La clase trabajadora española celebró la proclamación de la República como una victoria política. Como ocurría siempre después de un periodo de represión, la CNT se restableció de inmediato; su peculiar forma de organización le permitía invernar y resurgir de repente con renovadas fuerzas. Pero el régimen republicano no debía su existencia a un movimiento revolucionario, sino a un relevo incruento e indiferente. Comenzó a girar el tiovivo de los partidos liberales y burgueses, de las crisis gubernamentales y las reelecciones. El fiel de la balanza lo constituían los partidos «de centro» (es decir la pequeña burguesía, numérica y económicamente débil), que gobernaban por lo general con el consentimiento tácito aunque pasivo de la socialdemocracia. En otras palabras: la base social de la República era irrisoriamente débil; su fuerza política la extraía del hecho de que el consorcio de intereses de la derecha y el movimiento obrero se bloqueaban mutuamente. La capacidad de maniobra del nuevo gobierno era proporcionalmente limitada. No se podía pensar en reformas estructurales. El problema agrícola quedó sin resolver. La ley de la reforma agraria fue saboteada. Aparte de algunos comienzos de separación de la Iglesia y el Estado, sólo se registró un paso positivo durante el primer año de la República: la aprobación de un estatuto autónomo para Cataluña.
Los problemas de los obreros y los campesinos no fueron atendidos. El movimiento anarquista, su principal potencia organizada, boicoteaba al parlamento. Las masas defraudadas se echaron otra vez a la calle. Huelgas, sediciones campesinas, huelgas de hambre y guerrillas urbanas: el gobierno utilizó para hacer frente a la acción directa de la clase trabajadora los mismos medios que habían utilizado sus predecesores, es decir, la policía, la Guardia Civil, y, en caso de necesidad, el ejército. El estado de sitio se volvió habitual.
En el tercer año de la República se planteó de nuevo el dilema español. Como consecuencia de la abstención electoral anarquista, el poder gubernamental cayó fácilmente y por vías legales en manos de la reacción: una nueva coalición electoral de la derecha, la CEDA, ingresó en el parlamento. El gobierno de Gil Robles se puso a revocar enseguida las pocas conquistas de la República. Comenzó el bienio negro 1933-1935. El objetivo estratégico de la derecha era naturalmente el aniquilamiento del movimiento obrero. Pero Gil Robles no era un fascista. Mientras que Hitler con su contrarrevolución cambió la sociedad alemana hasta volverla irreconocible, mientras que los monopolios alemanes modernizaron sin miramientos la estructura económica del país, mientras que el Reich alemán se preparaba para la ofensiva con el fin de alcanzar el dominio mundial, la derecha española sólo se interesaba en restaurar un pasado que era anacrónico desde hacía tiempo. El único movimiento de que parecía capaz era el paso del cangrejo. Pero tampoco éste podía emprenderse sin violencia.
Los socialdemócratas españoles se encontraron en una situación de vida o muerte. Su vieja política colaboracionista había fracasado; persistir en ella habría sido rayano en el suicidio. La presión de las bases sobre la cumbre del partido reformista aumentó. En estas circunstancias el jefe de la socialdemocracia, Largo Caballero, resolvió cambiar de táctica. Rompió su coalición con los partidos republicanos de la burguesía liberal, y preparó a sus partidarios para la resistencia armada. De pronto aparecieron consignas leninistas en la UGT, el sindicato dirigido por los socialdemócratas. En octubre de 1934 estalló en Asturias, un baluarte de la UGT, una rebelión que eclipsó totalmente las operaciones armadas de los anarquistas. Esta «revolución de octubre» asturiana ha caído injustamente en el olvido. Desde los días de la Comuna de París no se había visto nada parecido en Europa occidental. «¡Uníos, hermanos proletarios!» Bajo este lema se levantaron provincias enteras en el norte de España. Se formaron de inmediato consejos de obreros; la dirección en Madrid perdió el control del movimiento; viejas rivalidades fueron barridas de la noche a la mañana; en Asturias se unieron socialdemócratas, anarquistas y comunistas en la lucha contra las tropas gubernamentales.
La tragedia de la revolución asturiana fue quedar aislada desde el principio, limitada a una región periférica, incomunicada con el resto del país. En Madrid la rebelión fue sofocada en su origen. En Barcelona, los obreros de Asturias tuvieron un aliado muy débil: la Esquerra Catalana, dirigida por Lluís Companys, cuyo único objetivo era defender su estatuto de autonomía. Los anarquistas de Cataluña y Andalucía no se movieron. Demasiado los había calumniado y presionado Largo Caballero; demasiado había acosado la socialdemocracia a la CNT por medio de la policía. En última instancia la causa de la derrota de 1934 se debió a la profunda división del movimiento obrero. Como consecuencia del aislamiento político de la rebelión asturiana, el gobierno logró sofocarla militarmente, a pesar de la desesperada resistencia. Los focos revolucionarios fueron bombardeados, la legión extranjera y los regimientos moros bajo el mando del joven general Francisco Franco sometieron a los trabajadores asturianos. La represión fue espantosa. A fines de 1935 había más de treinta mil presos políticos en las cárceles españolas.
Después de este «éxito» la arrogancia de la reacción no tuvo límites. Sobreestimó tanto sus fuerzas, que convocó nuevas elecciones para febrero de 1936. Y la lucha electoral demostró cuán irreflexivo había sido este paso. La socialdemocracia había llegado a la conclusión, a través del desastre asturiano, de que no estaba hecha para la revolución. Volvió, llena de arrepentimiento, a su táctica parlamentaria e hizo una alianza electoral con los partidos republicanos de centro; también los comunistas, un grupo numéricamente insignificante, se unieron a esta coalición.
Así nació el Frente Popular, que logró una aplastante victoria en las elecciones de febrero de 1936. En última instancia este derrumbamiento político había sido causado por una fuerza que no se había manifestado en absoluto en el parlamento. La CNT, con sus afiliados, que se contaban por millones, decidió el resultado, pasando tácitamente por alto la consigna del boicot electoral.
Sin embargo, el nuevo gobierno se esforzó tan poco como en 1931 por realizar reformas decisivas. Se contentó con poner nuevamente en vigor las leyes que Gil Robles había revocado. Por lo demás todo quedó como antes. El Frente Popular no representaba al pueblo. Los republicanos no fueron capaces de resolver el dilema español.
El golpe que habría de derribar a la antigua sociedad vino de la derecha. Desde la fundación del Frente Popular, la derecha se había propuesto derribar violentamente al gobierno elegido. Esto requería preparación ideológica y organizativa. La Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini ofrecían ejemplos de cómo la reacción podía desligarse de sus sueños de restauración y pasar a la ofensiva; las potencias del Eje prometieron además ayuda material y propagandística. La Falange española inició su ascenso. El ejército preparó el golpe de Estado. La confrontación era previsible. El gobierno vaciló. Los generales dieron el golpe. El 17 de julio Franco se puso al frente de una sublevación militar en el Marruecos español. El 18 de julio la revuelta se extendió al continente. Tres días después una tercera parte del país estaba en poder de los generales: la archicatólica Navarra, una parte de Aragón, Galicia, León, Castilla la Vieja, Sevilla, Cádiz y Córdoba. Los golpistas no contaban con una resistencia seria. En sus cálculos no habían contado con el pueblo español.
Pocos días después de la proclamación de la segunda República, en abril de 1931, vinieron a mi casa Durruti, Ascaso y García Oliver.
Discutimos mucho, especialmente sobre el principal problema de entonces de los anarquistas. Algunos creían que había que darle una oportunidad a la República, y los otros decían (y ésta era el ala extremista del movimiento anarquista, a la que pertenecían Durruti, Ascaso y García Oliver) que no había que darle tiempo a la República para que se estableciera. Según ellos, esto pondría en peligro el desarrollo ulterior de la sociedad española e interrumpiría el proceso de cambio revolucionario de estructuras.
Nuestras opiniones eran distintas. Reconozco que entonces temía que una precipitación excesiva pudiera perjudicarnos. Después, ante la evolución política de la República, tuve que admitir que Durruti, Ascaso y García Oliver tenían razón. La República cayó en un temeroso reformismo; ni siquiera realizó la reforma agraria, que era el problema clave de España.
[FEDERICA MONTSENY l]
En 1931, cuando se proclamó la República en España, fue un verdadero torbellino, un delirio... Los emigrantes de Bruselas recogieron sus documentos; querían regresar lo antes posible. Durruti y Ascaso fueron los primeros en partir. Nosotras nos quedamos solas con las maletas y equipajes.
Yo pude viajar un mes más tarde. Mi primera impresión de Barcelona fue contradictoria. Me habían dicho que no llovía casi nunca en Barcelona. Había regalado mi impermeable a una amiga en Bruselas. Cuando llegamos a España llovía a cántaros. Estábamos en junio. El ambiente político era muy diferente del de París. En Francia había conocido al movimiento anarcosindicalista, pero allí era totalmente diferente. La mentalidad de los compañeros españoles... Me parecían, si me permite, me parecían un poco simples, un poco elementales.
Otra cosa que me desconcertó: las mujeres no desempeñaban ningún papel, en absoluto. En las manifestaciones y en las reuniones también había mujeres, por supuesto. Pero nunca iban acompañadas por sus esposos. Los hombres se reunían en el café. Se pasaban horas y horas sentados ante una taza de café. Eso sí, bebedores no eran. Hasta que un día le dije a Buenaventura: «¿Qué pasa con tus compañeros, son todos solteros?» Pero todo fue en vano. Ya comprende usted. La mujer en la casa, y basta.
[ÉMILlENNE MORIN]
Cuando vine por vez primera a España, después de la proclamación de la República, conocí a Durruti en el café La Tranquilidad. Era un punto de reunión de los anarquistas, y por lo tanto era también un punto de reunión de la policía, que venía allí constantemente y detenía a gente con bastante frecuencia. Pero los anarquistas no se inquietaban. Yo había escuchado muchas leyendas sobre Durruti. Era totalmente diferente a lo que yo esperaba de acuerdo a esas historias. Me encontré con un hombre muy tranquilo y amistoso; la inmensa energía que solía manifestar era apenas visible.
[ARTHUR LEHNING]
Ascaso era el más reservado de los «tres mosqueteros». Pero así como García Oliver era la fuerza elástica y Durruti representaba el brazo fuerte y la fuerza de voluntad, Ascaso era la mente impávida y penetrante. Su rostro era suave e inteligente y alrededor de su boca había una expresión de melancolía y burla; su mirada era penetrante e irónica. Era más bien pequeño, delgado, mesurado en sus movimientos; revelaba una cierta gracia indolente detrás de la cual se ocultaba una energía sobrehumana. Comparado con Durruti, de exterior plebeyo, franco y ruidoso, Ascaso tenía un no sé qué casi aristocrático. Cuando se los veía juntos, a Buenaventura, que golpeaba la mesa con sus enormes puños y gritaba a voz en cuello, y a Francisco a su lado, indiferente y malicioso, con su eterna sonrisa en los labios, se ponía de relieve la fuerza del uno y el ingenio del otro. Se complementaban mutuamente.
[FEDERICA MONTSENY 1]
Después de la proclamación de la República española, viajé a Barcelona para visitar a mis amigos Ascaso, Durruti y Jover. Llegué la víspera del primero de mayo. Los comunistas habían planeado una manifestación y habían inundado de carteles las paredes de la ciudad. En cambio, de la CNT-FAI, nada, ¡ni siquiera un volante! ¿Iban a desaprovechar la ocasión de hacer propaganda en un día así? Durruti me tranquilizó: «No, al contrario, organizaremos una manifestación por las calles céntricas de la ciudad. Contamos con cien mil participantes.» «¿Y la propaganda?», pregunté. «No veo ninguna invitación al acto.»
«Hemos anunciado la manifestación en nuestro periódico Solidaridad Obrera.»
En efecto, los anarquistas reunieron al día siguiente a 100.000 manifestantes, y los comunistas a lo sumo seis o siete mil.
A pesar de todo, estaba convencido de que su confianza en sí mismos rayaba en la imprudencia. Tenía la impresión de que subestimaban la peligrosidad de los comunistas. Los «tres mosqueteros» y sus compañeros españoles se burlaron de mí. Dijeron que veía fantasmas. Unos años más tarde su descuido les habría de costar caro.
[LOUIS LECOIN]
Todos los domingos la FAI organizaba un acto en los amplios palacios del parque de Montjuïc. Los oradores eran casi siempre los mismos: Cano Ruiz, Francisco Ascaso, Arturo Parera, García Oliver y Durruti. A los primeros actos asistieron sólo algunos centenares de oyentes. Cuando el público conoció la calidad de los oradores, sobre todo de García Oliver y Durruti, los palacios de Montjuïc resultaron pequeños. Cada domingo se reunían miles y miles de trabajadores.
Durruti no era un orador extraordinario. Sus discursos daban la impresión de incoherencia; no conocía el arte de la retórica. Sin embargo, la gente venía sobre todo para escucharle a él. Su voz fuerte y clara sugestionaba a las masas. Hablaba con mucha sencillez, sin adornos. Lo que atraía a las masas era su vehemente y desbordante sentimiento.
Un día, los compañeros de Gerona invitaron a Durruti a un acto. Después de hablar lo detuvieron allí mismo, todavía bajo la acusación de haber preparado en París un atentado contra Alfonso XIII. Evidentemente, las autoridades judiciales de Gerona no se habían enterado de que la monarquía había caído y que se había decretado una amnistía general. La población de Gerona se levantó. Se intentó asaltar varias veces la cárcel para liberar a Durruti. Los obreros decretaron la huelga general por tiempo indeterminado; las autoridades decretaron el estado de excepción. Después de tres días de huelga, Durruti fue libertado.
También en Barcelona se produjo una revuelta el primero de mayo de 1931. Se celebró una asamblea en el Palacio de Bellas Artes, en la que participaron numerosos presos políticos que habían sido libertados a raíz de la amnistía. Se aprobaron resoluciones que se acordó entregar al presidente de Cataluña, Francesc Macià. Se organizó una gigantesca manifestación, a cuyo frente marcharon García Oliver, Durruti, Ascaso, Santiago Bilbao y otros dirigentes de la CNT-FAI: el primer desfile de las fuerzas proletarias desde la proclamación de la República. La marcha recorrió las calles céntricas de la ciudad. Al llegar al palacio de la Generalitat de Cataluña, la policía abrió fuego. Los obreros y la policía intercambiaron centenares de disparos. La situación alcanzó tal gravedad que intervino el ejército. Una sección de soldados apareció en la plaza de la República. Durruti arengó a los soldados. Cuando los guardias civiles y la seguridad intentaron atacar nuevamente a los manifestantes, los soldados apuntaron sus armas sobre la policía. Así se evitó una masacre.
Este episodio caracteriza la errónea política de la República en 1931. En la burocracia estatal permanecían los mismos elementos que habían servido anteriormente a la monarquía. El mando de las fuerzas armadas estaba en poder de los reaccionarios. La República carecía de una política social que beneficiara a la clase trabajadora. El régimen había cambiado sus formas, pero todo seguía como antes, igual que en tiempos de Alfonso XIII. La insatisfacción popular crecía diariamente.
[ALEJANDRO GILABERT]
Durante la República hubo una larga serie de enconadas disputas, expresión de la lucha de clases revolucionaria. En 1932 hicieron huelga los mineros de Fígols en las montañas catalanas. La huelga adquirió formas de sedición.
En enero de 1933 se levantaron de nuevo los obreros, principalmente en Cataluña, aunque también en Andalucía. Quiero destacar sobre todo la tragedia de Casas Viejas. En diciembre del mismo año estalló una rebelión en Aragón y en una parte de Castilla, y en 1934 se produjo la revolución asturiana, el primer movimiento revolucionario que unificó a anarquistas, socialistas y comunistas, y a las dos organizaciones sindicales más grandes de España bajo el lema: «Uníos, hermanos proletarios.»
