Capítulo 13
Una vandálica operación sin precedentes

Aun cuando en los anexos 1 y 2 que se incluyen al final del libro se hallan fielmente reflejados los incalificable s ultrajes que el gobierno del llamado Frente Popular cometió con las colectividades aragonesas, una vez más quisiera añadir algunas consideraciones sobre el panorama político de aquel momento y las consecuencias que se derivaron de los referidos atropellos contra el colectivismo.

Conviene recordar en primer término que si bien el Partido Comunista, como ya se ha reiterado en páginas anteriores, opuso -desde muy temprano y utilizando cuantos medios lícitos o ilícitos se pusieron a su a1cance- una per"- tinaz resistencia a la tarea colectivizadora, no es menos cierto que otras fuerzas políticas lo secundaron perseverantemente como muy bien puede verse por la política del nuevo gabinete en el que, ya con Negrín a la cabeza tras haberse retirado del gobierno de la nación la CNT y Largo Caballero, seguirían estando representados todos los partidos del espectro político, entre ellos el ala derecha del Partido Socialista con Indalecio Prieto como ministro de Defensa. Así les fue extremadamente fácil lanzar el decreto del 10 de agosto de 1937 declarando disuelto el Consejo de Defensa de Aragón, lo que dejaba expedito el camino para someter nuestra región al centralismo burocrático del Estado y asestar el golpe definitivo a la estructura autogestionaria de sus colectividades.

En cuanto a la raíz inicial de este proceso son suficientemente ilustrativas las reiteradas manifestaciones del comunista V. Uribe desde el Ministerio de Agricultura, así como su decreto del 7 de octubre de 1936 del que se desprende la firme decisión de apoyar aquellas colectividades que se desenvolvieran bajo la dirección del Estado y de combatir, por todos los medios represivos de que éste dispone, a las colectividades que por iniciativa de los campesinos venían funcionando desde los primeros meses de la guerra y cuyas posibilidades legales quedaban reducidas a la mínima expresión con el referido decreto; decreto que formaba parte de un plan de nacionalización destinado principalmente -repito- a poner las colectividades bajo la férula del Estado y a impedir su posible expansión futura.

Por consiguiente, hemos de admitir que los hechos acaecidos en Aragón el 11 de agosto y días sucesivos fueron la culminación de un proyecto que venía fraguándose en las alturas desde hacía unos cuantos meses; pero ello, señor Líster, no exime de responsabilidad ni a usted, ni a sus hombres -quienes, dicho sea entre paréntesis, cumplieron tan «alta misión» con sobrada diligencia- ni a las otras fuerzas militares o personas civiles que con extraña puntualidad se sumaron a ella en el teatro de operaciones.

En nuestro análisis del proceso y a la vista de cómo se desarrollaron los hechos, inevitablemente, surge una pregunta: ¿qué es lo que había detrás de los mismos y cómo podían justificar sus autores tanta brutalidad y sevicia?

La pregunta no tiene fácil respuesta si partimos de que las colectividades no representaban una amenaza para los intereses legítimos de ningún antifascista sino más bien se desprendían de ellas ventajas sociales inequívocamente significativas. Por ejemplo: cada familia, o cada individuo, podía elegir libremente entre formar parte o no de una colectividad sin que ello fuera obstáculo para poder realizar normalmente sus intercambios de orden económico a través de la cooperativa, órgano que fue creado en casi todos los pueblos para satisfacer las necesidades de los vecinos, colectivistas o no colectivistas, en su calidad de productores y consumidores. En principio quedaba garantizada pues, esa libertad. Por otra parte, la producción agrícola había aumentado en un porcentaje muy importante gracias a los estímulos del trabajo colectivo y de la equidad en el reparto. En tercer lugar, la solidaridad se iba haciendo costumbre en virtud del ejemplo que ofrecían los colectivistas practicándola todos los días de forma natural y sencilla; sin estridencias ni actitudes demagógicas.

Luego en buena lógica, nada podían alegar los detractores de la colectivización que justificara su empeño en destruirla, y ello explica el que utilizaran metódicamente la provocación y la calumnia -prácticas muy socorridas para quienes se proponen eliminar de la vida pública al grupo contrario- y no repararan en medios para conseguirlo.

De muchos es conocido el lema «el fin justifica los medios» que los bolcheviques hicieron suyo por boca de Lenin y al que han permanecido fieles los comunistas españoles a juzgar por la actuación que llevaron a cabo en su propio país durante el período que nos ocupa. Esto y el hecho de que otros partidos más liberales se hubieran sumado al coro de injurias Y mentiras contra la colectivización no podía sorprender demasiado a quienes como nosotros fueron reacios siempre a la política de partido por lo que ella entraña de manipuleo y de intriga.

Sabiendo que los partidos políticos no tienen más perspectiva ni otra razón de ser que el acceso a las palancas del Estado con la falaz pretensión de otorgar seguridad y bienestar a los súbditos, no es difícil percibir el sentimiento de prepotencia que yace solapado tras ese inveterado gesto paternalista que utilizan los líderes políticos y el enorme peligro que dicho sentimiento entraña por estar abocado fatalmente al servicio de unas estructuras de dominación totalmente opuestas, como es de suponer, a la libertad y autodeterminación de los pueblos.

Partiendo de esa realidad pues, una respuesta adecuada al interrogante formulado más arriba sería la siguiente: los líderes que movían los hilos dentro de cada partido vieron en la nueva sociedad que los campesinos aragoneses estaban estructurando una real amenaza para el poder político sobre el que descansan las estructuras del Estado. Tuvieron miedo de que el ejemplo cundiera al darse cuenta las gentes de, que no es tan difícil como los de arriba pretenden, saber organizarse solidariamente para poder administrar los bienes materiales y culturales -patrimonio de todos los trabajadores- prescindiendo de estructuras burocráticas y de jerarquías dominantes, y de que se puede vivir mejor en una sociedad donde todos los ciudadanos se hallan en condiciones de igualdad para participar libre y responsablemente en cuanto les atañe, que no subyugados y discriminados como habían permanecido hasta entonces.

