, y en ésta, los jóvenes y las mujeres podían exponer sus criterios libremente y sintiéndose tan dueños y responsables como sus respectivos padres y esposos, la autoridad patriarcal recibía un duro golpe quedando reducida a la mínima expresión.

Hay que decir también que a ello contribuyó de manera definitiva el que jóvenes y viejos, mujeres y hombres progresaban al unísono: ora en la asamblea buscando las soluciones más pertinentes, ora charlando de cuanto apetecía en cada momento, lo mismo en el tajo, en el café, en la sede del grupo cultural o en la calle. Por medio de esos intercambios 'cada vez más estimulantes y esclarecedores conseguirían, entre otras cosas: ampliar sus conocimientos, clarificar sus propias opiniones, dominar mejor el lenguaje, aprender a tolerarse mutuamente y hacer posible -en suma- el aprendizaje de la auténtica comunicación que fusionaba a jóvenes y viejos, mujeres y hombres en un diálogo permanente.

Está claro que la familia no podía permanecer al margen de la evolución que en el área de las relaciones sociales se estaba produciendo por influjo de la dinámica autogestionaria y solidaria que prevalecía en la colectividad. En primer lugar, la conducta del padre, cuyo rol tradicional ya no tenía donde apoyarse, evolucionaría rápidamente hacia actitudes de mayor tolerancia y consideración vis a vis de la esposa y de los hijos. Influyeron en este cambio otros factores; porque si bien es cierto que por las razones ya expuestas la autoridad patriarcal quedaba muy erosionada, hemos de reconocer que muchos colectivistas habían aprendido asimismo, por la experiencia de cada día, lo que supone para la formación y equilibrio de los jóvenes el hecho de poder intervenir libre y responsablemente en los asuntos colectivos.

Junto a estas enseñanzas se puede añadir el impacto que en el comportamiento de los padres pudo hacer la coacción moral que normalmente ejerce el grupo sobre cada individuo. De cualquier modo, yo me atrevo a afirmar que si nuestra sociedad igualitaria hubiera sobrevivido, la familia hubiera llegado a cumplir ampliamente la función que la sociedad necesita actualmente para poder liberarse de jerarquías dominantes y de burocracias inútiles.

La familia que aquí proclamamos es la que ha de servir de receptáculo a las emociones más íntimas de los jóvenes; en la que éstos, libres de miedos, inhibiciones y rechazos, puedan expresar sus sentimientos y contrastar sus opiniones, y en donde la conducta de los padres pueda servirles de ejemplo para aprender, por el juego recíproco de los intercambios, a ser individuos autónomos, generosos y responsables, y a consolidar esos hábitos mediante la práctica de todos los días en el ámbito de unas relaciones cada vez más amplias y complejas a medida que los jóvenes van creciendo y madurando.

 

Minusválidos y ancianos 

Respecto al problema de los minusválidos, cuya solución por parte de los gobiernos se viene aplazando indefinidamente, en las colectividades no podía presentarse con el carácter tan dramático que hoy se presenta a veces, sobre todo, cuando la familia afectada no dispone de medios económicos y, por añadidura, tiene que asumir la difícil tarea sin ayuda de nadie.

En principio, la colectividad, asignaba al minusválido la parte que le correspondía del salario familiar, y la persona o personas de la familia que lo cuidaban podían hacerlo sin la angustia de tener que salir del hogar para ganarse un salario, además de que podían disponer de una ayuda exterior cuando la necesitaban. Por otra parte, la atención que cada colectividad dedicó a sus minusválidos se puso de manifiesto de varias maneras; pues en aquellos casos donde el handicap no representaba un obstáculo para que el individuo pudiera desarrollar una actividad determinada, se les ofrecía la ocasión de elegir un oficio apropiado sin tener que desplazarse afuera: profesiones, por ejemplo, como las de zapatero, sastre, guarnicionero, contable, distribuidor, etc., o ayudante de cartero, alguacil, conserje u otra ocupación desde la cual pudieran sentirse útiles e integrados a la sociedad satisfactoriamente; sin que se descartara la posibilidad de crear, en su día, un centro regional con talleres, laboratorios y profesorado competente para adecuar un determinado tipo de enseñanza a las necesidades de cada minusválido.

