Capítulo 11

Valor educativo de la asamblea

 Hasta aquí hemos contemplado la asamblea como instrumento del que no pueden prescindir los hombres para llevar a cabo conjuntamente el ordenamiento de sus instituciones y el logro de una administración más justa sobre los bienes colectivos. Pero la asamblea lleva implícita además una función que podríamos calificar de educadora y que ha sido insuficientemente explorada hasta hoy pese al interés que la dinámica de grupo ha venido suscitando en los últimos 30 años y pese, asimismo, a las enseñanzas que podrían extraerse de todo el Movimiento Libertario y especialmente de la CNT en la que hincaba sus raíces la experiencia colectivizadora que nos ocupa.

Refiriéndonos concretamente al Movimiento Libertario español, a poco que el historiador se lo proponga, descubrirá en él un fenómeno realmente extraordinario, único hasta la fecha en la historia universal del sindicalismo obrero y muy poco conocido en el fondo por varias razones: por las circunstancias de frecuente clandestinidad en las que tuvo que desarrollarse desde sus primeros balbuceos, por la intoxicación policial de la que fue objeto tantas veces y por el desdén con que los intelectuales españoles en general han contemplado siempre al pueblo trabajador, ignorando o minimizando el alcance de sus realizaciones en el acerbo sociocultural.

Consiste ese hecho singular en el gran número de personalidades relevantes que surgieron de sus filas: pensadores, escritores, oradores, enciclopedistas, algunos con un bagaje cultural poco común y doblemente meritorio por haberlo adquirido en calidad de autodidactas y de trabajadores sujetos a un horario y a la dura represión de que fueron objeto con harta frecuencia por parte de la patronal y del Estado. Resulta asimismo impresionante la cantidad de revistas, folletos, periódicos y manifiestos que ha llegado a publicar este movimiento desde que inició su andadura a mediados del pasado siglo, sin contar las toneladas de papel impreso que representan la celebración de sus comicios si a las actas de sus congresos y conferencias añadimos las de los plenos en los diversos niveles -nacional, regional, comarcal y local de todas sus federaciones.

Como gran parte de esa documentación ha podido salvarse, el historiador que busque en ella podrá hacerse una idea aproximada de la magnitud que dicho movimiento llegó a alcanzar en España al socaire de su organización sindical. No obstante, quienes conocimos de cerca a muchos de sus militantes de los años que precedieron a nuestra última guerra, podemos captar realmente el mérito de aquellos trabajadores, hombres sencillos y humildes que al margen de las figuras más relevantes y prestigiosas del Movimiento Libertario, supieron grabar en él su impronta. Precisamente, era ese tipo de militante el que representaba la mayoría y constituyó, de acuerdo con la estructura federal de sus instituciones, la base de todo el edificio orgánico; al que insuflaría su proverbial dinamismo, no con ostentaciones de gloria y aplausos como hacen los líderes, sino actuando discretamente y aportando a la causa que defendían lo que era realmente positivo para hacerla avanzar: sentimientos solidarios, una conciencia ética, un sentido profundo de la libertad y capacidad crítica.

Eran estos valores los que cultivaban por encima de todo como premisa indispensable en una organización que descarta la autoridad y niega la obediencia a consignas y mandatos venidos de una minoría «capacitada» e «inteligente», y ello claro está, exigía de todos sus militantes seguridad en sí mismos para obedecer a los dictados de su conciencia y entrenamiento suficiente para aprender a elaborar los propios criterios.

¿De dónde venían, en definitiva, esos hombres y mujeres que no se dejaban manipular fácilmente y que hartos ya de pastores y falsos profetas, rechazaron la autoridad y optaron por la acción directa? Venían del mundo del trabajo. Por consiguiente, eran ciudadanos de a pie, siendo esto, a mi parecer, motivo suficiente de reflexión para quienes todo lo esperan siempre de las minorías que dirigen y gobiernan.

A este propósito no puedo menos que evocar la imagen de aquellos militantes cenetistas de Aragón, que son los que de más cerca he conocido por haber vivido con ellos los acontecimientos más álgidos de mi trayectoria libertaria. Personas normales y corrientes; pero dotadas de sensibilidad y de un acusado sentimiento de independencia.

Campesinos en su mayor parte, muchos habían aprendido a leer y escribir sin haber pisado en su vida la escuela. Excelentes conversadores en general, se expresaban con soltura, poniendo en gran aprieto alguna que otra vez a los notables del pueblo si se terciaba discutir con ellos sobre temas concretos de interés vecinal o regional. Algunos, dada su afición a la lectura que la CNT había logrado despertar en ellos a través de sus muchos y variados intercambios, llegaron a dominar el lenguaje escrito de tal forma, que pronto pasaron a ser colaboradores asiduos de los periódicos o revistas del movimiento.

Comparando ahora el nivel de conciencia social de aquellos trabajadores que aun careciendo de títulos académicos y de una cultura oficial, lograron adquirir un bagaje humanístico muy superior al que posee el ciudadano medio contemporáneo, es motivo para preguntarse qué ha pasado en tan pocos años y de dónde sacaban su energía los trabajadores de la CNT.

Responder a ese interrogante no es difícil cuando se ha hecho previamente una valoración de la libertad -en cuyas fuentes ha de beber el ser humano para alcanzar su pleno desarrollo- y de la importancia de la asamblea como instrumento que permite el ejercicio de esa libertad, dentro, naturalmente, de los límites que a cada individuo le vienen impuestos por el humano y obligado respeto a la libertad de los demás.

En base a mi experiencia personal y partiendo del valor determinante que tiene para el hombre la libertad, yo añadiría que a la formación del carácter independiente y abierto que caracterizó a la mayoría de aquellos trabajadores contribuyó en cierta medida el hecho de no haber sufrido durante su infancia los efectos represivos y la doma que la escuela viene, desde siglos, infligiendo a los chicos y haciendo de ellos seres condicionados a la obediencia, dependientes y pasivos por tanto, y prestos para aceptar sin resistencia más tarde el mandarinato de sus opresores.

Claro que esto por si sólo no pudo ser suficiente para que tan extraordinario fenómeno se produjera, ya que, en la Unión General de Trabajadores, esa ola de expansión creativa no tuvo lugar, pese a que buen número de sus afiliados tampoco habían sufrido los condicionamientos de la escuela. Es precisamente el contraste entre ambos movimientos sindicales lo que me ha inducido a reflexionar sobre el papel educador de la asamblea, de cuyos estímulos se beneficiaron siempre los hombres de la CNT gracias a unas estructuras abiertas a la participación responsable de todos sus miembros, en oposición a las fórmulas jerárquicas y burocráticas por las que se ha venido rigiendo la UGT desde que el grupo fundador se escindiera de la Primera Asociación Internacional de Trabajadores dando nacimiento a esa nueva corriente sindical marxista que por caminos tan equivocados pretende todavía emancipar a los trabajadores. Y digo equivocados porque el hombre se hace realmente hombre teniendo acceso al conocimiento de su identidad personal, de modo responsable, mediante la libre expresión de su pensamiento en condiciones de igualdad con sus semejantes y por la libre cooperación con ellos en las cosas que uno considera importantes para sí mismo y para los demás. Y es la asamblea la institución en la que puede llevar a cabo su experiencia si concurren en ella todas las condiciones para un auténtico funcionamiento colectivo, es decir: que favorezcan al máximo el nivel de participación, y esto lo mismo para tomar decisiones y compartir responsabilidades que para sumar energías en la realización del proyecto común.

Son múltiples y van concatenados los estímulos que provoca la asamblea y que dinamizando al individuo, activan el proceso de desarrollo de sus capacidades genuinamente humanas. Veamos: en principio, si es consciente de su responsabilidad ante el grupo y sus problemas, el individuo acude a la asamblea con ánimo de analizar, criticar y aportar iniciativas. Como a la vez experimenta una necesidad imperiosa de afirmarse y en función de esa necesidad busca la aprobación de los demás, esto suscitará en él otro deseo: el de enriquecer sus conocimientos para intervenir con mayor acierto en los debates y ser cada vez más útil a la asamblea. Y por el afán que siente de atraerse la simpatía de sus colaboradores, se esforzará en no discordar demasiado y en escuchar con respetuosa atención sus planteamientos al objeto de contrastarlos con los suyos propios y poder elaborar conjuntamente las resoluciones que más satisfagan a todos.