La izquierda obtuvo por fin la mayoría en las elecciones de febrero de 1936. A este triunfo contribuyó el problema de la amnistía para los numerosos presos políticos. La CNT siempre se opuso al parlamentarismo, pero esta vez su consigna fue: que cada uno vote o no, según le parezca. Y casi nadie boicoteó las elecciones. También Durruti estuvo de acuerdo.
Durruti participó activamente en todas esas rebeliones y luchas en la época de la República. Él opinaba que había que activar constantemente el proceso. Se lanzó a la acción apenas regresó a España.
Como consecuencia, en 1932 fue deportado a Villa Cisneros, en África. Más tarde volvieron a detenerle. Apenas salía de nuevo en libertad, gracias a una amnistía o por una maniobra estratégica del gobierno, enseguida volvían a detenerlo, porque él nunca dio tregua, bajo ninguna circunstancia.
[FEDERICA MONTSENY l]
Durruti siempre decía a los obreros que los republicanos y los socialistas habían traicionado la revolución, y que era necesario volver a iniciarla desde el principio. Fue a la cuenca minera de Fígols con Pérez Combina y Arturo Parera. Dijo a los mineros que la burocracia burguesa había fracasado y que había llegado el momento de la revolución. La burguesía debía ser expropiada y el Estado abolido; sólo así podía completarse la emancipación de la clase obrera. Aconsejó a los obreros que se prepararan para la lucha final y les enseñó a fabricar bombas con fuertes botes de hojalata y dinamita.
La agitación se extendió por toda España. Los campesinos peleaban diariamente contra la Guardia Civil, que defendía a los grandes terratenientes. Surgían huelgas por doquier. El gobierno se encontró ante la disyuntiva de apoyar a los trabajadores o defender a la burguesía. Optó por la burguesía, por supuesto.
El 19 de enero de 1932 los mineros de Fígols se levantaron en armas contra los capitalistas. El movimiento se extendió a los valles del Cardoner y Alto Llobregat. Fígols, Berga, Suria, Cardona, Gironella y Sallent fueron las teas revolucionarias. Por primera vez en la historia se implantó en estos pueblos el comunismo libertario.
Después de ocho días el ejército sofocó el movimiento. La represión de la rebelión fue relativamente moderada, ya que las tropas gubernamentales estaban al mando del capitán Humberto Gil Cabrera, un oficial bondadoso, que después fue ascendido a teniente coronel y simpatizó con la CNT. Él evitó que se emprendiera una sangrienta represalia contra los obreros de la cuenca minera.
[ALEJANDRO GILABERT]
El18 de enero de 1932 los mineros de la cuenca de Fígols, en el valle del Alto Llobregat, se rebelaron abiertamente, declararon abolida la propiedad privada y el dinero y proclamaron el comunismo libertario. El gobierno central calificó a los insurrectos de «bandidos con carnet de socio» (de la CNT), y el presidente Manuel Azaña ordenó al capitán general de la región: «Le doy quince minutos, a contar desde la llegada de las tropas, para sofocar la rebelión.» En realidad, los soldados necesitaron cinco días.
[JOSÉ PEIRATS 1-2]
Cinco días de anarquía... no duraron más que la vida de una flor.
[FEDERICA MONTSENY]
Entretanto se había declarado la huelga general en Barcelona. Se produjeron las habituales disputas y tiroteos. Centenares de prisioneros de la cuenca minera fueron trasladados a barcos anclados en el puerto de la ciudad, que habían sido transformados en cárceles flotantes. La ola represiva abarcó toda Cataluña, la costa de Levante y Andalucía. Los prisioneros más importantes fueron conducidos a bordo del trasatlántico Buenos Aires, que partió el 10 de febrero con 104 deportados a bordo, entre ellos Durruti y Ascaso, rumbo al África Occidental (Río de Oro) y las Islas Canarias (Fuerteventura).
Francisco Ascaso escribió al separarse de sus compañeros:
«¡Pobre burguesía, que necesita recurrir a tales procedimientos para prolongar su miserable existencia! Esto no nos sorprende. Está en su naturaleza el torturar, deportar y asesinar. Nadie muere sin defenderse con un último golpe, ni siquiera los animales. Es triste que estas últimas convulsiones causen víctimas, sobre todo cuando son nuestros hermanos los que caen. Pero esto responde a una ley que no podemos derogar. La agonía de esta clase no durará mucho, y cuando pensamos en ella, ni siquiera el casco de acero de este barco puede sofocar nuestra alegría. Nuestros sufrimientos son el principio del fin de nuestros enemigos. Algo se desmorona y muere. ¡SU muerte es nuestra vida, nuestra liberación! Los saludamos, y esta despedida no es para siempre. Pronto estaremos de nuevo entre vosotros. Francisco Ascaso.»
[JOSÉ PEIRATS 2]
Los compañeros fueron deportados a África en un bananero que iba rumbo a Bata, en el golfo de Guinea. Los metieron en la bodega, por supuesto. Eran ciento sesenta, y sólo había una escotilla. La gente quería salir, quería ir a cubierta. Ascaso dijo: «Estoy harto», y subió la escalera. El guardia sacó la pistola y gritó: «¡Atrás!» Pero ya sabéis como era Ascaso, no era un hombre que se dejara detener tan fácilmente. Él siguió adelante. El guardia apuntó, y Ascaso le dijo: «¡Venga, dispara, cobarde, porque si no me matas ahora, cuando te encuentre en la calle te mato como a un perro!» El sargento se sintió inseguro. Se puso a temblar. No sabía lo que le podía pasar si mataba a Ascaso, y le dejó pasar. Después no hubo modo de pararlos. Todos subieron a cubierta. El capitán se vio obligado a llamar al destructor que acompañaba al barco. Los marineros abordaron el vapor con los fusiles cargados, para sofocar el motín. Porque se había convertido en un verdadero motín.
Durruti se adelantó, se abrió la camisa, pesaba unos noventa kilos por lo menos, y les gritó a los marineros: «Ahora os animáis, porque nos veis desarmados, pero ya veréis lo que os pasa en España si nos matáis.» Entonces los oficiales resolvieron parlamentar. Se decidió que no habría motín, y que los presos podían andar por cubierta cuando quisieran. Así llegaron a Bata.
[MANUEL BUIZÁN]
Cuando el Buenos Aires, un barco bueno para chatarra, que casi se había hundido durante la travesía, arribó a Río de Oro, el gobernador de Villa Cisneros se negó a admitir a Durruti. Nadie comprendió la causa de su comportamiento. Durruti y algunos de sus compañeros fueron separados de los demás deportados y conducidos a Fuerteventura, en las Islas Canarias. Luego se comprobó que el gobernador de Villa Cisneros, un hombre llamado Regueral, era el hijo del ex gobernador de Bilbao. Este funcionario había reprimido al movimiento anarquista con máxima crueldad, y después de su renuncia fue ejecutado a tiros de pistola en las calles de León, la noche de un día de fiesta. Su hijo declaró que estaba convencido de que Durruti y sus compañeros habían matado a su padre, y por eso se negó a admitirlo en su colonia.
[RICARDO SANZ 3]
La CNT contestó a las deportaciones con una nueva huelga general. En Tarrasa los anarquistas tomaron por asalto el ayuntamiento e izaron la bandera rojinegra. Asediaron el cuartel, hasta que se aproximaron refuerzos procedentes de Sabadell. Después de una lucha encarnizada, los anarquistas se rindieron. En el proceso que siguió se impusieron condenas a trabajos forzados de cuatro a veinte años.
Sin embargo, las protestas por las deportaciones continuaron. El 29 de mayo alcanzaron su apogeo con manifestaciones de masas, choques armados y actos de sabotaje. Las cárceles rebosaban de presos. En Barcelona los detenidos se amotinaron e incendiaron la penitenciaría. El alcaide del presidio, que sofocó el motín, fue muerto a tiros en plena calle pocos días después.
[JOSÉ PEIRATS l]
A fines de noviembre de 1932 volvieron de África los deportados. El gobierno republicano-socialdemócrata prosiguió la persecución de la CNT. La F Al organizó una asamblea en el Palacio de Bellas Artes en el parque de Montjulc, en Barcelona. Allí habló por primera vez Durruti desde su regreso del destierro. Se calcula que asistieron 100.000 personas. Durruti declaró sin reservas su fe en la revolución. La policía había emplazado gran número de ametralladoras alrededor del palacio.
La burguesía catalana tembló; la prensa a su servicio exhortó al gobierno a actuar con energía contra los anarquistas. Los sindicatos de la CNT fueron ilegalizados y su periódico Solidaridad Obrera clausurado. Centenares de activistas políticos fueron detenidos. Cada vez cundió más entre los anarquistas la idea de enfrentarse violentamente a la represión. Los ferroviarios anunciaron la huelga. Un conflicto de tal naturaleza podía trastornar la economía y la política del país; por ese motivo, el gobierno amenazó con militarizar a los ferroviarios. García Oliver proyectó un plan subversivo; se pensó en utilizar la huelga ferroviaria para desencadenar la revolución en toda España. Ascaso, Durruti, Aurelio Fernández, Ricardo Sanz, Dionisio Eroles, Jover y otros aprobaron el plan. Un hecho fortuito precipitó los acontecimientos. Dos anarquistas, llamados Hilario Esteban y Meler, que más tarde habrían de desempeñar un importante papel en la Guerra Civil en el frente de Aragón, habían instalado un taller de explosivos en el barrio del Clot, en Barcelona. Al producirse por descuido una explosión, la policía descubrió el depósito de explosivos. Era preciso iniciar inmediatamente la revuelta, para evitar que la policía se apoderara de todos los arsenales de los anarquistas. Los comandos y los cuadros de defensa de la FAI atacaron el 8 de enero de 1933 los cuarteles de Barcelona.
Se produjeron choques armados en todas las regiones. También en esta ocasión logró el gobierno sofocar la rebelión.
[ALEJANDRO GILABERT]
Después del fracaso de la rebelión de enero, Durruti y Ascaso fueron encarcelados de nuevo; pasaron seis meses en la cárcel del Puerto de Santa María. Apenas salió en libertad, Durruti volvió a la actividad con su acostumbrada tenacidad.
[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN]
Después de la proclamación de la República, la CNT y la FAI sufrieron un alud de calumnias y ofensas. Recordamos todavía los titulares de la primera página del órgano comunista La Batalla: «FAI-ismo = fascismo», y las declaraciones de Fabra Rivas, un conspicuo socialdemócrata que era el principal consejero de Largo Caballero: «Los anarquistas como Ascaso y Durruti son locos imbéciles. Hay que apartarse de tales dementes. Con ellos no se puede discutir. Lo mejor sería fusilar sobre el terreno a estos residuos del pasado.»
[Luz DE ALBA]
Recuerdo que un día las autoridades confiscaron en nuestra imprenta las rotativas de nuestro diario Solidaridad Obrera. Fue durante la República, ya no recuerdo por qué razón. Por denuncias o instigaciones. El periódico fue clausurado y las máquinas se subastaron judicialmente. Se presentaron muchos comerciantes a licitar. Pero no los dejamos solos. También nosotros nos presentamos en la sala de subastas, una veintena por lo menos, entre ellos Durruti y Ascaso. Durruti se levantó y ofreció veinte pesetas por la rotativa. Era nada, prácticamente. Los comerciantes se levantaron de un salto y gritaron: «¡Mil pesetas!», pero no bien hizo su oferta el primero, sintió algo frío, de hierro, en las costillas, y enseguida retiró su oferta, claro. Entonces le tocó el turno a Ascaso. Gritó: «¡Cuatro duros!» Eran veinte pesetas otra vez. El que quería sobrepujarlo sentía el revólver al lado y prefería callarse la boca. Por último no le quedó al subastador otra alternativa: tomó el martillito y nos adjudicó la máquina por veinte pesetas, un pedazo de pan.
Entre ayer y hoy no hay comparación posible. Lo que hacemos en París, en la imprenta de la CNT en el exilio, es una bagatela. Nos falta de todo, nuestras máquinas podrían venderse como chatarra. Necesitamos un nuevo equipo. Claro que hoy trabajamos en la legalidad, y trabajar en la legalidad significa tener que trabajar con hierro viejo. Si tuviésemos a un Durruti, a un Ascaso, no sería difícil conseguir una nueva imprenta. Sí, ¡ésa sería nuestra solución!
[JUAN FERRER]
Se llamaba «República de los trabajadores», y ¿qué hicieron con Durruti? Lo deportaron a Bata, acusado de vagancia. A Ascaso y Durruti ya otros centenares que siempre se ganaron la vida en la fábrica. Ellos no eran funcionarios, no se sentaban en la oficina, pagados por el sindicato. Durruti era todo lo contrario de un jerarca, nunca tomó ni una peseta de la CNT o de la FAI.
[MANUEL HERNÁNDEZ]
Un día los obreros de la cervecería Damm de Barcelona declararon la huelga porque su salario era muy bajo. Los empresarios no cedieron y despidieron incluso a algunos trabajadores. Entonces la CNT respondió con un boicot contra la cervecería. Algunos dueños de bares no quisieron participar en el boicot. Siguieron despachando cerveza Damm. Entonces los fueron a visitar Durruti y algunos compañeros, aparecían en la puerta y destrozaban los escaparates, los vasos y el bar. Pronto en todos los bares de Barcelona apareció un cartel que decía: «Aquí no se despacha cerveza Damm.» Después de unas semanas la cervecería pagó la totalidad de los salarios, volvió a ocupar a los despedidos y negoció un nuevo convenio con la CNT.
[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ]
Durruti creía que la liberación de los trabajadores se lograría mediante su unificación económica, y en la acción económica directa. Desde 1933 hizo hincapié sobre todo en la creación de comités de fábrica; en su actividad constructiva estaría la garantía de la revolución social. En un gran acto antiparlamentario en el otoño de 1933, dijo: «La fábrica es la universidad del obrero.»
[HEINZ RÜDIGER]
Él estaba de acuerdo con que en nuestro movimiento se incorporaran también representantes de la clase media, estudiantes y escritores, pero a condición de que renunciaran a sus privilegios y se unieran al pueblo. Un día, mientras hablaba con él en el patio de la cárcel, criticó la exagerada estimación con que se consideraba habitualmente a los técnicos y especialistas. Los obreros metalúrgicos serían capaces de poner en funcionamiento cualquier fábrica, del mismo modo que los albañiles podrían planear y construir una casa. Lo mismo, según él, era válido para los demás sectores.
[LIBERTO CALLEJAS]
En España la vida cotidiana fue dura y difícil para mí. No podía ejercer mi profesión, porque casi no hablaba castellano. Trabajé entonces como fregona, hasta que encontré un puesto por intermedio del sindicato como acomodadora en un cine. Aquello era un lujo entonces. Y luego las mudanzas. Nos mudábamos constantemente, sólo en Barcelona cinco o seis veces. Para colmo, Buenaventura estaba con frecuencia en la cárcel; no podía pagar el alquiler y tenía que trasladarme a casa de amigos. En fin, todas las penurias de las mujeres cuyos compañeros son revolucionarios profesionales.
En 1931 nació mi hija Colette, en Barcelona, y esto hizo mi vida más difícil aún. Como Durruti estaba en la cárcel, los compañeros hicieron una colecta; cada uno contribuyó con unas pesetas, y así pudimos pagar el alquiler.
[ÉMILIENNE MORIN]
A principios de 1936 Durruti vivía justo al lado de mi casa, en un pequeño piso en el barrio de Sans. Los empresarios lo habían puesto en la lista negra. No encontraba trabajo en ninguna parte. Su compañera Émilienne trabajaba como acomodadora en un cine para mantener a la familia.
Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: «Pero oye, Durruti, ésos son trabajos femeninos.» Durruti le contestó rudamente: «Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.»