En cuanto al problema de los ancianos, cuando la obligatoriedad del seguro social para la vejez no se había generalizado aún en nuestro país y el porvenir de los ancianos era contemplado por éstos con angustiada incertidumbre, las colectividades, adelantándose en más de 40 años a las disposiciones del sistema capitalista en materia de jubilación, acordaron en sus asambleas que los trabajadores se verían libres del trabajo obligatorio al cumplir los sesenta años, pudiendo hacer, a partir de esa edad, lo que más les apeteciera: trabajar o pasearse alegremente.

Yo conocía esos acuerdos y estaba al corriente asimismo de que muchos jubilados, entre ellos también mujeres, se ofrecían con bastante frecuencia para prestar ayuda en trabajos no demasiado duros; lo que pude comprobar personalmente en una de mis visitas a la colectividad de A1corisa.

Era día de trabajo y nos acercamos a una huerta en la que estaban laborando unos 20 trabajadores de edad avanzada, y que al vernos llegar se detuvieron para luego venir hacia nosotros con ánimo de descansar, fumar un cigarrillo y mientras, charlar un rato.

Mis primeras palabras en este encuentro fueron para preguntar si no estarían muy cansados con aquel cacho de huerta tan grande, y la respuesta fue tan espontánea y rápida que apenas había tenido yo tiempo de terminar la frase cuando oigo que dicen: «No, no nos cansamos miaja, porque cuando nos parece, nos sentamos y ¡ale, a contar historias! Como aquí nadie nos manda, hacemos lo que buenamente podemos, pero con gusto; porque sabemos que el producto de esta huerta es para todos; para las familias colectivizadas ¡vaya!, es decir, para nosotros mismos. Además, ¿qué haríamos si no trabajáramos un poco? ¿No us paice a vosotros que nos aburriríamos y envejeceríamos más deprisa? Porque los huesos se hielan si no se les mueve».

Picado de curiosidad al ver un bancal de casi media hectárea sembrado de cebollino, yo no pude abstenerme de inquirir de nuevo: «¿Pensáis hacer plantero de cebolla para toda la región o qué?» «Para toda la región no, contestó alguien riéndose, pero sí para toda la comarca. Lo prometimos en un pleno comarcal y hay que cumplirlo.» La verdad es que ante la actitud solidaria de aquellos ancianos que proyectaban su ayuda más allá de los límites locales para cubrir las necesidades de otros pueblos, me emocioné un poco y no pude por menos que decir para mis adentros: «No caben ya dudas. Los hombres son capaces de derramar solidaridad a manos llenas cuando el privilegio y la autoridad han desaparecido de su entorno».

Había en la región cierto número de ancianos sin familia y totalmente abandonados. El consejo creó algunos hogares para acogerlos. Uno de ellos precisamente estaba ubicado en A1colea de Cinca, pueblo limítrofe con Albalate de Cinca, del que yo soy hijo. Por eso estoy al corriente de que los ancianos que fueron a parar a dicho centro estuvieron muy bien asistidos gracias a la colectividad de A1colea que era realmente importante. Pero desgraciadamente, esto duró hasta que llegaron los comunistas y destruyeron aquel hogar de ancianos, procedentes en gran parte de poblaciones que estaban situadas a ambos lados de las trincheras.

 

El fraude a los consumidores

Este es un problema del que los medios de comunicación vienen ocupándose todos los días y que se puso al rojo vivo muy recientemente con motivo del aceite de calza, responsable del síndrome tóxico cuyo trágico balance entre muertos y enfermos tan triste recuerdo ha dejado en la memoria de todos los españoles. Recientemente el doctor Muro y otros cualificados investigadores son del parecer que el desencadenamiento de la enfermedad sin diagnóstico preciso, fue causado por el uso indiscriminado de un insecticida prohibido en la mayoría de las naciones occidentales.

Pero esos hechos, a los que podríamos sumar muchísimos más, menos espectaculares porque aparecen esporádicamente y de forma inusitada pero que van despertando en el consumidor un sentimiento de inseguridad y de desconfianza a la hora de elegir su menú o comprar otras mercancías, ocurrieron, de una u otra forma, casi siempre. Su origen remonta por lo menos a unos 10.000 años, cuando en los albores del asentamiento urbano, el trabajo se especializa, se produce un excedente de productos agrícolas y artesanales diversos y los hombres, para dar salida a los mismos experimentan la necesidad de transformar el trueque por otro tipo de intercambio. Entonces aparecen las primeras acuñaciones metálicas y surge el comercio, que consiste en comprar mercancías y venderlas a mayor precio para obtener de ese modo pingües beneficios. Es propio también retirarlas del mercado y, dada su escasez, obtener exorbitantes ganancias al ponerlas a la venta con intencionada parquedad.