Parecida a esta respuesta es la que da nuestro querido y malogrado compañero Juan Peiró, exministro de Industria, en una de las manifestaciones públicas que junto a los restantes exministros confederales se hicieron ante el público valenciano tras haberse confirmado la formación del gabinete Negrín: «Yo he sospechado y todavía sospecho ahora, que lo que no interesaba era que los trabajadores, convertidos en gestores de las industrias, dieran algún día muestras de capacidad suficiente que les concediese títulos para mañana decir, a quienquiera que fuese, que para hacer marchar la industria, para levantar la economía de España, no eran necesarios los burgueses, no eran necesarios los capitalistas»[1].

La experiencia de los pueblos campesinos de Aragón venía a destruir asimismo el mito de los «individuos superiores e indispensables» que proclama el marxismo, y desbarataba los planes de Stalin cuyo afán imperialista se venía proyectando más acá de las fronteras del este. Por consiguiente, ni el bolchevismo internacional ni quienes movían las palancas del Kremlin iban a tolerar que unos desharrapados españoles mostraran al mundo la imagen viva de una revolución auténtica. Y como en la intención de aplastarnos coincidieron los gobiernos de las llamadas democracias occidentales, todos supieron lavarse las manos, no tan sólo ante los ataques bolcheviques efectuados contra los promotores del cambio constructivo que en España se estaba llevando a efecto de manera pacífica, sino que frente al acoso de que era objeto nuestro país por parte del fascismo italiano y del nazismo alemán coaligados con Franco, optaron en los primeros momentos por la famosa política de «no intervención», y poco después, por ayudar de manera activa al general rebelde levantado en armas contra el Gobierno -el de la República- que había sido elegido en sufragio universal por la soberanía de un pueblo.

 

En cuanto al brazo ejecutor de los hechos del 11 de agosto en Aragón -me estoy refiriendo al que era entonces teniente coronel del ejército del Frente Popular, Enrique Líster como réplica a cuanto ha venido diciendo en varias ocasiones a través de distintos medios de comunicación, quiero hacer unas aclaraciones para demostrar la falacia de sus argumentos cuando trata de justificar una operación que fue -y esto lo digo sin ambages- de corte netamente fascista.

En realidad no suele ser este señor demasiado explícito cuando los periodistas quieren entrar en detalles sobre la destacada participación que de forma tan directa tuvo su persona en el desarrollo de aquellos hechos. No obstante, en la interpretación que nos ha ofrecido de ellos en distintas ocasiones, siempre ha dado prueba de un cinismo al que no podemos permanecer indiferentes quienes sufrimos entonces su agresión en nuestras propias carnes; porque si es verdad que fue enviado a Aragón por el Gobierno, Líster hace acto de mala fe cuando aludiendo al Consejo de Defensa y a la colectivización, afirma que Aragón estaba podrido -frase que pone al descubierto su complicidad con la infamante campaña de la que fue precedida y acompañada la funesta operación- y cuando al hablar de su entrada triunfal en Aragón omite la relación de los actos vandálicos que cometieron él y sus hombres.

O sea: no habla de la larga e insidiosa campaña de calumnias que, orquestada por el Partido Comunista y secundada por otras fuerzas políticas de dudosa convicción antifascista, había ido ejerciendo sus efectos intoxicadores en los medios informativos de toda España desde hacía varios meses. Tampoco dice que la operación fue preparada unos días antes desde Barbastro, donde a principios de agosto se había reunido el llamado Frente Popular de Aragón, formado por comunistas, UGT y republicanos, con la resuelta fe -, intención de proponer al Gobierno de la República la designación de un gobernador general capaz de restablecer el «orden» y de imponer la autoridad, pretextando que la política del Consejo de Aragón era equivocada y opuesta a los intereses económicos de la región.

Los resultados de la maniobra -burdamente montada por cierto pero expeditiva como corresponde a todo golpe de fuerza- bien poco tardarían en dejarse sentir puesto que todo estaba planeado ya en las altas esferas. De tal modo que Indalecio Prieto, ministro de Defensa, cuya vieja rivalidad con Largo Caballero lo habían hecho ser más sensible a las proposiciones de los stalinistas, de acuerdo con éstos, el 10 de agosto firma el decreto de disolución del Consejo de Aragón. Por otro decreto de la misma fecha nombra gobernador general de la región aragonesa a José Ignacio Mantecón e, inmediatamente, envía a Caspe a la 11 División del ejército de maniobras al mando del teniente coronel Líster, cuya acción sería secundada por la 27 División, llamada de Carlos Marx, y por algunos batallones de la 30. Estas dos divisiones, ambas bajo e! control de jefes comunistas y que venían sembrando el terror desde hacía meses por los pueblos cercanos al frente, hostigando a los colectivistas y practicando robos en los almacenes de las cooperativas comunales, fueron excelentes colaboradores de la 11 División para dar rapidez y «eficacia» a la ocupación militar de toda la región aragonesa.

Tampoco ignora Líster que mientras él y sus hombres entraban en Caspe con ademán de conquistadores procediendo a la detención del presidente del Consejo y de los otros consejeros confederales y al tiempo que otras fuerzas de la 11 División hacían su entrada triunfal en AIcañiz -sede del Comité Regional de la CNT- procediendo igualmente a la ocupación de locales, detención de comités y asalto a las colectividades, la prensa comunista lanzaba al vuelo las mentiras más infamantes; como no ignora que tan pronto fue declarada la ocupación militar en Aragón se procedió en todos los pueblos de la región al asalto y clausura de los locales de la CNT, FAI y Juventudes Libertarias, ala disolución de los Consejos Municipales y a la destrucción de las colectividades.

Y ello de la manera más brutal que imaginarse pueda: asaltando a mano armada sus locales, violando correspondencia y archivos, usurpando máquinas de escribir y otros materiales de escritorio y hasta prendas personales, rompiendo muebles, llevándose detenidos a los miembros de los comités y algunos bajo la amenaza de ser fusilados, desvalijando los almacenes y hasta arrojando en la calle arroz, azúcar, aceite y otros artículos comestibles, dispersando el ganado, devolviendo a los terratenientes fascistas sus tierras y aperos, y un largo etcétera que necesitaría muchas páginas.