Es decir: que por ese mismo deseo de aprender, de coadyuvar y de ser lo más oportuno y convincente a la vez, habrá llegado a la necesidad de cultivar el lenguaje; y a medida que vaya perfeccionando este precioso instrumento y adquiriendo el dominio de la palabra, se sentirá más seguro de sí, experimentará mayor avidez por la lectura, aumentará su saber y habrá aprendido sobre la marcha a conocer y comprender mejor a los demás y, en definitiva, a ser más tolerante y respetuoso con todos.

Esa es la dinámica que hace que la asamblea no sea tan sólo el espacio donde se discute y se construye a tenor de la necesidad y de las posibilidades de cada momento, sino también la fragua en la que se van forjando las mujeres y los hombres a la luz de los planteamientos y resoluciones elaborados conjuntamente. Y es así como los afiliados de la CNT, al socaire de los debates que el proyecto sindical y los problemas cotidianos suscitaban en la asamblea, fueron estructurando una conciencia solidaria y un comportamiento crítico, de la misma manera que el colectivismo aragonés, haciendo de la asamblea el eje de todo el desenvolvimiento soeioeconómico, pondría en pie el instrumento que posibilitaba la forja de aquellos hombres en su proyecto de una sociedad nueva más igualitaria y justa.

Cuanto acabamos de decir puede parecer exagerado para quienes se rigen por el modelo de gestión que nos ofrece la democracia parlamentaria, en cuyas asambleas, si bien se discute, se elige y se vota, no hay lugar para una experiencia realmente participativa y el poder de decisión queda siempre en manos de unos pocos: de los elegidos por esa mayoría que se contenta con unas briznas de democracia porque aún pesan demasiado sobre ella esas representaciones de la autoridad y de la responsabilidad que nos vienen del derecho, de la familia tradicional, de la escuela, del ejército, de la gran empresa y que tan poco tienen que ver con ese otro proyecto de sociabilidad colectiva basado en la libertad y en la igualdad de oportunidades para todos los hombres.

Las colectividades, dignas herederas de la CNT por la estructura y dinámica de su modelo organizativo, fueron instituciones incuestionablemente representativas de la verdadera democracia, de esa democracia cuyos principios básicos VOLUNTARIADO, COOPERACIÓN E IGUALITARISMO estuvieron en la base de todo proyecto colectivo e infundieron a sus asambleas las inconfundibles características de una experiencia realmente autogestionaria.

 

Voluntariado

El testimonio de que la adhesión a la colectividad obedecía a un acto voluntario del individuo y de que éste era libre igualmente para darse la baja cuando lo deseara, nos ayudará a comprender el grado de identificación al que pudieron llegar los colectivistas; identificación que obedecía desde un principio a la aspiración, compartida por todos, de edificar una sociedad nueva y que iría en aumento a medida que el proyecto avanzaba con la participación responsable de quienes lo habían asumido de manera solidaria y consciente.

Que la vida de la colectividad era ordenada por la voluntad de sus miembros nos lo dicen las actas de sus asambleas, en las que pueden verse dos aspectos realmente significativos: la variedad de temas que abarcaba el orden del día en cada una de ellas y el alto grado de participación de sus miembros a la hora de discutir dichos temas y de adoptar las consabidas resoluciones.

 

Cooperación

Las colectividades, por principio opuestas a la autoridad, hicieron de la cooperación su método más querido; un método basado en la libertad y en la solidaridad y que responde, como en tantos casos ha podido demostrarse, a las condiciones sicológicas del ser humano y a sus necesidades más genuinas, dado que estimula la iniciativa, despierta interés y entusiasmo en el trabajo, incita a la responsabilidad y abre el camino hacia posiciones más avanzadas, humanamente hablando, en las relaciones del hombre con sus semejantes y con el medio eco lógico que lo envuelve.

El sentimiento cooperador, cuya fuerza le venía a la colectividad del libre consentimiento de sus hombres, llegó a penetrar de tal forma en las costumbres, que gracias a él, los conflictos de relación, si los hubo en algún momento, fueron de mínima importancia. Se vieron confirmados diáfanamente los efectos de la cooperación en muchos aspectos del desenvolvimiento social, pero sobre todo en tres ocasiones bien definidas: 1.° en el trabajo, cuyo rendimiento y la alegría que a lo largo de la jornada iban derramando los trabajadores de diferente sexo y edad pese al esfuerzo que aquel exigía en determinadas épocas del año, alcanzaron cotas insospechadas; 2.° en las numerosas muestras de solidaridad que nacían espontáneamente a tenor de las circunstancias y de las muchas vicisitudes de aquella inolvidable epopeya; y 3.° en la asamblea, donde gracias al impacto que la cooperación en todas las funciones y actividades de la colectividad iba dejando en el ánimo de sus miembros, la diversidad de los temas comprendidos en el orden del día sería fuente inagotable de criterios para la participación activa de todos los asistentes.

 

Igualitarismo

La igualdad, condición sine qua non de toda sociedad libertaria, fue otro de los grandes pilares que sostuvieron al colectivismo y cuyo asiento más sólido estaba en la posibilidad, para todos los colectivistas, de tomar parte activa en las decisiones de la asamblea; posibilidad de la que hicieron uso amplia y responsablemente tal como exigía de ellos lo buena marcha de los quehaceres colectivos. Eran conscientes, si no todos, sí una mayoría importante, de que la acción de un militante en la asamblea no debe limitarse a la emisión del voto para elegir al individuo o individuos que han de formar parte de la comisión, de alguna delegación o de un secretariado; pues, considerando que las discusiones son elementos básicos en el proceso de formación de las decisiones, sabían por experiencia que no hay verdadera participación ni igualdad posible, por tanto, si los individuos no intervienen de manera activa en el desarrollo de los debates y que abdicar de esa responsabilidad es tanto como dejar la puerta abierta para que el morbo burocrático se introduzca de nuevo a la primera ocasión.

Esos fueron los tres principios fundamentales por los que el colectivismo logró alcanzar la plena identificación de sus seguidores como primer paso de un sistema social donde la asamblea había de ser la columna vertebral de todo su desenvolvimiento. Ella fue, en efecto, el órgano que hizo posible no sólo la buena gestión del quehacer económico, sino la ordenación de la vida colectiva en otras muchas dimensiones: y esto sin que fueran necesarios aparatos ejecutivos ordenando desde arriba y planificando de manera arbitraria.

 

Función legislativa y función judicial. Algunos ejemplos

La función legislativa y la función judicial serían ejercidas asimismo, por la asamblea, pues teniendo en cuenta que las leyes han sido redactadas e impuestas por el poder ejecutivo de los Estados para defender y mantener instituciones de privilegio, y considerando por otra parte, que en virtud del proceso evolutivo de nuestras sociedades, los códigos envejecen pronto y que todo enjuiciamiento sobre el individuo en un momento dado debe hacerse tomando en consideración las múltiples circunstancias que determinaron su conducta delictiva, nuestras colectividades no aceptaron más poder ejecutivo que el de sus asambleas, ni otras leyes ni juicios que las decisiones adoptadas en ellas, bien por unanimidad o bien por opción mayoritaria cuando agotadas las discusiones se tenía que recurrir al procedimiento del voto.

Es decir: que tanto los reglamentos para definir ciertas normas de conducta, como la creación de instituciones inéditas para el cumplimiento de funciones nuevas cuando su necesidad se hacía sentir y el enjuiciamiento de las conductas delictivas si las había, ello -repito- y cuanto de algún modo afectaba a la vida colectiva, era ampliamente debatido en la asamblea y, finalmente, decidido por sus participantes mediante el procedimiento más indicado en cada momento.

He de añadir para ser más exacto, que si bien el poder judicial era ejercido por la asamblea, en ningún momento, que yo sepa, tuvo ésta que enfrentarse con hechos delictivos realmente graves; cosa que no debe extrañamos dadas las nuevas condiciones que determinaban en un sentido positivo el comportamiento de los individuos. Por eso, cuando alguien, al hablar de este tema, me sugiere que quizá entonces, al vernos enfrentados con una guerra y tener necesidad de estar más unidos que nunca, esto diera lugar a que los sentimientos cooperadores se manifestaran de forma muy acentuada como respuesta a una reacción natural de autodefensa, yo digo que aun admitiendo que dicha circunstancia bélica pudo haber servido de elemento aglutinador que hiciera menos conflictivas las relaciones entre nosotros, el agente de autocorrección verdaderamente importante fue, sin lugar a dudas, la asamblea, y esto por razones obvias: por el papel moderador que ejerce la opinión del grupo sobre la conducta de cada individuo y por el impacto que deja en la conciencia la responsabilidad solidariamente compartida; máxime cuando la participación se lleva a cabo en un contexto igualitario donde ninguna voz se pierde en el vacío y cada manifestación va cargada de autenticidad en virtud de que no caben la mentira ni el disimulo allí donde la mayoría asume con plenitud la responsabilidad del quehacer colectivo.