[MANUEL PÉREZ]
Sí, los anarquistas siempre hablaban mucho del amor libre. Pero eran españoles al fin y al cabo, y da risa cuando los españoles hablan de cosas así, porque va contra su temperamento. Repetían lo que habían leído en los libros. Los españoles nunca estuvieron a favor de la liberación de la mujer. Yo los conozco bien a fondo, por dentro y por fuera, y le aseguro que los prejuicios que les molestaban se los quitaron enseguida de encima, pero los que les convenían los conservaron cuidadosamente. ¡La mujer en casa! Esa filosofía sí les gustaba. Una vez un viejo compañero me dijo: «Sí, son muy bonitas sus teorías, pero la anarquía es una cosa y la familia es otra, así es y así será siempre.»
Con Durruti tuve suerte. Él no era tan atrasado como los demás. ¡Claro que él sabía también con quién estaba tratando!
[ÉMILIENNE MORIN]
A mí me gustaba. Le aseguro que hombres como él ya no existen. No podía soportar la injusticia. Orgulloso no era, siempre vivió con sencillez, eso sí, era muy fuerte, créame, era fuerte como el demonio.
[JOSEFA IBÁÑEZ]
Conocí a Durruti en la imprenta de Solidaridad Obrera. Allí íbamos a recoger en 1934 nuestros folletos de propaganda, pequeños folletos en alemán que enviábamos ilegalmente a Alemania. Tenían la misma presentación de los impresos de propaganda para bombones. Yo no estaba acostumbrada al sol de Barcelona, y llevaba siempre un sombrero. Para los anarquistas el sombrero de mujer era un símbolo de la burguesía. Por esa razón Ascaso me miraba con cierta desconfianza. Le di la mano. Él le dio la vuelta y movió la cabeza. Yo no tenía callos.
«¿Cómo?», dije. «¿Usted es Ascaso?» Parecía tan pequeño e insignificante. Por eso se ofendió. No debí haberle preguntado con ese tono. Más vale no reírse de los españoles. Menos aún si se es mujer. Yo tenía veintiún años, pero aparentaba diecisiete. Ascaso me pareció bastante altivo. Además, era de esos anarquistas que no querían saber nada de extranjeros raros como nosotros. Los demás me aceptaron enseguida. También me perdonaron el sombrero. Los hombres de la CNT eran proletarios, pero se comportaban con gran dignidad y aplomo. Un amigo mío, ferroviario, daba la impresión de ser un aristócrata; y no era el único.
Durruti no era así. Era sorprendentemente modesto. Sin embargo, todos le hacían caso cuando era esencial. Lo conocí una tarde en un cine, donde su mujer trabajaba como cajera y acomodadora. Émilienne siempre hablaba más que los otros; sólo se callaba en presencia de Durruti. Yo tenía que hacer unas compras en las Ramblas, y él me acompañó. «Me asustan las bombas y los tiroteos», dije. En Barcelona había casi todas las semanas una huelga, un asalto o una operación policial. En las Ramblas había un guardia de asalto detrás de cada árbol, con la bayoneta calada incluso; se veían tropas regulares con frecuencia. Los moros, con sus alfanjes, parecían especialmente temibles. Pero en conjunto había algo de opereta en el aire. Las damas se paseaban delante de los escaparates. De pronto se oía un silbato. De los tejados comenzaban a caer granadas de mano. Las persianas se cerraban con estruendo, las damas agitaban pequeños pañuelos blancos y se tiraban al suelo, en las tiendas o en la acera. Después de un rato volvía la calma, los pitos daban el cese de alarma, la gente se levantaba y se sacudía el polvo de la ropa, como si nada hubiera pasado.
Durruti pasaba delante de los policías sin inmutarse.
«Yo tengo tanto miedo como tú», dijo. «El miedo y el valor vienen juntos. A veces no sé dónde termina uno y comienza el otro.» Los niños de la calle lo conocían. Conmigo fue siempre muy amable. Además me tomaba en serio. Los anarquistas nunca trataron con descuido a las mujeres. No eran aficionados a las faldas, al contrario. A veces me parecían calvinistas. Siempre pensaban en la revolución.
Durruti no sabía lo que era el orgullo. Tomaba en serio a todos los que conocía. La gente de Barcelona se sentía reflejada en él. Por eso lo enterraron como a un rey.
[MADELEINE LEHNING]
La CNT dirigió una campaña extraordinaria en las elecciones parlamentarias de noviembre de 1933: proclamó la abstención con una energía y acritud nunca vistas. Los periódicos y los volantes de los anarquistas difundieron la llamada al boicot electoral hasta los pueblos más apartados. La consigna: «No votar» fue bien recibida entre los obreros y campesinos; ya estaban cansados de los partidos gubernamentales «de izquierda», de la política de los liberales de izquierda, de los socialdemócratas y de la constante represión. La campaña llegó a su apogeo el 5 de noviembre con un acto en la plaza de toros de Barcelona al que asistieron entre 75.000 y 100.000 obreros. Los más populares oradores de la CNT se refirieron al tema: «Frente a las urnas, la revolución social.»
«Trabajadores», gritó Buenaventura Durruti, «la última vez habéis votado por la República. ¿La hubierais votado si hubieseis sabido que esa República iba a encarcelar a 9.000 obreros?» «¡No!», gritó la multitud.
Después habló Valeriano Orobón Fernández, un joven anarquista. «La revolución de los republicanos ha fracasado», dijo; «es inminente una contrarrevolución fascista. ¿Qué pasó en Alemania? Los socialistas y los comunistas sabían perfectamente lo que Hitler se proponía, y sin embargo votaron y firmaron así su sentencia de muerte. ¿Y en Austria, orgullo de los socialdemócratas? Allí el partido socialdemócrata contaba con el 45 % de los votos. Esperaban lograr un seis por ciento más aún; creían que eso los conduciría al poder. Pero se olvidaron de un hecho muy sencillo: que aun si todo salía bien, al día siguiente del triunfo electoral tendrían que salir a la calle con las armas en la mano para defender su victoria, porque la reacción no se dejaría quitar el poder tan fácilmente.»
[José PEIRATS 2/STEPHEN JOHN BRADEMAS]
Porcentaje de abstenciones en la elección parlamentaria del 19 de noviembre de 1933:
Provincia de Barcelona 40 %
Provincia de Zaragoza más del 40 %
Provincia de Huesca más del 40 %
Provincia de Tarragona más del 40 %
Provincia de Sevilla más del 45 %
Provincia de Cádiz más del 45 %
Provincia de Málaga más del 45 %
España en total: 32,5 %.
[CÉSAR LORENZO]
En las elecciones de 1933 los anarquistas españoles organizaron el mayor boicot electoral de toda la historia del movimiento obrero. La abstención fue eficaz, si consideramos que la mayoría de los obreros no votaron. El resultado fue, sin embargo, que la derecha y los partidos conservadores ganaron las elecciones. El gobierno de Gil Robles no era fascista en el verdadero sentido de la palabra, pero era extremadamente reaccionario.
[ARTHUR LEHNING]
Poco después de las elecciones, la CNT celebró una conferencia secreta en Madrid. Estuve presente en esa reunión, y recuerdo aún cómo se desarrolló la discusión. La organización de la CNT es federalista, cada provincia tiene un comité regional; con frecuencia estos comités representaban una línea propia, no siempre había unanimidad. Los representantes de Aragón dijeron: «No hemos participado en las elecciones y en el fondo es culpa nuestra que tengamos un gobierno de derecha. No podemos aceptar así sin más el resultado, tenemos que actuar. ¡Ahora es el momento para la insurrección armada!»
Los representantes de Barcelona dijeron: «No puede ser, no tenemos armas, no estamos preparados, hemos sufrido muchas derrotas en estos últimos años.»
Pero los aragoneses no se dejaron disuadir. En el norte de la provincia la abstención había alcanzado casi el 99 %; los anarquistas se sentían fuertes allí. Zaragoza estuvo varios días en poder de la CNT, en los pueblos del norte se proclamó el comunismo libertario. En las demás regiones la CNT hizo todo lo posible por apoyar la rebelión, aunque no la había aprobado antes. El gobierno declaró el estado de sitio. Después de unas semanas todo terminó. Durruti, Mera y los demás fueron detenidos, y les entablaron un proceso por alta traición.
[ARTHUR LEHNING]
Durruti dijo en un grandioso acto celebrado en la Plaza Monumental de Barcelona que la única respuesta al triunfo electoral de la reacción era la revolución armada. La CNT adoptó este lema. Sólo García Oliver se opuso, no repuesto aún de la derrota de enero de 1933. Consideró aventurera esa política. Por primera vez en su larga vida de amistad, Durruti discrepó de García Oliver. Durruti se fue a Zaragoza para coordinar la rebelión. El movimiento estalló el mismo día en que se reunieron en Madrid las Cortes con su nueva mayoría contrarrevolucionaria. Era el 8 de diciembre de 1933.
[ALEJANDRO GILABERT]
Por la mañana temprano se produjo en Barcelona una sensacional fuga en masa de prisioneros políticos. Éstos habían excavado un túnel que desembocaba en las alcantarillas de la ciudad.
El comité revolucionario de la CNT tenía su sede en Zaragoza; allí residía también el comité nacional de los anarquistas. Por la tarde varias explosiones estremecieron la ciudad. La autoridad nacional respondió de inmediato y detuvo a casi cien revolucionarios, entre ellos Durruti, Isaac Puente y Cipriano Mera, que eran miembros del comité. Las luchas callejeras duraron toda la noche y el día siguiente, por lo menos. Los obreros levantaron barricadas. Un monasterio fue incendiado. El tren expreso procedente de Barcelona llegó a la estación central envuelto en llamas; había sido incendiado con bombas. El ejército movilizó importantes fuerzas, incluidos tanques.
En Alcalá de Gurrea, Alcampel, Albalate de Cinca y otros pueblos de la provincia de Huesca, se proclamó el comunismo libertario, al igual que en ciertas partes de la provincia de Teruel. En Valderrobles, por ejemplo, los campesinos abolieron el dinero y quemaron las actas de la alcaldía, del juzgado municipal Y la oficina del catastro.
La rebelión fue sofocada en poco tiempo. La proclamación de la huelga de la CNT sólo se acató en algunas zonas del país. Los combates se limitaron a los territorios de Aragón y Rioja. Las regiones más decisivas, Cataluña y Andalucía, no se habían repuesto aún de la derrota de enero; un importante sector del movimiento calificó de aventurera y desacertada la rebelión.
[JOSÉ PEIRATS 1/STEPHEN JOHN BRADEMAS]
Me acuerdo de las horas amargas y alegres que pasamos con él en la cárcel de Zaragoza. Aún allí mantuvo su buen humor. Siempre conservó una cierta ingenuidad, ciertos rasgos infantiles. Él nos enseñó a luchar.
Me parece vedo aún, cuando habló en la célebre reunión en la sede del sindicato metalúrgico de Zaragoza, donde se decidió la insurrección del 8 de diciembre. Él llevaba gafas entonces, su mirada nos electrizó. Lo único que nos sostenía en esa lucha desigual eran nuestras esperanzas. Nos echamos a la calle. Durruti estaba a mi lado. Muchos cayeron en esa ocasión, otros pelean ahora contra el fascismo.
Lo vi de nuevo en la calle Convertido, después tuvimos que separarnos. Cuando terminó la lucha lo volví a encontrar, en la cárcel.
[MANUEL SALAS]
Durruti iba a ser condenado a seis meses de cárcel como responsable principal de la rebelión. Mientras estaba en prisión preventiva en Zaragoza, desaparecieron por la noche del Palacio de Justicia las actas del sumario levantado contra él.
[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN]
Estuve hasta 1935 en España, como secretario de la internacional sindicalista, la AIT. Volví a ver a Durruti poco antes de mi partida. Estaba de nuevo en la cárcel, esta vez en Barcelona, y fui a visitado allí. Supe que quería hablar conmigo, y le dije a su mujer: «Sí, quiere verme, pero para mí es imposible visitarle en la cárcel, vivo casi en la ilegalidad aquí, represento a una organización internacional, yo mismo podría ser detenido en cualquier momento, es muy peligroso. Tengo que pensar en mis funciones, no puedo cometer semejante imprudencia.»
Ella me respondió: «No habrá dificultades, vienes conmigo, no hace falta que hables, te presentamos como primo mío, y firmas con el nombre que se te ocurra. Es muy simple.»
Bueno, me dije, esta gente conoce España mejor que yo. Así que me aventuré, y fuimos juntos a la prisión; Durruti detrás de una reja, nosotros detrás de otra reja, y entre las dos rejas marchaba un guardia, de un lado a otro. Enseguida Durruti comenzó a gritar en francés; habló a voz en cuello de cuestiones políticas, de lo que debía hacer en la organización, etcétera, etcétera.
Yo pensé: «¿Cómo es posible vociferar aquí, en la cárcel, en francés, y para colmo con un extranjero?.. Ahora me van a detener», pensé. Pero cosas así pasan en España. El caso es que volví a salir de la prisión sin inconvenientes.
[ARTHUR LEHNING]
Una vez estaban detenidos en la jefatura de policía de Barcelona Ascaso y Durruti. Y como todo el mundo hablaba de ellos, los policías trajeron a sus amigas, que querían ver a los presos. y Durruti en su celda se enmarañó los cabellos con las manos hasta erizados por completo, y cuando llegaron las chicas gritó como un orangután: «¡Uh!, ¡uh!, juh!» Las damas casi se caen del susto, y el vigilante le preguntó: «¿Por qué haces eso?» Y dice Durruti: «Pues qué se creen, que somos una especie de monos, lo único que falta es que nos tiren cacahuetes. Cuando quieran divertirse que vayan a un circo.»
[EUGENIO VALDENEBRO]
Después de la revolución de octubre asturiana de 1934, Durruti fue encarcelado nuevamente: esta vez pasó varios meses en la cárcel de Valencia. La derrota de los marxistas en Asturias le hizo reflexionar sobre el rumbo del movimiento obrero español.
Todos convenían en que la democracia burguesa había fracasado. Era necesaria una alianza obrera revolucionaria. García Oliver lanzó una consigna: «Los marxistas a la UGT, los anarquistas a la CNT y ambas organizaciones unidas en la acción contra el capitalismo.» En el último congreso de la CNT en Zaragoza se acordó establecer un pacto revolucionario con el sindicato socialdemócrata UGT. La única condición de la CNT fue que los obreros socialdemócratas renunciaran públicamente a colaborar con los partidos burgueses. Así se abriría el camino de la revolución proletaria.
Sin embargo, antes del congreso se había planteado otro problema: en febrero de 1936 se volvería a votar. En las cárceles españolas había entonces más de 30.000 presos, la mayoría anarquistas. Los partidos de izquierda prometieron liberados si ganaban las elecciones. La derecha amenazaba con redoblar la represión. Si la CNT invitaba a sus partidarios al boicot electoral, como antes, ponía en peligro la libertad de 30.000 detenidos; si aconsejaba votar, reconocía el sufragio universal y el parlamentarismo, que los anarquistas siempre habían combatido. Durruti halló una solución para este dilema. La lucha electoral adquirió tal acritud que ningún sector parecía dispuesto a aceptar una derrota. La izquierda anunció que si la derecha ganaba las elecciones responderían con medidas revolucionarias; la derecha dijo que una victoria de la izquierda conduciría a la guerra civil. En los actos celebrados Durruti expresó la siguiente conclusión: «Estamos ante la revolución o la guerra civil. El obrero que vote y después se quede tranquilamente en su casa, será un contrarrevolucionario. Y el obrero que no vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario.»
La CNT evitó recomendar el boicot electoral. La mayoría de los obreros acudieron a votar. Ganaron los partidos de izquierda. La derecha llevó a la práctica sus advertencias y prepararon la guerra civil. El resultado de las elecciones se debe mucho a Durruti.