Y ningún pueblo de Aragón escapó a la barbarie; pues hasta en el rincón más apartado e insignificante, la colectividad hubo de sufrir el terror de la ocupación armada y el encarcelamiento de sus hombres más representativos. Y que Líster no se haga el inocente; porque, inclusive, se dio el caso de algún detenido que fue maltratado en su presencia, con la circunstancia agravante de que todas estas cosas ocurrían no lejos de los frentes en los que luchaban las divisiones confederales 25, 26 Y 28 contra el ejército franquista y que precisamente en aquel momento estaban tomando Belchite.

Remedando a la prensa comunista de aquel entonces, Líster trata de justificar su «gloriosa» hazaña invocando el hecho de que las colectividades no le habían opuesto resistencia. No quiere recordar que los hombres que hubieran podido oponerse a la fuerza de sus bayonetas estaban donde tenía que haber estado él por su calidad de militar antifascista: defendiendo nuestras trincheras.

Pero aquellos hombres -los de la 25, 26 y 28 Divisiones confederales- si bien estuvieron a punto de abandonar el frente para venir a defender lo que con tanto amor y convicción habían edificado sus compañeros de retaguardia, acatando los consejos de estos últimos que clamaban desesperadamente reflexión y prudencia, hicieron acopio de serenidad para lograr mantenerse en sus puestos; porque sabían que ceder a la provocación era tanto como dar libre paso al avance del enemigo y precipitar el desenlace de la guerra.

De no haber actuado en la forma que lo hicieron, ¿cómo les hubiera juzgado la historia?, o ¿cuál hubiera sido e! veredicto del pueblo, de ese pueblo que tenía puesta la última esperanza en la victoria y que se sentía invadido por la angustia ante la perspectiva de una posible derrota?

Con el mismo lenguaje que utilizaban entonces los voceros de su partido, el teniente coronel al mando de la 11 División se atribuye la gloria de haber liberado al pueblo aragonés de las violencias y coacciones infligidas por el régimen colectivista. En todo caso esta alusión corresponde perfectamente con su «heroico» gesto de haber devuelto a los grandes propietarios sus tierras confiscadas, sus caballerías, sus aperos y sus cosechas, obedeciendo a la política agraria del señor Uribe cuya ambigüedad al dar una de cal y otra de arena, según las circunstancias, respondía a un proyecto bien definido: acabar con las colectividades. De ahí que la estrategia de ese momento consistiera en ensalzar las virtudes de la propiedad privada al objeto de engrosar las filas de los adeptos a su política aprovechando la postura vacilante de algunos indecisos y el descontento de los fascistas cuyas tierras les habían sido confiscadas.

Yo le preguntaría al señor Líster cómo explica el hecho de que pese a los avatares que sufrieron, las colectividades volvieran a reconstruirse; pues «con todo y pese a su brutalidad -cuenta Daniel Guerin- en general el stalinismo no consiguió obligar a los campesinos aragoneses a adoptar el régimen de propiedad privada. Tan pronto como se retiró la División Líster, rompieron la mayor parte de las actas de propiedad que les habían hecho firmar a punta de pistola y no tardaron en reconstruir las colectividades»[2].

Afortunadamente, no para todo el mundo ha pasado desapercibido este hecho extraordinario a propósito del cual añade Guerin: «Como bien expresa G. Munis, fue uno de los episodios ejemplares de la Revolución Española. Los campesinos reafirmaron sus convicciones socialistas a pesar del terror gubernamental y del boicot económico a que estaban sometidas».

Yo mismo fui testigo en Monzón de la actitud enérgica de muchos colectivistas para exigir del Gobierno una restañación por los daños materiales y agravios infligidos a las colectividades y una vuelta a la legalidad sin más demora. Esto ocurrió en una reunión improvisada al socaire de los acontecimientos. En dicha reunión, que tuvo fugar sin demasiadas formalidades en la gran sala de nuestra «Escuela de Militantes», nos encontrábamos los compañeros del pueblo de Monzón junto con los compañeros venidos de varios pueblos de la comarca que tras haber sido detenidos los responsables de los comités, habían procedido rápidamente a la constitución de otros nuevos. Estos compañeros venían con el decidido propósito de analizar conjuntamente la situación y proponer soluciones al gravísimo problema que la invasión comunista nos había planteado.

Aún recuerdo, no sin emoción, cómo en lo fundamental, que era el serio propósito de reconstruir las colectividades, coincidimos todos. No estaban tan claras, sin embargo, las acciones a realizar para hacer efectiva la reivindicación de ese derecho. A nivel local algunos pueblos se habían mostrado partidarios de ir a la huelga indefinida en todos los sectores: agricultura, ganadería, talleres, etc. Al fin, en espera de noticias concretas sobre la suerte del Comité Regional de la CNT, de cuyas peripecias habla el informe anexo, y considerando que algo habíamos de hacer de inmediato, decidimos dirigir una carta al Gobierno, planteándole, en nombre de los pueblos de la comarca allí representados, la siguiente disyuntiva: legalidad para las colectividades o de lo contrario sus hombres se negaban a seguir trabajando las tierras.

En esa misma línea actuaron, de forma espontánea como nosotros, algunos pueblos de otras comarcales sin que mediara entre ellas ningún acuerdo previo.

Gracias a esa acción de protesta, a la presión de las divisiones confederales que amenazaban con bajar del frente si no se liberaba a los presos y se daba libre curso a las colectividades y a la actitud enérgica del Comité Nacional de la CNT en su entrevista con el gobernador general de Aragón, se obtuvo de éste la promesa de liberar a los presos y de tomar medidas de seguridad en favor de las colectividades, al mismo tiempo que la autorización para celebrar un Pleno Regional de Sindicatos. Dicho pleno, que tuvo lugar en Caspe del 6 al 11 de septiembre, en el que se aprobó una moción dirigida al gobierno y el dictamen elaborado a partir de una ponencia sobre reorganización y control de las colectividades, unido a una parte no desdeñable de la opinión del país condenando los actos vandálicos de las divisiones comunistas en retaguardia, tuvo como resultado un cambio de actitud por parte del Gobierno sobre el tema del colectivismo.