No quiero decir con ello que todo el mundo se comportó siempre de forma intachable; pero el instrumento ordenador y corrector estaba allí y en el momento que alguien quebrantaba la norma lesionando de algún modo los sentimientos e intereses del otro, la asamblea tomaba cartas en el asunto y todo entraba en el cauce normal rápidamente sin mediación de aparatos burocráticos ni represivos y sin procedimientos violentos de ningún género.

Para dar una idea de qué tipo de infracciones solían producirse y cómo eran tratados por la asamblea a fin de evitar que cundiera el mal ejemplo, léase a continuación el breve relato de tres hechos que me parecen bastante representativos de cuanto debió ocurrir aproximadamente en otras colectividades. Me reservaré, por razones que no escapan al lector, los nombres de las personas implicadas en los citados hechos y también el de los lugares donde éstos se produjeron.

 

Lo que sigue sucedió en un pueblo importante de la Ribera del Cinca, en el que una vez derrotado el fascismo y puesto en pie el Comité Revolucionario, éste, guiado por la mejor intención aunque no exento de dogmatismo, lanzó una orden prohibiendo el consumo del tabaco. Dicha orden cayó en la población como una bomba y por más explicaciones que se dieron sobre los daños que hace el tabaco y a propósito de los beneficios que todo el mundo iba a obtener de su prohibición, los fumadores no quisieron entender razones porque vieron en la actitud del comité un abuso de autoridad que no estaban dispuestos a tolerar. Hubo protestas, malestar general y ásperas polémicas. Al fin, el asunto fue tratado en una asamblea del pueblo, donde por voluntad de la mayoría quedó anulada la tan inoportuna como desafortunada disposición.

 

En otro pueblecito de la misma ribera, cuando movilizaron a los jóvenes para reforzar el frente, dado que eran ellos quienes hasta entonces habían asumido la función administrativa de la colectividad, ésta se quedó sin gente preparada para desempeñar dicha tarea; por lo que se pensó en buscar alguien del exterior que estuviese en condiciones de ocupar satisfactoriamente el puesto que dejaban vacante los jóvenes colectivistas. Con ese propósito, la colectividad se dirigió a su Federación Comarcal y ésta, con la diligencia que era habitual en cuestiones solidarias, les proporcionó un compañero que parecía muy bien dispuesto y suficientemente preparado para desempeñar con dignidad su papel de contable. Tanto es así que al principio dio pruebas de conocer su trabajo y de saber tratar correctamente a todo el mundo; pero no tardó mucho en creerse indispensable y en adoptar aire de suficiencia que no fueron bien vistos por algunos compañeros, hasta que se hizo sospechoso de haber cometido ciertas irregularidades, dando ello motivo a que en una asamblea se le hicieran las oportunas advertencias.

Pero habiendo constatado en días sucesivos que no hacía mucho caso de las amonestaciones, una comisión nombrada al efecto dio cuenta de ello a la Federación Comarcal y pocos días después, el hombre regresaba a la colectividad de origen para ser integrado nuevamente a las tareas del campo.

 

Lo que sigue ocurrió en la cooperativa de un municipio algo mayor que el que acabamos de citar y en la que una de las jóvenes vendedoras se había reservado un tejido con la intención de regalado a su cuñada para que ésta pudiera hacerse un bonito vestido. He de hacer notar que no se trataba de un robo desde el instante que pagó la tela a su justo precio; pero dada la escasez de artículos del vestir que reinaba en aquellos momentos, valerse de su ventajosa situación de vendedora para apropiarse de un género, representaba un abuso. Por consiguiente, si el hecho de adjudicarse un privilegio es algo que nadie puede ver con buenos ojos en este caso se hacía necesario el consiguiente correctivo so pena de dejar, sentado un mal precedente y con ello dar pábulo a la desconfianza y al descontento.

El caso fue denunciado, en presencia de la culpable como era de rigor, ante una asamblea, donde antes que nadie tomara la palabra, la joven impugnada se adelantó para confesar su falta y pedir que la sustituyeran por otra compañera más digna de confianza. Y al expresar su deseo de volver al trabajo del campo si seguían admitiéndola en la gran familia colectiva, los rumores, que al iniciarse la sesión irían salpicados de tintes un poco hostiles; se transformaron de repente en susurros de aprobación y de general relajamiento, y esto, con mayor vehemencia cuando el compañero que presidía la mesa hizo una llamada a la fraternidad y al buen sentido expresando su deseo de que hechos tan insignificantes como desagradables y perturbadores no volvieran a producirse.

 

Papel determinante e insoslayable de la participación

Aunque parezca inverosímil, en las colectividades todo se resolvía de manera funcional y sencilla gracias a la responsabilidad participativa que dinamizaba el interés de los colectivistas por resolver idóneamente los problemas que afectaban a todos; responsabilidad que era el producto, a su vez, de la total identificación de la mayoría con la transformación social que se estaba produciendo.

Por lo que, si bien es cierto que la asamblea constituye en sí misma una alternativa contra la inercia que se deriva del sistema burocrático, nuestras asambleas eran algo más desde el momento en que respondían a los imperativos de un proyecto libertario contrario a la estratificación de la sociedad en jerarquías de privilegio y de poder y, por consiguiente, diametralmente opuesto a los fundamentos mismos de la burocracia.

De ahí que para el referido proyecto revistieran especial importancia los siguientes requerimientos: la interacción permanente entre los diferentes sectores de la actividad social, el interés generalizado por resolver los problemas adecuadamente, la colaboración del mayor número de individuos en las tareas que implican un mayor grado de responsabilidad una participación intensa en las asambleas y la creación de mecanismos e instituciones susceptibles de cortar en su misma raíz todo posible rebrote de burocratismo.

Ateniéndonos a esos presupuestos, en nuestras asambleas se nombraban comisiones para dinamizar los diversos sectores de la actividad social -economía, industria, agricultura, cultura y educación, sanidad e higiene, etc.- dejando la puerta abierta para el nombramiento de otras nuevas a medida que un aumento de la complejidad social las hiciera aconsejables. Cada comisión constaba de varios individuos y estaba representada por uno de ellos en el secretariado general, cuya tarea más importante era la de coordinar los diferentes sectores de la vida colectiva. Va de suyo que estos nombramientos eran revocables en cualquier momento y tenían que ser renovados periódicamente.

Mas vayamos a las conclusiones que yo he podido sacar de esta experiencia:

En primer lugar, cuando se ha establecido un cierto rodaje para que el mayor número posible de individuos pueda intervenir de algún modo en el desempeño de una función, crece el interés general por hallar solución a los problemas colectivos y se pone de manifiesto el deseo de intervenir de una u otra forma para resolverlos; fenómeno que se detecta fácilmente: por el mayor índice de asistencia a las asambleas y por una participación intensa en las discusiones y resoluciones que se elaboran en ellas.

No obstante, el fenómeno contrario puede producirse si por una actitud de excesiva independencia, estas comisiones no saben vincularse; en cuyo caso, al estar desconectadas unas de otras y encerrada cada cual en su función específica, la tónica general se resiente de cierto grado de indiferencia y apatía. Para remediar eso, las colectividades, en especial las que eran más heterogéneas por su diversidad sectorial, nombraban tantas comisiones como hicieran falta, pero se establecieron normas para coordinar sus respectivas funciones, de las que cada comisión tendría que informar a la asamblea con la debida periodicidad y amplitud teniendo en cuenta que estar informados era condición principal e insoslayable para seguir manteniendo vivos en el ánimo de todos: el interés por la buena marcha de las colectividades o el deseo de contribuir generosamente al logro de ese objetivo. Esto además, facilitaba el papel catalizador de la asamblea: evitando el peligro de dispersión y sus posibles efectos negativos en los miembros de las comisiones; ya que, el riesgo es grande, cuando los individuos ejercen una función importante y lo hacen rehuyendo la cooperación, de irse impregnando de autosuficiencia y engreimiento con todo lo que estos sentimientos implican de corrosivo y nefasto para las buenas relaciones y la cohesión del grupo.