[ALEJANDRO GILABERT]
«La CNT debe mantener su vitalidad y su fuerza en la sociedad; sólo ella puede garantizar que nadie, sea de derechas o de izquierdas, se erija en dictador del país.»
[BUENAVENTURA DURRUTI]
Al producirse el triunfo electoral del Frente Popular el 16 de febrero de 1936, Durruti estaba en la cárcel del Puerto de Santa María. Allí estaban también encarcelados Companys, que después sería presidente de Cataluña, y varios miembros de los consejos de la Generalitat. Fueron liberados inmediatamente después de las elecciones, al declararse la amnistía.
[Crónica]
En Barcelona, después de las elecciones, la CNT tuvo que ocuparse primero de dos huelgas que ya llevaban dos meses de duración: la huelga de los transportes públicos y la de los obreros textiles (ramo del agua). El28 de febrero el nuevo gobierno promulgó un decreto por el cual todos los obreros que habían sido despedidos desde enero de 1934 en adelante, por razones políticas o participación en huelgas, debían ser reincorporados a sus puestos. Sin embargo, muchos empresarios se negaron a aplicar este edicto gubernamental. Los anarquistas exigieron la intervención del gobierno. El 4 de marzo, un día después de la asunción del mando del presidente Companys, Durruti dijo en el Gran Teatro de Barcelona:
«No hemos venido aquí para conmemorar el día en que unos nuevos señores han subido al poder. Estamos aquí para decides a esos señores de los partidos de izquierda que su victoria electoral nos la deben a nosotros. La CNT y los anarquistas se han echado a la calle el día de las elecciones. Así se ha impedido un golpe de Estado por parte de los representantes de los ministerios y las autoridades, que en ningún caso querían respetar la voluntad del pueblo.
»Y en cuanto a los actuales conflictos laborales en los tranvías y en la industria textil, son los señores del gobierno los que tienen la culpa. Ya mucho antes de las eleccio~s hemos adivinado sus intenciones, sabíamos muy bien que pretendían apartar a la CNT del camino de la revolución. Nos hemos callado antes de las elecciones, para que no digan que éramos culpables si los presos políticos no eran liberados. El pueblo no ha votado por los políticos, sino por los detenidos. Pero con respecto a las huelgas, les decimos a esos señores aquí en Barcelona, y allá en Madrid: "Dejadnos en paz de una vez, nosotros mismos resolveremos los conflictos con las industrias textiles y la sociedad tranviaria. ¡El gobierno no debe inmiscuirse!"»
Los hombres de la Generalitat deben su libertad a la generosidad del pueblo. Pero si no dejan en paz a la CNT ¡pronto volverán al lugar de donde han salido! ¡Exigimos que el gobierno nos deje mano libre en nuestra lucha contra la ofensiva de los capitalistas! ¡Es lo mínimo que exigimos! Frente a los paros forzosos y la evasión de capitales al exterior, le decimos a la burguesía: "¡Por nosotros podéis cerrar todas vuestras fábricas! ¡Nosotros las ocuparemos, las tomaremos por asalto, porque las fábricas nos pertenecen a nosotros!"»
En el mismo acto habló también Francisco Ascaso. Dijo:
«¡Se dice que hemos triunfado, que hemos triunfado! Pero ¿qué ha ocurrido en realidad? Los partidos de izquierda han ganado las elecciones, pero la economía sigue como siempre en manos de la burguesía reaccionaria. Si le dejásemos mano libre a esta burguesía, nuestra victoria electoral sería inútil, porque entonces hasta los partidos de izquierda llevarían una política derechista.
»¿Acaso no hemos llegado ya a ese extremo? Los capitalistas españoles se han aliado con sus cómplices extranjeros y dirigen una guerra económica contra nosotros ante la cual el gobierno, sean partidos de izquierda o no, no puede en ningún caso permanecer neutral. ¿Qué pretende el gobierno? ¿Que nosotros paguemos las consecuencias? El capital se evade al extranjero. Las fábricas se están cerrando. Pero el gobierno no quiere expropiar a los empresarios, porque eso no estaba previsto en su programa. ¿Y nosotros? Tal vez seamos un poco ingenuos, pero no somos tontos. Hasta ahora nos hemos mantenido quietos y pacíficos en las fábricas. Pero esto no seguirá así. Nos reuniremos en los patios de las fábricas y elegiremos comités de producción entre los que trabajan en las fábricas. Y si se cierran las fábricas, expropiaremos a los dueños y tomaremos a nuestro cargo las fábricas. Organizaremos la producción mejor y con más seguridad que los capitalistas. De todos modos ellos sólo son una carga para las empresas.
»La victoria política no es más que engaño e ilusión si no va acompañada por una victoria económica y una victoria en las fábricas.»
[Solidaridad Obrera/JOHN STEPHEN BRADEMAS]
En casa hablaba poco de sus actividades. Había muchas cosas que todos, menos yo, sabían. Por ejemplo, el entrenamiento militar antes de julio de 1936, la instrucción para el manejo de las armas. Le aseguro que ellos preveían desde hacía tiempo el golpe de Estado de Franco, y se preparaban para ello. Tenían un campo de tiro en las afueras. Sólo yo no sabía nada. Para mí era un gran misterio, pero los vecinos estaban al corriente. La mujer es siempre la última en enterarse. Siempre el mismo silencio, el mismo misterio. ¡Sí, también puede parecer romántico si uno lo prefiere!
[ÉMILIENNE MORIN]
El 16 de julio, a petición de la Generalitat y por resolución de un pleno de la CNT-FAI de Cataluña convocado con urgencia, se constituyó un comité de enlace, en el cual Santillán, García Oliver y Ascaso representaban a la FAI y Durruti y Asens a la CNT. La primera cuestión que se planteó en las conversaciones entre los anarquistas y el gobierno de Companys fue el armamento. Se entabló una lucha tenaz. Cada vez que los anarquistas reclamaban (y en realidad no exigían lo que realmente necesitaban, o sea 20.000, sino sólo 10.000 fusiles), el gobierno les respondía que no tenía armas en existencia. Los políticos temían al fascismo, pero al pueblo en armas lo temían más aún.
Ya desde el 2 de julio la CNT-FAI había distribuido, como medida de precaución, grupos disimulados de centinelas para vigilar los cuarteles de Barcelona. En lugar de pertrechar a los sindicatos para la eventualidad de un golpe de Estado, el gobierno en cambio intentó desarmar a esos pequeños grupos. Las comisarías de la ciudad llamaban constantemente al ministro de Gobernación para dar parte de la detención de militantes anarquistas a quienes la policía pretendía quitarles las pistolas; la rutina represiva había calado tan hondo que hasta se quería procesar a los detenidos ¡por tenencia ilícita de armas!
[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2/ABEL PAZ 1]
Tres días antes del 19 de julio, el 14 o el 15, asaltamos un barco cargado de armas en el puerto de Barcelona. El gobierno de Cataluña, la Generalitat, quería las armas para sí; pero Durruti y los otros las llevaron al sindicato del transporte. Al día siguiente se presentó allí la Guardia de Asalto. Allanamiento de domicilio. Pero Durruti ya estaba en la calle. «¡Una camioneta, rápido!» Se consiguió entonces una camioneta para el reparto de leche y allí se despacharon las armas. El gobierno encontró cuatro o seis escopetas viejas. El resto lo teníamos nosotros, la CNT.
[EUGENIO VALDENEBRO]
Hace días que Federico Escofet, comisario general de Orden Público de Cataluña, desarrolla una actividad febril. Tiene pruebas concluyentes de que se prepara una sublevación militar en toda España y que también la guarnición de Barcelona está implicada en esos planes. En los cajones de su escritorio están amontonados informes fidedignos de sus informantes y de oficiales de tendencia republicana, listas con los nombres de los golpistas, manifiestos, consignas, planes operativos y órdenes para el día señalado. Se esperaba la sublevación para el 16 de julio; hoy, 18 de julio, Escofet está seguro de que es inminente.
Desde hace días está en contacto permanente con el consejero de Gobernación, José María España, y con el comandante Vicente Guarner, su colaborador más inmediato, toma las medidas necesarias para hacer frente a tiempo al golpe de Estado. Pero éste no es el único problema que tiene que resolver el comisario. El comisario de Orden Público debe contar también con los anarquistas de la FAI y los sindicalistas de la CNT, que desde hace años están en conflicto con el gobierno autónomo de Cataluña (también además, con el gobierno central de Madrid, el Partido Socialista y con todo el mundo). A pesar de todo, los anarquistas se han mostrado dispuestos, desde hace unos días, a participar en un comité de coordinación que Companys, el presidente de Cataluña, ha convocado dada la gravedad de la situación. En este comité participan también todos los partidos y organizaciones antifascistas. Lo primero que han exigido los anarquistas son armas, pero tanto Escofet como el presidente y el consejero de Gobernación, saben muy bien lo peligroso que sería entregar armas a los hombres de la CNT, gente arrojada en la lucha callejera. Si se produce el golpe militar y se enfrentan en lucha armada el ejército y la policía, uno como enemigo y el otro como defensor de la República, se debilitarán ambos, y la ciudad quedará a merced de los anarcosindicalistas. Esto sería tan peligroso para la estabilidad política y social de Cataluña como el propio golpe militar.
-Sí, aquí Escofet. ¿José María? Buenos días. ¿Cómo? Ah, sí. La CNT. Protestan, por supuesto. Lo sabía desde el principio. También se quejarán ante el presidente, pero no podía obrar de otra manera. Les dejé las pistolas, pero si por mí fuera, también les habría quitado las armas de fuego. De todos modos, los fusiles están en nuestro poder. Guarner los ha incautado.
Se trata de un peligroso incidente que ha ocurrido la noche anterior. Los militantes anarquistas del sindicato del transporte han asaltado algunos barcos anclados en el puerto, y han robado un número considerable de fusiles y pistolas.
-Eso es todo lo que sé. Guarner me ha informado. Él mismo, al frente de una compañía de asalto, penetró en la sede del sindicato, después de apostar guardias en las azoteas de los alrededores. ¡Claro que estaban armados! Por suerte todo no pasó de un intercambio de palabras y a nadie se le escapó un tiro. Sí, aparecieron Durruti y García Oliver en persona, para calmar los ánimos.
Guarner se inclina sobre Escofet, que cubre el teléfono con la mano por un instante.
-Dígale que la gente del sindicato estaba tan furiosa que amenazaron con las armas a Durruti. ¡Su propia gente!
-Guarner me dice lo mismo, que encañonaron a Durruti, su propia gente. ¿Se imagina usted? Informe al presidente. ¿Cómo? Sí, así lo haremos. Bien, se lo diré a Guarner.
Escofet cuelga; tiene treinta y ocho años de edad, su cabello es negro, ondulado y brillante, sus ademanes son enérgicos y su voz muy arrebatada.
-No me fío de los de la FAI. Andan como locos detrás de las armas.
-¿Ha dicho algo más?
-Sí, parece que el golpe es para mañana por la mañana temprano. Tiene informes fidedignos.
-¿Sabe qué pienso? Me gustaría que empezaran de una vez, así sabremos a qué atenernos.
[LUIS ROMERO]
A menos que uno se fijara atentamente, el 18 de julio parecía un sábado cualquiera. Sin embargo, a pesar de que hacía mucho calor, había pocos ociosos y las playas estaban vacías. Llamaba la atención ver tantas amas de casa que iban de compras; en las panaderías se había terminado el pan por la tarde.
En la sede del comité regional de la CNT reina un vaivén febril. Están reunidos los enlaces de todos los sectores de la ciudad y sus alrededores. La comisión de enlace con la Generalitat trabaja sin interrupción. En un rincón del local Durruti habla con mineros de Fígols, que quieren informarse de la situación. Durruti se apoya en una silla. Acaba de ser operado de una hernia y aún no está totalmente restablecido. No se descarta que tenga una complicación, porque sigue sintiendo dolores. Unos pasos más allá, Marianet telefonea a Madrid. A Ascaso lo buscan por doquier, «que venga enseguida al café Pay-Pay, hay prisa...». Los activistas del sindicato metalúrgico retienen a Ascaso: «¿Qué hacer?» Le proponen acciones. Francisco les responde: «Aún no ha llegado el momento. Hay que conservar la calma.»
[ABEL PAZ 1]
Una ametralladora Hotchkiss, dos fusiles ametralladores checos y numerosos rifles Winchester con munición abundante están preparados en una habitación de la calle Pujadas número 276, casi en la esquina con Espronceda, en el barrio de Pueblo Nuevo. Allí, en el piso donde vive Gregorio Jover, está reunido el comité de defensa anarquista.
Juan García Oliver, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso han llegado con dos horas de retraso. Esta última reunión, una especie de vela de armas, había sido convocada para las doce de la noche. El teniente de las fuerzas aéreas, Servando Meana, ha puesto un coche a la disposición de los tres, para que les recoja desde la Consejería de Gobernación. Han viajado a gran velocidad, con las armas al alcance de la mano; sabían que su retraso intranquilizaría a sus compañeros. Ante el edificio de la Consejería de Gobernación se había formado una especie de manifestación; los militantes de la CNT exigían armas. García Oliver, Durruti y Ascaso han tenido que asomarse al balcón para tranquilizar a la multitud que está en la plaza de Palacio. García Oliver les ha recomendado que rodeen los cuarteles de San Andrés y esperen el momento oportuno. Si todo sale como se ha planeado, mañana la CNT-FAI tendrá en sus manos 25.000 fusiles, ametralladoras y quizás algunos cañones. Meana y otros oficiales (sus enlaces en la aviación) han hablado con el teniente coronel Díaz Sandino, jefe de la base aérea del Prat de Llobregat. Tan pronto como las tropas se subleven y abandonen los cuarteles, los aparatos de la fuerza aérea despegarán para atacarlas. Al bombardear el cuartel de San Andrés se tendrá cuidado de no alcanzar los almacenes de armamentos, para que no estallen los depósitos de municiones. Los miembros de los comités de barriada de Santa Coloma, San Andrés, San Adrián del Besós, Clot y Pueblo Nuevo atacarán el cuartel y harán volar las puertas con dinamita si es necesario. Díaz Sandino está de acuerdo con este plan. En el arsenal de San Andrés hay varios millones de cartuchos de fusil.
Entretanto Gregorio Jover distribuye a los compañeros pan y butifarra y les sirve vino. Se han tomado las medidas necesarias. Los grupos de acción y los comités de barriada han sido alertados. Cada uno sabe lo que tiene que hacer cuando llegue el momento de actuar. En las fábricas y a bordo de los barcos anclados en el puerto, los fogoneros hacen guardia; sus sirenas darán la señal de ataque. Los miembros del comité sólo esperan a que los militares salgan de sus cuarteles. Según las últimas informaciones, los golpistas iniciarán las hostilidades al amanecer.
García Oliver está sentado en una silla, nervioso y abrumado por varios días de actividad febril. Debería aprovechar las pocas horas que restan para descansar, antes de afrontar nuevos y mayores esfuerzos. Pero no logra dormirse.
Los reunidos han trabajado durante semanas y meses para llegar a esta noche. Ya antes de las elecciones de febrero estaban convencidos de que la Guerra Civil era inminente. Muchos militantes de la CNT tendieron a revisar su actitud tradicional con respecto a las elecciones (es decir, el boicot), y votar excepcionalmente por los partidos de la izquierda burguesa y los socialistas. La dirección no lo aconsejó ni lo desaconsejó, dejó que cada uno decidiera por su cuenta. Al fin y al cabo sería igual si ganaba las elecciones la derecha o la izquierda. Si el fascismo hubiese llegado legalmente al poder a través de la abstención de los obreros anarquistas, ésa habría sido la señal para la insurrección armada. En cambio, según preveía la CNT, una victoria electoral de la izquierda habría inducido a los fascistas a tratar de subir al poder mediante el habitual golpe de Estado militar. En todo caso habría que enfrentarse a ellos con las armas en la mano. Los acontecimientos han confirmado la corrección de este cálculo; el análisis de los anarquistas era más realista que el de los políticos profesionales de los partidos.