A propósito del giro efectuado por los comunistas y del que son una prueba fehaciente los cambios de lenguaje que contemplamos en su prensa y en su tribuna, los siguientes ejemplos son muy representativos de la postura adoptada por el Partido, ante aquellas circunstancias, en materia de política agrícola. Por ejemplo, en el Boletín Interior (impreso) del Comité Provincial del PC, agosto de 1937, hay un párrafo que dice: «Los comunistas como nosotros no pueden negar su esencia revolucionaria y, en consecuencia, tenemos que prestar hoy la mayor atención a la organización colectiva del trabajo como primer paso hacia la creación de una España libre y fuerte»[3].

Chomsky por otra parte, señala que «también José Silva, comunista, secretario general del Instituto de la Reforma Agraria, admitiría más tarde que la arbitraria disolución y, destrucción incluso, de colectividades prósperas voluntariamente constituidas, introdujo el caos en el campo»[4].

¿Arrepentimiento o estrategia política? Esa es la pregunta que el tan inesperado cambio nos sugiere y cuya respuesta, para quienes hayan experimentado dolorosamente los impactos de la política oscilatoria de los comunistas -dando como decíamos antes, una de cal ahora, otra de arena luego y viceversa- la respuesta, repito, no es dudosa. Coincide nuestra opinión con la de Daniel Guerin cuando, al hacer el elogio del voluntarismo inquebrantable de los colectivistas aragoneses, señala que «el restablecimiento de las colectividades de Aragón tuvo además otro motivo menos heroico: demasiado tarde, el Partido Comunista se percató de que había infligido un serio golpe a la economía rural al menoscabar sus fuerzas vivas; comprobó que había puesto en peligro las cosechas por falta de brazos, desmoralizando a los combatientes del frente de Aragón y reforzando peligrosamente la clase media de propietarios de la tierra. Por eso, trató de reparar los estragos que él mismo había causado y resucitar una parte de las colectividades»[5].

Ello empero, las condiciones reinantes no eran muy halagüeñas para emprender su reestructuración, ya que a las restricciones y zancadilleos de que seguirían siendo objeto las colectividades por parte de los organismos dependientes del Ministerio de la Agricultura había que añadir otros muchos factores poco favorables: por un lado las pérdidas materiales ocasionadas por la rapiña y vandalismo de los expoliadores, y por otro el cuadro desolador que éstos habían dejado, Es decir: teniendo en cuenta que los colectivistas más comprometidos sindicalmente habían huido hacia el frente para buscar refugio entre las divisiones confederales, y que los menos convencidos y más vacilantes se habían marchado -recuperando sus tierras claro está- unos por la honda huella que había dejado en ellos la barbarie sufrida, otros por la desesperanza y el miedo a la derrota que empezaba a sentirse, los efectivos habían quedado reducidos notablemente, tanto en lo que hace referencia a la extensión y a la calidad de las tierras como a los dispositivos mecánicos y humanos para el trabajo.

Pero nada de todo eso fue obstáculo para los que habían comprendido e interiorizado en lo más profundo el valor incomparable de la solidaridad, cuyos vínculos a partir de ese instante se verían notablemente reforzados entre los que quedaron; porque no en vano habían logrado juntos vencer innumerables dificultades con el convencimiento de que estaban en el verdadero camino y de que no debían abandonado sin defenderlo dignamente hasta las últimas consecuencias.

Sin embargo, ha sido dicho y escrito repetidamente por personas mal documentadas, que tras haber pasado Líster por tierras de Aragón, las colectividades desaparecieron; versión que no responde a la veracidad de lo sucedido y a la que yo doy mi mentís más rotundo con la fuerza que me concede el haber sido uno entre los muchos colectivistas que permanecieron en la brecha hasta el último momento. Como responsable de la «Escuela de Militantes» que había sido creada para servir al colectivismo y cuyos alumnos procedían de distintas colectividades de todas las comarcas, al frente de la misma permanecí con ellos hasta poco antes de que las fuerzas franquistas avanzaran por la zona republicana de Aragón; hasta el punto de que cuando quisimos salir nos enteramos de que éstas habían irrumpido ya en un cruce de la carretera muy cerca de donde estábamos y tuvimos que desviar nuestra marcha atravesando campos o siguiendo caminos pedregosos vecinales.

Es verdad, eso sí, que el ambiente confiado y alegre que reinaba en las colectividades antes del desgraciado acontecimiento, se tornó sombrío y triste, y esto, como ya se ha dicho, por dos causas fundamentales: por los efectos de los ultrajes recibidos y porque las noticias que llegaban de los frentes iban siendo motivos de justificada inquietud. Aunque también es cierto, que al haberse marchado de las colectividades las personas menos sólidas, menos identificadas, o más pusilánimes y quedar las que realmente estaban convencidas y se habían entregado a ellas con verdadero entusiasmo, los vínculos a todos los niveles de la organización fueron luego más solidarios si cabe que nunca.

Nadie ni nada, empero, podía evitar el fantasma de la derrota que pesaba cada vez más en el ánimo de todos nosotros, como era lógico, dadas las pésimas condiciones en las que venían desarrollándose las cosas desde hacía tantos meses: luchas intestinas por un lado entre las diferentes fuerzas antifascistas, desmoralización progresiva en los frentes ante los crímenes cometidos por el Ejército Rojo en la persona de muchos combatientes de filiación libertaria y otras anomalías desconcertantes por parte del mismo en lo que se refiere a operaciones militares, la Quinta Columna que se aprovechaba del río revuelto en pro de su causa y el divorcio con el exterior a causa del abandono en que se tenía a la España republicana, todo hacía vaticinar que no estaba muy lejos el trágico desenlace.