Por ese fenómeno de interacción asidua entre las múltiples funciones, los colectivistas eran cada vez más conscientes de que no puede haber libertad ni justicia sin la participación voluntaria y responsable de todos -o de una mayoría al menos- y de que, en esa perspectiva, tendríamos necesidad de muchos compañeros capaces de desenvolverse con éxito en todas las áreas del quehacer colectivo. Gracias a esa conciencia y a la agilidad que se iba adquiriendo en el transcurso de los análisis asamblearios, cada día era mayor el número de compañeros que se ponían en condiciones de asumir la tarea administrativa y otras muchas, con resultados satisfactorios. Este hecho tenía para nosotros una importancia capital, por considerar que es muy saludable para una sociedad que necesita instrumentalizarse contra el peligro de jerarquización burocrática, poder prescindir de aquellos individuos cuyo egocentrismo les hace caer en el orgullo de creerse indispensables.

Es verdad que para el tipo de actividades que entonces teníamos que desarrollar no necesitábamos grandes conocimientos por tratarse de la vida sencilla de los medios rurales y de una función económica que, si bien no se reducía exclusivamente a la agricultura, tampoco revestía la complejidad de los grandes centros industriales y urbanos de hoy, ni los servicios se hallaban tan expandidos como lo estarían más tarde a medida que el nivel de vida en los países industrializados iría en aumento, hasta alcanzar cotas más elevadas que las de entonces en algunas zonas agrícolas de nuestra geografía.

¿Quiere esto decir que en una sociedad tecnológicamente avanzada, la jerarquización burocrática reaparecería fatalmente como consecuencia de una mayor especialización por la que podría verse reducida la posibilidad de renovación de los cargos?

Ni la especialización, a la que nos hubiéramos visto abocados más pronto o más tarde por exigencias del progreso tecnológico, ni la complejidad social o el tamaño de las colectividades podían ser nunca factores de burocratización mientras el colectivismo supiese mantener en pie los valores que lo sustentaban, y en esa perspectiva, una de las medidas que no podíamos abandonar bajo pretexto alguno, sería la de renovar los cargos de manera regular y frecuente lo mismo que la CNT venía haciendo desde siempre para no quedar envuelta en las sutiles redes del burocratismo. Convencidos de que la posibilidad de practicar esa medida iba a depender en todo caso, no de la complejidad social o tecnológica sino del número de individuos capacitados para asumir las funciones que obligatoriamente irían quedando vacantes, muchos de nosotros vivíamos con la preocupación de poder disponer cuanto antes de esa reserva de «cuadros» que habría de permitirnos sustituir de sus funciones con la mayor holgura a los compañeros cesantes o cubrir otras nuevas cuando éstas fueran necesarias. Persiguiendo ese objetivo utilizamos cuantos medios nos fueron asequibles, aunque siempre -esto he de señalarlo porque me parece sumamente importante orientando nuestros esfuerzos hacia una formación no especializada de la que salieran individuos polivalentes aptos para desempeñar diferentes funciones, y proyectando ir cada vez más lejos en esa formación al objeto de aumentar el número de compañeros suficientemente preparados para desempeñar cargos de máxima responsabilidad o de realizar tareas especialmente difíciles.

Uno de los procedimientos de mayor contenido pedagógico fue el que utilizaron algunas colectividades. Consistía en procurar que dentro de las comisiones, parte de los miembros que las componían fueran escogidos entre los individuos poco experimentados. Así, de manera funcional y sin costes estructurales previos, los más profanos en la materia podían hacer un aprendizaje completo trabajando en colaboración con los que poseían cierta experiencia en el desempeño de aquellas funciones para las que habían sido elegidos.

Fueron de gran utilidad, asimismo, los grupos de estudio, en los que se analizaban temas diversos de interés sociológico y estaban abiertos a quienes desearan participar en ellos. Por otra parte, de igual manera que la Escuela de Militantes d Monzón había sido creada para la formación de los jóvenes en materia administrativa y sicopedagógica, se hubieran organizado en su día con carácter más generalizado cursos de formación para nuevas competencias a los diferentes niveles. La importancia de dicha formación es tal que sólo disponiendo de suficientes individuos aptos para tomar el relevo de la responsabilidad que entrañan algunas funciones, puede efectuarse a su tiempo la renovación de quienes ostentan cargos y evitar que comisiones, secretariados o comités puedan convertirse poco a poco en grupos de élites, cerrados y estables.

Pero lo más decisivo en contra de la estratificación social estriba en el hecho de conceder el mismo valor a todas las funciones, no otorgando privilegio alguno a ninguna de ellas. Entonces, el individuo que lleva algún tiempo desempeñando un cargo importante, al no obtener recompensa material de ningún género por ejercer su función, ni poder ostentar autoridad alguna dado que ésta reside en la asamblea, llega a experimentar cierto cansancio y hasta deseos de que lo sustituyan para poder dedicarse a otra actividad. Y ese fue, junto a la formación polivalente, el mejor antídoto que utilizarían las colectividades contra la jerarquización burocrática. En ellas, secretarios y tesoreros a todos los niveles y quienes desempeñaban otras funciones de orden administrativo u otro servicio recibían la misma remuneración que los trabajadores corrientes, sin que jamás se tuviera en cuenta para fines lucrativos el grado de responsabilidad que conlleva desempeñar cargos de gestión en cualquier sector de la vida colectiva. y esto era así porque en un contexto igualatario, donde toda veleidad por acumular poder y riqueza queda descartada implícitamente, el individuo se siente profundamente motivado por el deseo de ser útil a la colectividad sin esperar otra recompensa que el afecto de los compañeros y la constatación de su reconocimiento por el servicio prestado de manera espontánea y generosa.

En cuanto al índice de participación en la asamblea, si bien es proporcional a las actividades desarrolladas por la colectividad y esto depende del grado de identificación de los participantes con los valores sobre los que descansa su organización, el porcentaje de asistentes en la asamblea puede ser determinado en gran parte por el tamaño de la colectividad y por la frecuencia con la que los miembros acostumbran a reunirse. Dicho fenómeno, que coincide con las experiencias sobre dinámica de grupo realizadas hasta la fecha no es nuevo para muchos de quienes como yo practicaron durante largo tiempo la dinámica asamblearia en el seno de la CNT y más tarde en las colectividades; donde se pudo comprobar que cuanto más grande era la colectividad, como fue el caso en Monzón, Barbastro y Caspe, por ejemplo, la asistencia a las asambleas era, por términos medio, de Un 50 %, salvo cuando el orden del día abarcaba temas de especial interés y relevancia. Sin embargo, en pueblos más pequeños donde la colectividad no excedía de 200 familias, se detectaba mayor cohesión en sus relaciones y una asistencia a las asambleas proporcionalmente más numerosa, siendo menos vehemente y laboriosa pero más unánime la forma por la que se llegaba a la toma de decisiones.

Es fácil comprender esto si consideramos que en los pueblos pequeños, todos sus habitantes se conocen entre sí y cada uno puede reunirse con quien le plazca a cualquier hora del día y en cualquier lugar sin necesidad de ningún formalismo previo, dado que las distancias son cortas y la calle incluso puede servir de espacio adecuado para muchos de los encuentros, intencionados o fortuitos.

Gracias, pues, a esas condiciones por las que puede establecerse una comunicación auténtica y sin trabas, no es de extrañar que en los pueblos pequeños, los colectivistas se mostrasen más compenetrados recíprocamente y más solidarios, que sus asambleas estuvieran concurridas por casi la totalidad de sus miembros y que las decisiones se tomaran, generalmente, por aclamación unánime y sin la menor sombra de discrepancia.

Sobre esta particularidad, de la que ya entonces nos dábamos cuenta aunque sin percibir en toda su dimensión el contenido sociológico que encierra, he podido reflexionar con mayor conocimiento de causa años más tarde y llegar a la conclusión de cuán decisiva es la comunicación para que los individuos puedan llegar a interesarse realmente por el mundo que les rodea y emerja el deseo de incidir en él de manera directa y controlable para adaptarlo a sus necesidades humanas más genuinas.