La CNT era una organización federalista compuesta de confederaciones regionales que operaban casi independientemente, por lo cual no podía planear un contragolpe a escala nacional; tenía que limitarse a Cataluña, es decir, sobre todo a Barcelona. Madrid es la capital política de España. Pero Barcelona es la capital industrial y proletaria del país. La gran proporción de obreros de que consta su población y su tradición revolucionaria otorgan a la ciudad un prestigio excepcional y una primacía política; si las masas obreras triunfan aquí, su movimiento se extenderá también a las demás ciudades del país.
En consecuencia, los anarquistas comenzaron a organizar comités de defensa en cada barriada. Estos comités estaban coordinados de tal modo que era posible mantener una comunicación permanente con los delegados. Cada delegado conoce las consignas para la hora señalada. También las Juventudes Libertarias y la organización de Mujeres Libres están incluidas en este plan operativo. La federación de sindicatos y el comité regional acordaron que esta vez no se proclamara la huelga general, para no poner sobre aviso al enemigo.
El plano de la ciudad que está sobre la mesa señala la posición de los cuarteles, los acantonamientos de tropas y su número. Informes confidenciales de los cuarteles completan en el último momento los antecedentes del enemigo. El comité ha estudiado también la red de alcantarillas y conoce las vías de acceso subterráneas y los empalmes. Más importante aún es la instalación eléctrica; se han tomado las medidas necesarias para privar de energía eléctrica a cualquier sector cuando así se requiera. Los grupos armados tienen orden de permitir a las tropas que salgan de sus cuarteles sin hostigadas. Este aparente éxito inicial les hará creer que no habrá resistencia. Probablemente los soldados llevarán consigo a lo sumo cincuenta cartuchos cada uno. Una vez que las tropas se hayan alejado de sus cuarteles, se abrirá fuego contra ellas. Cuando se les agote la munición y se encuentren aislados, aparecerán los primeros signos de desmoralización. Entonces habrá llegado el momento de la agitación. Es importante que se revuelvan contra sus oficiales, o que deserten por lo menos. En cuanto a la Guardia de Asalto, se supone que se pondrá de parte del gobierno constitucional y contra los golpistas; por lo tanto, los grupos de defensa colaborarán con ella. La actitud de la Guardia Civil es incierta; debe vigilársela y sólo se abrirá fuego contra ella si ataca a los obreros. En este caso se la combatirá tan implacablemente como al ejército.
Todo ha sido pensado, discutido, estudiado y resuelto. Los miembros del comité de defensa anarquista están en silencio. Consumen grandes cantidades de café para mantenerse despiertos. Templan su impaciencia. Cada uno vuelve a repasar mentalmente todos los detalles. Se conocen y han luchado juntos desde hace años. Son como hermanos, o tal vez más que hermanos. Es posible que esta noche sea la última vez que se vean. Francisco Ascaso fuma nerviosamente. Está pálido, como siempre, y como siempre emana una sonrisa escéptica de sus labios fríos y delgados. También Durruti parece sonreír, pero a pesar de sus cejas tupidas y oscuras, del entrecejo fruncido y las arrugas de la frente, su expresión tiene algo de infantil. Sus ojos grises y vivaces repasan una y otra vez los armamentos. Ricardo Sanz, alto, rubio y fuerte, está sentado inmóvil. Su actitud es casi indiferente. Gregario Jover, a quien por sus pómulos llaman El Chino, parece más chino que nunca; juega con las cartucheras que lleva en la cintura. Aurelio Fernández trata de descifrar la gravedad de la situación en el rostro de Jover, como si éste fuera un termómetro; sus ojos son un poco saltones y su compostura erguida; es el único que se preocupa por vestir bien. Todos ellos son veteranos combatientes callejeros, guerrilleros urbanos familiarizados con la pistola. El comité tiene también dos miembros más jóvenes, Antonio Ortiz y Valencia. Aquél desea conversar y trata vanamente de hacer hablar a sus silenciosos compañeros; el cabello se le arremolina en bucles. Valencia se siente orgulloso de haber sido admitido en esta velada. Fuma mucho y enciende un cigarrillo tras otro. Han trasladado su cuartel general aquí, porque la mayoría de ellos viven en este barrio. Desde el piso de Jover se ve, casi enfrente, el estadio de fútbol del Júpiter. Las calles de alrededor están vigiladas por gente escogida. Dos camiones esperan en la calle Pujadas, al lado del campo de fútbol. García Oliver habita a sólo cincuenta metros, en el número 72 de la calle Espronceda. Ascaso en la calle San Juan de Malta, justo en las inmediaciones del local de La Farigola, donde se han reunido días atrás el pleno de los comités de defensa de barriada y el comité de defensa de Barcelona. Durruti vive en el Clot, a menos de un kilómetro de distancia.
Un viejo reloj de pared, comprado en el mercadillo de viejo (los Encantes), hace tictac con una torturante lentitud. Una ametralladora Hotchkiss, dos fusiles ametralladoras checos y numerosos fusiles Winchester...
[LUIS ROMERO]
Entre las once y medianoche algunos grupos abandonaron el comité regional para resolver el problema del transporte. Es absolutamente imprescindible conseguir coches para que los comandos de ataque puedan movilizarse. Una hora más tarde ya pasan por las Ramblas coches requisados con las siglas de la CNT-FAI escritas en grandes letras con tiza. Los obreros que van por el paseo saludan a los coches y gritan a los chóferes: «¡Viva la FAI!» La misma noche son asaltadas las armerías de Barcelona. Los grupos anarquistas vacían los escaparates y armarios y se apoderan de revólveres y escopetas.
[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2/ABEL PAZ 1]
A las dos de la madrugada Durruti y García Oliver se presentan en la jefatura de policía y exigen categóricamente al comisario Escofet que desarme a la mitad de la Guardia de Asalto y ponga los fusiles a disposición de los trabajadores. Escofet se niega, y afirma que sus hombres cumplirán con su deber hasta el último momento, y que no puede desprenderse de ninguna arma.
A las 4.30 suena el teléfono en la jefatura de policía. «Ha llegado el momento, las tropas de Pedralbes y Montesa abandonan sus cuarteles.» Ascaso y Durruti toman sus armas y salen de la jefatura. Santillán y García Oliver agarran del uniforme al oficial de guardia: «¿Dónde están las pistolas? ¡Apúrese!»
[ABEL PAZ 1]
A las cinco de la madrugada se produce un tumulto frente al palacio gubernamental. Los guardias están nerviosos. Una multitud procedente de la Barceloneta se apretuja en el portal. La situación es crítica. Durruti, que acaba de llegar, sabe lo que significa la manifestación. Sale al balcón. Los obreros portuarios lo reconocen y piden que los guardias dejen pasar al palacio a una delegación que quiere hablar con la comisión de enlace. En ese momento ocurre algo extraordinario. Se desvanece la mortal tensión entre los manifestantes y los guardias palaciegos, compuestos por policías de la Guardia de Asalto. La disciplina militar se resquebraja. Obreros y guardias confraternizan. Un guardia se desajusta el cinturón y da su pistola a un obrero. Pronto se reparten también los fusiles entre la muchedumbre. Un acontecimiento asombroso se produce ante los ojos de los oficiales: los policías se convierten en seres humanos.
[ABEL PAZ 1/DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2]
Los primeros rayos del día iluminan las fachadas deslucidas de las calles Pujadas, Espronceda y Llull. Numerosos hombres armados ocupan los alrededores del campo de fútbol del Júpiter. Casi todos llevan ropas de obrero azules. Veinte militantes seleccionados acompañarán al comité de defensa anarquista; todos ellos familiarizados con la lucha callejera. Las armas han sido cargadas en los dos camiones. Ricardo Sanz y Antonio Ortiz instalan una ametralladora en el techo del primer camión. «¡Compañeros! El comité de defensa de Sanz acaba de llamar por teléfono. ¡Las tropas salen de los cuarteles!» El enlace está sin aliento. En los balcones del vecindario se ven madrugadores. Caras expectantes, solidarias, pero también atemorizadas. Los militantes de la barriada se reúnen cerca del campo de fútbol. Los que tienen una pistola la exhiben. El resto las pide. Se distribuyen las reservas.
-¿Qué hacemos? ¿Esperamos las sirenas? -pregunta Durruti. Los chóferes ponen en marcha los motores. A lo lejos se escucha un prolongado ulular: la primera sirena de las fábricas. La gente calla. El silbido crece y se aproxima, cada vez se incorporan más sirenas. La gente se lanza a los balcones. Los miembros del comité y su escolta suben a los camiones.
-¡Viva la FAI!
-¡Viva la CNT!
-¡En marcha!
Los camiones arrancan, los ocupantes levantan las armas.
La bandera roja y negra, izada en un listón de madera, se despliega al viento. Pasan en primera por las Ramblas de Pueblo Nuevo. Se incorporan más y más camiones. Los dirigentes muestran las ametralladoras a la multitud, que impresionan a los espectadores como símbolos de decisión. Durruti, Ascaso, García Oliver, Jover y Sanz son aclamados desde los tejados y los balcones. Las sirenas siguen sonando, sus voces provienen de las barriadas pobres del cinturón industrial de Barcelona, es una voz proletaria que arrastra a la movilización a los obreros.
Los militantes anarquistas han pasado la noche en los locales sindicales, en los comités y en las trastiendas. Ahora afluyen en masa hacia el centro de la ciudad. Los grupos de Sans, Hostafrancs y Collblanc, los «murcianos» de la Torrassa, los cenetistas de Casa Antúnez se dirigen hacia la plaza España y el Paralelo: su objetivo es el cuartel de ingenieros de Lepanto. Los obreros textiles de La España Industrial, los metalúrgicos de Escorza y Siemens, los huelguistas de Lámparas Z, albañiles, curtidores, obreros del matadero, basureros, peones, entre ellos algunos cantantes de los coros de Clavé, subproletarios de las barracas de Montjuïc y también algunos matones de Pueblo Seco: todos acuden. También los campesinos de la antigua villa de Gracia, de tradición revolucionaria y anarquista, obreros de las hilanderías y de los depósitos de tranvías, y también dependientes de comercio. No sólo hay anarquistas, sino también socialistas, catalanistas, comunistas y gente del POUM, y todos avanzan hacia el Cinco de Oros, hacia la Diagonal, hacia los límites de sus barrios, y levantan barricadas, vigilan las calles de acceso y las encrucijadas. El lumpenproletariado de Monte Carmelo desciende a la ciudad y se une a los habitantes de las calles a medio urbanizar, que terminan a lo lejos en el campo abierto, a los viejos compañeros de Poblet y Guinardó que han escuchado la palabra de Federico Urales, el gran maestro de los anarquistas, y conocen a su hija, Federica Montseny, desde que era niña. Los obreros de Fabra y Coats y Rottier, los mecánicos de la Hispano-Suiza y los operarios de La Maquinista se unen con los peones y los desocupados y avanzan hacia el cuartel y el arsenal de San Andrés, donde están almacenadas armas suficientes para asegurarles el dominio de la ciudad entera. No hay que omitir a los de Fundición Girona, los de las fábricas de papel, los obreros del gas y químicos del Clot, San Martín de Provensals, la Llacuna y Pueblo Nuevo, que se unen con la gente de la Barceloneta, los pescadores, los estibadores, los metalúrgicos de Nuevo Vulcano, los ferroviarios del ferrocarril del Norte y los gitanos del Somorrostro. Todos han escuchado las sirenas.
Los dos camiones llegan a la calle Pedro IV. Allí también hay entusiasmo en las aceras. En las casas, sin embargo, vive gente pudiente, comerciantes y artesanos «de categoría». Ven desfilar llenos de temor la caravana. Nadie se atreve a dar señales de desaprobación; incluso el silencio podría ser demasiado peligroso. Por eso gritan: «¡Viva la CNT! ¡Muera el fascismo! ¡Abajo el clero!»
La batalla decisiva se librará en el centro, en el casco antiguo de la ciudad. Allí también cuentan con apoyo los anarquistas, porque incluso en los barrios burgueses habitan muchos compañeros y los porteros, los limpiabotas, los camareros y los barrenderos son partidarios suyos.
[LUIS ROMERO]
Juan García Oliver, Francisco Ascaso, Antonio Ortiz, Jover y Valencia dirigen las operaciones contra los rebeldes que ocupan la confluencia del Paralelo con la Ronda de San Pablo. Al lado de un número creciente de obreros más o menos armados luchan un suboficial y dos hombres del cuartel de Atarazanas que se han insubordinado contra sus oficiales y han traído su ametralladora consigo. Desde la terraza de la casa situada en la esquina de la calle de San Pablo han conseguido rechazar a los soldados que se atrincheraban en la puerta de San Pablo. Al mismo tiempo, Jover y Ortiz han irrumpido con cincuenta hombres por la puerta trasera del café Pay-Pay, y desde allí han abierto fuego. Los soldados, cercados, se han replegado ahora hasta el Paralelo. Están parapetados detrás del puesto de frutas que hay frente al cabaret Moulin Rouge y en la terraza del café La Tranquilidad. Desde allí dominan con sus ametralladoras toda la avenida del Paralelo; el grupo que dirige Francisco Ascaso ha sufrido graves pérdidas al tratar de cruzar el Paralelo por la calle Conde del Asalto.
García Oliver, Ascaso y Durruti se han reunido por la mañana temprano en las Ramblas. Se había acordado que Durruti y su grupo asaltarían el Hotel Falcón, desde cuyas ventanas operaban carabineros enemigos; después, una vez despejada la situación en la plaza del Teatro, Durruti avanzaría hasta el restaurante Casa Juan para emplazar allí las ametralladoras contra los fascistas que se habían atrincherado en el cuartel de Atarazanas y la Puerta de la Paz. Dominando la parte media de las Ramblas controlarán las calles transversales del casco antiguo. El establecimiento de tropas en la encrucijada Paralelo-San Pablo, una posición de gran importancia estratégica, es una amenaza imprevista para el plan de García Oliver. Por eso ha movilizado todas las fuerzas disponibles para desalojar los nidos de ametralladoras de los fascistas. El comando ha atravesado momentos difíciles al avanzar a lo largo de la calle San Pablo; ha tenido que pasar ante el cuartel de carabineros. García Oliver ordenó proteger los alrededores para no caer en una trampa, y parlamentó con un oficial y algunas tropas. Los exhortó a definir su posición. Contestaron que los carabineros eran fieles al gobierno; que no les incumbían funciones policiales y que su misión era la lucha contra el contrabando y la seguridad aduanera. La guarnición del cuartel dio su palabra de honor de que no atacarían por la espalda al grupo de combate de García Oliver. Después se demoraron otra vez en la cárcel de mujeres, en la calle Amalia. Se la registró, porque no se descartaba que allí también se hubiesen establecido los fascistas. No era así. Sin embargo, la cárcel fue desalojada, ya que en caso de un repliegue podría servir como resguardo. Las presas salieron llorando de sus celdas. No se sabe si de alegría o de miedo, algunas histéricamente emocionadas.
Por la calle Abad Zafont, Ascaso se aproxima con sus hombres al grupo de García Oliver. Ascaso viste un traje marrón gastado y alpargatas ligeras y empuña una pistola amartillada.
-Se repliegan hacia el Moulin Rouge. ¡Ya están listos!
-¡Eh! ¡Vosotros! Ocupad la terraza del bar Chicago, y disparadles desde arriba. Pero no al azar, hay que afinar la puntería. Cuando escuchemos vuestra ametralladora nos lanzamos por el Paralelo y los acribillamos.