Pero el campesinado aragonés -y esto es lo que merece ser puesto de relieve- había encontrado su pulso en la proyección liberadora de la que estaba siendo artífice y, por consiguiente, haciendo suya la frase de Machado «lo que el pueblo no haga queda sin hacer», quiso seguir adelante y demostrar al mundo que el pueblo trabajador tiene capacidad suficiente para hacer posible «lo imposible» cuando goza de libertad y oportunidad para ello. Y eso es lo que hizo.

Desgraciadamente perdimos la guerra y aquello que de su obra había quedado tras el asalto comunista, con la victoria de los rebeldes fascistas sería barrido totalmente por las jerarquías dominantes de turno, las que, no satisfechas con ver destruidas las colectividades, segarían criminalmente la vida de sus mejores animadores y guardarían en la cárcel durante muchos años a otros tantos de los que quedaron cogidos en la ratonera por no haber podido salir a tiempo con sus hermanos de ruta a otras tierras más seguras y hospitalarias que la nuestra en aquellos aciagos momentos.

 

Capítulo 14
Hacia la utopía
«Estaríamos aún en la Prehistoria si no se hubieran levantado aquí y allá, si no hubieran sido numerosos los insatisfechos y los iluminados que van tendiendo las manos hacia lo inaccesible con el intento de dejar atrás lo que es, de escrutar la noche que les oprime.
Son sus audacias las que marcan las lentas etapas del progreso...»
FREINET

 Como ha podido constatar el lector en las páginas de este libro, por una vez, la realización de lo «imposible» se hizo posible gracias a un puñado de hombres cuya confianza en el ser humano -en el que existen posibilidades inmensas cuando se desenvuelve en un clima de libertad y de cooperación solidaria- pudo más que todos los estereotipos de un sistema que induce a la pasividad de los individuos favoreciendo el mantenimiento de los valores tradicionales y la perpetuación de la rutina.

Siempre se nos había dicho, de manera repetida y en todos los tonos, que éramos unos utópicos; arguyendo en pro de ese calificativo que como proyecto político el comunismo libertario era impracticable dadas las imperfecciones del ser humano y la complejidad de una sociedad cuyos desajustes, vista la rapidez con que se producen, exigen estructuras de control cada vez más estrictas por parte del Estado, y de ahí que una sociedad libertaría sólo podía existir en la mente de gentes bien intencionadas pero ilusas y carentes de sentido práctico.

Esa ha sido hasta hoy y sigue siendo todavía la visión de quienes aferrados a sus privilegios, cierran los ojos de manera insensata a la insostenible realidad que nos circunda y hacen todo cuanto está en sus manos para que nada cambie realmente de esta sociedad desquiciada y caótica en la que nos desenvolvemos agobiados por mil problemas cuya solución desborda el marco estructural de los esquemas tradicionales y nos coloca en la fatal disyuntiva de cambiar o desaparecer.

El mismo Jaspers, cuya confianza en el hombre nos llega siempre como una ventana abierta a la esperanza, no se anda con ambigüedades cuando dice: «O bien el hombre se elevará por la libertad hasta devenir él mismo y continuará creciendo o bien habrá alienado su derecho a vivir»[6], o cuando evoca, en otra página de su libro, estas palabras de Albert Einstein en el mensaje dirigido a los sabios italianos el año 1950: «La potencia del átomo lo ha cambiado todo a excepción de nuestra manera de pensar. Nos es necesaria una forma de pensar esencialmente nueva si queremos que la humanidad sobreviva», palabras que ponen de relieve la necesidad urgente de que el hombre se haga hombre para poder conducirse como tal o de lo contrario estará condenado a perecer destruyéndose a sí mismo.

En presencia de esa disyuntiva cuyo trágico realismo no escapa a la percepción de ningún ciudadano del orbe, seguir considerando utópico un proyecto de sociedad en la que el mundo del trabajo -manual, intelectual, tecnológico, científico- tenga acceso a todos los niveles de decisión sobre el quehacer colectivo, significa no haber comprendido nada del hombre, es dudar de su capacidad para conducir las riendas de su destino en cooperación con los demás hombres y es cerrar la puerta a la única salida que se le ofrece para dominar las fuerzas temibles que él mismo ha desencadenado y que escapan a su voluntad de control en virtud de unas instituciones en las que técnicos y científicos, por su condición de siervos del Estado o de la empresa que les paga, utilizan sus conocimientos y sus técnicas sin tener conciencia de los fines a los que van destinados y sin experimentar la menor preocupación sobre el valor o la legitimidad de dichos fines o sobre los efectos dañinos que puedan tener para el conjunto de la sociedad humana.

Tras estas consideraciones y si se entiende por utopía la concepción imaginaria de un gobierno o proyecto social cuya aplicación nos parece irrealizable, ya casi se puede afirmar que la utopía más utópica de nuestro siglo -valga la redundancia- es la de pensar que podemos salvarnos de los horrores de una guerra nuclear rigiéndonos por un sistema que ha conducido la humanidad a la desenfrenada carrera de armamentos, a la diseminación de armas nucleares por el planeta, a las disputas territoriales, a las luchas entre países por adueñarse de los mercados, a las rivalidades imperialistas, al hambre del Tercer Mundo, a la miseria intelectual de amplios sectores de nuestras sociedades de abundancia, a las injusticias Y violencias que presenciamos en ellas diariamente y a la amenaza de exterminio total que pesa sobre nosotros en la medida que se hace más pronunciado el desequilibrio entre el poder tecnológico y la conciencia ética del hombre.

A la vista de ese desequilibrio y del peligro que él representa, me parecería la cosa más incongruente que en seres inteligentes pueda darse, renunciar a la utopía. Esto sería aceptar como un fatalismo la realidad que nos abruma y negar la libertad del hombre, esa libertad que es característica fundamental de la condición humana y que le permite, gracias a la imaginación creadora, trascender el marco de lo conocido y proyectarse hacia límites insospechados. De ahí que ningún mortal, por avisado y competente que nos parezca, se halle autorizado para discernir o determinar los límites de lo posible.