 

Importancia de la comunicación

A tenor de lo que veníamos diciendo, he de señalar que o siempre es fácil incidir en lo que nos rodea de manera que el sujeto pueda sentirse en cada uno de sus actos dueño y artífice de su propio destino; ya que ello exige unas condiciones que están muy lejos de ser las que nos ofrecen actualmente esos grandes núcleos de población urbana en los que miles y millones de ciudadanos, en profundo desarraigo y privados de una comunicación auténtica, sufren la angustia de la soledad y del desamparo en medio de la muchedumbre. De ahí que pueda parecer descabellada la idea de pretender trasladar a esas grandes ciudades el esquema de sociedad que los colectivistas aragoneses lograron estructurar con tanto éxito por medio de sus asambleas.

Sin embargo, para quienes se afirman en la viabilidad de una democracia directa porque aman la libertad y confían en la capacidad de los trabajadores para conducir su propio destino sin mandar ni ser mandados, no representa un obstáculo insuperable el hecho de encontrarse ante un panorama tan complejo como es el de las grandes ciudades dada la diversidad de funciones que exigen a medida que el nivel de vida crece y se multiplican los servicios.

En nuestra proyección libertaria, la solución consistiría en agrupar la población de los barrios o distritos en tantas colectividades como se estimaran convenientes y que vinculadas entre sí por los órganos de coordinación que constituyen la trama del sistema federal, harían posible la participación, tanto en la vida de la colectividad como en sus asambleas, de todos aquellos ciudadanos comprometidos en la construcción de esa sociedad libertaría que puede convertirse en realidad cuando una mayoría consciente y decidida se lo proponga realmente.

Por de pronto es una sugerencia que brindamos a las generaciones futuras por si un día se les ofrece la coyuntura favorable para revivir una experiencia que me parece digna de tenerse en cuenta ahora que los pueblos se debaten por encontrar una solución duradera a la tremenda crisis que les agobia y que viene siendo una amenaza permanente' para la paz del mundo.

Pero si el tamaño de la colectividad es un factor a tener en cuenta con miras al óptimo desarrollo de la participación, otro tanto podría decirse respecto a la frecuencia de las asambleas; ya que, si éstas se celebran de tarde en tarde dando lugar a una discontinuidad en el seguimiento de los problemas colectivos, el interés de los colectivistas decae sensiblemente, con gran perjuicio para la cohesión de las relaciones y mengua notable de la participación en todos los ámbitos.

Claro que este problema no se plantea de la misma forma en todas partes, por lo que viene a cuento el testimonio de una compañera que estuvo viviendo durante varios meses en la colectividad de un pueblecito turolense cuya población no alcanzaba los 700 habitantes. «Allí -me decía- nos reuníamos en la casa comunal todas las noches, aunque sin las formalidades que son de rigor en una asamblea. Esta era convocada únicamente cuando había que dilucidar aspectos organizativos que afectaban al orden comarcal, regional o nacional y, en todo caso, cuando el tema era considerado de suficiente importancia para tener que levantar actas y dejar constancia del mismo; hecho que no se producía con demasiada frecuencia, aunque, no por ello se veían mermados en un ápice el interés y la responsabilidad de todos nosotros, gracias, no cabe duda, al medio altamente comunicativo en el que nos desenvolvíamos diariamente.»

Sin embargo, una cosa es la situación que acabamos de describir y otra la actitud de quienes algunas veces solían protestar contra la costumbre de reunirse a menudo, alegando que ello representaba una pérdida lamentable de energía y de tiempo. La verdad es que deberíamos estar prevenidos contra esa postura y otras muy parecidas que expresadas conscientemente unas veces, inconscientemente otras, llevan en sí elementos poco favorables al desarrollo de una auténtica democracia. Afortunadamente, esas posturas pueden ser contrarrestadas fácilmente cuando la mayoría ha tomado conciencia de la importante función que cumple la asamblea; porque entonces, al tener en cuenta que ésta nos brinda, por el contrario, tantas posibilidades -de dialogar sobre aquello que directa o indirectamente nos importa, de aprender a escuchar al otro, de resolver juntos los problemas que nos afectan a todos, de sentimos respaldados por otros compañeros que no conocemos y de otras muchas cosas, todas ellas positivas- nos vemos obligados a pensar que sólo pueden oponerse a la asiduidad de las asambleas quienes juzgándose superiores, alimentan sentimientos de prepotencia y aspiran a dominar.

Pero no termina ahí nuestro análisis; pues existe otro agente perturbador que suele manifestarse con demasiada frecuencia y que puede hacer mucho daño convirtiendo la asamblea en simple objeto de manipulación al servicio de intereses egoístas inconfesables. Me refiero al discurso, que, no obstante ser indispensable para intercambiar conceptos y opiniones, puede causar verdaderos estragos cuando por estar al servicio de intereses partidistas contrarios al bienestar general, trata de llevar confusión a la asamblea en vez de elementos válidos para desbrozar el camino del diálogo y establecer la verdadera comunicación.

En realidad, la palabra es el maravilloso y sutil instrumento que ha permitido al ser humano crear un mundo extraordinario de símbolos; pero no debemos olvidar nunca que tanto sirve para propagar la verdad, la amistad y la paz como para hacer que cunda el engaño, el odio y la guerra. Luego el discurso puede ser en ocasiones un arma muy peligrosa. Ahora bien, desde el instante en que somos conscientes de ello, en cierta medida estamos ya inmunizado s contra el verbo fácil, elegante y fluido, para no caer víctimas del hechizo que generalmente produce y que restando capacidad crítica a los individuos que lo escuchan embelesados, implica el riesgo de que la asamblea se decante hacia posturas intransigentes y equivocadas.

Los que llevamos a nuestras espaldas tantos años de militancia en la CNT hemos tenido ocasión de constatar con amargura el uso indiscreto que de sus dotes oratorias hicieron muchas veces algunos «picos de oro» más o menos proclives a la auto satisfacción narcisista que reclamaba su vanidad que interesados realmente en aportar a la asamblea información, conocimientos y soluciones idóneas. Tenemos buena experiencia pues, del magro servicio que prestan a la asamblea, tanto los charlatanes que discursean por discursear como los que abusan de su palabra fácil y brillante con el deliberado propósito de monopolizar la verdad y de hallar satisfacción a sus pretensiones hegemónicas.

Unos y otros, haciendo un uso desmesurado de la palabra, intimidan y desconciertan a quienes sólo entienden el lenguaje diáfano y sencillo del pueblo, consiguiendo que se agote el tiempo en discusiones bizantinas y mientras, que la gente, cansada por tantas horas de polémica estéril, abandone poco a poco la asamblea. De ese modo se llega a la votación final con unos resultados que no responden a la opinión de la mayoría, sino al deseo de unos pocos, como ocurrirá siempre que un sujeto, con fines bien premeditados se proponga manipular la asamblea y ésta se halle huérfana de una mayoría decidida y consciente capaz de impedir los abusos.

Esa es, en definitiva, la dinámica que puede producirse cuando no existe una organización bien estructurada y la mayoría carece de la experiencia necesaria para contrarrestar las acciones de los enemigos de la democracia directa, y esa ha sido desgraciadamente la dinámica que ha prevalecido en las recientes asambleas de la CNT, a las que hemos asistido con harto dolor e impotencia, si bien, no con demasiada sorpresa a decir verdad; ya que tras un análisis de la situación, veíamos la concurrencia de dos factores muy poco propicios: primero, las condiciones ambientales de confusionismo y de pescar en río revuelto en las que renacía esta veterana y temida organización tras un período larguísimo de vida subterránea, y segundo, el vacío que habían dejado en ella los miles y miles de magníficos militantes que le fueron arrebatados por la vorágine de la guerra primero y por la encarnizada y tenaz represión luego, a partir de la gran derrota.

En épocas anteriores, la CNT disponía de suficientes militantes experimentados para impedir que nadie pudiera vulnerar impunemente las normas establecidas en principio para que la asamblea funcionara sin coartadas de ninguna clase. Acostumbrados sus hombres a enfrentarse con la realidad y a buscar soluciones sin perderse en florilegios, no eran muy dados a la oratoria, y cuando alguien se extendía más de la cuenta en el uso de la palabra o ésta era tomada a destiempo, no faltaba nunca una voz que, medio en broma, medio en veras, le saliera al paso, con gesto conciliador -claro está- y esbozando una sonrisa como seña de amistad y entendimiento.