Mientras el grupo de choque se dirige por la calle de las Flores hacia el bar Chicago, los demás esperan. Hacen una pausa y fuman un cigarrillo. Los soldados continúan disparando, pero ya están a la defensiva y no tienen blancos precisos. A pesar de la intensidad del tiroteo, algunos curiosos rondan por las calles. Se mantienen cerca de los portales, listos para refugiarse en ellos.
Por fin se escucha en un tejado una descarga. Responde por todas partes el fuego de las ametralladoras, alternado por las débiles detonaciones de las pistolas.
-¡Viva la FAI! ¡Adelante!
Los dirigentes anarquistas se lanzan al ataque y cruzan el Paralelo. Una mujer envuelta en un albornoz rosa, la cara pálida y macilenta sin maquillar, levanta los brazos y grita:
-¡Vivan los anarquistas!
[LUIS ROMERO]
Otros grupos armados se dirigen hacia la plaza de Cataluña desde las calles transversales y por las bocas del metro y atacan a los soldados. También la Guardia Civil dispara contra los golpistas. Se emplaza un cañón. Pero en el Hotel Colón los rebeldes tienen todavía algunas ametralladoras que disparan ciegamente contra la multitud que avanza impetuosa. El combate dura más de media hora, la plaza está cubierta de cadáveres. Por último, al apoderarse la Guardia Civil de la planta baja, aparecen los primeros pañuelos blancos por las ventanas del Colón. Sólo en el edificio de la Telefónica resisten más los fascistas. Los anarquistas, con Durruti al frente, asaltan el inmueble avanzando desde las Ramblas. Hacia la mitad de la calle, la acera está cubierta de muertos, entre ellos Obregón, el secretario de la federación de Barcelona. Los atacantes llegan finalmente a la Puerta del Ángel. Durruti entra primero en el vestíbulo de la Telefónica, que luego será conquistada piso por piso. La plaza de Cataluña, el centro de Barcelona, está en manos de los trabajadores.
[ABEL PAZ l/DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2]
En las Ramblas habían emplazado un cañón de 75 que disparaba cada vez más cerca contra los muros de la fortaleza de Atarazanas abriendo allí grandes brechas. Entretanto acudían centenares de obreros ante el cuartel. El pueblo de Barcelona disparaba contra él; mujeres y niños acarreaban las municiones y traían alimentos y abastecimientos para los hombres de las barricadas.
[RICARDO SANZ 1]
Los anarquistas llevan la iniciativa en la lucha final contra el cuartel de Atarazanas y el edificio de la comandancia de la región militar situados ambos al final de las Ramblas. Ya han avanzado hasta la Rambla de Santa Mónica. Al otro lado del cuartel, en la Puerta de la Paz, algunas unidades policiales y elementos antifascistas de diversas organizaciones, vestidos de paisano, luchan al lado de los combatientes callejeros de la CNT. Dirigidos por Francisco Ascaso, que empuña siempre su Astra de 9 mm, los miembros del comité de defensa anarquista avanzan cautelosamente hacia el sur, protegidos por los robustos árboles del paseo de las Ramblas; Durruti, Ortiz, Valencia, García Oliver y los militantes de los sindicatos anarquistas: Correa, del sindicato de la construcción, Yoldi y Barón de los metalúrgicos; García Ruiz, de los tranviarios; también están Domingo y Joaquín, hermanos de Ascaso. Allí está además el camión con la ametralladora sobre la cabina, que ocupan Ricardo Sanz, Aurelio Fernández y Donoso. No están solos: cientos de obreros se han puesto en movimiento.
A medida que los atacantes se aproximan al cuartel, cada paso adelante se hace más difícil y peligroso. Los militares sublevados están bien parapetados. Los tirotean desde el balcón del Sindicato del Transporte y desde el Centro de Dependientes; durante la noche se han improvisado avanzadillas con muebles, colchones y enormes bobinas de papel que proceden de la imprenta de Solidaridad Obrera.
Los primeros anarquistas abandonan su abrigo detrás de los árboles y cruzan las Ramblas; los ata6futes se detienen en la calle de Santa Madrona, situada al alcance del fuego del cuartel y de la comandancia de la región militar. La única protección la ofrecen los puestos del mercadillo de libros viejos.
Durruti y su gente sólo ven una posibilidad de avance. La parte más antigua del cuartel está rodeada por un muro que ya ha sido destruido por el fuego de artillería y granadas de mano. Partes del muro se mantienen en pie y pueden servir de protección. Pero, entretanto, Ascaso ha divisado, en una ventana que da a la calle de Santa Madrona, a un tirador con una ametralladora, que domina todo el sector y hace fuego sobre los compañeros que avanzan por las Ramblas.
[LUIS ROMERO]
Para llegar a esa posición hay que abandonar el abrigo y recorrer un trecho que está bajo el fuego de la comandancia de la región militar. Mientras los compañeros deliberan aún sobre la maniobra táctica, una bala roza en el pecho a Durruti. Sus amigos lo envían a un puesto improvisado de socorro; Lola Iturbe, una luchadora de primera hora, lo venda provisionalmente. Entretanto, un comando compuesto por Ascaso, García Oliver, Justo Bueno, Ortiz, Vivancos, Lucio Gómez y Barón inician una carrera con la muerte y zigzaguean desde la barricada hasta los puestos de libros. Estos puestos son las mejores posiciones de partida para empezar un ataque por la calle de Santa Madrona. Allí están bajo una lluvia de balas: ofrecen un buen blanco, tanto desde las torrecillas del cuartel como desde el puesto de la comandancia de la región militar.
[ABEL PAZ 1]
Francisco Ascaso llega a los puestos de libros seguido por Correa y algunos otros militantes. Durruti y sus compañeros lo llaman, pero él se desentiende de sus preguntas y les hace señas de que no se preocupen por él, para no llamar la atención. Hay que silenciar ese nido de ametralladora en la ventana. Ascaso estudia la situación táctica. Casi justo frente a la ventana hay un camión estacionado; entre el último puesto de libros y el camión no hay protección. Ascaso está convencido de que, si consigue llegar al camión, podrá liquidar al tirador de la ametralladora con un solo tiro de pistola, a corta distancia. Agachado, se lanza a correr. Varios impactos en el muro de la casa, detrás de él, demuestran que el tirador le ha descubierto.
[LUIS ROMERO]
Durruti, que ha observado la operación desde la barricada, le dice a Pablo Ruiz: «Me habéis engañado, la herida podía esperar.» Y ordena concentrar el fuego contra la torrecilla del cuartel en la cual Ascaso ha puesto sus miras. Pero el tirador enemigo ya ha descubierto la celada.
[ABEL PAZ 1]
Antes de llegar al camión, se arrodilla, apunta y dispara. Cuando se dispone a levantarse y seguir corriendo hacia el camión, una bala le da en medio de la frente. Cae.
Los compañeros le han visto levantar los brazos y caer al suelo. Yace bocabajo, ya no se mueve.
[LUIS ROMERO]
García Oliver es el primero en comprender lo que ha ocurrido y trata de saltar sobre el parapeto que lo protege, pero lo detiene un movimiento instintivo de Barón. Pasan aún unos minutos hasta que el tirador enemigo es silenciado. Entonces Ricardo Sanz y Ortiz pueden poner en lugar seguro el cadáver de Ascaso.
[ABEL PAZ 1]
He presenciado de cerca las jornadas de julio en Barcelona. Yo no me eché a la calle ni hice fuego, porque no me lo permitieron. Pero he visto caer a Ascaso, desde el sindicato metalúrgico, en las Ramblas. He visto su cadáver cuando lo recogieron; estaba totalmente acribillado de balas, ¡como un colador!
Nadie pudo explicarse su acción. Se adelantó solo, el cuartel estaba aún en poder de las tropas de Franco. Salió solo a enfrentarse a una muerte segura. No sé cómo se le ocurrió. Parecía un suicidio.
[ÉMILIENNE MORIN]
El último encuentro del grupo Nosotros se llevó a cabo el 20 de julio frente al cuartel de Atarazanas. El crepitar de las ametralladoras y los silbidos de las bombas de la FAI, ruidos familiares para nosotros, nos habían convocado. Durruti dirigía el ataque en primera línea, Ascaso y García Oliver manejaban una recalentada ametralladora, Sanz había traído un cesto con bombas arrojadizas, que lanzaba contra el cuartel sitiado; también estaban presentes Aurelio Fernández, Antonio Ortiz y Gregario Jover. Francisco Ascaso cayó en este combate.
Su muerte fue el fin del grupo. Nunca nos volvimos a reunir, ni siquiera en el entierro de Ascaso. Y quizás ése fue el error más grande que cometió el grupo; se dispersó, se disolvió, el viento se lo llevó.
[RICARDO SANZ 2]
-¡Viva la FAI! ¡Viva la anarquía! ¡Viva la CNT! ¡Compañeros! ¡Hemos derrotado a los fascistas! ¡Los combatientes obreros de Barcelona han vencido al ejército!
-¡Viva la República!
-¡Sí, que viva también la República!
La lucha en Barcelona ha terminado. El edificio de la comandancia de la región militar se ha rendido; poco después ha capitulado también el sitiado cuartel de Atarazanas. Sudorosos, riendo y roncos, se abrazan los combatientes callejeros. Levantan las armas, levantan los puños, vitorean a sus dirigentes.
Harapientos, extenuados, los rostros ennegrecidos, en mangas de camisa, los ojos espantados y las manos en alto, rodeados de caras amenazadoras e insultados por una multitud enfurecida, son conducidos los prisioneros, nadie sabe adónde, ni siquiera sus guardianes. García Ruiz, un tranviario, se dirige a García Oliver.
-¿Qué hacemos con éstos?
En esta ciudad no dan órdenes ni policías, ni oficiales de la Guardia de Asalto, ni políticos. Los que visten orgullosos uniformes, los señores que ordenan a gritos y usan imperdibles y charreteras, los hombres que ciñen la espada y el sombrero de copa negra, están arruinados, han sido vencidos. Quienes han demostrado su fuerza, quienes han ganado, son los que antes no tenían nada que decir, los perseguidos y encarcelados, los que tenían que ocultarse en los sótanos.
-¡Llévalos al Sindicato del Transporte y que queden detenidos! Ya decidiremos qué hacer con ellos.
Durruti, contraídas las cejas, empuña el arma aún caliente.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Jover guarda silencio. No saben qué decir. La alegría de la victoria retrocede ante el recuerdo de Ascaso, el compañero de tantos años de lucha.
-¡Pobre Paco!
Pero no tienen tiempo para los sentimientos, para el dolor y la melancolía. Es la hora de actuar.
-¡Vamos ya! -dice García Oliver.
[LUIS ROMERO]
El 20 de julio Durruti fue herido dos veces, en la frente y en el pecho. Se le vio llorar de dolor y de rabia ante el cadáver de Ascaso.
Al terminar el combate, Durruti, a quien la prensa burguesa calificaba de terrorista y asesino, se dirigió al palacio episcopal y salvó la vida al arzobispo de Barcelona, cuya cabeza pedía la multitud enfurecida. Lo sacó del edificio sin ser advertido, cubriéndolo con un guardapolvo. Las riquezas acumuladas en el palacio, cuyo valor ascendía a muchos millones de pesetas, Durruti las entregó íntegramente a la Generalitat.
[ALEJANDRO GILABERT]
El arzobispo de Barcelona pudo escapar después del 20 de julio gracias a la protección formal de los anarquistas. Quizá pagaban con ello una deuda de gratitud: el prelado había aceptado firmar una petición de indulto a favor de Durruti y Pérez Farrás, cuando éstos habían sido condenados a muerte después de los acontecimientos de octubre de 1934.
[MARGUERITE JOUVE]
Todas las iglesias de Barcelona fueron quemadas, con excepción de la catedral, cuyos tesoros artísticos, de incalculable valor, había logrado salvar la Generalitat. Los muros de las iglesias siguen en pie, pero sus cámaras interiores han sido destruidas por completo. Algunas iglesias humean todavía. En la esquina Ramblas-Paseo de Colón se ven las ruinas de la línea naviera italiana Cosuchlich. Se dice que allí se habían atrincherado carabineros italianos; los obreros habrían asaltado e incendiado la casa. Aparte de las iglesias y este edificio, no se han producido otros incendios intencionados.
[FRANZ BORKENAU]
Al asegurarse la victoria, comenzó la cacería humana en Barcelona y la provincia: la caza al cura, a los monjes y monjas, a los aristócratas, los ricos, a todos a quienes se quería ajustar cuentas. Los conventos e iglesias fueron incendiados, y las mansiones de los ricos saqueadas.
La responsabilidad por esta ola de terror no recae sólo sobre los anarquistas. Muchas de estas acciones se han producido espontáneamente como consecuencia del largo y sofocado odio del pueblo contra las clases acomodadas y la Iglesia. Además, se habían abierto las puertas de las prisiones. Bandidos, ladrones y asesinos se organizaron en bandas y dieron rienda suelta a sus impulsos.
Nunca será posible hacer un balance exacto de estos primeros días de la revolución. Sólo en Cataluña fueron asesinados, torturados y cruelmente masacrado s setecientos sacerdotes, curas y monjas. Hubo escenas horribles. Se calcula en 25.000 el número de muertos en Cataluña, y en 10.000 el de prisioneros.
[JEAN RAYNAUD]
Un comerciante extranjero, la mayoría de cuyos amigos españoles eran empresarios, me dice: «Como extranjero, uno está aquí seguro, hasta cierto punto. ¡Pero los españoles!» Con ello se refiere, por supuesto, a los españoles que él conoce, la mayoría de los cuales pertenecen a asociaciones empresariales de Cataluña. «En los primeros días han matado a miles y miles de ellos. Inmediatamente después de la derrota de los militares, los trabajadores comenzaron a ajustar cuentas con sus enemigos personales.» Esta expresión la había escuchado antes, e insistí en aclarar exactamente los hechos. Se demostró así que esos ajustes no habían sido quizá de índole tan personal. En realidad, parece que ha ocurrido lo siguiente: a los sacerdotes los han matado, no porque fueran odiados como individuos (eso podría calificarse de «ajuste de cuentas con enemigos personales»), sino porque eran sacerdotes; y a los empresarios, especialmente en las industrias textiles de la zona de influencia de Barcelona, los han matado sus obreros; a menos que hubiesen huido a tiempo. Los directores de las grandes empresas (como la Sociedad Tranviaria de Barcelona) conocidos como enemigos del movimiento obrero, han sido liquidados por comandos especiales organizados por el sindicato respectivo. Los principales políticos de la derecha han sido liquidados por comandos especiales anarquistas.
Es lógico que mi interlocutor, que en esas masacres ha perdido amigos y quizá también íntimos amigos, se sienta horrorizado. «¡Un cuadro de horror!», exclama. «¡Hombres fusilados sin acusación ni juicio previo, sólo por su identidad, su posición social o sus opiniones políticas y religiosas! ¡Asesinados por sus enemigos personales! ¡Esos anarquistas! ¡La gente del POUM! ¡Esos gángsters! Hay que reconocer que los socialistas y los comunistas se comportan mejor. El gobierno de la Generalitat y su partido Esquerra están horrorizados.»
[FRANZ BORKENAU]
La policía está influida cada vez más por el anarquismo. Sus cuarteles se vacían, los policías se echan a la calle. También los Mozos de Escuadra, la policía provincial del gobierno catalán, está desmoralizada.