Frente, pues, a la dinámica destructiva que prevalece en nuestra sociedad y a la amenaza que la grandiosa aventura tecnocientífica de nuestro siglo representa para el hombre en virtud de unas estructuras y de unas relaciones que no han superado todavía el estatuto de los primates; frente a un capitalismo del que los mismos capitalistas comienzan a dudar al contemplar su incapacidad para resolver los grandes problemas que el propio sistema viene generando, y frente al totalitarismo aberrante engendrado por el marxismo, todos los que de alguna manera venimos identificándonos con la necesidad de cambios estructurales profundos deberíamos realizar ese gran esfuerzo interior que consiste en superar condicionamientos y ataduras partidistas en un intento de acción generosa y resuelta para hallar cauces de viabilidad a las innumerables posibilidades que se nos ofrecen desde ahora y que han de ir situándonos, sin prisas pero sin pausas, en el camino de la utopía.

Antes, con objeto de aquilatar lo que dicho compromiso implica, tenemos que valorar dos cualidades fundamentales que distinguen al hombre auténtico y que deberían estar presentes en cada uno de nuestros pensamientos y de nuestros actos para ser consecuentes con nosotros mismos en la trayectoria de superación personal -y también social- que nos hayamos propuesto. Me refiero a estos dos valores insoslayables: la libertad y la solidaridad.

En relación con el primero no puedo por menos que recordar a Georges Gurvitch, cuando dice: «No existe posible ni imposible en sí, sino únicamente en función de un cuadro social, de una estructura, de una situación; ahora bien, la libertad humana, en sus grados más elevados, se revela perfectamente capaz, en principio al menos, de crear posibilidades y de destruir lo imposible modificando e invirtiendo situaciones, engendrando nuevas coyunturas, edificando nuevas estructuras parciales y globales, creando nuevos cuadros de referencia así como nuevos fenómenos totales y, por eso mismo, provocando la aparición de nuevas contingencias»[7].

Como puede suponerse no se trata aquí de esa libertad tan traída y llevada por doquier y en cuyo nombre se vienen cometiendo tantas y tantas acciones liberticidas; ya que son legión en el mundo los ciudadanos que ensalzan la libertad en sus tertulias o la invocan solemnemente ante cualquier evento mientras su conducta en nada corresponde a los imperativos de una ética libertaria. Así, se llenan la boca de libertad: padres que someten a sus hijos, empresarios que explotan a sus trabajadores, líderes de partidos políticos que dictan consignas, maestros que imponen la disciplina en la escuela y la ingurgitación de conocimientos ante la pasividad y el aburrimiento de sus alumnos, gobernantes que condicionan la libertad de expresión cuando no la reprimen con métodos violentos, y cada día, por uno u otro de los diversos medios de comunicación lanzan proclamas a la libertad quienes de alguna manera la escarnecen con su conducta intransigente ya sea en el ámbito familiar, en el profesional o en sus relaciones con los amigos.

La libertad humana es algo más complejo. Difícil comprenderla y describirla si no se ha vivido y experimentado; ya que nace de las profundidades del ser tendido hacia el perfeccionamiento de su Yo y de las construcciones exteriores, y, por consiguiente, en nada se parece a la «libertad de indiferencia» de la que nos habla Descartes ni a las innumerables libertades que se nos otorgan por decreto. Se la reconoce por nuestra actitud de consideración hacia el Otro y por nuestra apertura hacia el futuro incorporando a la cultura humana cuanto seamos capaces de inventar, en el dominio del arte y de la ciencia y en el área sociológica, para hacer más placentera la vida del hombre y para el logro de una convivencia más concertada y pacífica. Es, por decirlo en pocas palabras, «una propiedad, una cualidad primordial, irreductible, de la existencia humana», y representa «la victoria del hombre sobre sus propios determinismos»[8].

Pero todo lo que es humano en nosotros -escribe Bakunin- «y más que otra cosa la libertad, es el producto de un trabajo social, colectivo. Estar libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado por los teólogos y los metafísicos». A los ojos de Bakunin la libertad de cada uno se confunde con la libertad de todos. «No soy verdaderamente libre -decía- sino en la medida en que todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres». Y como el camino más seguro para llegar a la libertad es la solidaridad entre los hombres, «antes que la libertad -afirmaba- está la solidaridad; pero estas dos leyes se compenetran y, siendo inseparables, constituyen la esencia de la humanidad. De modo que la libertad no es la negación de la solidaridad; por el contrario, es un desarrollo y constituye, por así decirlo, la humanización»[9].

Desgraciadamente para todos, hoy se habla mucho de solidaridad y muy pocos creen en ella. La invocan los gobiernos, los dueños de las empresas, los jefes de los partidos políticos, los líderes sindicales y otros jerarcas, pero en vano; porque no puede haber solidaridad entre quienes mueven las palancas del Estado y los que han de obedecerle, entre el que es dueño de los medios de producción y quienes han de vender su fuerza de trabajo para poder comer, entre los burócratas que representan altos cargos y los que ocupan puestos inferiores en la escala jerárquica, entre los elegidos y aquellos que fracasan a lo largo de ese interminable torneo que ocupa hoy toda la escena acaparando la atención de los ciudadanos, grandes y chicos, y que ha sido expresamente montado para promocionar al más fuerte, al más guapo, al más «inteligente», y esto entre comillas porque los que triunfan suelen distinguirse menos por su inteligencia que por su agresividad y ambición de predominio.

Por falta de entrenamiento en la conducta solidaria, ya no existe solidaridad ni entre los mismos explotados y oprimidos. La rivalidad ha invadido todos los campos como consecuencia de esa dinámica competitiva -cruel, devastadora, antisocial, fuente de violencia- en la que todo sistema burocrático tiene que apoyarse a fin de obtener el tipo de individuos que necesita para seguir manteniendo sus estructuras -viejas de muchos siglos- y, por ende, asegurar el predominio de las jerarquías dominantes.

Aunque lo más nefasto, por lo que encierra de destructivo y disociador para la personalidad del niño y en consecuencia para sus relaciones futuras, ha sido la entronización de esa funesta rivalidad en la escuela a partir ya de los inicios de la primaria y sin tener en cuenta lo que con ello se malogra de potencial humano, pese a cuanto se ha venido demostrando repetidamente desde mediados de siglo en el área educativa.