Dicho así, alguien puede pensar que estoy en contra de la palabra bella y del discurso elegante. Nada de eso. Estoy contra los abusos que de la palabra pueden hacerse cuando el individuo con dotes de orador no sabe ponerlas al servicio de la verdad y de la causa común; o cuando aun movido por buenas intenciones, el sujeto se hincha de autosuficiencia y vanidad y llega a tomarse por una figura importante e insustituible. Sin embargo, en ello tienen mucha culpa quienes cautivados por la palabra contribuyen con su aplauso a exaltar la egolatría del sujeto, concediendo a su verbo un valor desorbitado mientras se neglige su conducta; sin darse cuenta de que es ésta en realidad lo único que puede mostrar sin equívoco la calidad del individuo y las motivaciones de su discurso. Y de esa manera se ensalza la figura del líder con gran daño para la coordinación solidaria de la vida del grupo, ya que el líder, por encarnar la autoridad y ser un aspirante al predominio sobre los demás, representara siempre el mayor obstáculo para el normal desenvolvimiento de la democracia directa y, por consiguiente, de la asamblea.

 

Capítulo 12
Federación nacional de campesinos

A primeros de junio de 1937, el Comité Nacional de la CNT lanzaba la convocatoria de un Pleno Nacional de Regionales de Campesinos que debía celebrarse en Valencia el día 12 del mes en curso y que tendría como objeto principal la creación de la Federación Nacional de Campesinos. Dicha convocatoria a su vez daría lugar en Aragón a la celebración de un Pleno Regional de Colectividades en el que habría de decidirse nuestra asistencia a dicho Pleno Nacional y, en caso afirmativo, el nombramiento de los delegados que deberían representamos en tan importante comicio, siendo portadores al mismo tiempo de nuestros acuerdos y sugerencias.

¿Cuál iba a ser la reacción de los compañeros aragoneses en este Pleno Regional de Colectividades ante la necesidad de tomar una opción cuyas implicaciones políticas y sindicales eran percibidas más o menos claramente por quienes seguían con cierta inquietud el desarrollo del colectivismo en otras regiones españolas?

En general el ambiente del Pleno ofrecía un aspecto bastante optimista. Razones para ello no nos faltaban si consideramos que el colectivismo aragonés estaba en su apogeo, tanto por el número de colectividades ya funcionando y por la solidaridad que reinaba entre ellas a niveles locales y comarcales como por la actividad cultural y económica que llevaban a cabo de manera eficaz y entusiasta. Por otra parte la cosecha prometía ser buena, y aunque se manifestaba cierto recrudecimiento de los partidos políticos contra la colectivización, estábamos lejos aún de pensar en la amplitud y violencia que alcanzaría semanas más tarde.

Luego todo discurriría en el Pleno normalmente, es decir, sin grandes altos ni bajos, hasta que llegado el momento de abordar el punto del orden del día que hacía referencia a la Federación Nacional, la asamblea se puso en ebullición rápidamente, surgiendo los mismos recelos y temores que en el anterior Pleno del mes de febrero, del que ya hemos hablado en páginas anteriores y que había tenido por objeto organizar la Federación Regional de Colectividades. Empero, en el de junio hubo que multiplicar los razonamientos para convencer al Pleno de la necesidad urgente de federarse a nivel nacional. Muchos eran los motivos que nos empujaban a ello; pero sobre todos estaba la fidelidad al principio solidario, al que no podíamos faltar nunca sin negar nuestra propia esencia y caer en la contradicción más destructiva y absurda.

Sabíamos que la situación en Aragón, donde por el hecho de ser mayoritarios los colectivistas habíamos logrado desenvolvemos en un contexto igualitario de economía socializada, era muy distinta a la de otras regiones, donde por ser minoritarias las colectividades, éstas tenían que luchar contra los enemigos de fuera y de dentro; ya que dada su frecuente composición mixta CNT-UGT y las consabidas diferencias de opinión acerca del papel que tenían que jugar en la estructuración de la nueva organización económico-social, algunas veces el proyecto revolucionario no era tenido en cuenta, dando preferencia a unos objetivos económicos de tipo reformista que obedecían a consignas e intereses políticos de uno u otro partido.

Por ejemplo: estaba el caso de Cataluña, donde el compromiso del 19 de diciembre de 1936 entre CNT y UR (Unió de Rabassaires) no llegó a entrar en vigor porque estos últimos se negaron a firmar el pacto mientras no formase parte la UGT y ésta en el último momento decidió no aceptar la colectivización de las tierras; objetivo que continuaría siendo el principal motivo de enfrentamiento entre anarquistas, socialistas y comunistas y que tendría un desenlace violento, como ya todo el mundo sabe, tan pronto como los primeros, a finales de junio de 1937, dejaron de formar parte en el Gobierno.

Otro caso significativo era el que atravesaba la región levantina, donde el CLUEA (Consejo Levantino Unificado de la Exportación de Agrios) que había logrado asumir la exportación de naranjas de la región, tuvo que enfrentarse desde el principio a la hostilidad del Gobierno central, quien no le ofreció nunca garantía de créditos y que apoyaba más bien a las cooperativas de orientación comunista dependientes de la FPC (Federación Provincial Campesina) organización que se había visto engrosada rápidamente, ya desde finales de otoño de 1936, por haber ingresado en ella los campesinos pertenecientes ~ la clase media que procedían de la derecha regional valenciana.

El CLUEA pues, que aun siendo minoritario tenía en sus manos la mitad de la producción naranjera y con ayuda de la FERECALE (Federación Regional de Campesinos de Levante) pudo hacerse cargo del 70 % del comercio citrícola, no llegó a utilizar plenamente sus posibilidades económicas por tener que hacer frente a la enemiga de tantos adversarios políticos, aunque pudo mantenerse contra viento y marea mientras Largo Caballero (presidente) y Juan López (ministro de Comercio) -el primero representante del ala izquierda socialista, el segundo de los anarquistas- estuvieron en el Gobierno. Cuando ambos salieron en mayo de 1937, pudimos dar por terminada la experiencia del CLUEA, una de las más interesantes que el Movimiento Colectivista Levantino, con ayuda de la Federación Regional de Campesinos de Levante, pudo mantener en pie con gran éxito desde el mes de diciembre de 1936 hasta octubre poco más o menos del año 1937.

Teníamos presente asimismo la situación de los campesinos de Castilla, quienes siguiendo nuestro ejemplo, a principios de abril de 1937 habían fundado la Federación Regional de Campesinos del Centro con el propósito de coordinar inteligentemente el desenvolvimiento de las colectividades y fomentar la solidaridad intercomarcal y con la firme decisión de no seguir tolerando los abusos de los comunistas ni los de otras instancias gubernamentales más o menos oficiosas.

En fin, tras esas y otras muchas consideraciones que ponían de relieve tanto el aspecto defensivo con miras a la supervivencia, como la necesidad de articular en el plano nacional toda la economía agraria de las tierras ocupadas por los trabajadores afiliados a la CNT o por aquellos organismos mixtos CNT-UGT, se acordó unánimemente acudir al Pleno Nacional recientemente convocado y pasamos inmediatamente al nombramiento de los delegados que debían representarnos en el mismo.

Fueron propuestos varios nombres, de los que serían elegidos los siguientes compañeros: Polo, de la Comarcal de Albalate el Luchador; Floristán, de la Comarcal de Valderrobres, y el autor de estas líneas, de la Comarcal de Binéfar. Juntos emprendimos dos días más tarde nuestro viaje con destino a Valencia, y ya en la capital levantina nos dirigimos a la calle de Grabadores, en la que tenía su sede el Comité Nacional de la CNT, donde nos encontramos con los delegados de las otras regionales que estuvieron representadas en el Pleno Nacional.

Citaré de memoria lo que vaya recordando de aquel comicio, aunque no sin antes recomendar a quienes se hallen interesados por conocer sus pormenores, que consulten el libro de Walther L. Berneoker[1].

Yo recuerdo que representando a la región Centro estaba el compañero Criado; por Levante había 3, de los que uno era el compañero Almela; por Cataluña 2, entre ellos el compañero Portet y por Andalucía otros dos compañeros cuyos nombres he olvidado por completo.