Desde entonces, con muchas variantes que no es del caso especificar ahora, vivimos en un sistema económico que tiene sus fundamentos, no en el trabajo para producir con miras a satisfacer las verdaderas necesidades de los hombres, sino en la fabricación de mercancías con el exclusivo objeto de seguir manteniendo los privilegios de quienes poseen los medios de producción y de quienes hacen uso de esas mercancías para vender las a precios superiores a los de compra e incrementar cada uno el propio poder económico. De ahí la fabricación de tantas cosas inútiles y la creación de nuevas necesidades que muchas veces sólo sirven para dañar la salud y degradar el medio ecológico en perjuicio de todos los habitantes de la tierra.

En estas condiciones ¿puede sorprendernos que al comprador le den de vez en cuando gato por liebre? A mí me parece que esto son gajes del oficio, como suele invocarse; es decir: hechos consustanciales a un sistema que ensalza al egoísta y al poderoso.

¡Cuántas veces habrá ocurrido que un campesino poco escrupuloso echara agua en una partida de almendras para aumentar su peso, sin importarle un comino que una vez ultimada la venta se deteriorara el fruto, o que un huertano, con toda su desvergüenza, vendiera al ganadero una partida de forraje sabiendo que las pacas estaban enmohecidas por dentro! Con la misma ausencia de escrúpulos un sastre ha podido cambiar una tela por otra de peor calidad, un zapatero poner cartón en lugar de cuero, un chocolatero, cáscara de cacao en vez de harina de cacao, un pastelero utilizar huevos a medio incubar para fabricar sus pasteles, etc., etc. Sin ir más lejos, yo mismo he sido testimonio, allá por la década de los 50, de un fraude desconocido hasta ese momento y que irrumpió en el mercado de los piensas causando graves daños a las pequeñas granjas avícolas cuya explotación en algunas comarcas del litoral levantino, llegó a ser, durante esa época, garantía de seguridad económica para muchas familias. Dicho fraude, que hizo estragos causando la muerte por intoxicación de gran número de aves, consistía en adicionar a la harina de pescado -artículo que llegó a escasear durante algún tiempo- cascos de pezuñas después de haber sido finamente molidos. Estos que son ricos en materia nitrogenada según dicen los expertos, tenían como defecto aumentar sensiblemente el valor proteínico de la mezcla y, en consecuencia, otorgar al fabricante poco escrupuloso la ventaja de poder vender su mercancía a precios más elevados.

Aparte de los fraudes alimentarios, que son los que afectan más directamente a la salud y a la vida de personas y animales, hay otras formas de manipular y explotar al consumidor para obtener los máximos beneficios quienes dominan el tinglado económico. Por ejemplo, tanto en la industria del automóvil como en la de aparatos electrodomésticos o de otros mil chirimbolos de cuantos hoy se fabrican para seducir al ciudadano e inducirlo al consumismo, nos encontramos con el propósito bien definido de lanzar al mercado, no productos sólidos, funcionales y duraderos, sino máquinas y objetos más sofisticados cada vez pero marcados intencionadamente por el sello de lo efímero; ya que esto supone para los poseedores del aparato productivo, un medio infalible de intensificar el consumo y de conseguir que la máquina productiva siga funcionando a toda marcha al objeto de asegurar la estabilidad de un sistema que tiene sus fundamentos en el productivismo a ultranza y, naturalmente, en la explotación del hombre por el hombre.

Es verdad que con el fin de controlar el fraude, el Estado dicta leyes y dispone de normas jurídicas que regulan la aplicación de las correspondientes sanciones, pero es harto sabido desde siempre que las acciones fraudulentas escapan muchas veces al control de los órganos competentes y, más aún si el defraudador es persona influyente dentro del aparato; administrativo; lo que nos lleva a la conclusión de que un control realmente eficaz sólo pueden ejercerlo los trabajadores desde sus respectivos puestos de trabajo en talleres, laboratorios y fábricas cuando lleguen a tomar conciencia de su deber profesional y no se resignen a ser meros instrumentos al servicio de intereses egoístas bien definidos que atentan a la salud de los ciudadanos y que pueden ir incluso contra la seguridad de su vida como en el caso todavía reciente del trágico y polémico síndrome tóxico atribuido al aceite de colza.