Hoy se sabe que por la libre cooperación en la escuela, los niños, no sólo asimilan mayor número de conocimientos y éstos quedan grabados en su memoria de forma indeleble, sino que de manera funcional y espontánea aprenden a abstenerse de rivalizar y de competir, a considerarse iguales, a conocerse y respetarse recíprocamente, a ejercitar su iniciativa y a practicar el apoyo mutuo dentro y fuera del recinto escolar; habiéndose llegado a la conclusión de que el deseo profundamente sentido de ayudarse entre ellos como fruto de la cooperación y de la libre iniciativa, borra todas las diferencias y convierte a los niños en seres creativos, curiosos, solidarios, responsables, confiados y alegres.

A la vista de ese prometedor balance, ¿es demasiado pedir que los hombres y mujeres que me lean tomen conciencia de las posibilidades humanas que se malogran por no disponer de un lugar en el que se respeten las diferencias y donde los niños puedan crecer y aprender juntos en un clima de amor y de alegría?

¿Qué es lo que se deduce de cuanto venimos diciendo a propósito de los valores fundamentales del hombre? Que la solidaridad, lo mismo que la libertad, no se imponen ni se otorgan desde fuera, sino que emanan del propio individuo y necesitan para su eclosión y desarrollo un medio adecuado y unas determinadas condiciones. De ahí que mientras permanezcan en pie unas estructuras que impiden a millones de seres humanos el acceso a la cultura y al desarrollo de su persona llegando al extremo de que muchos de ellos no puedan ni comer, seguir invocando libertad y solidaridad constituye un acto de pura demagogia cuando no de huera retórica, producto, en ambos casos, de la inconsecuencia que se detecta a diario en la conducta de muchos ciudadanos.

Esa misma crítica podría hacerse con respecto a la paz, que está siendo proclamada fervorosamente por las multitudes mientras nada o muy poco se hace para transformar las condiciones sociales que son generadoras de guerra. Y la proclaman a su vez los mismos jefes de los Estados, que se llenan la boca con palabras de paz mientras los presupuestos para la defensa aumentan vertiginosamente y la carrera de armamentos prosigue a toda marcha.

Incuestionablemente, el panorama social que por doquier se observa es bastante caótico en todas partes, e imposible proponer soluciones fáciles y rápidas para salir de la difícil encrucijada en la que nos encontramos. Es verdad, sin embargo, que así como en épocas anteriores eran minorías los ciudadanos y los grupos que criticaban el statu qua, hoy la crítica viene de muy diversos sectores y está en la calle; la de las nuevas generaciones especialmente, cuya condena va siendo más áspera y rigurosa a medida que las posibilidades de acceso al empleo van siendo menores y, por consiguiente, mayores las dificultades que para su integración social van encontrando los jóvenes. Entre ellos son muchos los que condenan el sistema de explotación capitalista así como el régimen parlamentario de la seudodemocracia que lo sustenta, y no pocos los que rechazan de cuajo el llamado «socialismo real» de los países del este.

No soy yo la persona más indicada ni éste el momento oportuno para hacer el análisis de lo que ha supuesto para la humanidad la aplicación del marxismo en su forma más intolerante y violenta. Me limitaré pues, a señalar que los jóvenes que hace algunos años se embarcaban en esa nave sin previa reflexión, hoy contemplan horrorizados el totalitarismo al que dicha nave ha conducido; si bien -y esto es lo triste- con grandes pérdidas de ilusión y de esperanza, cosa que no debe extrañarnos; ya que tienen clara conciencia de lo que no quieren -rechazan el poder venga de quien venga- pero no saben aún muy bien qué es lo que quieren y cómo conseguido. Faltos de información adecuada y condicionados por esas mismas estructuras que dicen combatir, es lógico que tengan dificultades para comprender que es posible una alternativa de sociedad en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición sine qua non para el libre desarrollo de todos.

Reconocer esa posibilidad y estar en condiciones de asumir plenamente la libertad que ella implica exigiría: en principio, poseer una información si no demasiado exhaustiva sí lo suficientemente explícita a propósito del hombre. Por ejemplo: quién es biológica y culturalmente ese ser extraordinario que se ha mostrado capaz de realizar, tanto las mejores como las peores hazañas; de dónde procede y cuán fabulosas son las posibilidades que encierra su cerebro gracias a esa zona frontal «imaginante» de la que Henri Laborit -biólogo de enorme prestigio- nos informa ampliamente, en la que Jaspers -aunque por otro conducto- ha llegado a poner sus esperanzas, y en la que yo personalmente, sigo también esperanzado a condición de que aprendamos a desarrollarla convenientemente, para bien de todos y sin demasiado tardar si queremos llegar a tiempo.

Dicha información nos llevaría al estudio de otros fenómenos sociales, pudiendo llegar a partir de ellos a conclusiones como las siguientes:

l. Que las desigualdades económicas y la estratificación de la sociedad en clases superiores e inferiores, en dominantes y dominados arranca de nuestros mecanismos mentales, que han sido estructurados con arreglo al esquema jerárquico de los mamíferos cuyo código seguimos imitando cuando persistimos en ser más que el otro y en dominar para poder gozar de un estatuto de privilegio a expensas de los demás.

2. Que las revoluciones violentas no hacen evolucionar las sociedades; porque desde el instante en que el Estado no desaparece, el poder pasa de manos de unas minorías a otras -llámense de la aristocracia, de la burguesía o del proletariado- y todo continúa igualo peor que antes.

3. Que la guerra no es inevitable como algunos creen.

4. Que la agresividad del ser humano no es innata.

5. Que al nacer, ningún individuo es superior ni inferior a otro. Somos diferentes y en el respeto a las diferencias está la verdadera libertad y la auténtica cultura -rica y diversa como rico y diverso es el potencial humano.