Por el Comité Nacional estaba el compañero Cardona Rossell, de profesión ingeniero, quien presentó un mapa agroeconómico en el que figuraban las zonas republicanas del agro español, cada una con sus características agropecuarias y otras señalizaciones de interés que facilitarían a la futura Federación Nacional la racionalización de la producción de acuerdo con las posibilidades y necesidades de las distintas comarcas españolas.

Gracias a las informaciones que cada delegación iba dando de sus respectivas comarcas pudimos hacernos una idea más o menos exacta de nuestra situación a nivel nacional. En Castilla por ejemplo había en aquel momento unos 100.000 colectivistas admirablemente organizados en más de 100 colectividades, que habían conseguido: aumentar la extensión de los cultivos, mejorar la producción, fusionarse con varias cooperativas de consumo existentes en Madrid y en otras ciudades importantes y poner en marcha la caja de compensaciones para socorrer a las colectividades menos productivas. De todo ello nos hablaba el compañero Criado con sentida emoción, recordándonos los éxitos obtenidos en grandes colectividades como la de Miralcampo, fundada sobre un inmenso dominio procedente del conde de Romanones; la de Manzanares con 22.500 Ha. de cultivo y 2.500 Ha. de bosque; la de Alcázar de Cervantes, con 35.000 Ha.; pero no faltaba la nota sombría de los seguidores del Kremlin, cuya hostilidad más descarada y abierta a medida que iban apoderándose de los resortes del poder, era ya presagio de los duros enfrentamiento s que no tardaron en producirse, con destrucción de cosechas, muerte incluso de compañeros y el caos más sobrecogedor en todo el agro castellano-manchego.

No era más halagüeña la situación en Cataluña, donde la orientación anticolectivista de la UGT y de la UR y la campaña difamatoria del PSUC habían tomado nuevo impulso tras los sangrientos sucesos de mayo y donde la resistencia de la Generalitat contra las colectividades se hacía cada vez más patente por la lentitud burocrática que entraba en juego a la hora de tener que autorizar la creación de una colectividad o de conceder algún crédito.

Había colectividades agrarias de enorme prestigio, como las de Amposta y Hospitalet de Llobregat o las de Lérida y Tarragona entre otras; pero se encontraban en franca minoría ante la cantidad de adversarios que las asediaban sin tregua. Estaban, como es sabido, los pequeños propietarios y arrendatarios del agro catalán, carentes totalmente de información libertaria y más proclives por tanto al individualismo estrecho y egoísta que a la cooperación solidaria y que, sintiéndose apoyados de manera creciente por el Gobierno de la Generalitat de Cataluña y por el Ministerio de Agricultura, no dudaron en sumarse fervorosamente a la campaña contra las colectivizaciones, campaña acerba y desleal cuya raíz principal tendríamos que buscarla en otra parte. Uribe, ministro de Agricultura de filiación comunista, no lanzaba en vano la tan cacareada consigna «la tierra para quien la trabaja», consiguiendo como era de esperar, la adhesión de los pequeños y medianos propietarios. Tampoco le faltaron al ministro los resultados que esperaba de su famoso decreto del 7 de octubre de 1936 sobre la nacionalización de una parte de las expropiaciones rurales, con el que pretendía el control del Estado sobre todos los trabajadores del campo, pero en especial, sobre las colectividades, a las que redujo considerablemente las posibilidades legales de existencia con el propósito deliberado de frenar su desarrollo y evitar a toda costa su futura expansión.

En cuanto a Andalucía, dada la estructura latifundista de su agro y las ideas anarquistas ampliamente compartidas entre su campesinado desde que el anarquismo penetra en España a finales del pasado siglo, reunía todas las condiciones para llevar a cabo la colectivización de la tierra; lo que de hecho se inicia muy pronto y en un ambiente bastante parecido al que ofrecía el colectivismo en Aragón; si bien, desgraciadamente, la escasez de maquinaria y de animales así como la falta de hombres a causa de la movilización y del rápido avance de las tropas franquistas por aquel sector, dificultaba enormemente su desarrollo. Aun así, contaba ya en ese momento con más de 100 colectividades que agrupaban a unos 130.000 trabajadores y que irían expandiéndose como quedó demostrado a finales de 1938 en que su número ascendía aproximadamente a unas 300.

Los compañeros andaluces se lamentaban de la falta de medios económicos para poder superar la difícil situación, que era agravada considerablemente por la actitud del Instituto de Reforma Agraria, cuyos créditos, cuando éstos llegaban a concederse, eran condicionados a la hipoteca sobre las cosechas -la del aceite especialmente- lo que impedía a las colectividades vender o intercambiar sus productos por cuenta propia y las ataba de pies y manos frente al Estado, que era, en definitiva, quien decidía en dueño y señor y realizaba el gran negocio.

A medida que los compañeros de las otras regiones allí representadas iban informando al Pleno de sus respectivas peripecias, a nosotros se nos hacía más fácil comprender por qué el comunismo libertario pudo llevarse a la práctica en nuestra región mientras que en ninguna otra parte había sido posible pese a que en algunas regiones el número de colectividades era mayor así como la calidad de sus componentes, que hicieron que muchas de ellas, tanto en el campo como en la industria, fueran ejemplos vivos de eficacia administrativa y de capacidad solidaria.

En Levante por ejemplo, las colectividades agrarias eran alrededor de mil, que junto con las de la industria y los servicios reunían una población de casi millón y medio de individuos; pero ¿qué representaba esa cantidad frente a los tres millones y medio de habitantes que poco más o menos albergaba la región levantina?: apenas un 42 %. Algo parecido ocurría en Cataluña, Castilla, Andalucía y Extremadura, en cuyas regiones las colectividades eran en su mayoría paradigmas de solidaridad y daban pruebas de mucha valentía para superar los innumerables obstáculos que interferían su natural desenvolvimiento; pero siendo minoritarias, ¿qué otra cosa podían hacer ante una mayoría aplastante compuesta de gentes indiferentes y de otras, enemigas irreconciliables, sino plegarse a las exigencias de una economía de mercado que venía impuesta por todas las fuerzas políticas opuestas al colectivismo?

La situación en Aragón era muy distinta; porque, según ya dijimos al comienzo de este libro, 300.000 colectivistas entre 500.000 habitantes que poco más o menos había en el Aragón liberado nos dan una proporción del 60 al 65 %; porcentaje que nos colocaba en situación de ventajosa mayoría, y esto, pese a nuestra inferioridad numérica en términos absolutos con respecto a otras regiones, nos otorgaba peso suficiente para suprimir el libre mercado de la economía capitalista y convertir en realidad el comunismo libertario, basado en la solidaridad más estricta entre los hombres y en la igualdad de oportunidades para todos.

Poco importa que algunos autores atribuyan a nuestra colectivización porcentajes algo mayores o que las presentes cifras no sean todo lo fidedignas que debieran dado que son el resultado de un estudio realizado por los jóvenes de nuestra Escuela de Militantes y el recuento quedaba circunscrito a nuestra comarca y pueblos adyacentes. Y digo poco importa porque aún admitiendo que esos porcentajes no hubieran sido rebasados en ningún momento, ellos por sí solos ya hablan con sobrada elocuencia de estas dos cosas: de la existencia, en el pueblo aragonés, de cierta predisposición al colectivismo agrario por una parte y de la atracción que los postulados de la CNT venían ejerciendo sobre él desde hacía ya .tiempo gracias a la sencillez y honestidad de estos sindicalistas, como lo demuestra el hecho de que sólo 12.000 cenetistas consiguieron que 300.000 trabajadores aragoneses, pequeños propietarios en su mayoría, se sumaran con generosidad y entusiasmo a la obra colectivizadora. Esa fue la circunstancia que habiéndonos dado la mayoría sobre las restantes fuerzas políticas, nos permitiría abordar la revolución hasta sus últimas consecuencias.

No obstante, cuanto sucedía fuera de nuestro ámbito regional nos afectaba igualmente de manera muy directa. Por eso, ante el panorama económico y sociopolítico que el relato de las distintas delegaciones iba descubriendo a nuestros ojos, todos comprendimos unánimemente que la coordinación de las colectividades no debía terminar en la federación de las comarcas en torno a sus regionales respectivas, sino que había llegado el momento de ejercer la solidaridad al más amplio nivel por medio de un órgano nacional en el que estuvieran representados económica y sindicalmente todos los trabajadores del agro español afiliados a la CNT, para poder hacer frente a los ataques de que venían siendo objeto, cada vez con más violencia, todas las colectividades y, asimismo, para fomentar el desarrollo económico de manera racional y coordinada sirviéndonos de estadísticas bien elaboradas en las áreas de la producción, del consumo y de los intercambios con el exterior.