Debo aclarar que esta invocación a la responsabilidad de los trabajadores para poner coto al fraude no es inédita si recordamos que ya en los años veinte, la CNT, en aquellas comarcas o ciudades donde por el número y la conciencia solidaria de sus afiliados tenía un peso real, consiguió que algunos panaderos dejaran de adulterar las harinas, que fabricantes de chocolates, conservas, etc. no falsearan la composición de sus productos, que los vendedores de leche no aumentaran la cantidad de este alimento añadiéndole agua o algún otro ingrediente que pudiera dañar la salud de los lactantes y el estado de los enfermos. Y todo esto lo consiguieron no con procedimientos violentos como tantas veces y malintencionadamente se ha dicho, sino por medio de la acción directa, tras haber elaborado una conciencia moral y una voluntad responsable en el seno de la organización sindical, donde se cultivaba sobre todo la solidaridad como valor primero e insustituible para hacer frente a todos los embates del sistema dominante, jerarquizado y opresor.

En virtud de tales antecedentes y gracias a la experiencia autogestionaria que los trabajadores de la CNT habían ido adquiriendo al socaire de los quehaceres organizativos, eran inconcebibles las acciones fraudulentas dentro del sistema igualitario que los colectivistas aragoneses estructuraron rápidamente al estallar la guerra civil. Eran inconcebibles por dos razones muy sencillas: en primer lugar, porque habiendo sido transformada la economía de mercado en economía socializada, automáticamente la especulación desaparecía y Con ella los motivos fundamentales del fraude; y en segundo término porque siendo la asamblea el lugar donde se pone en juego la iniciativa y la participación responsable de la mayoría, el colectivismo creaba las condiciones que se precisan para impedir, o cortar a tiempo, los menores síntomas de infracción o de abuso.

Habiéndose generalizado el sentimiento de que todo era de todos y siendo conscientes, los trabajadores, de la responsabilidad profesional que a cada cual incumbía dentro de su ramo, pondrían gran esmero, como es lógico, en el acabado del producto de su competencia, y este mismo fenómeno se produciría de manera tanto o más relevante si cabe en la industria alimentaria, donde los productores, no olvidando que el menor descuido o negligencia de su parte podía poner en peligro la salud de los conciudadanos, realizaban su trabajo ateniéndose celosamente a las normas higiénicas más estrictas. No fueron necesarios cuerpos de control de calidad e inspectores ni otras formas de vigilancia exterior, al que se ven impelidos obligadamente los sistemas jerarquizados de dominación burocrática que vienen gobernando nuestra peonza terráquea desde siglos.

Que el fraude no se corrige por vía de decretos y sanciones es algo que todo el mundo comprende fácilmente cuando se percata del poderoso influjo corruptor que la ambición de poseer y dominar ha ejercido siempre sobre el individuo. Lo que no distingue con tanta claridad la mayoría de la gente es el enorme potencial humano que se malogra cada instante por falta de un medio propicio al desarrollo y expansión de todo lo bueno que el hombre, desde que se hizo hombre, lleva dentro. Sin embargo esas posibilidades humanas están ahí y nada me parece tan absurdo como negligirlas cuando se trata de dar solución satisfactoria a cualquiera de los problemas que a todos nos afectan. Así pues, en el caso que nos ocupa, la verdadera solución está en la mentalización de los trabajadores, quienes no podrán decir amén al hecho fraudulento cuando posean una conciencia profesional y estén en condiciones de asumir con valentía la parte de responsabilidad que en el hecho fraudulento les incumbe. Y tampoco aceptarán fabricar armamentos; porque habiendo comprendido que las armas no se hacen para guardarlas indefinidamente sino para matar a nuestros semejantes y que con ellas el poder de los opresores sobre el pueblo trabajador oprimido seguirá reforzándose, dirían no, de manera rotunda, si se vieran respaldados por la fuerza solidaria de un sindicalismo auténtico.

En todo caso, la prueba de qu