En una casa próxima a la residencia del presidente de Cataluña, tres o cuatro sujetos se dedican a arrojar muebles por el balcón. El incidente es trivial; en toda revuelta se atacan las viviendas del enemigo. Si no se lo encuentra, la gente se resarce en sus bienes. Pero lo que en realidad intranquiliza al presidente Companys es sobre todo la circunstancia de que a poca distancia del palacio gubernamental se ataque públicamente la propiedad privada ante la indiferencia de la Guardia de Asalto. ¿No se corría el riesgo de perder los frutos de la victoria si se rompía la disciplina de los servidores del orden público? Companys se comunica telefónicamente con Escofet, y le pregunta hasta qué punto le obedecen las unidades a su mando: la Guardia de Asalto, la Guardia Civil y los Mozos de Escuadra.
Escofet contesta: «No respondo de nadie. Las tropas se me van de la mano, se pasan a la FAI.»
[MANUEL BENAVIDES]
De repente todo el poder había pasado a manos de la CNT y la FAI en toda Cataluña. Los anarquistas no tenían más que tomarlo. Su organización debía decidir. Sus dirigentes veían sólo dos posibilidades: o una dictadura de los anarquistas o la cooperación con un gobierno existente, aunque impotente. Era un momento decisivo. Si los anarcosindicalistas hubiesen destruido el aparato estatal de la Generalitat, quizás habrían podido defender su revolución con mayor efectividad en los meses siguientes. Sin embargo, no hay ninguna razón para suponer que la destrucción del aparato estatal en Cataluña hubiese alterado el resultado de la guerra. La circunstancia de que los anarquistas no tomaran el poder fue sólo uno entre muchos factores que contribuyeron a desviar de su curso el cometa de la revolución.
[STEPHEN JOHN BRADEMAS]
Juan Comorera, socialdemócrata y futuro secretario general del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), en el cual se habían integrado los partidos comunistas y socialdemócratas, trató esa noche de hacerle comprender la situación al presidente.
«La FAI y el POUM son dueños de la calle y hacen en ella lo que les da la gana. Ha empezado una larga guerra que habremos de perder si no procuramos que esas organizaciones se descompongan en pocas semanas, a lo sumo en algunos meses... Por eso debemos unificar nuestras fuerzas y organizar el sindicato socialista de la UGT para oponerlo a la CNT. Usted, señor presidente, no debería hacer uso de la fuerza en ningún caso en estos momentos. Debe tratar de asegurar el orden revolucionario y apoyar la formación de tropas que dependan de la Generalitat. Tenemos que ponernos a la tarea de construir un ejército. Los anarquistas y los trotskistas chillarán mucho cuando se enteren. Hagámonos los sordos. Tan pronto como dispongamos de unas fuerzas armadas y recuperemos un movimiento obrero-campesino sólido, dirigiremos la guerra en el frente y defenderemos la economía en la retaguardia, en lugar de hacer la revolución, que por ahora no es nuestro objetivo.»
[MANUEL BENAVIDES]
La casa Cambó, sede del Fomento Nacional del Trabajo (es decir la unión de empresarios de Cataluña), un compacto edificio que parece un banco de primera categoría, está situada en el número 32 de la Vía Layetana. Muy próxima está la sede del poderoso Sindicato de la Construcción, afiliado a la CNT, en una vieja y sombría casa de la calle Mercaderes. En el curso de la lucha los obreros de este sindicato decidieron en una reunión asaltar y ocupar la casa Cambó. Al principio ocurrió por razones puramente militares, porque desde el último piso del edificio un tirador con una ametralladora podía dominar una importante arteria. Pero poco después de la ocupación acudieron cada vez más grupos a la casa, y se convirtió automáticamente en una especie de estado mayor de la revolución. También el comité regional de la CNT se trasladó a esta casa durante la lucha. Después de la victoria de la revolución, el edificio cambió de nombre: toda Barcelona lo llamaba la casa de la CNT-FAI.
Donde antes estaban las oficinas directivas de los grandes financieros e industriales, ahora despachaban permanentemente los consejos, los comités y los órganos coordinadores de los sindicatos de Barcelona. El cambio que se había operado ya se podía reconocer en la puerta de entrada: el semicírculo que formaba el gran portal estaba obstruido por una barricada de sacos de arena y defendido por dos ametralladoras. En los amplios balcones de la fachada había enormes carteles. En esa casa, el pleno de la CNT de Cataluña inauguró el 20 de julio las deliberaciones sobre la línea política que se seguiría frente al gobierno.
[ABEL PAZ 1]
La casa del Sindicato de la Construcción, donde acaba de celebrarse la reunión del comité regional de la CNT, está situada muy cerca del palacio de la Generalitat de Cataluña. Sin embargo, los miembros del comité de defensa han decidido recorrer en coche esa distancia. Una pequeña caravana de coches con hombres armados los acompañan. Con sus fusiles, pistolas, pistolas ametralladoras y granadas de mano hacen un alarde de fuerza, y al mismo tiempo se previenen contra una improbable pero posible emboscada. Durruti se considera a sí mismo un hombre de acción principalmente, aunque ha intervenido como orador en innumerables reuniones. No confía en su elocuencia, sino más bien en la pistola que lleva al cinto y en el fusil que tiene entre las rodillas. A su lado, en el lugar del difunto Ascaso, está sentado su hermano Joaquín. En estos tres últimos días, los miembros del comité se han jugado el todo por el todo. Su victoria ha superado todas las previsiones. La ciudad está en su poder. La CNT-FAI es dueña de Barcelona y de toda Cataluña. Ha sonado la hora del anarquismo. ¿Cómo procederá el gobierno? Durruti y su gente exigirán lo que les corresponde: vía libre para la revolución proletaria. No aspiran a constituir un gobierno, pero en la mesa de negociaciones defenderán arma en mano el poder que han conquistado. Nadie les arrebatará la victoria. La Guardia Civil ha intervenido a favor del gobierno sólo a última hora; las tropas están desconcertadas. La policía acuartelada ha perdido su eficacia como instrumento de represión. La Guardia de Asalto está a favor del pueblo en su mayoría. El ejército ha sido aniquilado; los oficiales antifascistas no pueden organizar un ejército nuevo y contundente con las pocas unidades que han permanecido leales. La policía provincial es débil, alcanza apenas para la defensa del palacio gubernamental. Los nacionalistas catalanes y los partidos pequeñoburgueses, que podrían oponerse, no preocupan en lo más mínimo a los anarquistas. El proletariado de Barcelona está muy bien armado ahora; centinelas y barricadas aseguran las posiciones claves; los locales sindicales y los centros obreros han sido fortificados. Los políticos burgueses están aislados.
Mientras el comité regional delibera en la sede del Sindicato de la Construcción con Marianet, Santillán, Agustín Souchy y otros militantes, suena el teléfono. Marianet Vázquez atiende la llamada. «Sí, aquí el secretario del comité regional.» Su rostro expresa sorpresa. Todos le escuchan mientras dice con tono burlón: «Comprendo. Bueno, lo discutiremos ahora mismo.» Luego cuelga, se da la vuelta e informa a los demás: «El Presidente Companys ruega que el comité regional envíe una delegación. Quiere negociar.» Antes de que se hayan repuesto del aturdimiento, el secretario prosigue con toda normalidad:
-Compañeros, se abre la sesión del comité regional con la participación de los miembros presentes del comité de defensa.
Fue una reunión larga y agitada. Algunos querían rechazar la invitación; a otros les parecía que era el momento oportuno para destituir al presidente y proclamar el comunismo libertario en toda Cataluña; otros temían que se tratara de una emboscada. Los oradores hablan con voz enronquecida, despiertos aún a fuerza de café y tabaco. García Oliver ha, planteado el dilema: colaboración con los partidos o dictadura de los anarquistas. Por último se acepta la proposición de indagar la actitud de Companys, sin dejarse intimidar ni comprometer. Sin duda era importante que los grupos de combate descansaran, aunque fuera por breve tiempo, para adquirir nuevas fuerzas; había que tener en cuenta a los compañeros de Zaragoza, sorprendidos por el golpe de los fascistas y enzarzados ahora en un duro combate.
La caravana sube por la calle Jaime I en dirección al palacio, y llega a la plaza de la República. En el balcón de la Generalitat flamea una gran bandera catalana. Ante la puerta del palacio hay un destacamento de la guardia provincial. En las calles transversales están apostados guardias de asalto, y también se ven civiles con brazaletes catalanistas. Los representantes de la CNT-FAI, formidablemente armados, descienden de los vehículos. El oficial de guardia se aproxima al grupo que está en la entrada: Durruti, García Oliver, Joaquín Ascaso, Ricardo Sanz, Aurelio Fernández, Gregorio Jover, Antonio Ortiz y Valencia.
-Somos los delegados de la CNT-FAI. Companys quiere hablar con nosotros. Traemos nuestra escolta.
[LUIS ROMERO]
Fuimos armados hasta los dientes, con fusiles, pistolas y ametralladoras. No llevábamos camisas, y nuestros rostros estaban negros de pólvora.
-Somos los representantes de la CNT y la F Al -dijimos al presidente del consejo-, y éstos son nuestros guardaespaldas. Companys quiere hablar con nosotros.
El presidente nos recibió de pie. Era evidente que estaba emocionado. Nos dio un apretón de manos; estuvo a punto de abrazarnos. La presentación duró poco. Nos sentamos. Cada uno de nosotros tenía un fusil entre las rodillas. Companys nos dirigió el siguiente corto discurso:
-Ante todo he de deciros una cosa: la CNT y la FAI nunca han sido tratadas como corresponde a su importancia. Siempre habéis sido perseguidos duramente, y yo, que una vez estuve a vuestro lado, tuve que combatiros y perseguiros, muy a pesar mío, obligado por las necesidades de la política. Hoy sois los dueños de la ciudad y de toda Cataluña, porque sois los únicos que habéis vencido a los fascistas. Espero que no lo toméis a mal, sin embargo, si os recuerdo que hombres de mi partido, de mi guardia y mis autoridades, sean muchos o pocos, no os han rehusado su apoyo en estos últimos días...
Reflexionó un instante Y prosiguió:
-Pero la simple verdad es que aún anteayer erais perseguidos, y hoy habéis vencido a los militaristas Y a los fascistas. Sé quiénes sois Y lo que sois y por eso debo hablaras con toda franqueza. Habéis vencido. Todo está en vuestras manos. Si no me necesitáis más o no me queréis más como presidente de Cataluña, decídmelo ahora. En ese caso seguiré luchando como un soldado más contra los fascistas. Pero si en cambio creéis que yo, en este puesto, que no hubiese dejado con vida de haber triunfado los fascistas, podría ser útil para la lucha que continúa en toda España Y quién sabe cómo ni cuándo terminará, entonces podéis contar conmigo, con la gente de mi partido, con mi nombre y mi prestigio. Podéis confiar en mi lealtad como en la de un hombre Y un político que está convencido de que en este día perece todo un pasado de ignominia, un hombre que desea sinceramente que Cataluña marche al frente de los países más adelantados socialmente.
[JUAN GARCíA OLIVER 1]
Companys había reunido en otra habitación a los representantes de los partidos políticos de Cataluña. Éstos aguardaban el resultado de las conversaciones con los anarquistas. Los delegados de la CNT-FAI fueron invitados a entrar, y a propuesta del presidente se constituyó un comité conjunto, que más tarde pasó a la historia como Comité Central de Milicias Antifascistas. Su cometido sería restablecer el orden en Cataluña y organizar las operaciones armadas contra los militares rebeldes en Zaragoza.
[JosÉ PEIRATS 2]
En un solo día, el 19 de julio, se rompieron todas las estructuras políticas de Cataluña y España. El gobierno llevó en adelante una vida de apariencia. La situación política concreta del país exigía la formación de un nuevo organismo de poder. Así surgió el Comité de Milicias Antifascistas de Barcelona.
Supongo que la iniciativa para la constitución de este consejo de soldados provino de los anarquistas. Ellos no querían participar en el gobierno, porque ello no concordaba con sus ideas. Dejaron pues que el gobierno siguiera funcionando. Pero de hecho, en lo sucesivo fueron las milicias y su comité los que tuvieron en sus manos el poder gubernamental.
En el Comité de Milicias estaban representados también otros grupos antifascistas. Yo participé en las sesiones como representante de la Esquerra, un partido liberal de izquierda. Ibamos vestidos como típicos intelectuales burgueses, con corbata, chaqueta y pluma estilográfica, y de repente nos vimos frente a un grupo de anarquistas que entraron por la puerta, sin afeitar, con sus uniformes de combate, revólveres, metralletas y correas donde llevaban sus bombas de dinamita. Su jefe era un hombre que por su apariencia, su oratoria y su fuerza vital daba la impresión de un gigante: Buenaventura Durruti.
[JAUME MIRAVITLLES 1]
Yo escribí una vez un artículo en el que afirmaba que entre los fascistas y la gente de la F Al no había gran diferencia. Durruti, guerrero furibundo, se acordaba demasiado bien de ese artículo. Se acercó a mí, puso sus grandes manos sobre mis hombros y dijo: «¿Usted es Miravitlles, no? ¡Tenga mucho cuidado! ¡No juegue con fuego! Le podría costar caro.» Así inició sus actividades el Comité Central de Milicias Antifascistas, en un ambiente de tensión y amenazas.
[JAUME MIRAVITLLES 2]
El 21 de julio se reunió una asamblea regional de comités comarcales anarquistas para examinar la nueva situación. Se decidió unánimemente postergar la cuestión del «comunismo libertario» hasta que se venciera a los fascistas. La asamblea ratificó la decisión de que la CNT-FAI cooperara con las otras organizaciones sindicales y los partidos políticos en el Comité Central de Milicias. Sólo la comarca de Bajo Llobregat votó contra la colaboración.
El Comité Central, que en realidad estaba bajo la hegemonía de los anarcosindicalistas, inició sin demora sus actividades, instalado en el edificio que antes ocupaba el Club Náutico de Barcelona.
[JOHN STEPHEN BRADEMAS]
Por primera vez la CNT-FAI tuvo que plantearse inevitablemente el problema del poder. «Somos los dueños de Cataluña. ¿Tomamos el poder prescindiendo de los republicanos, socialistas y comunistas, o colaboramos con la Generalitat?» La plana mayor del movimiento anarquista deliberó sobre el problema. Le dedicarían aún varios meses, sin encontrarle solución.
Mariano Vázquez, García Oliver, Durruti y Aurelio Fernández opinaban que una dictadura anarquista no era viable considerando la verdadera correlación de fuerzas. Si tomamos el poder, el gobierno central de Madrid y los gobiernos extranjeros se opondrán a nosotros. Por lo tanto debemos elegir la cooperación y no podemos admitir que se forme un gobierno sin nuestra participación.
Federica Montseny, Esgleas, Escorza y Santillán los rebatieron: el problema del poder ya estaría resuelto, puesto que estaba prácticamente en manos de la CNT-FAI, que dirigía las milicias en Aragón y el orden público y la economía en la retaguardia. ¿Para qué pactar con el gobierno entonces?
Escorza, la figura más extraordinaria de la F Al, decía con una sonrisa maquiavélica:
-Tenéis la gallina en el gallinero y discutís sobre la propiedad de los huevos. Esta cuestión ya ha sido resuelta hace tiempo. Debemos preocuparnos más bien de los zorros, y contra ellos están las escopetas. Debemos utilizar el gobierno de la Generalitat para colectivizar el campo y sindicalizar la industria. Los obreros de las ciudades se harán socios de la CNT automáticamente, y los obreros rurales socios de la colectividad. Así desalojamos a las antiguas organizaciones políticas y partidos. El sindicalismo se convertirá en la base de una nueva sociedad.
Santillán, ambicioso sin escrúpulos, fue al principio un encarnizado adversario de la cooperación con el gobierno; cuando lo nombraron consejero se convirtió en un acérrimo defensor de la cooperación. Federica Montseny, apoyada por Esgleas y Escorza, se opuso elocuentemente a colaborar con el gobierno.
En los dos meses que duraron estas discusiones se agotó el impulso de la revolución.