Como era de esperar pues, se llegó fácilmente a un entendimiento a propósito de la creación de una Federación Nacional de Campesinos que, basada en la autonomía de las regionales pero sin excluir la obligación de practicar el apoyo mutuo entre ellas, tendría por objeto principal la defensa del colectivismo contra los ataques de sus enemigos y la elaboración de un plan general de desarrollo agrario mediante la participación voluntaria y consciente de todas las colectividades y demás campesinos cenetistas; plan que abarcaría, entre otras tareas importantes: el reparto equitativo de los bienes de consumo, una distribución racional de los medios de producción -maquinaria agrícola, útiles de trabajo, abonos, insecticidas, conocimientos técnicos, etc.- comercialización de los excedentes, cooperación con los organismos económicos confederales, creación de cajas de compensación circunstanciales O permanentes, lucha contra el analfabetismo del campesinado español, etc. En síntesis: aumentar la capacidad productiva de nuestro suelo, mejorar la calidad de los cultivos y conseguir, en definitiva, la igualdad de oportunidades para todos los trabajadores de la Federación.

Aprobados los estatutos, de cuyo texto fueron ponentes un miembro del CN de la CNT y un delegado de cada una de las regionales representadas en el Pleno, se nombró secretario de la FNC al compañero Almela, de Valencia, dejando para el compañero Cardona y los compañeros de la Federación Regional Levantina la elección de los demás miembros del secretariado y dando fin al Pleno constitutivo de la Federación Nacional de Campesinos en un clima de cordial entendimiento Y con el ánimo de reencontrarnos sin demorar mucho tiempo al objeto de reforzar los lazos solidarios entre las distintas regiones y de ver ampliada la Federación por la fusión del colectivismo agrario con la Federación de las industrias alimentarias; fusión que pudo hacerse más tarde, en un Pleno de delegados de nuestras Regionales de Campesinos en fecha 20 de octubre del mismo año y que constituiría un primer paso hacia la proyectada articulación con otras federaciones de industria a medida que la CNT fuera agrupando y coordinando las colectividades de los diversos sectores de la producción y de los servicios.

Con esa esperanza emprendimos el viaje de regreso a Aragón los compañeros Polo, Floristán y yo; porque nos parecía que más de dos millones de colectivistas que reunía el colectivismo agrario en aquel momento, podían representar, si no un peso determinante en el proceso sociopolítico del país, dada la existencia de tantos intereses opuestos que frenaban el natural desarrollo de las colectividades, sí al menos, un movimiento capaz de interesar a otros muchos sectores de la población y de sentar las bases, para realizaciones más amplias y de auténtica solidaridad humana.

Nuestra esperanza no estaba desprovista de fundamento si nos atenemos al siguiente dato: en toda la zona republicana, el número de colectivistas, entre el sector terciario y el de la industria, ascendían en ese momento a casi dos millones y medio; siendo justificado motivo de aliento, asimismo, la corriente socializadora que se manifestaba 'por doquier con la celebración de plenos, a todos los niveles de nuestra organización, de cara a la realización de las Federaciones de Industria -superestructura sindical que, dicho sea de paso, ya había sido aprobada en el Congreso Confederal de 1931- y cuya validez para la nueva reconstrucción económica que estaban llevando a cabo los sindicatos era reconocida unánimemente.

Para muestra de esa voluntad socializadora bastaba recordar algunos de los comicios que, entre otros, se habían venido celebrando recientemente con anticipación al nuestro. Por ejemplo: el Pleno Nacional del 23 de febrero de ese mismo año, en Valencia y del que nacería la Federación Nacional de la Industria siderometalúrgica; o el Pleno Nacional de los sindicatos de la industria pesquera celebrado el 27 de febrero también en Valencia; así como el Pleno Nacional de la Federación de la Industria ferroviaria celebrado en Madrid a mediados de marzo, y muchos plenos regionales, entre ellos uno muy importante: el celebrado en Barcelona a finales de febrero y en cuyas resoluciones al dictamen de la ponencia sobre «Estructuración de las Federaciones de Industria» venían enumerados los sindicatos que, de acuerdo con el referido dictamen, debería agrupar cada una de las 12 federaciones ratificadas en dicho Pleno.

Crear estas federaciones y articularlas adecuadamente era dotar a los sindicatos de los órganos imprescindibles para planificar inteligentemente la producción de las colectividades y para efectuar un reparto equitativo de acuerdo con los más elementales principios de solidaridad y de justicia, y, a la vez, era tanto como sentar las bases para la futura organización de una economía nacional más racional y eficiente.

No podíamos ignorar, es cierto, la existencia de esa otra corriente impulsada por fuerzas políticas opuestas que, actuando de manera solapada al principio aunque de forma más descarada y abierta cada vez, venían frenando, cuando no impidiendo, la marcha de nuestras más caras realizaciones. Era imposible desconocerlas -digo- sobre todo después de la ofensiva iniciada el 3 de mayo en Barcelona, que potenciada por el gobierno Negrín, fiel cumplidor de las órdenes de Moscú, sería muy bien orquestada por los comunistas y secundada por las fuerzas reaccionarias que se tenían al acecho. La campaña iba dirigida contra todas las colectividades, pero con mayor saña si cabe y -eso lo mismo en Castilla, que en Aragón y Levante- contra las colectividades campesinas, por ser éstas sin duda, las que ponían al desnudo la inutilidad del burocratismo político.

Respecto a la violencia de que habían sido objeto algunas colectividades campesinas de Levante y, sobre todo, de Castilla, donde hubo destrucción de cosechas con pérdidas materiales enormes y asesinatos incluso de varios compañeros, se nos había informado convenientemente en el Pleno, por lo que no éramos totalmente desconocedores de la amenaza que gravitaba sobre ,nosotros y que se cumpliría, si bien con una brutalidad Y amplitud que estábamos lejos de imaginar, apenas dos meses más tarde; cuando Líster, al mando de sus fuerzas y por orden del gobierno Negrín, decide el ataque presuntamente definitivo a las colectividades aragonesas; lo que hicieron sin tener en cuenta las necesidades de la guerra y obedeciendo solamente a consignas extrañas. De ahí que aun a costa de debilitar al frente antifascista, no vacilaran en dirigir las armas del pueblo contra los hermanos de retaguardia: contra aquellos precisamente que llevaban a cabo con éxito la tarea colectivizadora -piedra angular de la sociedad igualitaria que se estaba gestando y, por lo mismo, fiel representación de una revolución auténtica: de esa revolución por la que se habían lanzado a la calle los trabajadores Y por la que estaban a la sazón en las trincheras derramando esperanzados su sangre generosa.

Y dado que en el próximo capítulo quisiera extenderme un poco en consideraciones a propósito de esos hechos cuyos promotores no lograron plenamente sus objetivos, daremos fin al tema de la federación nacional diciendo que el proyecto de su constitución se desarrollaría muy lentamente a partir de tan lamentables sucesos; ya que sólo en noviembre pudo celebrarse el Congreso donde quedaría constituida de manera formal y definitiva la Federación Nacional de trabajadores del campo. 


[1] Walther L. Berneoker, en su libro Colectividades y revolución social editado por Grijalbo, 1982 Barcelona, al pie de la página 129, dice: «Dado que como consecuencia de la marcha de la guerra muchas Confederaciones Regionales estaban ya disueltas, sólo pudieron tomar parte los representantes de Extremadura, Andalucía, Cataluña, Levante, Centro y Aragón. Acerca del transcurso de la asamblea, véase B d I (Boletín de Información) (26 junio 1937), pp. 3 y 6. Los estatutos de la Federación Nacional de Campesinos se encuentran en: B d I (28 junio 1937, pp. 3-6) y en S. O. (Solidaridad Obrera) (25 junio 1937, p. 4); ver también: Peirats, CNT, vol. II, pp. 229-234. Sobre la organización del secretariado nacional. Ver T y L (Tierra y libertad, 19 junio 1937...)».

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