6. Que sólo la verdadera educación puede situarnos en el cauce de los sustanciosos cambios que hemos de ir realizando para adaptar nuestras estructuras mentales a las exigencias de cooperación solidaria que reclama la vida social y para estructurar la sociedad de acuerdo con las necesidades intrínsecas de la persona humana.

Pero al decir educación no me refiero únicamente a la función de la escuela sino al papel importante que pueden jugar otras instituciones en la tarea de informar a los ciudadanos para sacarlos de la apatía en que viven y propiciar el desarrollo de sí mismos yendo a la búsqueda de nuevas formas de pensar y de vivir. Pienso en los favorables efectos que podrían tener sobre el comportamiento colectivo los medios de comunicación -radio, televisión, prensa- si alguien incidiera en ellos de tal modo que se decidiera la puesta en circulación de una información generalizada capaz de suscitar la curiosidad de miles y millones de ciudadanos por todo cuanto afecta a la cultura humana, comprendidos aquellos temas de interés sicológico susceptibles de ayudarnos en el conocimiento de nosotros mismos y otros, de interés sociológico, capaces de orientamos hacia la toma de posiciones inteligentes de cara al futuro; temas que entre otros muchos podrían ser éstos: función del sindicalismo obrero autogestionario, desarrollo del cooperativismo económico y de la cooperación en general, dinámica autogestionaria dentro de los grupos, estudios realizados sobre la agresividad humana, etc., y en lugar preferente -puesto que sin educación no hay hombre y sin hombres no hay instituciones que puedan funcionar bien-el tema sobre la necesidad insoslayable de transformar la escuela cuartel que padecemos en hogar donde los jóvenes puedan expansionarse sin inhibiciones ni miedos y desarrollarse plenamente a partir de la libertad responsablemente asumida y de la cooperación solidaria con sus iguales.

El proyecto de renovación de la escuela ya existe por parte de algunos grupos. La tarea, que no es fácil pero sí irrenunciable, la han iniciado un número apreciable de maestros y profesores de diversos niveles que se reúnen cada año al objeto de intercambiar experiencias y contrastar opiniones sobre posibilidades a corto y a largo plazo y que tienen establecido un intercambio permanente a través de sus correspondientes boletines y revistas.

En principio, estos grupos coinciden todos al hacer la crítica de una escuela que ignora: las necesidades e intereses de los niños, su situación social y afectiva, sus diferencias individuales, su ritmo de crecimiento y maduración, etc., etc.; si bien, unos maestros adoptan posturas menos radicales proponiendo la utilización de pequeños remedios a la manera de edulcorantes como se utilizan en farmacia para endulzar la píldora, otros en cambio, con una visión más clara de que ello es incompatible con la verdadera educación, proponen que hay que acabar con métodos, programas, exámenes, evaluaciones, libros de texto y en fin, con todo cuanto les viene impuesto a los niños y a los jóvenes de forma autoritaria desde el exterior y que mata en ciernes su curiosidad y su frescura.

Como es de suponer, este planteamiento tropieza a veces con el escepticismo o la indiferencia de algunos padres y maestros o con la hostilidad de otros; pero aun reconociendo que no siempre es fácil ir contra el egoísmo, la ignorancia, las angustias incontroladas y los prejuicios de los adultos, resulta esperanzador el hecho de que cada vez es mayor el número de enseñantes, padres de alumnos y otras gentes interesadas por el tema, que desean contribuir de algún modo a la gran tarea, difícil pero apasionante y realizable, de reconstruir la escuela y convertir ese lugar en el que los niños viven gran parte de las horas del día, en un mundo autogestionado, modelo insustituible de esa sociedad a la que aspiran los hombres.

Aparte de cuanto significa para el porvenir de la humanidad la escuela autogestionada que vengo esbozando, sería de gran trascendencia asimismo, poder introducir la autogestión en otros muchos espacios: en la familia, en el sindicato, en la sociedad de vecinos, en el municipio -como está ocurriendo estos días en Marinaleda, provincia de Sevilla[10] - y en todas las instituciones o grupos que los hombres quieran darse para alcanzar unos objetivos. De esta manera, sin darnos cuenta, haríamos obra revolucionaria; porque participando directamente en cuanto a todos y a cada uno interesa, el individuo contribuye a la edificación de una sociedad nueva y, a la vez, se construye a sí mismo al socaire del diálogo con los Otros y del contraste entre las diversas opiniones.

Resta decir que ya no se puede ignorar bajo pretexto alguno, que la obra constructiva llevada a cabo durante la guerra española entre 1936 y 1939 por las colectividades del campo y de la industria -ver anexo 4- y de una forma más completa por los campesinos aragoneses dadas las circunstancias que ya se especifican en anteriores páginas, echa por los suelos todos los argumentos sobre la supuesta incapacidad de los trabajadores para gestionar sus empresas así como para desarrollar y coordinar las innumerables actividades que conlleva la vida social para dar satisfacción a todas las necesidades del ser humano.

Esa es la lección que un pueblo desgarrado por una guerra que él nunca quiso, brinda como ejemplo a las nuevas generaciones de España y del mundo.


[1] Citado por José Peirats en el tomo II pág. 203 de su obra ya citada.
[2] Daniel Guerin en Tusquets Editor, Las colectividades campesinas 1936-1939, Barcelona, 1988, p. 49.
[3] Cita de Frank Mintz en L'Autogestion dans I'Espagne Révolutionnaire, Ed. Maspero, París, 1976, p. 171.
[4] Cita Wa1ther L. Berneker en Colectividades y revolución social, Grupo Editor Grijalbo, Barcelona, 1982, p. 150.
[5] Del libro de Tusquets Editor, ya citado, p. 49.
[6] Jaspers en La bombe atomique et l'avenir de l'homme, escrito en 1958, publicado en francés por Ed. Buchet Chastel-París, 1963.
[7] G. Gurvitch en Déterminismes sociaux el liberté humaine, Ed. PUF, París, 1963. 
[8] Georges Gurvitch, en obra ya citada.
[9] Bakunin, citado por James JolI en Los anarquistas, Ed. GriJa bo, Barcelona, 1968.
[10] Ver anexo 3.

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