[MANUEL BENAVIDES]
Los dirigentes responsables de la CNT de entonces se sentían tan seguros de su poder, y su confianza en sí mismos era tan grande, que exageraron su generosidad. Permitieron que la revolución, que la CNT había dirigido y realizado, y que sólo ellos podían continuar, fuera gobernada por nuevas instituciones en las cuales ellos estaban en minoría.
Justificaban su actitud de este modo: «Esta vez no queremos que se diga que el pez grande se come al chico.»
En la realidad política esta ingenua frase se convirtió en un arma que los políticos utilizaron para neutralizar a los hombres de la CNT y liquidar la revolución española.
[CÁNOVAS CERVANTES]
En el palacio gubernamental seguía funcionando como siempre el gabinete, una especie de gobierno fantasma que contemplaba impotente la situación revolucionaria. Con una excepción, sin embargo. El presidente de Cataluña, Lluís Companys, era un hombre de gran valor personal. Companys había sido antes el abogado defensor de los anarquistas en los procesos, y tenía amigos dentro de la CNT. Cuando vino por primera vez a una sesión del Comité de Milicias nos levantamos todos. Pero los anarquistas permanecieron sentados. Con frecuencia se producían vehementes disputas entre la gente de la CNT-FAI y Companys, quien les reprochaba que con sus acciones violentas ponían en peligro la victoria de la revolución. Hasta que un día Durruti se cansó y les dijo a los representantes del gobierno: «Saludos de mi parte al presidente, y mejor que no vuelva a aparecer más por aquí. Podría pasado mal si insiste en darnos esas lecciones.»
[JAUME MIRAVITLLES l]
Después de la primera sesión del Comité de Milicias, Durruti y García Oliver le dijeron a Comorera, representante del Partido Socialista Unificado (PSUC): «Sabemos lo que hicieron los bolcheviques con los anarquista s rusos. Os aseguramos que n nosotros nunca permitiremos que los comunistas nos traten del mismo modo.»
[MANUEL BENAVIDES]
El Comité de Milicias se ocupaba de todo: establecimiento del orden revolucionario en la retaguardia, organización de fuerzas para el frente, formación de oficiales, fundación de una escuela de transmisiones y señales, avituallamiento y vestuario, reorganización económica, acción legislativa y judicial, transformación de las industrias de paz en industrias de guerra, propaganda, relaciones con el gobierno central de Madrid, vinculaciones con Marruecos, problemas agrícolas, sanidad, vigilancia de fronteras y costas, finanzas, pago de sueldos a las milicias y rentas para parientes y viudas. El Comité, compuesto por pocos miembros, trabajaba veinte horas diarias. Cumplía tareas para cuya realización un gobierno normal habría necesitado una costosa burocracia; era simultáneamente Ministerio de Guerra, del Interior y de Relaciones Exteriores. Era la expresión más legítima de la voluntad del pueblo.
[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 3]
Los anarquistas revelaron su fatal incomprensión de las leyes de la revolución y sus problemas al tratar de limitarse a sus propios sindicatos, encadenados aún por la rutina de tiempos más pacíficos. Ignoraban lo que ocurría más allá de los sindicatos, en las masas, en los partidos políticos y en el aparato gubernamental. Si hubiesen sido verdaderos revolucionarios habrían propuesto ante todo la formación de soviets y consejos en los que estuviesen representados los obreros de la ciudad y el campo, incluso los más pobres, que nunca habían pertenecido a un sindicato. Por supuesto, los obreros revolucionarios habrían ocupado una posición dominante en esos soviets. El proletariado se habría hecho consciente de su fuerza invencible. El aparato del Estado burgués habría quedado suspendido en el aire. Un solo golpe lo habría pulverizado.
En cambio, los anarquistas se refugiaban en sus sindicatos para escapar a las exigencias de la «política». Demostraron ser la quinta rueda en el carro de la democracia burguesa. Pronto perdieron también esa posición, porque nadie necesita una quinta rueda.
Basta esta autojustificación: «No tomamos el poder, no porque no hubiésemos podido, sino porque estamos contra todo tipo de dictaduras.» Un argumento como éste es prueba suficiente para demostrar que el anarquismo es una doctrina contrarrevolucionaria. Quien renuncia a la conquista del poder se lo da a quienes siempre lo han tenido, es decir, a los explotadores. La esencia de una revolución consiste y siempre ha consistido en instalar a una nueva clase en el poder y permitirle así realizar su programa. Es imposible instigar a las masas a la insurrección sin prepararlas para la conquista del poder. Después de la conquista del poder nadie habría podido impedir a los anarquistas que hicieran lo que consideraban necesario; pero sus propios dirigentes ya no creían que su programa fuera realizable.
[LEÓN TROTSKI]
Durruti se dio cuenta enseguida que el Comité Central era un órgano burocrático. Se discutía, se negociaba, se decidía, se levantaban actas, había trabajo burocrático. Pero Durruti no era capaz de permanecer mucho tiempo sentado. Fuera se combatía. No lo soportó mucho tiempo. Organizó pues una división propia, la columna Durruti, y marchó con ella al frente de Aragón. Yo estaba presente cuando ellos salieron desfilando por las calles de Barcelona. Fue algo realmente impresionante: un barullo de uniformes, voluntarios de todas partes del mundo, ropas multicolores y heterogéneas. Casi tenían algo de hippies, pero eran hippies con granadas de mano y ametralladoras, e iban decididos a luchar hasta la muerte.
[JAUME MIRAVITLLES I]
La primera tarea del Comité de Milicias consistió en poner en pie de guerra tropas armadas para combatir en el frente de Aragón. Cuatro días después de ser sofocada la rebelión de los militares en Barcelona, se reunieron tres mil voluntarios en el Paseo de Gracia y en la Diagonal. Marcharon hacia Aragón bajo la dirección de Durruti y Pérez Farrás (un oficial de los Mozos de Escuadra adicto al gobierno). La legendaria columna de Durruti fue creciendo en el camino. La prensa anarquista siguió de cerca el avance de su héroe con grandes titulares.
Es difícil calcular exactamente el número de milicias movilizadas. Los anarquistas mismos se contradicen sobre el particular. Rudolf Rocker habla de 20.000 milicias obreras, de las cuales 13.000 pertenecían a la CNT-FAI, 2.000 al sindicato socialista UGT y 3.000 a los partidos del Frente Popular; la columna de Durruti, con sus 8.000 hombres, no figuraba siquiera.
Abad de Santillán indica que pocos días después de la partida de Durruti se habían presentado un total de 150.000 voluntarios en Barcelona, los cuales se habrían incorporado a las columnas de los diferentes partidos y organizaciones sindicales.
[JOHN STEPHEN BRADEMAS]
En los periódicos de aquellos días se decía: «El Comité de Milicias Antifascistas ha decidido enviar a Zaragoza brigadas obreras armadas para atacar a los militares rebeldes. El Comité planeaba enviar 6.000 voluntarios, pero el entusiasmo fue tan grande que en la plaza de Cataluña se presentaron no menos de 10.000 voluntarios dispuestos a marchar sobre Zaragoza.»
En cambio, Abad de Santillán declara: «A pesar del entusiasmo general, la columna Durruti-Pérez Farrás no alcanzó, ni siquiera aproximadamente, el número previsto. No se comprendió desde el principio la gravedad de la situación. En lugar de consagrar todas las fuerzas disponibles para la guerra (hombres, armas, trabajo y preparación), se creía en general que la primera columna que marchaba hacia Zaragoza no encontraría ningún obstáculo a su paso y sería antes bien demasiado fuerte que demasiado débil. Al partir comprendía 3.000 milicianos.»
[JOSÉ PEIRATS 2]
Mucho antes de la hora señalada para la partida, concurrieron a la avenida 14 de Abril (la Diagonal) de Barcelona, unos 2.000 hombres, entre ellos artilleros, que traían cañones de diversos calibres; otros llevaban armas automáticas; los telefonistas traían toda clase de material de telecomunicaciones; pero la mayoría eran obreros, armados únicamente con fusiles. La columna se puso en marcha el 24 de julio por la tarde.
[RICARDO SANZ 4]
Cuando partieron hacia Aragón, yo también quise ir, y me subí a un camión. Coches con altavoces recorrían Barcelona exhortando a la población a contribuir con alimentos, porque las milicias habían partido sin un pedazo de pan. Fue extraordinario, la gente acudía por todas partes, suspendía su almuerzo y nos traían todo lo que tenían: caldos, carne, verduras, latas de sardinas. En un abrir y cerrar de ojos se llenaron los camiones y seguimos tras las milicias. De lo contrario se habrían muerto de hambre. Quiero decir, hasta los más valientes tienen que comer, ¿no? Así llegué a Aragón, con el «camión de las sardinas», como lo llamaban las milicias. Durruti no sabía nada de esto, pero alguien le habría avisado, porque se bajó de su coche y echó una mirada al camión. Me miró y luego siguió conduciendo; no dijo ni una palabra.
[ÉMILIENNE MORIN]
La conquista de Zaragoza obsesionaba a Durruti. La caída de la capital de Aragón en poder de los fascistas representaba un terrible golpe para la CNT, para la revolución y para el éxito de la Guerra Civil. Zaragoza había sido el centro de gravedad del anarquismo aragonés; ya la rebelión de los anarquistas en diciembre de 1933 había demostrado las potencialidades que poseía esta ciudad. Además, Zaragoza era para los anarquistas la vía de comunicación natural entre sus bases en Cataluña y sus posiciones estratégicas en el País Vasco, en Vizcaya y Asturias.
Dos meses y medio antes de la revolución se había celebrado el Congreso Nacional de la CNT en Zaragoza. Había sido una manifestación de fuerza sin precedentes en la historia del movimiento obrero español. Decenas de miles de obreros, mujeres y hombres de toda España habían acudido al acto de clausura celebrado en la plaza de toros. Habían venido en trenes especiales repletos, cubiertos de carteles, donde flameaba la bandera rojinegra de los anarquistas. Durante aquellos días Zaragoza había estado totalmente en manos de la CNT y la FAI, Y el enemigo había sacado sus conclusiones al ver esta manifestación.
En los planes estratégicos de los fascistas se había asignado un papel muy especial a Zaragoza. La contrarrevolución había concentrado allí todas sus fuerzas: una nutrida guarnición del ejército regular, y los cuadros de los requetés de Navarra, un fanático grupo de voluntarios cuyos antepasados ya habían luchado a favor de la reacción en las guerras civiles del siglo pasado. Además, había sido de una importancia decisiva para la ciudad el papel desempeñado por el gobernador civil, un típico pusilánime de la segunda República, Y el general en jefe de la guarnición, el viejo Cabanellas, un anciano taimado que siempre blasonó de republicano y masón, hasta que se pasó a Franco. En recompensa, fue nombrado presidente de la Junta de Burgos.
La columna Durruti avanzaba a marchas forzadas hacia Zaragoza, con la esperanza de salvar del aniquilamiento a los anarquistas de la ciudad. Se creía que aún proseguía allí una lucha a muerte; en realidad los fascistas habían sofocado toda resistencia. Cuando Durruti llegó a la explanada de Zaragoza, la ciudad era un cementerio armado con ametralladoras y cañones.
[JOSÉ PEIRATS 1]
Después de atravesar Lérida, Durruti llegó con sus hombres a Bujaraloz, un lugar situado a sólo cuarenta kilómetros de Zaragoza. Allí estableció su puesto de mando, en la casa de un peón caminero, a campo abierto, a la vista del enemigo. El terreno ocupado, que por el flanco izquierdo llegaba hasta el Ebro, fue rápida y completamente limpiado de enemigos rezagados. Los puestos avanzados de Durruti estaban a unos veinte kilómetros de Zaragoza, a la vista de la ciudad.
Es lamentable que Durruti no fuera apoyado por las fuerzas revolucionarias de Zaragoza. Sin embargo, los sitiados estaban mal armados, y se limitaron en consecuencia a esperar el levantamiento del sitio. Los golpistas controlaban completamente la ciudad, y pudieron organizar con toda calma la defensa.
Si Durruti hubiese tomado Zaragoza, la guerra habría concluido pronto a favor de los republicanos. La guarnición de allí era muy importante; disponía de considerables reservas de hombres y material. Su caída habría abierto a Durruti el camino de acceso a Logroño y Vitoria, hasta Bilbao, en la costa atlántica. Ni siquiera Teruel habría resistido veinticuatro horas después de la caída de Zaragoza.
Fue sin duda por culpa de la negligencia y el sabotaje en el frente de Aragón por lo que perdimos la guerra. Desde el principio les fue imposible dirigir una ofensiva, tanto a Durruti como a los jefes de las otras columnas de Aragón. No disponían de reservas, y escaseaban las armas y municiones.
Durruti tenía algunos espías que se infiltraron en Zaragoza a través de las líneas enemigas. Éstos informaron que la ciudad estaba casi por completo desguarnecida y se la podía conquistar con un número relativamente reducido de fuerzas. El estado mayor central fue informado repetidas veces sobre este estado de cosas, a pesar de lo cual se negó a emprender el ataque, a dar las instrucciones necesarias y a preparar los medios para una ofensiva. Los capitanes del frente de Aragón nunca comprendieron la conducta del estado mayor.
[RICARDO SANZ 3]
Al estallar la Guerra Civil, yo era vicario de Aguinaliu, en la provincia de Huesca. Desde que se proclamó la República, me di cuenta de que mucha gente no quería a la Iglesia. Nos llamaban cuervos. Después del famoso discurso de Companys, que escuché por la radio, tuve la impresión de que pronto se desataría una persecución contra los sacerdotes. Y aunque la gente del pueblo era amistosa, llegó el día en que tuve que huir. Fue el 27 de julio. Vi pararse en el mercado un coche lleno de jóvenes armados. De inmediato subí a mi moto y desaparecí en las montañas.
Fue una buena idea, porque los milicianos llegaron a los pueblos y detuvieron a los curas párrocos. Muchos de ellos fueron fusilados sin juicio previo o arrojados al río. La culpa era de los comités locales; ellos entregaban la lista negra a las milicias y éstas ejecutaban a la gente según esa lista.
Una vez pasé por un control caminero ante el pueblo de Barbastro y allí me detuvieron. Me jugué el todo por el todo, y dije que era chófer del Ejército Popular. Fue cuestión de ponerse a gritar más fuerte que ellos. Así conseguí incluso un pase de conductor. Después puse pies en polvorosa lo antes posible. Ahora no sólo era un cura fugitivo, sino también un desertor...
Antes de llegar a Candasnos pasé por toda clase de aventuras. Candasnos es mi lugar de nacimiento. Me deslicé a casa de mi familia. Por suerte, el presidente del comité del pueblo era una buena persona. Pero no era todopoderoso, y no pudo imponerse a las tropas armadas. Alguien me había denunciado, así que fui detenido. Mi amigo pudo impedir que fuera fusilado en el acto, y consiguió que se me procesara. Timoteo, que así se llamaba, me sacó al balcón del ayuntamiento, ante el cual se había congregado todo el pueblo, y preguntó a la gente qué se debía hacer conmigo. Hubo un gran clamor. Los habitantes del pueblo, muchos de los cuales pertenecían a organizaciones de izquierda, dijeron que no se me matara. Así fue el juicio.
Pero todavía no tenía ninguna seguridad, porque los forasteros del pueblo, que estaban armados, no se resignaron a que yo anduviera en libertad. Entonces Timoteo decidió hablar con Durruti en Bujaraloz. La sección estaba a su mando.
Durruti le dijo:
-Oye, si quieres ponerlo a salvo, no hay más solución que traerlo a mi columna.
Era a mediados de agosto. Viajamos a Bujaraloz y me presentaron a Durruti. Él me preguntó:
-¿Qué prefieres? ¿Irte a casa o quedarte en la columna?
-¿Puedo elegir?
-Claro. Pero te seré sincero: si te marchas, tarde